Dios humanizado, el ser humano divinizado

Domingo 19º del Tiempo Ordinario

9 de agosto de 2026

 Primera lectura. 1Reyes 19,9a.11-13a: Después del terremoto vino un fuego, pero el Señor no estaba en el fuego. Después del fuego se oyó una brisa tenue: al sentirla, Elías se tapó el rostro con el manto, salió afuera y se puso en pie a la entrada de la cueva.

Salmo 84,9-14: La misericordia y la fidelidad se encuentran, la justicia y la paz se besan; la fidelidad brota de la tierra y la justicia mira desde el cielo.

Segunda lectura: Romanos 9,1-5: ¡Dios que está sobre todo, bendito sea por siempre! Amén.

Evangelio: Mateo 14,22-33

    22 Enseguida obligó a los discípulos a que se embarcaran y se le adelantaran a la otra orilla, mientras él despedía a las multitudes. 23aDespués de despedirlas subió al monte para orar a solas.

    23bCaída la tarde, seguía allí solo. 24Mientras tanto la barca iba ya muy lejos de tierra, maltratada por las olas, porque llevaba viento contrario. 25De madrugada se les acercó Jesús andando sobre el mar. 26Los discípulos, viéndolo andar sobre el mar se asustaron diciendo que era un fantasma, y daban gritos de miedo.

Jesús les habló enseguida:

    — ¡Animo, soy yo, no tengáis miedo!

   28 Pedro le contestó:

    — Señor, si eres tú, mándame llegar hasta ti andando sobre el agua.

    29 Él le dijo:

    — Ven.

    Pedro bajó de la barca y echó a andar sobre el agua para llegar hasta Jesús; 30pero al sentir la fuerza del viento le entró miedo, empezó a hundirse y gritó:

   – ¡Sálvame, Señor!

    31 Jesús extendió en seguida la mano, lo agarró y le dijo:

    — ¡Qué poca fe! ¿Por qué has dudado?

    32 En cuanto subieron a la barca cesó el viento.

    33 Los de la barca se postraron ante él diciendo:

    — Verdaderamente eres Hijo de Dios.

El texto y un breve comentario de cada una de las lecturas de este domingo se podrán encontrar pulsando más arriba, en los enlaces correspondientes.

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Comentario tomado de la página web “Llamados a ser libres” de Rafael J. García Avilés: www.rafaelj.net.

Dirk Danser, Jesús en el Mar de Galilea – Salvación de Pedro, 1750-69, Azulejo a partir de un grabado de Jan Luyken, Museo de Rotterdam, Países Bajos.

Dios humanizado, el ser humano divinizado


    ¿Se puede considerar cristiano al que, en teoría o de hecho, no acepta que Jesús es humano, plenamente humano? ¿Y al que no acepta que él mismo puede llegar a ser —de verdad— hijo de Dios?

    Dios quiso darse a conocer en un ser humano, su Hijo; y quiere seguir siendo conocido por medio de quienes siguen sudando y amando, llorando y gozando, viviendo y muriendo para que este mundo pueda un día convertirse en un mundo de hermanas y hermanos y, de esta manera, pueda ser un ámbito adecuado para que se revele plenamente el ser del Padre y llegue a su plenitud y se manifieste el ser de sus hijas e hijos, los humanos.

Aún hay resistencias

    La lección contenida en el evangelio del domingo pasado no fue asimilada por todos los discípulos. Jesús, que los conoce bastante bien, teme que se produzcan reacciones no deseables: alguno podría aprovechar el entusiasmo del momento para intentar desviarlo en la dirección del mesianismo triunfalista. Cuando el hambre está presente, es fácil cambiar un poco de pan por una adhesión inquebrantable… por el momento, por una adhesión pasajera. Por eso, mientras él despide a las multitudes, obliga a sus discípulos a alejarse de la gente enviándolos en barca a la otra orilla del lago. Jesús, por su parte, se marcha, solo, a orar.

    Nada se dice del contenido de su oración. Pero si la ponemos en relación con los acontecimientos inmediatos, podemos pensar que Jesús, por un lado, continúa la acción de gracias que precedió al reparto de los panes y de los peces, al tiempo que reafirma su compromiso con el plan del Padre a quien se dirige para pedirle también por su grupo, para que ellos, los discípulos, sean capaces de comprender que el mundo no tiene arreglo desde el dominio y el poder, puesto que sólo los que se tratan como iguales pueden vivir como hermanos y para que, una vez que lo comprendan y lo asuman, estén dispuestos, por un lado, a asumir como propios los valores del reinado de Dios (las bienaventuranzas) y el amor y la solidaridad como fundamento de la convivencia entra las personas y los pueblos y, por otro lado, a afrontar las dificultades —el conflicto, las persecuciones— inherentes a un proyecto que pone en cuestión la situación de privilegio de los que más poder y más capacidad de violencia tienen en el mundo.
    Estas resistencias —estas tentaciones, la del poder y la del nacionalismo excluyente—, que aún no han sido vencidas por sus discípulos y que Jesús sabe que no son fáciles de superar, son objeto de la oración de Jesús.


Viento contrario

    La tentación del nacionalismo excluyente se manifiesta en el transcurso de la travesía. Jesús ha enviado a sus discípulos a la otra orilla, a tierra de paganos. La experiencia que acaban de gozar no se la pueden reservar para ellos. Ni siquiera para su pueblo. Esa experiencia deben compartirla, como el pan, con toda la humanidad. La misión de Jesús no está limitada por ningún tipo de frontera, sea ésta geográfica, cultural o religiosa. Él ha dejado ya bien explicada esta cuestión; la última vez con las parábolas de «el grano de mostaza» y «la levadura en la masa» (Mt 13,31-33; véase comentario en el domingo decimosexto); pero los discípulos no lo ven claro todavía. Por un lado, les debe parecer mucho más fácil triunfar entre aquellos que acaban de ver lo que ha hecho Jesús, les tiene que resultar mucho más sencillo hablar del éxodo, anunciar una nueva liberación a quienes ya sabían que el Señor es un Dios liberador; por otro lado, les debía resultar inaceptable e incomprensible el considerar que los paganos eran iguales que ellos, que las fronteras deberían desaparecer, que Israel no sería en adelante la exclusiva propiedad del Señor, sino que Dios quería ser Padre de todos los seres humanos… y todo esto después de ser herederos de una tradición y de haber estado toda una vida maldiciendo a los paganos en nombre de Dios.

    Ese es el viento contrario: su miedo al fracaso y su miedo a perder privilegios; miedo a ser aceptados y miedo a aceptar a los otros; miedo en definitiva a mirar a los demás y a dejarse mirar por ellos en un plano de igualdad, con una mirada de sincera fraternidad. La barca no puede avanzar con este viento, la comunidad no puede llevar a cabo el encargo de Jesús si, por un lado, sigue manteniendo o simplemente «creyendo» en la utilidad del poder y, por otro, no es capaz de vencer el miedo a encontrarse con «los otros»: los de otra cultura, los de otra raza, los de otra opinión, los de otra tradición religiosa.

 El Hombre-Dios

    «Él solo … camina sobre el dorso del mar», dice Job hablando de Dios (Job 9,8). Y sobre el dorso del mar se presenta Jesús, en medio de la tempestad, ante sus discípulos. Pero no lo reconocen, sienten miedo, piensan que es un fantasma.

    Al principio del evangelio de Mateo, Jesús es presentado como «Dios con nosotros» (Mt 1,23). Pero también esto resulta difícil para los discípulos. Eso de que un hombre pretenda ser Dios…, eso de que Dios pueda haberse hecho presente como hombre en el mundo de los hombres… Que también esa frontera, la que separa a Dios de la humanidad, pueda llegar a desaparecer… ¡es demasiado! Es menos complicado pensar que se trata de una alucinación, de un fantasma.

    Pedro, al escuchar las palabras de ánimo de Jesús, se arriesga a creer («Señor, si eres tú, mándame llegar hasta ti andando sobre el agua»); Pedro usa el término “Señor” el que los judíos usaban para evitar pronunciar “Yhavé”, el nombre de Dios. Pero no parece estar muy convencido y vuelve a dejarse vencer por el miedo: ¡él andando sobre las aguas, él participando de una cualidad divina…!

    Jesús saca a flote a Pedro, que se hundía por culpa de ese miedo, y juntos suben a la barca. Y, con él a bordo, el viento se calma. Y los presentes lo reconocen como Hijo de Dios.

Verdaderamente

    La confesión de los discípulos —«Verdaderamente eres Hijo de Dios»— se volverá a repetir en este evangelio exactamente igual (sólo cambia el verbo, en pasado y en tercera persona) en boca de paganos: «El centurión y los soldados que con él custodiaban a Jesús, viendo el terremoto y todo lo que pasaba, dijeron aterrados: Verdaderamente éste era Hijo de Dios.» (Mt 27,54): el centurión romano y los soldados que vigilaban reaccionan de este modo ante el hecho de la muerte de Jesús, en el instante en que el rostro humano de Dios se descubre ante todas las naciones, ante toda la humanidad. No es un prodigio que muestra el dominio sobre las leyes de la naturaleza, como es andar sobre el agua, sino otro acontecimiento no menos prodigioso: mantener hasta la muerte la fidelidad a un compromiso de amor del que no están excluidos ni siquiera los enemigos: Dios se manifiesta a toda la humanidad en el amor del Hombre.

    Todavía hoy, al menos en ciertos ambientes, resulta difícil aceptar que Jesús, el rostro que nosotros podemos ver de Dios, es un humano. Un hombre cualquiera, uno de tantos (Flp 2,7). Quizá sea relativamente fácil representárselo andando por encima de las aguas del mar; lo que resulta más difícil es imaginarlo empapado de sudor por los caminos de Palestina, o participando de la alegría de una fiesta de bodas, o apasionado en la defensa de la justicia y en la denuncia de los abusos de los poderosos y del cinismo de los sumos sacerdotes; firme y enérgico en ocasiones, débil y tierno en otras, sintiendo miedo ante la muerte y dando un paso adelante (Mt 26,39.42) y, pisando su miedo, venciéndolo por la fuerza del amor; o mordiéndose los labios para no gritar, o quizá gritando de dolor, cuando lo clavaron en la cruz y, en seguida, perdonando a los que lo habían clavado…

     
Para ser hijas e hijos de Dios

   Pero ése es el aspecto que Dios ha querido que conozcamos de él.

   A los discípulos, que podían tocar al que era un hombre como ellos, les costó trabajo aceptar en él la presencia de Dios. Algunos, a quienes tal vez les gustaría ocupar el puesto de Dios, procuran disimular que se hizo presente en el Hombre. Pues en el ser humano —y más, cuanto más humano se hace— Dios sigue presente: poniendo en práctica el amor, trabajando por construir una verdadera paz nacida de la justicia, la persona puede llegar a ser hija e hijo de Dios pues el amor nos hace participar de la naturaleza divina.
    Hay quien siente miedo de reconocer plenamente la humanidad de Jesús. Hay quien no entiende que los seres humanos podemos llegar a ser hijos de Dios. Pero Dios quiso acercarse tanto a la humanidad que quiso revelarse a sí mismo en un hombre, en una verdadera persona humana con todas sus consecuencias. Por eso, cuanto más aceptemos y reconozcamos la humanidad de Jesús, tanto mejor conoceremos el rostro de Dios, pues ese rostro humano es el único rostro con el que Él ha querido manifestarse.
    Dios se humanizó en Jesús de Nazaret; y Jesús nos propone que, identificándonos con él y asumiendo su proyecto y su calidad de amor, permitamos que siga humanizándose en nosotros mismos: Pues yo os digo: Amad a vuestros enemigos y rezad por los que os persiguen, para ser hijos de vuestro Padre del cielo, que hace salir su sol sobre malos y buenos y manda la lluvia sobre justos e injustos (Mt 5, 44-45).

Text Box: Comentario 2º.  Tomado de: Juan Mateos – Fernando Camacho,
El evangelio de Mateo. Lectura comentada

Anda sobre el agua

22-23a. Jesús obliga a sus discípulos a embarcar. Quiere alejarlos del escenario de la señal mesiánica y del contacto con la multitud. Él se encarga de despedirla. Ahora es el momento, después de haber saciado su hambre (cf. v. 15). Sube al monte solo (cf. v. 23) a orar; primera vez que habla Mt de la oración de Jesús (la segunda y última será la de Getsemaní, 26,36ss). El paralelo con Getsemaní y la ocasión de popularidad que se ha presentado hacen pensar que la oración de Jesús tiene que ver con la tentación del mesianismo triunfal.

El hecho de obligar a los discípulos a embarcarse, separándolos de la multitud, insinúa que Jesús ora por ellos, para que no cedan a la tentación de un Mesías de poder.

23b-26. Nuevo momento de la jornada, que coincide, sin embargo, con el de v. 15. Son dos momentos no lejanos de la misma tarde.

«Muy lejos de tierra», lit. «muchos estadios»; el estadio medía unos 185 metros. «Andar sobre el agua» era atributo propio de Dios (cf. Job 9,8; 38,16). La reacción de los discípulos es de incredulidad. No reconocen en Jesús al «Dios entre nosotros» (1,23). De ahí que quiten toda realidad a su presencia, considerándolo un fantasma. Rechazan la posibilidad de un hombre-Dios.

«La barca» de los discípulos es figura de la comunidad. Jesús los envía «a la otra orilla», adonde habían ido con él (cf. 8,28), es decir, a país pagano. La misión debe hacerse repartiendo el pan con todos los pueblos, como acaban de hacer en país judío. «El viento» contrario, que les impide llevar a cabo el encargo de Jesús, representa la resistencia de los discípulos a alejarse del lugar donde está la esperanza de un triunfo, de que Jesús se convierta en el líder de la multitud. Consideran lo sucedido en el reparto de los panes como una acción extraordinaria exclusiva de Jesús, no como el efecto de la entrega personal, norma de vida para el discípulo.

27. Jesús se da a conocer. La palabra «¡Ánimo!» disipa el temor provocado por la aparición. «Soy yo», fórmula de identificación con que Dios se revelaba en el AT (cf. Ex 3,14; Is 43,1.3.10s); a ella corresponde la exhortación «no tengáis miedo». Pedro desafía en cierto modo a Jesús. Lo llama «Señor» y le pide que «le mande» ir a él: cree en el poder «milagroso» de Jesús, no en la fuerza del amor. Pedro quiere «andar sobre el agua», participar de la condición divina de Jesús. Éste no duda y lo invita; todo el que lo sigue está llamado a acceder a la condición de hijo de Dios, comportándose como lo hace el Padre (cf. 5,9). Sin embargo, Pedro «ve» el viento, es decir, su efecto sobre el agua, y siente miedo; esperaba la condición divina sin obstáculos, de manera milagrosa; ha olvidado que el hombre se hace hijo de Dios en medio de la oposición y persecución del mundo (cf. 5,10s). Su petición a Jesús (cf. Sal 18,5-18; 144,5-7) le vale un reproche, pues muestra su falta de fe.

Pedro siente miedo porque no ha entendido el modo como se hace la misión, con la entrega total. Su miedo está en paralelo con el de la primera travesía (8,25), que tenía por motivo la desigualdad de fuerzas entre una sociedad y un grupo insignificante de individuos. En uno y otro caso, los discípulos o Pedro apelan a Jesús en los momentos de dificultad, forzándolo a intervenir. Tienen el concepto de salvación expresado en los salmos citados antes: una intervención milagrosa de Dios desde el cielo que resuelve la situación desesperada del hombre. El de Jesús es diferente: estando con él, el hombre se basta a sí mismo (cf. 19,26), ya está salvado.

En cuanto Jesús sube a la barca cesa el viento, es decir, la oposición y resistencia de los discípulos. El viento era la búsqueda del triunfo humano. «Los de la barca», que representan a la comunidad cristiana, reconocen que Jesús es «Hijo de Dios». Nótese la ausencia de artículo. No se trata de «el Hijo de Dios» según la concepción tradicional, ni tampoco de un título exclusivo. Jesús es «Hijo de Dios», pero ha demostrado que también ellos pueden llegar a serlo.


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