Al final, vencerá la vida

Domingo 22º del Tiempo Ordinario

30 de agosto de 2026

Primera Lectura. Jeremías 20,7-9: …la palabra del Señor se me volvió escarnio y burla constantes… Pero la sentía dentro como fuego ardiente encerrado en los huesos: hacía esfuerzos por contenerla y no podía.

Salmo 62, 2-6.8-9: Oh Dios, tú eres mi Dios, por ti madrugo, mi alma está sedienta de ti; mi carne tiene ansia de ti, como tierra reseca, agotada, sin agua.

Segunda Lectura. Romanos 12,1-2: Por ese cariño de Dios os exhorto… no os amoldéis al mundo este, sino idos transformando con la nueva mentalidad, para ser vosotros capaces de distinguir cuál es el designio de Dios, lo bueno, grato y perfecto.

Evangelio: Mateo 16, 21-27

     21 Desde entonces empezó Jesús a manifestar a sus discípulos que tenía que ir a Jerusalén, padecer mucho a manos de los senadores, sumos sacerdotes y letrados, ser ejecutado y resucitar al tercer día.
    22 Entonces Pedro lo tomó aparte y empezó a increparlo:

    – ¡Líbrete Dios, Señor! ¡No te pasará a ti eso!

    23 Jesús se volvió y dijo a Pedro:

    – ¡Vete! ¡Ponte detrás de mí, Satanás! Eres un tropiezo para mí, porque tu idea no es la de Dios, sino la de los hombres.

    24 Entonces dijo a los discípulos:

    – El que quiera venirse conmigo, que reniegue de sí mismo, que cargue con su cruz y entonces me siga. 25Porque si uno quiere poner a salvo su vida, la perderá; en cambio, el que pierda su vida por causa mía, la pondrá al seguro. 26Y luego, ¿de qué le sirve a un hombre ganar el mundo entero a precio de su vida? ¿Y qué podrá dar para recobrarla? 27Además, el Hijo del hombre va a venir entre sus ángeles con la gloria de su Padre, y entonces retribuirá a cada uno según su conducta.

El texto y un breve comentario de cada una de las lecturas de este domingo se podrán encontrar pulsando más arriba, en los enlaces correspondientes.

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Comentario tomado de la página web “Llamados a ser libres” de Rafael J. García Avilés: www.rafaelj.net.
Rafael Sanzio, Jesús corrige a Pedro, 1515, Museo Victoria y Alberto, Museo Nacional de Arte y Diseño Londres, Reino Unido.

Al final, vencerá la vida

    Por la implantación del reinado de Dios, hay que estar dispuestos a jugarse la vida. Después de haber celebrado más de dos mil veces el Viernes Santo, no debería ser necesario decirlo. No basta con recordar la vida, pasión y muerte de Jesús; hay que cargar con la cruz y seguirlo. Aunque jugamos con ventaja; pues sabemos que, ya desde ahora y para siempre, la vida acabará venciendo.


Seducción y tentación

    Al hablar de su vocación y de su experiencia, Jeremías usa unas palabras extremadamente fuertes: «Me sedujiste, Señor, y me dejé seducir, me forzaste, me violaste». El profeta experimenta, al mismo tiempo, atracción y resistencia ante la tarea que Dios le encomienda; se sabe libre para aceptar la relación que Dios le propone, pero, a la vez, se siente dominado por la fuerza de la palabra del Señor. ¿Y por qué esos sentimientos contradictorios? ¿En qué consiste esa propuesta?

    El profeta es el portavoz de Dios; su misión no es adivinar el futuro, sino iluminar el presente; y el presente, la realidad de cada día no está de acuerdo con lo que Dios quiere y, por eso, su palabra es conflictiva, choca con los intereses de algunas, tal vez pocos, pero muy poderosos.

    Es incómoda para el que la escucha. Nuestras limitaciones aparecen con total claridad cuando la palabra de Dios ilumina nuestras vidas; en mayor o en menor grado, todos somos culpables o cómplices de la injusticia, al menos porque no hacemos todo lo que podríamos hacer contra ella. Y a nadie le agrada ver sus propios defectos.
    Y es más que incómoda para el que se pone incondicionalmente a su servicio. El que así lo hace no puede respetar nada que se oponga a esa palabra; no se puede callar ni ante el amigo, ni delante del poderoso, ni ante el piadoso, ni frente a la institución. Y eso acaba trayéndole problemas: «Si hablo es a gritos, clamando “¡violencia, destrucción!”, la palabra del Señor se me volvió escarnio y burla constantes… Mis amigos acechaban mi traspié: a ver si se deja seducir, lo violaremos y nos vengaremos de él…».

    Y el profeta, que es también hombre de carne y hueso, que gusta y necesita ser reconocido y aceptado por sus semejantes, siente la tentación de abandonar; pero la pasión por la verdad y por la justicia que tiene que anunciar y proclamar en nombre del Señor vence su debilidad: «Me dije: No me acordaré de Él, no hablaré más en su nombre; pero ella era en mis entrañas fuego ardiente, encerrado en los huesos: intentaba contenerlo, y no podía».


La cruz… de la moneda

    Como en tantas otras cosas, Jesús se coloca en la línea de los profetas del Antiguo Testamento, llegando siempre mucho más allá de donde aquellos llegaron. Después de la confesión de Pedro, Jesús se pone a explicar a sus discípulos cuáles son las consecuencias prácticas que va a tener el que él sea un mesías muy distinto a lo que se decía en las enseñanzas oficiales: tiene claro que su mensaje va a topar de frente con los intereses de los privilegiados de aquella sociedad y sabe que estos se resistirán a perder sus privilegios; él, por su parte, está dispuesto a ir hasta el final, aunque sabe que el verdadero final no será el que decidan los señores de la Tierra sino el que tiene previsto el Señor del Cielo y la Tierra: «Desde entonces empezó Jesús a manifestar a sus discípulos que tenía que ir a Jerusalén, padecer mucho a manos de los senadores, sumos sacerdotes y letrados, ser ejecutado y resucitar al tercer día».

    Jesús no anuncia un fracaso ni un éxito pasajero: el final que Jesús anuncia es la vida definitiva, la definitiva victoria sobre la muerte; eso estaba ya incluido en la afirmación de Pedro: «Tú eres el Mesías, el Hijo de Dios vivo». Pero ante la dureza del camino, Pedro pierde de vista la meta; y si su intervención anterior fue absolutamente positiva, ahora pierde los papeles y muestra el otro lado, la cruz… de la moneda. Él no puede consentir que Jesús acabe de esa manera: en conflicto con los máximos dirigentes del pueblo, los miembros del Gran Consejo, la aristocracia económica (senadores—, la jerarquía religiosa —sumos sacerdotes— y la crema de la intelectualidad —letrados—…; detenido, juzgado, ejecutado… Pero ¿habría perdido Jesús la cabeza? Y lo coge aparte, se separa del resto de la comunidad y trata de torcer su camino: «¡Líbrete Dios, Señor! ¡No te pasará a ti eso!».

    La dureza de la reacción de Jesús muestra hasta qué punto había sido profunda la metedura de pata de Pedro: «¡Vete! ¡Quítate de en medio, Satanás! Eres un tropiezo para mí, porque tu idea no es la de Dios, sino la humana». Pedro se muestra radicalmente incoherente con lo que acababa de decir —véase el evangelio del domingo pasado—. Su propuesta equivale a las tentaciones del desierto: él, que todavía no acepta la idea de un mesías que acabe fracasando y sufriendo una muerte violenta, pretende desviar a Jesús de su camino (Mt 4,1-11); por eso Jesús lo rechaza con las mismas palabras con que despidió al diablo en aquella ocasión.

    La muerte de Jesús era inevitable. Y no porque Dios lo hubiera dispuesto así, sino como consecuencia del choque que se produjo entre la fidelidad de Jesús a su compromiso de servicio y de amor, y la obcecación de los dirigentes, dispuestos a todo con tal de salvaguardar sus privilegios. Y Pedro, con su actitud, con su tal vez equivocada buena voluntad, estaba intentando quebrar la fidelidad de Jesús. Muy al contrario, lo que él debe hacer es ponerse detrás, seguir las huellas de su maestro.


Con la cruz a cuestas


    Y esa misma actitud, de fidelidad al compromiso, de firmeza en el conflicto y de confianza en el Padre, es la que exige a sus discípulos: deben estar dispuestos a entrar en conflicto con el sistema establecido, a ser considerados culpables de un delito considerado tan grave, que los convierte en reos de muerte. Por eso, a continuación, Jesús se dirige a los discípulos y les dice que «el que quiera venirse conmigo, que reniegue de sí mismo, que cargue con su cruz y entonces me siga». No dice Jesús nada nuevo: se limita a recordar lo que ya había dicho en las bienaventuranzas (Mt 5,1-12).

    Renegar de sí mismo significa colocar en un segundo plano los propios intereses, renunciar al éxito y al triunfo, tal y como se entienden en nuestro mundo; renunciar, naturalmente, al deseo de hacerse rico. Y todo eso para construir un mundo de justicia, de solidaridad y paz, un mundo fraterno en el que el rey es el Padre Dios: es la primera bienaventuranza. Pero nunca significará renunciar a la felicidad que, también en esto resuenan las bienaventuranzas, se quiere y se busca para todas las personas.

    Cargar con la cruz equivale a la última, en la que Jesús promete la felicidad a quienes son perseguidos por su fidelidad: Jesús no está, por tanto, predicando la resignación ante los sufrimientos que nos pueda traer el vivir cotidiano. La cruz que hay que coger es la misma que llevó Jesús. Él no se calló ante la injusticia, no se resignó ante el dolor humano, no sacralizó el dolor ni la enfermedad, sino que fue anunciando felicidad y repartiendo vida. Y por eso lo mataron: por lo que habló, porque denunció la injusticia, porque condenó las desigualdades, por su lucha constante en favor de la felicidad de los pobres, los enfermos, los marginados, los desgraciados… y de todos los que quisieran aceptar su servicio. Por eso le hicieron cargar y, después, lo colgaron de la cruz. Esa fue su cruz; y ésa es la cruz que deben estar dispuestos a cargar sus seguidores.

    Ni Jesús buscó el sufrimiento ni quiere que lo busquemos nosotros; pero lo que él no hizo y lo que no quiere que nosotros hagamos es que nos arruguemos, asustados, cuando nuestra actividad en favor del evangelio se vea atacada por letrados, sumos sacerdotes o senadores. Jesús no nos invita a sufrir, sino a amar, a ser solidarios, a mantener con firmeza nuestro compromiso con su proyecto. Y a rebelarnos contra la injusticia. Que mantengamos la firmeza en la rebeldía y la fidelidad en el amor es lo que nos pide, aunque esa firmeza y esa fidelidad nos puedan acarrear la persecución de quienes creen que viven mejor en un mundo injusto e insolidario que en un mundo de hermanos.


Salvar la vida

    La propuesta de Jesús —crear un mundo nuevo en el que todas las personas vivan con la dignidad que les corresponde, pues todas son hijas de Dios—, no era compatible con la realidad de aquel momento histórico, en el que solo unos pocos vivían de verdad y lo hacían a costa de la vida de muchos. Y no lo es con la realidad del momento presente. Querer salvar la vida en aquel y en este contexto significaba —y significa— ponerse del lado de los “vivales” para aprovecharse con ellos de la mala vida del resto; y perder la vida suponía —y supone también hoy— ponerse del lado de los marginados, de los pobres, de los excluidos en el reparto de los beneficios sociales… para que la vida llegue hasta ellos en plenitud. Está claro de qué lado están el Padre y Jesús; y de qué lado deben estar el resto de sus hijos y hermanos. Ese es el sentido de las palabras de Jesús: «Porque si uno quiere poner a salvo su vida, la perderá; en cambio, el que pierda su vida por causa mía, la pondrá al seguro». No es un trabalenguas, ni una adivinanza: en su contexto es casi una obviedad; y también es la invitación a asumir un compromiso.

    Y esto, no porque nadie —ni siquiera Dios—, lo imponga. Sino porque esa propuesta de un modo distinto de vivir y de entender la vida nos ha seducido; y no por la fuerza, o con engaños, sino ganándose nuestro corazón y liberando nuestro espíritu, conquistando nuestros afectos y convenciendo a nuestra razón, haciéndonos cambiar de mentalidad para que, como personas libres, como hijos e hijas adultas, seamos «capaces de distinguir lo que es voluntad de Dios, lo bueno, conveniente y acabado».


Después —y antes— de la cruz

    Jesús, ya lo veíamos, habla de su pasión y de su muerte, pero anuncia también su resurrección. Y lo mismo que nos invita a acompañarlo en el camino, que podría pasar por la persecución y muerte también en nuestro caso[1], nos promete que estaremos asociados a él también en el triunfo: quien esté dispuesto a jugarse la vida, que sepa que acabará ganando la partida final. Jesús recorrerá con él el camino que ya recorrió una vez, y al final «el Hombre va a venir entre sus ángeles con la gloria de su Padre, y entonces retribuirá a cada uno según su conducta» (Mt 16,27).

    Pero, además de tener asegurada la vida para siempre, la propuesta de Jesús tiene valor ya, ahora, en el momento presente. No vale la pena gastar la vida en conseguir el mundo: «¿De qué sirve a un hombre ganar el mundo entero a precio de su vida?» La vida vale mucho más que todas las riquezas del mundo. “Renegar a sí mismo”, “elegir ser pobre”, aceptar la persecución, si esta llega, no es renunciar a la vida, es aprovecharla mucho mejor, es dedicarla al amor, es gastarla en la conquista solidaria de la felicidad, la más profunda, la más extensa, la más intensa: la felicidad que nace de la experiencia del amor compartido.

    Por eso la victoria se puede experimentar anticipadamente, no solo después de la cruz, sino también antes; ése es el sentido de la promesa de las bienaventuranzas: «Seréis dichosos». ¿Vale la pena gastar la vida en otra cosa? 


[1] Por citar un ejemplo: hace dos días, el pasado día 28, se recordaba que, ese mismo día de 1994, Jean-Marie Vincent, religioso motfortiano, comprometido con los derechos humanos fue asesinado en Port-au-Prince. Durante los tres años del gobierno golpista de Raoul Cédras, más de 100 sacerdotes, religiosos y religiosas fueron encarcelados u obligados a abandonar sus parroquias. (Agenda Latinoamericana 2006).
    Del mismo modo, en los años finales del franquismo, en España, hubo una cárcel, en Zamora, donde se encarcelaba a los sacerdotes que el régimen consideraba peligrosos por su compromiso con los derechos humanos y por su solidaridad con las personas y movimientos de carácter democrático.

 

Text Box: Comentario 2º.  Tomado de: Juan Mateos – Fernando Camacho,
El evangelio de Mateo. Lectura comentada

VERDADERO Y FALSO MESIANISMO

(Mc 8,31-9,1; Lc 9,22-27)

Predice la Pasión

21. Comienza una nueva sección del evangelio. La frase «desde entonces empezó Jesús» calca la usada en 4,17. Allí comenzaba la enseñanza en Galilea; ahora comienza a mostrar a sus discípulos la inevitabilidad de su muerte, que será consecuencia lógica de su actividad y de su toma de posición contra la ideología del poder. Al contrario que Mc (8,31), Mt no emplea la denominación «el Hombre» ni el verbo «enseñar». El término «el Hombre» es extensivo; aunque designa primordialmente a Jesús, se aplica en su medida a los que lo siguen y de él reciben el Espíritu. Al omitirlo, Mt indica que Jesús informa a sus discípulos sobre su destino personal; de ahí el cambio del verbo «enseñar» por «mostrar/manifestar» (cf. Mc 10,32). También se debe a ello la precisión de «ir a Jerusalén», que coloca el episodio en un marco histórico y temporal concreto.

«Senadores»: gr. presbyteroi (lit. «ancianos»; el latín senator deriva de senex, senior, «anciano»). Eran los miembros del Gran Consejo (Sanedrín) pertenecientes a la aristocracia seglar, constituida por los grandes terratenientes; formaban el núcleo del partido saduceo. «Sumos sacerdotes»: la aristocracia sacerdotal, constituida por los altos cargos de la jerarquía, cuyo primado era «el sumo sacerdote». Pertenecían, como los senadores, al partido saduceo. «Letrados»: el tercer grupo del Gran Consejo, miembros en su mayoría del partido fariseo (cf. 2,4).

El Gran Consejo, representante de todas las clases dirigentes, poder del dinero, líderes religiosos e intelectuales, va a pasar a la acción contra Jesús. El destino de éste está señalado por la muerte; ésta va a ser la última palabra de los dirigentes, su intento de destruir al Hombre, y la pronunciarán en nombre de Dios, de «su» dios. Pero Dios mismo la desautorizará resucitando a Jesús, dándole de este modo la razón a él, no a «sus representantes». Con la resurrección, Dios va a refrendar la palabra y la actividad de Jesús, poniéndose en contra de quienes lo han condenado.

El verbo «tenía que» (gr. dei) indica una necesidad que entra dentro del designio divino. Éste consiste en que Jesús salve a su pueblo (1,21) aun a costa de su vida misma. No es que Dios quiera y haya decidido la muerte de Jesús, sino que ésta es inevitable dada la oposición de los dirigentes al mesianismo que él encarna; Jesús Mesías, cuya misión consiste en liberar de la opresión religioso-política (éxodo) ejercida sobre Israel por las instituciones y sus representantes, tiene necesariamente que sufrir la oposición implacable de esas autoridades, que lo condenarán a muerte.

«Al tercer día» era fórmula consagrada para indicar un breve espacio de tiempo. Puede hacer alusión también a la teofanía (cf. Ex 19,10s.15s) y a Os 6,2: «al tercer día nos resucitará».

22. Pedro está en completo desacuerdo con lo expuesto por Jesús. Ha expresado la fe auténtica, pero no acepta la praxis que se deriva de ella. Llevándose aparte a Jesús, lo increpa. El verbo es fortísimo, puesto que lo usa Jesús con los demonios (17,18) o elementos demoníacos (8,26). En general, el uso del verbo indica que el destinatario del reproche se opone al plan de Dios o podría hacerlo si no hiciese lo que se le dice. Pedro, por tanto, considera que el destino expuesto por Jesús es contrario al designio divino. Como lo expresan sus palabras, se opone a que Jesús muera.

23. La respuesta de Jesús manifiesta el colmo de la indignación. Pedro encarna a Satanás, es decir, sus palabras concretan la tercera tentación del desierto (4,10). En el encuentro con sus enemigos, Pedro lo tienta a que sea un Mesías poderoso y vencedor. Jesús lo rechaza con el mismo imperativo con que rechazó a Satanás: «¡Vete!»; la segunda parte: «¡Quítate de en medio!», se refiere a Pedro como obstáculo que impide su camino.

Explica Jesús por qué Pedro es obstáculo: «tu idea no es la de Dios, sino la de los hombres». «Tu idea», gr. phroneîs, «piensas, tienes un modo de pensar». «La idea de Dios» es la expresada por la voz del cielo en el bautismo de Jesús, donde el Mesías aparece como el Hijo de Dios cuyo propósito de cumplir su misión hasta la muerte es aceptado por el Padre y que asume así los rasgos del siervo de Dios (cf. 3,17); son los elementos que constituyen «los secretos del reinado de Dios» (13,11).

«Los hombres» son los mencionados en 16,13, los que no descubren el mesianismo de Jesús. Pedro ha comprendido el mesianismo, como lo ha mostrado en su brillante profesión de fe (16,16), pero no acepta sus consecuencias. La fe que profesa queda en el intelecto, no se hace praxis. Su caso es más grave que si no hubiera entendido (cf. 7,21.26). Encarnando «al diablo» (4,3.6), reconoce que Jesús es el Hijo de Dios, pero pretende encauzar su mesianismo hacia el poder y el triunfo.

La oposición de Pedro continuará; así lo indica el paralelo entre «empezó Jesús a manifestar» (21) y «empezó (Pedro) a increparlo» (22). La oposición culminará en las negaciones (26,29-75).

24. Jesús se dirige a los discípulos para exponerles las condiciones del seguimiento. «Venirse conmigo» indica el acto de adhesión inicial (aoristo) que luego continuará en el seguimiento (presente). Las condiciones que va a exponer Jesús muestran que el destino del discípulo es el mismo del Mesías. Son dos esas condiciones: «renegar de sí mismo» y «cargar con la propia cruz». «Renegar de sí mismo» significa renunciar a toda ambición personal y es una nueva formulación de la primera bienaventuranza, «elegir ser pobre»; «cargar con la propia cruz» significa aceptar ser perseguido y aun condenado a muerte por la sociedad establecida, y equivale a la última bienaventuranza: «los que viven perseguidos por su fidelidad». Cumplir estas dos bienaventuranzas constituye la esencia del discípulo; son los «mandamientos mínimos» que ningún discípulo puede dejar de cumplir (5,19).

25-28. Nótese la estructura del pasaje. Jesús expone las dos condiciones para seguirlo (25). A continuación propone tres argumentos (triple gar, 25.26.27), probando con ellos que sus condiciones, aparentemente tan duras, son las únicas sensatas.

Para exponer una serie de argumentos, el castellano usa «porque» sólo en el primero; los restantes se introducen con adverbios o locuciones aditivas: «además/y luego/y después», o bien «en primero/segundo/tercer lugar».

1) Perder la vida por él es asegurarla para siempre (25). Por lo tanto, hay que estar dispuesto a arriesgarla.

«Salvar su vida»: el gr. psykhé puede traducirse, como semitismo, por «vida» o por el pronombre reflexivo («salvarse/ponerse a salvo»). Significa poner al seguro la propia vida temporal, evitar la muerte por todos los medios. Quien así obra, viviendo para su propio interés, perderá la vida, es decir, no tendrá vida después de la muerte. En cambio, quien se arriesga a perder la vida por causa de Jesús, ése la conservará (cf. 10,39). El argumento opone, por tanto, lo efímero del primer resultado a la permanencia del segundo. El valor supremo del hombre, la vida, sólo se asegura si uno está dispuesto a perderla por causa de Jesús.

2) Aunque uno ganase el mundo entero (= riqueza, gloria, poder), la vida es efímera y no podrá disfrutar de ella por mucho tiempo (cf. Lc 12,15.20; Sal 49,7-8). El verbo kerdaino carece de connotación bélica, pertenece al lenguaje de los negocios (cf. 25,16.17.20.22). Por el primer argumento y por éste se ve que los discípulos no tenían intención de arriesgar su vida, sino más bien esperaban que el Mesías les procuraría una buena posición…

3) Habrá una reivindicación final de los que lo sigan (cf. 25,31-46).

Acaba Jesús el discurso con un colofón independiente de lo anterior (ningún enlace gramatical; nueva fórmula introductoria) en el que ofrece una prueba de la verdad de sus palabras: un acontecimiento cercano hará ver que el Mesías rechazado (v. 21) interviene como rey en el curso de la historia (cf. 24,34s).


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