Su justicia es generosidad

Domingo 25º del Tiempo Ordinario – Ciclo A

20 de septiembre de 2026

Primera Lectura. Isaías 55,6-9: Como el cielo es más alto que la tierra, mis caminos son más altos que los vuestros, mis planes, que vuestros planes.

Salmo 144,2-3.8-9.17-18: El Señor es justo en todos sus caminos, es bondadoso en todas sus acciones

Segunda lectura.  Filipenses 1,20c-24.27a: Una sola cosa: vivid a la altura de la buena noticia del Mesías.

                                   Evangelio: Mateo [19,30];20,1-16

      [19 30 Todos, aunque sean primeros, serán últimos, y aunque sean últimos, serán primeros.]

      20 1 Porque el reinado de Dios se parece a un propietario que salió al amanecer a contratar jornaleros para su viña. 2 Después de ajustarse con ellos el jornal de costumbre, los mandó a la viña. 3 Salió otra vez a media mañana, vio a otros que estaban en la plaza sin trabajo 4 y les dijo:

      — Id también vosotros a mi viña y os pagaré lo que sea justo.

         5 Ellos fueron.

      Salió de nuevo hacia mediodía y a media tarde e hizo lo mismo. 6 Saliendo a última hora, encontró a otros parados y les dijo:

      — ¿Cómo es que estáis aquí el día entero sin trabajar?

      7 Le respondieron:

      — Nadie nos ha contratado.

      Él les dijo:

      — Id también vosotros a la viña.

      8 Caída la tarde, dijo el dueño de la viña a su encargado:

      — Llama a los jornaleros y págales el jornal, empezando por los últimos y acabando por los primeros.

      9 Llegaron los de la última hora y cobraron cada uno el jornal entero. 10 Al llegar los primeros pensaban que les darían más, pero también ellos cobraron el mismo jornal por cabeza. 11 Al recibirlo se pusieron a protestar contra el propietario:

      12 — Estos últimos han trabajado solo una hora y los has tratado igual que a nosotros, que hemos cargado con el peso, del día y el bochorno.

      13 Él repuso a uno de ellos:

      — Amigo, no te hago ninguna injusticia. ¿No te ajustaste conmigo en ese jornal? 14 Toma lo tuyo y vete. Quiero darle a este último lo mismo que a ti. 15 ¿Es que no tengo libertad para hacer lo que quiera con lo mío?, ¿o ves tú con malos ojos que yo sea generoso?

      16 Así es como los últimos serán primeros y los primeros últimos.

El texto y un breve comentario de cada una de las lecturas de este domingo se podrán encontrar pulsando más arriba, en los enlaces correspondientes.

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Comentario tomado de la página web “Llamados a ser libres” de Rafael J. García Avilés: www.rafaelj.net.
Rembrandt. Parábola de los trabajadores en la viña. 1636. Museo del Hermitage. San Petersburgo, Rusia.

Su justicia es generosidad

    Así es la justicia de Dios. Su justicia es generosidad, y esa generosidad crea igualdad: Él da a cada uno, no solo lo que se merece, sino todo lo que necesita. Frente a un orden en el que la competición permanente —provocando cada vez más desigualdad—, es el eje alrededor del cual se estructuran las relaciones humanas, personales y colectivas, el evangelio propone una generosa solidaridad que dé como fruto la igualdad, en dignidad y derechos, por supuesto; pero también en lo económico, al menos en los recursos esenciales para una vida digna.

Dios no es uno de «los grandes»

    El salmo que se recita este domingo es un himno de alabanza que celebra la grandeza de Dios. El titular que encabeza este párrafo no pretende negar lo que dice el salmo sino, muy al contrario, quiere expresar su pleno acuerdo con él. Dios es grande, pero no lo es de acuerdo con las medidas de grandeza de este mundo: el Señor es grande porque es clemente y misericordioso, el Señor es grande precisamente porque no es como los grandes de este mundo.

    Nos hemos empeñado en entender cómo es Dios, imaginándonoslo como un ser humano ideal, en quien proyectamos todas las perfecciones que descubrimos en nosotros, en el conjunto de la humanidad y entendiendo esas perfecciones y esa grandeza como las entienden quienes dominan el mundo. Pero Dios no es así: «Mis planes no son vuestros planes, vuestros caminos no son mis caminos».

    A lo largo de la historia humana y en muchas culturas, si no en todas, los poderosos de este mundo han procurado que se crea que Dios es grande al estilo de ellos, pero muchísimo más. Identificando grandeza y poder (entendido como fuerza para dominar a muchos pequeños), han diseñado una imagen de Dios caracterizada por poseer el poder más caprichoso y se han presentado a sí mismos como delegados de ese poder divino. Un dios a su medida y a su servicio: un dios justiciero, capaz de castigar con el fuego eterno a una creatura suya que lo ofendiera, por una debilidad, una sola y única vez. Esta imagen de dios les servía para justificar su crueldad en la aplicación de lo que ellos llaman justicia. Y un dios rico —una institución religiosa rica— justificaba que ellos acumularan riqueza.

    Paradójicamente, si Dios hubiera sido el más grande al estilo de los grandes de este mundo, la mayoría de ellos no se habrían librado de un durísimo castigo. Pero Dios no es como ellos porque, incluso a ellos, se dirige el ofrecimiento de perdón totalmente gratuito que nos llega por medio de las palabras de Isaías: «que el malvado abandone su camino y el criminal sus planes; que regrese al Señor, y él tendrá piedad, a nuestro Dios, que es rico en perdón».

    Es la misericordia lo que constituye la grandeza de Dios; su amor que, como veremos más adelante, se ofrece a todos, prefiere a los más pequeños y quiere a todos iguales.

Los más grandes, ¡los primeros!

    La victoria más importante que los poderosos consiguen consiste en lograr que las personas y los pueblos sobre los que su poder se levanta acaben asumiendo, como propia, su ideología —la que a ellos interesa, la que garantiza sus intereses y sus privilegios—. Eso es lo que sucede en nuestro tiempo con el neoliberalismo y los populismos reaccionarios que han nacido del mismo.

    De acuerdo con esta ideología —que se presenta como nueva, pero que, en su esencia, es tan antigua como el hombre mismo—, la vida se entiende como una continua competición en la que solo unos pocos triunfan, en la que solo unos pocos pueden llegar a ser grandes. No se trata simplemente de luchar por una vida digna; lo que importa realmente es ser los mejores, llegar los primeros, subir más arriba que nadie… Desde la escuela —«el primero de la clase»— hasta en los asuntos más domésticos —mi móvil es más moderno que el del vecino—, vivir significa competir para superar a los demás.

    Ahora bien, si asumimos ese modo de vida, no nos quedará más remedio que sentirnos competidores unos de otros. Porque el primero solo puede ser uno, uno solo puede ser considerado el mejor; y así, todos los que luchan por el mismo puesto luchan entre sí. Y si la vida se convierte en una lucha permanente de unos contra otros, este mundo nuestro jamás podrá ser un mundo de hermanos.

    Dicen que la competitividad genera esfuerzo y el esfuerzo riqueza; y que cuando haya mucha riqueza, habrá para todos. ¿De verdad que se lo creen?

    En la actualidad el mundo produce recursos sobrados para garantizar una vida digna y satisfacer las necesidades básicas (alimento, vestido, casa, educación, sanidad, infraestructuras esenciales) de todos los seres humanos. El mundo produce alimentos suficientes como para aportar 2.700 calorías diarias a 12.000 millones de personas (casi el doble de la población mundial) y, sin embargo, sigue habiendo millones de personas que pasan hambre en el mundo, como revelan los informes anuales de la FAO sobre El estado de la seguridad alimentaria y la nutrición en el mundo (el último, de  2026, se puede leer aquí).

    El evangelio no nos ofrece una fórmula concreta para resolver el problema, no tiene una teoría económica propia. Encontrar el camino concreto que nos conduzca a un modelo económico más justo y eficaz para todos es un asunto que pertenece a lo que el concilio Vaticano II llamó la autonomía de las realidades temporales. Pero el evangelio sí nos indica la dirección en la que debemos caminar y la meta a la que nos debemos dirigir.

«… según sus necesidades»

    Jesús de Nazaret, que viene a enseñarnos a vivir como hermanos, propone como uno de los componentes esenciales de su mensaje la afirmación de la igualdad radical entre todas las personas y la exigencia para sus seguidores de construir una sociedad de iguales. Bastaría leer algunos párrafos del evangelio de Mateo para hacer desaparecer la más pequeña duda: «Vosotros, en cambio, no os dejéis llamar “señor mío”, pues vuestro maestro es uno solo y vosotros todos sois hermanos; y no os llamaréis “padre” unos a otros en la tierra, pues vuestro Padre es uno solo, el del cielo; tampoco dejaréis que os llamen “directores”, porque vuestro director es uno solo, el Mesías» (23,8-10). Y esta igualdad radical en lo que a dignidad se refiere tiene su aspecto económico perfectamente explicado en el libro de los Hechos de los Apóstoles: «Los creyentes vivían unidos y lo tenían todo en común: vendían posesiones y bienes y lo repartían entre todos según la necesidad de cada uno» (2,44-45). «Nadie consideraba suyo nada de lo que tenía, sino que lo poseían todo en común… entre ellos ninguno pasaba necesidad, ya que los que poseían tierras o casas las vendían, llevaban el dinero y lo ponían a disposición de los apóstoles; luego se distribuía según lo que necesitaba cada uno» (4,32-35). Así de claro.

Ni últimos ni primeros

    La parábola contenida en el evangelio de este domingo explica cómo deben ser las relaciones —incluidas las relaciones económicas— en un grupo de personas que deciden dejarse gobernar por Dios: si queremos que Dios reine sobre nosotros, nuestros comportamientos deben dirigirse en la dirección que señalan los pasajes introducidos de este modo: «El reinado de Dios se parece…»

    La parábola cuenta que un señor, dueño de una viña, llama a distintos grupos de trabajadores a diversas horas del día, de modo que unos trabajan la jornada entera y otros solo una parte de ella. Con los primeros acuerda el jornal; a los segundos solo les dice que les pagará lo que sea justo y, a los últimos solo les dice que vayan a trabajar. Pero, al final, todos reciben el mismo salario, el que se ajustó con los que fueron a trabajar primero. Y empiezan cobrando ¡los últimos que llegaron!

    La enseñanza central de este pasaje evangélico es clara. La parábola sigue en el evangelio de Mateo al relato del joven rico en el que el evangelista pone en boca de Jesús las conocidas (y manipuladas) palabras sobre la riqueza: «Os aseguro que con dificultad va a entrar un rico en el Reino de Dios. Lo repito: Más fácil es que entre un camello por el ojo de una aguja que no que entre un rico en el Reino de Dios» (Mt 19,23-24). Y el sentido de esta parábola, que no podemos desconectar del contexto inmediatamente anterior, está resumido en dos frases paralelas que la preceden y la cierran: «Pero todos, aunque sean primeros, serán últimos, y aunque sean últimos serán primeros» (Mt 19,30;20,16).

    En el Reino de Dios (que es el mundo que Dios quiere, este mundo organizado con los valores de las bienaventuranzas, no solo, ni en primer lugar, lo que llamamos el cielo), en el grupo formado por los que tienen a Dios por Rey (Mt 5,3.10) no habrá ni primeros ni últimos, todos deberán ser considerados y tratados como iguales en dignidad y en derechos. No se concederán ventajas ni dignidades al que realice un trabajo considerado más importante, ni al que tenga más capacidad, ni al que haya llegado antes… En ese grupo no habrá ricos, ni grandes, ni padres, ni jefes, ni señores, sino un solo Padre, un solo maestro, un solo Señor; todos serán trabajadores, iguales todos en dignidad, todos hermanos, con un solo Padre, un solo Señor y un solo Maestro (Mt 23,8-12). En ese grupo cada uno aportará según sus posibilidades («Otros cayeron en tierra buena y dieron fruto: unos, ciento; otros, sesenta; otros, treinta»: Mt 13,8.23) y recibirá en todo, hasta en vida eterna, según sus necesidades, esto es, todos lo mismo, salvo que alguno, por ser más débil, necesite algo más que los demás. Y ese grupo ha de ser una muestra de lo que Dios quiere para todo el mundo.

    Estos son los caminos de Dios. Esta es la generosa justicia de Dios. Él da a cada uno, no lo que se merece, sino aún más: todo lo que necesita. Frente a un orden en el que la desigualdad es el eje alrededor del cual se estructuran las relaciones humanas, personales y colectivas, el evangelio propone la igualdad, al menos en los recursos esenciales para una vida digna, igualdad que debería quedar realizada primero en la comunidad cristiana para que, de modo coherente, ésta pueda actuar como levadura en la masa y favorezca cambios en el mundo que hagan avanzar la justicia de Dios, la igualdad entre los hombres y, en definitiva, la fraternidad.

    Cierto que la parábola no puede reducirse a lo estrictamente económico; pero de ningún modo se puede olvidar este aspecto (que, por cierto, es el que más frecuentemente se olvida). Y también parece claro que, al iniciar la andadura de una comunidad, no se puede empezar por ahí, pero una comunidad cristiana no estará madura hasta que no haya encontrado el modo de compartir los bienes para dar corporalidad y hacer visible la fraterna igualdad esencial que es consecuencia de ser todos hijos de un mismo y único Padre.

    Una pregunta que nos debería hacer pensar ¿Por qué las distintas propuestas o iniciativas orientadas a garantizar un mínimo de recursos económicos para que las personas puedan gozar de una vida digna, decente, se encuentran con frecuencia con la oposición de grupos u organizaciones que dicen defender una mentalidad, una tradición o una identidad cristianas?

Comentario 2º.  Tomado de: Juan Mateos – Fernando Camacho, El evangelio de Mateo. Lectura comentada

LOS JORNALEROS DE LA VIÑA

19,30-20,16

La traducción exige una explicación detallada. «Todos», lit. «muchos», traducción del arameo sagi’in (= hebreo rabbim en sentido inclusivo de totalidad discreta, cf. Is 53,11s) que, articulado o no, puede significar «todos». El arameo koll denota totalidad integral («todo/el todo»); la totalidad discreta («multitud de individuos que forman un todo/todos») se dice «(los) muchos»; cf. 20,28; 26,28. El paralelismo de 19,30 con 20,16, con el que forma inclusión y donde el artículo marca la totalidad, obliga a esta interpretación.

Los adjetivos «primeros, últimos» están ambos en el predicado, lit.: «todos (sujeto) serán (cópula) primeros últimos (predicado) y últimos primeros (predicado)». Hacer de «primeros» sujeto no está justificado gramaticalmente. Existe, pues, un predicado complejo, en el primer miembro, «últimos primeros». Podría traducirse: «todos serán (al mismo tiempo) últimos y primeros». La presencia del segundo miembro, sin embargo, obliga a buscar otra solución.

El predicado principal es el adjetivo que ocupa el último lugar en cada miembro; suprimiendo los intercalados se tendría: «todos serán… últimos y (todos serán)…primeros», con lo que la frase hace perfecto sentido. ¿Cómo interpretar los adjetivos intercalados?

Existe una equivalencia entre adjetivos y participios; no sólo funcionan éstos como adjetivos (así en castellano), sino también viceversa, los adjetivos como participios (cf. Rom 1,17, dikaios, y 5,1, dikaiothentes; 1 Cor 1,2, hagios y hegiasmenoi); cuando esto ocurre, el adjetivo puede adquirir las modalidades de subordinación propias del participio; las más comunes son condicional (Lc 18,7), concesiva (Mt 7,11) y causal (Sant 1,26). Utilizando esta posibilidad y tomando los adjetivos como concesivos, la frase adquiere sentido y cuadra perfectamente con la parábola que sigue, expresando la perfecta igualdad existente en la comunidad cristiana: «y/pero todos serán, aunque primeros, últimos, y aunque últimos, primeros».

20,1. La viña era símbolo del pueblo de Dios, antes Israel (cf. Is 5,7; Sal 80,9s.15s); ahora lo es del nuevo pueblo de Dios, la humanidad entera (cf. 21,41). La parábola ilustra el principio expuesto en 19,30: la cantidad o calidad del trabajo o del servicio, la antigüedad, las diversas funciones en la comunidad, el mayor rendimiento no crean situación de privilegio ni son fuente de mérito (el mismo jornal para todos), pues este servicio es respuesta a un llamamiento gratuito. El sentimiento del propio mérito produce descontento y división (vv. 11s.15). El llamamiento gratuito espera una respuesta desinteresada. En otras palabras: el trabajo, que es la vida en acción, no se vende: sería prostituirlo; no nace del deseo de recompensa, sino de la espontánea voluntad de servicio a los demás (5,7.9). No se trabaja para crear desigualdad, sino para procurar la igualdad entre los hombres, y ésta debe ser patente en la comunidad.

«El jornal de costumbre» (2): lit. «un denario cada día», jornal ordinario de un trabajador en aquel tiempo. En la parábola, la cuantía no es significativa, lo que importa es la igualdad de jornal para todos. Nótese que la menor cantidad de trabajo no se debe a negligencia, sino a la hora de la llamada.

«A media mañana»: lit. «alrededor de la tercera hora», es decir, «a eso de las tres». El mundo antiguo dividía el día en doce horas de luz (salida a puesta del sol) y doce de noche (puesta a salida). En consecuencia, la longitud de las horas variaba según las estaciones: más cortas las del día en invierno y más largas en verano. «Las tres» = «media mañana/hacia las nueve» en nuestro cómputo; paralelamente, v. 5 «a mediodía» (gr. «hacia las seis»), «a media tarde» (gr. «hacia las nueve»), y v. 6 «a última hora» (gr. «hacia las once»).

«Ves tú con malos ojos» (15): lit. «el ojo tuyo malvado es». «Ojo malvado», semitismo = envidia, tacañería (cf. 6,22). El modismo castellano enlaza con el primer significado.

«Los primeros» (16): el colofón repite (cf. 19,30) la clave de lectura de la parábola, la igualdad en el reino de Dios (= comunidad cristiana).

La respuesta positiva de los que aceptan trabajar en la viña, que significa la dedicación al servicio del hombre, equivale al seguimiento de Jesús. El don que a todos se da es el Espíritu, en paralelo con lo sucedido con Jesús en el bautismo (3,16). Los momentos sucesivos de la llamada pueden indicar también la entrada de los paganos en la iglesia. Los israelitas, llamados en primer lugar, no pueden considerarse superiores a los nuevos miembros de la comunidad.


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