Aprendiendo a ser santos

Todos los Santos

1 de noviembre de 2026

Primera lectura. Apocalipsis 7,2-4.9-14: Se dirigió a mí uno de los ancianos y me preguntó: «Esos vestidos de blanco, ¿quiénes son y de dónde vienen?» […] «Esos son los que han salido de la gran persecución; han lavado y blanqueado sus vestiduras con la sangre del Cordero.»

Salmo 23(24),1-4a.5: —¿Quién puede subir al monte del Señor? ¿Quién puede estar en el recinto sacro?

—El hombre de manos inocentes, y puro corazón.

2ª lectura. 1Jn 3,1-3: Mirad qué muestra de amor nos ha dado el Padre, que nos llamemos hijos de Dios; y de hecho lo somos.

Evangelio: Mt 5,1-12

5 1Al ver Jesús las multitudes, subió al monte, se sentó y se le acercaron sus discípulos. 2Él tomó la palabra y se puso a enseñarles así:

3Dichosos los que eligen ser pobres,

porque esos tienen a Dios por rey.

4Dichosos los que sufren,

porque esos van a recibir el consuelo.

5Dichosos los sometidos,

porque esos van a heredar la tierra.

6Dichosos los que tienen hambre y sed de esa justicia,

porque esos van a ser saciados.

7Dichosos los que prestan ayuda,

porque esos van a recibir ayuda.

8Dichosos los limpios de corazón,

porque esos van a ver a Dios.

9Dichosos los que trabajan por la paz,

porque a esos los va a llamar Dios hijos suyos.

10Dichosos los que viven perseguidos por su fidelidad,

porque esos tienen a Dios por rey.

11Dichosos vosotros cuando os insulten, os persigan y os calumnien de cualquier modo por causa mía. 12Estad alegres y contentos, que grande es la recompensa que Dios os da; porque lo mismo persiguieron a los profetas que os han precedido.

El texto y un breve comentario de cada una de las lecturas de este domingo se podrán encontrar pulsando más arriba, en los enlaces correspondientes.

✯  ✯  ✯  ✯  ✯  ✯  ✯

Comentario tomado de la página web “Llamados a ser libres” de Rafael J. García Avilés: www.rafaelj.net.
Maximino Cerezo Barredo,Felices los que trabajan por la paz. Granada 2006

Aprendiendo a ser santos

Los santos son las personas que la Iglesia nos propone como modelos de vida cristiana. Por eso, se ha elegido la lectura de las bienaventuranzas como evangelio de esta celebración eucarística. Esto significa que se nos está indicando que, si queremos que nuestras actitudes y nuestros comportamientos se puedan considerar cristianos, deben regirse por los valores contenidos en lo que constituye un resumen del programa del reinado de Dios. Aprendamos, pues, a ser santos.

…porque esos tienen a Dios por rey.

Aclararemos por adelantado lo que significa el reino o reinado de Dios.

La traducción literal de esta expresión, tal como aparece en el texto griego del evangelio de Mateo, sería «reino» o «reinado de los cielos». Mateo se dirige a una comunidad de cultura hebrea en la que, para respetar el segundo mandamiento —no tomar el nombre de Dios en vano— se evitaba siempre pronunciar el nombre del Señor. Pero, como consecuencia de esta traducción literalista, se acabó pensando que el reino de Dios es el cielo; y que todas las bienaventuranzas y todas las exigencias evangélicas no eran otra cosa que un manual para lograr llegar a ese reino celestial.

Pero no es así. Valga un ejemplo.

En el evangelio de Mateo (19,16-30) podemos leer un episodio en el que un joven se acerca a Jesús para preguntarle qué debe hacer para alcanzar la vida eterna. Jesús le responde diciendo algo que cualquier judío conocía: cumple los mandamientos. Y cuando aquel joven la pide que se los recuerde, Jesús le enumera los mandamientos que se refieren a las relaciones con los demás: «No matarás, no cometerás adulterio, no robarás, no darás falso testimonio, sustenta a tu padre y a tu madre y ama a tu prójimo como a ti mismo». No le dice, ni siquiera, que cumpla con sus deberes religiosos; ni le propone que viva según las bienaventuranzas: solo que sea respetuoso y empático y que ame a su prójimo.

Pero, cuando el joven responde que esos mandamientos los ha observado siempre y le pregunta que si le falta algo, Jesús lo invita a repartir su riqueza a los pobres y a seguirlo a él. Es decir, a colaborar con su tarea, a colaborar en la implantación del reinado de Dios, que es la misión de Jesús: instaurar, aquí, en la tierra, un modelo de convivencia que se rija por las exigencias evangélicas, un mundo del que pueda decirse que está regido por el Padre Dios.

A colaborar en esa tarea invita Jesús a aquel joven. Y hoy nos hace la misma propuesta a nosotros.

Dichosos los que eligen ser pobres…

Durante mucho tiempo se ha considerado la pobreza evangélica como una virtud, un medio para alcanzar la perfección y hacer méritos para alcanzar la vida eterna. Pero la pobreza, ninguna pobreza, se puede considerar una virtud. Ni en el Antiguo ni en el Nuevo Testamento.

La pobreza es un hecho, el resultado de un orden económico que se rige por las reglas del dinero y que es la consecuencia necesaria de la acumulación de los recursos para la vida en pocas manos. Así lo veía el profeta Isaías: ¡Ay de los que añaden casas a casas y juntan campos con campos, hasta no dejar sitio, y vivir ellos solos en medio del país! (Is 5,8).[1]

Y así nos lo dice el mismo evangelio de Mateo cuando desarrolla y explica el significado de la bienaventuranza: hay dos modos de vivir, dos escalas de valores que son incompatibles entre sí: el que nos propone Jesús y el que nos propone este mundo: «Nadie puede estar al servicio de dos señores, porque aborrecerá a uno y querrá al otro, o bien se apegará a uno y despreciará al otro. No podéis servir a Dios y al dinero» (Mt 6,24).

Hay que elegir (eso significa la frase «pobres de espíritu», pobres por elección propia, por decisión de su espíritu, de su voluntad) entre las reglas del dinero y las que nos propone el Padre a través de Jesús.

Pero, ¿cómo se puede decir que los pobres serán dichosos? Basta ver el sufrimiento de tantos millones de personas que no poseen lo necesario para una vida digna para considerar que la pobreza no deja lugar a la felicidad. Tener a Dios por rey equivale a vivir bajo el reinado de Dios; y bajo el reinado de Dios no debe haber pobres: «…no andéis preocupados por la vida pensando qué vais a comer, o qué vais a beber, o con qué os vais a vestir. Son los paganos quienes ponen su afán en esas cosas. Ya sabe vuestro Padre del cielo que tenéis necesidad de todo eso. Buscad primero que reine su justicia, y todo eso se os dará por añadidura» (Mt 6,31-33). Esa añadidura es la consecuencia de un mundo que se rige por la justicia de Dios, de un mundo en el que los medios de vida —alimento, agua, vestido, vivienda, etc.— están justamente distribuidos.

Pobres para que no haya pobres, pobres para acabar con la pobreza. De eso se trata.

Dichosos los que viven perseguidos por su fidelidad…

La última bienaventuranza se refiere a la opción por la pobreza, y anuncia que la constancia en mantener fiel y activamente dicha opción en las circunstancias del mundo (de la época de Jesús, pero también de las que se sucederían a lo largo de la historia) provocaría resistencias de quienes no tienen interés en cambiar la escala de valores que gobierna el mundo: la escala de valores del dinero.

Esa resistencia generaría conflictos en los que los seguidores de Jesús serían insultados y perseguidos como lo fue él mismo.

La promesa que sigue a esta bienaventuranza es la misma que la de la primera. El evangelio de Mateo nos lo explica más adelante, a continuación del episodio que se ha citado antes, del joven rico: los discípulos, impresionados por la propuesta de Jesús, se preguntan entre ellos cómo se podrá subsistir si rompen con la riqueza. Y Pedro interviene con esta pregunta: «Pues mira, nosotros ya lo hemos dejado todo y te hemos seguido. En vista de eso, ¿qué nos va a tocar?» A lo que Jesús responde: «Y todo aquel que por causa mía ha dejado casa, o hermanos o hermanas, o padre o madre, o hijos o tierras, recibirá cien veces más y heredará vida definitiva.» (Mt 19,29). Se entiende mucho mejor este versículo si lo leemos en el evangelio de Marcos, que lo inserta como respuesta a una pregunta de los discípulos: «Jesús declaró: —os lo aseguro: no hay ninguno que deje casa o hermanos o hermanas o madre o padre o hijos o tierras, por causa mía y por causa de la buena noticia, que no reciba cien veces más: ahora, en este tiempo, casas y hermanos y hermanas y madres e hijos y tierras —entre persecuciones— y, en la edad futura, vida definitiva.»

Lo que nos dicen los evangelios es esto: si ponemos en práctica la propuesta contenida en las bienaventuranzas, el mundo cambiará: las tierras y las casas no se acumularán en las manos de unos pocos pues estarán al servicio de todos; y las personas se relacionarán entre sí como una única familia, hijos de un Padre común. Y todo eso, ahora, en este tiempo; pero todo eso encontrará resistencias de aquellos a los que no les interesa que las cosas cambien, por lo que las metas que se vayan alcanzando se lograrán entre conflictos, entre persecuciones.

No solo la pobreza

La implantación del reinado de Dios supone la eliminación de la pobreza y de todas sus consecuencias. En realidad, de lo que se trata es de la eliminación de las desigualdades que suponen que, al acumularse poder y riqueza en pocas manos, la mayoría de las personas viven en unas condiciones que no se corresponden con la dignidad que como seres humanos les corresponde; del mismo modo que, desde la perspectiva de la fe, tampoco son conformes con la dignidad de quienes fueron creados como imagen de Dios y son o están llamados a ser sus hijas. Las bienaventuranzas segunda, tercera y cuarta se refieren a esas consecuencias de un mundo que responde a las reglas del dinero y no al designio del Padre Dios.

Los que sufren (porque son pobres, porque son víctimas de la injusticia, porque están marginados, porque les falta el cariño de otros hombres…) van a recibir el consuelo al saber que no son huérfanos, sino que tienen un Padre que los quiere y que muchos otros hijos de ese Padre son sus hermanos; cuando nos organicemos de acuerdo con los valores del reinado de Dios, su sufrimiento desaparecerá porque, sin llegar a ser ricos, se alejarán de la miseria, y el amor de los hermanos los integrará en un círculo de respeto, solidaridad y amor en el que serán dichosos.

Los sometidos, al incorporarse a un grupo en el que nadie actúa como señor ni como padre, pues todos tratan de vivir como hermanos, se sentirán liberados y, en un mundo sin amos, todos serán señores de la creación, tal y como Dios lo planeó desde el principio (Gn 1,28); y todos serán dueños de una tierra común a la que deberán cuidar para que, en ella y de sus frutos, puedan vivir con plena dignidad; y así también ellos, serán dichosos.

Los que tienen hambre y sed de esa justicia, es decir, los que son conscientes de que la pobreza no es solo la falta de pan y de que, como lo es la mayoría de los sufrimientos de las personas y el sometimiento de unas a otras, es consecuencia de una injusta organización de la sociedad, sentirán la alegría de ser gobernados por el único rey verdaderamente justo; y así, al experimentar cómo se vive y se convive en su reino en el que desaparecerán esas lacras, verán saciadas sus hambres de pan y de justicia, serán dichosos.

… y aún más

El mundo que Jesús está proponiendo en este sermón del monte no se limita a señalar las lacras que hay que eliminar. Propone en las tres bienaventuranzas siguientes los valores que deben garantizar ese nuevo modo de vida y de relación, esa nueva manera de convivir.

Esos tres valores han de ser las columnas sobre las que se sostenga el mundo nuevo en el que Dios reine.

La solidaridad (los que prestan ayuda), la conciencia de que mi prójimo no es aquel que está cerca de mí, o el que piensa del mismo modo que yo, ni siquiera aquel que comparte mis creencias: prójimo es aquel que tiene necesidad de ayuda y al que yo me aproximo, me acerco para prestársela (Lc 10,25-37). La felicidad de estos nacerá al experimentar que Dios les ayuda (recibirán ayuda).

La honradez a carta cabal (los limpios de corazón), la sinceridad, la permanente buena intención en las relaciones con los demás. Porque, cuando el corazón no está limpio «…del corazón salen las malas ideas: los homicidios, adulterios, inmoralidades, robos, testimonios falsos, calumnias.» (Mt 15,19). Un corazón sucio produce obras perversas; la limpieza de corazón debe traducirse en buenas acciones.

La limpieza de corazón era una condición para acercarse al templo (Sal 23/24,3-4); ahora se promete mucho más (verán a Dios): cuando se viva de acuerdo con el reinado de Dios, la presencia de Dios será una experiencia permanente y causa de una profunda felicidad.

El compromiso con la paz (los que trabajan por la paz). Los conflictos en los que se verán implicados los que luchan por la justicia no se resolverán más que por medios pacíficos porque «la cosecha de justicia, con paz la van sembrando los que trabajan por la paz.» (St 3,18). El objetivo es la paz; y también lo deben ser el proceso y los medios para alcanzarla.

Esa paz consiste, para cada persona, en la plenitud humana; para una colectividad, un mundo, un orden, un modo de vida que realice la propuesta contenida en las bienaventuranzas, un modo de vida que garantice la plena satisfacción de las necesidades y las justas aspiraciones de los seres humanos; y estar comprometidos con la paz supone trabajar para que todos los que, porque les falta, tienen hambre y sed de esa justicia, —personas y pueblos, individuos y grupos humanos—, acaben definitivamente saciados.

Quienes asumen este compromiso y se mantienen fieles se van realizando como hijos de Dios; y el saber que como hijos son reconocidos por el Padre que quiere que todos vivamos como hermanos, los llenará de dicha y de felicidad.

Aprendiendo a ser santos

Las bienaventuranzas nos muestran un objetivo, pero no nos dicen qué debemos hacer para alcanzarlo. El modo concreto de luchar contra la pobreza, de consolar a quienes sufren, de liberar a los sometidos, de dar satisfacción a quienes necesitan justicia es algo que debemos decidir nosotros.

Las bienaventuranzas no son un proyecto político, aunque, sin duda, los objetivos que nos proponen tienen una dimensión política. No obstante, los cristianos y las iglesias cristianas en su conjunto deberíamos tener claro que cualquier sistema que anteponga el valor del dinero a las personas será perverso. Somos libres de elegir, entre los diversos modelos de sociedad que se nos proponen, aquel que en conciencia esté menos alejado de la utopía evangélica.

Acabo este comentario hoy, 5 de octubre, día para el que han sido convocadas elecciones generales en España. Ahí tenemos una oportunidad de empujar un poco para que los valores del reinado de Dios se vayan realizando en nuestra sociedad. Por eso será importante optar por aquella propuesta que, a juicio de cada cual, esté menos alejada del mensaje evangélico.

Pero conscientes de que el trabajo por la implantación y consolidación del reinado de Dios no se reduce a tomar una determinada decisión cada dos, cuatro o cinco años. Esta tarea es para cada día, para cada semana, para toda una vida.

Al elegir este pasaje evangélico para la fiesta de Todos los Santos, se nos está diciendo que este es el manual que debemos seguir. No se trata, como se ha interpretado muchas veces, de una serie de «consejos» para los individuos que quieran alcanzar la perfección; tampoco se trata de una serie de consignas para asegurarnos de ir al cielo. Al contrario, se trata de que nos ocupemos de traer el cielo a la tierra, de convertir la tierra en un cielo.

Aprendámoslo; y pongámoslo en práctica.


[1] (Véanse, por ejemplo: Job 24,2-4; Is 3,14-15; Ez 22,29-30; Am 5,12; 8,4; Prov 30,14; 31,9; Sal 10,2.4.7-10; 12,4-6; 35,10)

Comentario 2º.  Tomado de: Juan Mateos – Fernando Camacho, El evangelio de Mateo. Lectura comentada

Proclamación del reino: las bienaventuranzas

Como consecuencia de la predicación y de las curaciones, grandes multitudes siguen a Jesús. En ellas hay judíos (Galilea, Jerusalén, Judea) y paganos (Transjordania, Decápolis). La actividad de Jesús rompe las fronteras entre los pueblos.

Ante la presencia de las multitudes, Jesús reacciona subiendo «al monte». Este término tenía un valor teológico: simbolizaba el lugar de Dios, la esfera divina, lo mismo entre los judíos que entre los paganos (Cf. 4,8). La reacción de Jesús no es de rechazo de las multitudes; desde el monte —nuevo Sinaí— va a promulgar, en presencia de ellas, el estatuto del reino, a definir la nueva alianza y a constituir el nuevo pueblo. Jesús «se sienta», porque la esfera divina es su morada estable. Los discípulos se le acercan: los que siguen a Jesús respondiendo a su invitación y han roto con su pasado entran con él en la esfera divina. No sucede como en la antigua alianza, donde solamente el mediador tenía acceso a Dios. Aquí los papeles cambian: Jesús sube al monte como Moisés, mostrando así su ser de hombre, pero es él mismo quien habla en el monte, mostrando su condición divina. No es simplemente un segundo Moisés venido como Mesías; es el Mesías, el Hombre – Hijo de Dios, el Dios entre nosotros (1,23), que asume la función de nuevo Moisés. El sermón del monte, que alude a la promulgación de la Ley sinaítica, es la palabra del Mesías, la Torá mesiánica. Es el Hombre-Dios el que establece la alianza (Cf. 26,28: «mi alianza»). La subida de los discípulos muestra que ya no hay distancia entre Dios y el hombre; por la adhesión a Jesús, han salvado la distancia que los separaba del reinado de Dios (4,17: el reinado de Dios está cerca).

Jesús comienza a enseñar dirigiéndose a sus discípulos. Es una enseñanza solemne; la frase introductoria, «tomó la palabra» (lit. «abriendo su boca», semitismo), indica la importancia de lo que va a decir.

Cada una de las bienaventuranzas está constituida por dos miembros: el primero enuncia una opción, estado o actividad; el segundo, una promesa. Cada una va precedida de la promesa de felicidad («dichosos»). El código de la nueva alianza no impone preceptos imperativos; se enuncia como promesa e invitación.

De las ocho bienaventuranzas hay que destacar la primera y la última, que tienen idéntico el segundo miembro y la promesa en presente: «porque ésos tienen a Dios por rey». Cada una de las otras seis tiene un segundo miembro diferente y la promesa vale para el futuro próximo («van a recibir, van a heredar, etc.»). De estas seis, las tres primeras (vv. 4.5.6) mencionan en el primer miembro un estado doloroso para el hombre, del que se promete la liberación. La cuarta, quinta y sexta (vv. 7.8.9), en cambio, enuncian una actividad, estado o disposición del hombre favorable y beneficiosa para su prójimo, que lleva también su correspondiente promesa del futuro.

Puede diseñarse, por tanto, el siguiente esquema:

Dichosos los que eligen ser pobres…

Dichosos los que sufren…

Dichosos los sometidos…

Dichosos los que tienen hambre…

Dichosos los que prestan ayuda…

Dichosos los limpios de corazón…

Dichosos los que trabajan por la paz…

Dichosos los que viven perseguidos…

3. «Los que eligen ser pobres.» El texto griego se presta a dos interpretaciones: 1) pobres en cuanto al espíritu, y 2) pobres por el espíritu. La primera, a su vez, puede tener un sentido peyorativo («los de pocas cualidades») o bien el de «los interiormente despegados del dinero», aunque lo posean en abundancia. Este último sentido está excluido por el significado del término «pobres» (‘anawim/’aniyim), por la explicación dada por Jesús mismo en la sección 6,19-24 y por la condición puesta al joven rico para seguir a Jesús y así entrar en el reino de Dios (19,21-24).

En la tradición judía, los términos ‘anawim/’aniyim designaban a los pobres sociológicos, que ponían su esperanza en Dios por no encontrar apoyo ni justicia en la sociedad. Jesús recoge este sentido e invita a elegir la condición de pobre (opción contra el dinero y el rango social), poniéndose en manos de Dios.

El término «espíritu», en la concepción semítica, connota siempre fuerza y actividad vital. En este texto, donde va articulado y sin referencia a una mención anterior, denota el «espíritu del hombre» (artículo posesivo). En la antropología del AT, el hombre posee «espíritu» y «corazón». Ambos términos designan su interioridad; el primero, en cuanto dinámica, su actividad en acto; el segundo, en cuanto estática, los estados interiores o disposiciones habituales que orientan y colorean su actividad (Cf. 5,8). La interioridad del hombre pasa a la actividad en cuanto inteligencia, decisión o sentimiento. Dado que lo que Jesús propone es una opción por la pobreza, el acto que la realiza es la decisión de la voluntad. El sentido de la bienaventuranza es, por tanto, «los pobres por decisión», oponiéndolos a «los pobres por necesidad». Es la interpretación que Jesús mismo propone en 6,24, la opción entre dos señores, Dios y el dinero. Transponiendo el nombre verbal «decisión» a forma conjugada, se tiene «los que deciden» o «eligen ser pobres».

Como se ve, además del sentido bíblico del término «pobres»

y de los textos paralelos de Mt citados más arriba (6,19-24; 19,21-24), el significado de «espíritu» (acto) en la antropología semítica, contrapuesto al de «corazón» (disposición/estado), basta para excluir la interpretación «pobres en cuanto al espíritu».

«Tienen a Dios por rey». El griego basileia no significa aquí «reino», sino «reinado» (Cf. 3,2). «Suyo es el reinado de Dios» quiere decir que este reinado se ejerce sobre ellos, que sólo sobre ellos (ésos) actúa Dios como rey. La traducción requiere una fórmula que exprese el sentido activo de basileia.

Los efectos negativos de la opción por la pobreza (necesidad, dependencia) quedan neutralizados por la declaración de Jesús: «Dichosos». Cuando Dios reina sobre los hombres, se produce la felicidad. Esto significa que esos pobres no van a carecer de lo necesario ni van a tener que someterse a otros para obtener el sustento. La pobreza a la que Jesús invita significa una renuncia a acumular y retener bienes, a considerar algo como exclusivamente propio; estos pobres estarán siempre dispuestos a compartir lo que tengan. Así lo explica Jesús en los episodios de los panes (14, 13-23; 15,32-39).

Esta es la buena noticia a los pobres, el fin de su miseria, anunciado por Is 61,1 (Cf. Mt 11,5).

La opción inicial que propone Jesús realiza lo prescrito por el primer mandamiento de Moisés. «No tendrás otros dioses frente a mí» (Dt 5,7). La idolatría que amenazaba a Israel en sus primeros tiempos se concreta en la posesión de la riqueza (Cf. Mt 6,24). Por eso, el enunciado de esta bienaventuranza, como el de las que siguen, es exclusivo: porque «ésos», y no otros, «tienen a Dios por rey». Solamente los que han roto con el ídolo del dinero entran en el reino de Dios. La opción por la pobreza es la puerta de entrada en el reino y la que incorpora a la nueva alianza.

En relación con la proclamación de Jesús: «Enmendaos, que está cerca el reinado de Dios», la opción propuesta por la primera bienaventuranza lleva a su perfección la metanoia o enmienda, pues quien elige ser pobre renunciando a acaparar riquezas, y con ello al rango y al dominio, excluye de su vida toda posibilidad de injusticia.

  • Comienzan las tres bienaventuranzas que mencionan una situación negativa del hombre y la correspondiente promesa de liberación. «Los que sufren»: el verbo griego denota un dolor profundo que no puede menos de manifestarse al exterior. No se trata de un dolor cualquiera; el texto está inspirado en Is 61,1, donde los que sufren forman parte de la enumeración que incluye a los cautivos y prisioneros. En el texto profético se trata de la opresión de Israel, y el Señor promete su consuelo para sacar a su pueblo de la aflicción, del luto y del abatimiento.

«Los que sufren» son, por tanto, víctimas de una opresión tan dura que no pueden contener su dolor. Como en Is 61,1, el consuelo significa el fin de la opresión.

  • El texto de esta bienaventuranza reproduce casi literalmente Sal 37,11. En el salmo, los praeis son los ‘anawim o pobres que, por la codicia de los malvados, han perdido su independencia económica (tierra, terreno) y su libertad y tienen que vivir sometidos a los poderosos que los han despojado. Su situación es tal que no pueden siquiera expresar su protesta. A éstos, Jesús promete no ya la posesión de un terreno como patrimonio familiar, sino la de «la tierra» a todos en común (Cf. Dt 4). La universalidad de esa «tierra» indica la restitución de la libertad y la independencia con una plenitud no conocida antes.
  • Las dos bienaventuranzas anteriores se condensan en ésta. «Los que tienen hambre y sed de la justicia ( = de esa justicia).» El hambre y la sed indican el anhelo vehemente de algo indispensable para la vida. La justicia es al hombre tan necesaria como la comida y la bebida; sin ella se encuentra en un estado de muerte. La justicia a que se refiere la bienaventuranza es la expresada antes: verse libres de la opresión, gozar de independencia y libertad. Jesús promete que ese anhelo va a ser saciado, es decir, que en la sociedad humana según el proyecto divino, «el reino de Dios», no quedará rastro de injusticia.
  • Comienzan las bienaventuranzas que mencionan una actividad o estado positivos. «Los que prestan ayuda»: no se trata de misericordia como sentimiento, sino como obra (= obras de misericordia); es decir, de prestar ayuda al que lo necesita en cualquier terreno, en primer lugar en lo corporal (Cf. 25,35s). Dios derramará su ayuda sobre los que se portan así.
  • La expresión «los limpios de corazón» está tomada de Sal 24,4, donde «el limpio de corazón» se encuentra en paralelo con «el de manos inocentes». «Limpio de. corazón» es el que no abriga malas intenciones contra su prójimo; «las manos inocentes» indican la conducta irreprochable. En el salmo se explican ambas frases por «el que no se apega a un ídolo ni jura en falso a su prójimo» (LXX). En la primera bienaventuranza, Jesús ha identificado al ídolo con la riqueza (5,3; Cf. 6,24); es el hombre codicioso el que tiene una conducta malvada. Lo que sale del corazón y mancha al hombre se describe en Mt 15,19: los malos designios, que desembocan en las malas acciones. La limpieza de corazón, disposición permanente, se traduce en transparencia y sinceridad de conducta y crea una sociedad donde reina. la confianza mutua.

A «los limpios de corazón» les promete Jesús que «verán a Dios», es decir, que tendrán una profunda y constante experiencia de Dios en su vida. Esta bienaventuranza contrasta con el concepto de pureza según la Ley; la pureza o limpieza ante Dios no se consigue con ritos ni observancias, sino con la buena disposición hacia los demás y la sinceridad de conducta. La conciencia de la propia impureza retraía de la presencia divina (Cf. Is 6,5) y el corazón puro era una aspiración del hombre (Sal 51,12). Para Jesús, el corazón puro no es sólo una posibilidad, sino la realidad que corresponde a los suyos. En el AT, el lugar de la presencia de Dios era el templo (Sal 24,3; 42,3.5; 43,3); su función ha cesado de existir: Dios se manifiesta directa y personalmente al hombre.

  • «La paz» tiene el sentido semítico de la prosperidad, tranquilidad, derecho y justicia; significa, en suma, la felicidad del hombre individual y socialmente considerado. Esta bienaventuranza condensa las dos anteriores: en una sociedad donde todos están dispuestos a prestar ayuda y donde nadie abriga malas intenciones contra los demás, se realiza plenamente la justicia y se alcanza la felicidad del hombre. A los que trabajan por esta felicidad promete Jesús que «Dios los llamará hijos suyos»; es decir, esta actividad hace al hombre semejante a Dios por ser la misma que él ejerce con los hombres. Como cima de las promesas se enuncia la relación filial de los individuos con Dios, que incluye recibir la ayuda que él presta y tener la experiencia de Dios en la propia vida. El reinado de Dios es el de un Padre que comunica vida y ama al hijo. Cesa, pues, la relación con Dios como Soberano propia de la antigua alianza, sustituida por la relación de confianza, intimidad y colaboración del Padre con los hijos.
  • La última bienaventuranza, que completa la primera, expone la situación en que viven los que han hecho la opción contra el dinero. La sociedad basada en la ambición de poder, gloria y riqueza (4,9) no puede tolerar la existencia y actividad de grupos cuyo modo de vivir niega las bases de su sistema. Consecuencia inevitable de la opción por el reinado de Dios es la persecución. Esta, sin embargo, no representa un fracaso, sino un éxito («Dichosos») y, aunque en medio de la dificultad, es fuente de alegría, pues el reinado de Dios se ejerce eficazmente sobre esos hombres.

«Por su fidelidad», en griego dikaiosunê, como en v. 6, pero sin artículo. La ausencia de artículo impide identificarla con la justicia de 5,6. En cambio, al estar en paralelo con «por causa mía» (5,11), indica la fidelidad a la opción propuesta por Jesús en la primera bienaventuranza (5,3), de la que es prolongación por tener en común el segundo miembro: «ésos tienen a Dios por rey».

El hecho de que en la primera y última bienaventuranzas la promesa se encuentre en presente: «porque ésos tienen a Dios por rey», y las demás en futuro: «van a ser consolados», etc., indica que las promesas de futuro son efecto de la opción por la pobreza y de la fidelidad a ella. Se distinguen, pues, dos planos: el del grupo que se adhiere a Jesús y da el paso cumpliendo la opción propuesta por él, y el efecto de esto en la humanidad. En otras palabras, la existencia del grupo que opta radicalmente contra los valores de la sociedad provoca una liberación progresiva de los oprimidos (vv. 4-6) y va creando una sociedad nueva (vv. 7-9). La obra liberadora de Dios y de Jesús con la humanidad está vinculada a la existencia del grupo humano que renuncia a la idolatría del dinero y crea el ámbito para el reinado de Dios.

Aunque Jesús dirige su enseñanza a sus discípulos (5,2), las bienaventuranzas se encuentran en tercera persona, son invitaciones abiertas a todo hombre. La multitud que ha quedado al pie del monte, pero que escucha sus palabras (7,28), puede considerarse invitada a aceptar el programa de Jesús. La nueva alianza no está destinada solamente a Israel, sino a Ja humanidad entera. Según la concepción de Mt, el Israel mesiánico comprende a todos los pueblos, que pasan a ser hijos de Abrahán (3,9). Por eso, la genealogía del Mesías no comenzaba con Adán, sino con Abrahán (1,2), pues con él se inició la formación de la humanidad según el proyecto de Dios: la integración de la humanidad en el pueblo del Mesías (1,21), el descendiente de Abrahán, será el cumplimiento de la promesa.

En las bienaventuranzas promulga Jesús el estatuto del Israel mesiánico y constituye el nuevo pueblo, representado en este pasaje por los discípulos que suben al monte con él. De ahí que Mt, al contrario de Mc (3,13-19), no narre la constitución de los Doce, sino solamente su misión (10,1ss). El número Doce es el del Israel mesiánico, fundado con las bienaventuranzas o código de la alianza. «Los doce discípulos» (10,2) representan a todos los seguidores de Jesús, sea cual fuera su número.

11-12. Desarrolla Jesús para sus discípulos la última bienaventuranza, la más paradójica de todas. La persecución mencionada en 5,10 se explicita en insulto, persecución y calumnia por causa de Jesús. La sociedad ejerce sobre la comunidad una presión que tiene diversas manifestaciones, más o menos cruentas. Busca desacreditar al grupo cristiano, presentar de él una imagen adversa, y puede llegar a la persecución abierta. El motivo de esa hostilidad no puede ser otro que la fidelidad a Jesús y a su programa. La reacción de los discípulos ante la persecución ha de ser de alegría. Tendrán una gran recompensa.

La locución del original («en los cielos») designa a Dios como agente («desde los cielos»); él actúa como rey de los que viven perseguidos; ésa es su recompensa. Los discípulos toman en la historia el puesto de. los profetas de antaño, pero, según este pasaje, la acción profética es la vida misma según el programa propuesto por Jesús. La persecución no es, por tanto, motivo de depresión o desánimo; todo lo contrario, ella demuestra que la vida de los discípulos causa impacto en la sociedad ambiente, y éste es su éxito. Relacionando estas palabras de Jesús con el conjunto de las bienaventuranzas, puede afirmarse que la vida de la comunidad va produciendo la liberación prometida en los sectores oprimidos de la sociedad y a eso se debe la persecución de que es objeto.

13. La sal, que asegura la incorruptibilidad, se usaba en los pactos como símbolo de su firmeza y permanencia. En particular, todo sacrificio debía ser salado, como señal de la permanencia de la alianza (LV 2,13; Cf. Nm 18,19: «una alianza de sal es perenne»; 2 Cr 13,5: «El Señor… con pacto de sal concedió a David y a sus descendientes el trono de Israel para siempre»). «La tierra» está por la humanidad que la habita. Según este dicho de Jesús, los discípulos son la sal que asegura la alianza de Dios con la humanidad; es decir, de su fidelidad al programa de Jesús depende que exista la alianza, y que se lleve a cabo la obra liberadora prometida. Si la sal pierde su sabor, con nada puede recuperarlo; si los que se llaman discípulos de Jesús, y tienen delante su ejemplo, no le son fieles, no hay donde buscar remedio. Esos discípulos son cosa inútil, han de ser desechados, arrojados fuera, y merecen el desprecio de los hombres, a cuya liberación debían haber cooperado.

El uso del verbo môrainô para indicar que la sal pierde su sabor (môranthê, «se pone sosa», lit. se vuelve necia) pone esta advertencia de Jesús en relación con 7,26, donde el môros o necio es quien escucha las palabras de Jesús pero no las pone por obra. La comunidad que, en su práctica, traiciona el mensaje no tiene razón de existir.

14-16. «La luz» es la gloria o esplendor de Dios mismo, que, según Is 60,1-3, había de refulgir y brillar sobre Jerusalén. La interpretación de Is 60,3 aplicaba la frase a Israel; también a la Ley y al templo (Cf. Is 2,2) y a la ciudad de Jerusalén (Cf. Is 60,19), siempre como reflejo de la presencia de Dios en ellos. Esta presencia radiante y perceptible se ha de verificar en adelante en los discípulos; ellos son el Israel desde donde refulge Dios, la nueva Jerusalén donde él habita. Esa luz ha de ser percibida: la comunidad cristiana no puede esconderse ni vivir encerrada en sí misma. La gloria de Dios ya no se manifiesta en el texto de la Ley ni en el local de un templo, sino en el modo de obrar de los que siguen a Jesús. «Vuestra luz» son las obras en favor de los hombres, descritas en 5,7.8.9, en las que resplandece Dios: la ayuda, la sinceridad y el trabajo por la paz, es decir, la constitución de una sociedad nueva. Al nombrar a Dios como Padre de los discípulos, Mt alude a la calidad de hijos de que éstos gozan por su actividad, que continúa la del Padre (5,9). Así, «los hombres» glorificarán al Padre, es decir, conocerán al único verdadero Dios.

Estos dos dichos de Jesús confirman la creación del Israel mesiánico: los discípulos son los garantes de la alianza y en la comunidad resplandece la gloria de Dios. Es la comunidad de los que han elegido ser pobres (5,1), se mantienen fieles a este compromiso (5,10), ejercen las obras propias de los hijos de Dios (5,7-9) y dan así ocasión a la liberación de la humanidad (5,4-6). Es la presencia del reinado de Dios en la tierra (5,3.10).


by

Comments

Leave a Reply