Somos la tierra… y sus campesinos

Domingo 15º del Tiempo Ordinario

12 de julio de 2026

Primera lectura. Isaías 55,10-11: …así será mi palabra, que sale de mi boca: no volverá a mí vacía; sino que hará mi voluntad y cumplirá mi encargo.

Salmo 64,10-14: Tú cuidas de la tierra, la riegas y la enriqueces sin medida; la acequia de Dios va llena de agua, preparas los trigales.

Segunda lectura: Romanos 8,18-23: De hecho, la humanidad otea impaciente aguardando a que se revele lo que es ser hijos de Dios; porque … abriga una esperanza: que se verá liberada de la esclavitud a la decadencia, para alcanzar la libertad y la gloria de los hijos de Dios.

                                          Evangelio: Mateo 13, 1-23

      13 1Aquel día salió Jesús de casa y se sentó junto al mar.

         2Se congregaron alrededor de él grandes multitudes; él entonces se subió a una barca y se quedó sentado allí; toda la multitud se quedó en la playa. 3Les habló de muchas cosas en parábolas:

      -Salió el sembrador a sembrar. 4Al sembrar, unos granos cayeron junto al camino; vinieron los pájaros y se los comieron. 5Otros cayeron en terreno rocoso, donde apenas tenían tierra; como la tierra no era profunda, brotaron en seguida; 6pero en cuanto salió el sol se abrasaron y, por falta de raíz, se secaron. 7Otros cayeron entre zarzas; las zarzas crecieron y los ahogaron. 8Otros cayeron en tierra buena y fueron dando fruto: unos, ciento; otros, sesenta; otros treinta. 9¡Quien tenga oídos, que escuche!

         10Se le acercaron los discípulos y le preguntaron:

      -¿Por qué razón les habías en parábolas?

         11El les contestó:

      -A vosotros se os han dado a conocer los secretos del reinado de Dios; a ellos, en cambio, no se les han dado; 12y al que produce se le dará hasta que le sobre, mientras al que no produce se le quitará hasta lo que ha recibido. 13Por esa razón les hablo en parábolas, porque miran sin ver y escuchan sin oír ni entender. 14Se cumple en ellos la profecía de Isaías:

      Por mucho que oigáis no entenderéis,

      por mucho que veáis no percibiréis:

         15Porque está embotada la mente de este pueblo;

      son duros de oído, han cerrado los ojos

      para no ver con los ojos ni oír con los oídos

      ni entender con la mente

      ni convertirse para que yo los cure (Is 6,9-10).

         16¡Dichosos, en cambio, vuestros ojos porque ven y vuestros oídos porque oyen! 17Pues os aseguro que muchos profetas y justos desearon ver lo que veis vosotros, y no lo vieron, y oír lo que oís vosotros, y no lo oyeron.

         18Escuchad ahora vosotros la parábola del sembrador: 19Siempre que uno escucha el mensaje del Reino y no lo entiende, viene el Malo y se lleva lo sembrado en su corazón: eso es «lo sembrado junto al camino». 20«El que recibió la semilla en terreno rocoso» es ese que escucha el mensaje y lo acepta en seguida con alegría; 21pero no tiene raíces, es inconstante, y en cuanto surge una dificultad o persecución por el mensaje, falla. 22«El que recibió la semilla entre zarzas» es ese que escucha el mensaje, pero el agobio de esta vida y la seducción de la riqueza lo ahogan y se queda estéril. 23«El que recibió la semilla en tierra buena» es ese que escucha el mensaje y lo entiende; ése sí da fruto y produce en un caso ciento, en otro sesenta, en otro treinta.

El texto y un breve comentario de cada una de las lecturas de este domingo se podrán encontrar pulsando más arriba, en los enlaces correspondientes.

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Comentario tomado de la página web “Llamados a ser libres” de Rafael J. García Avilés: www.rafaelj.net.

James Smetham, Cristo predicando a las multitudes, siglo XIX, Colección particular.

Somos la tierra… y sus campesinos

    La palabra de Dios, y en concreto el mensaje de Jesús, no echa raíces en cualquier sitio; dependerá siempre de la libertad de aquel que decide acogerla o no. El sembrador siembra semilla buena, pero, para que pueda germinar y dar fruto, necesita que la tierra esté adecuadamente preparada para recibirla. Si no es así, la semilla se perderá y la tierra quedará infecunda. ¿Cómo, entonces, hemos de preparar la tierra que cada uno somos, para que la semilla germine?

El porqué de las parábolas

     Al terminar Jesús de exponer la parábola del sembrador, sus discípulos le preguntan por qué razón utiliza este medio para dirigirse a la gente. Las parábolas no explican el mensaje directamente, sino mediante comparaciones, lo que obliga a interpretarlas; los mismos discípulos se ven en la necesidad de pedir a Jesús que les explique algunas parábolas. ¿Por qué, pues, las parábolas?

     El mensaje de Jesús es, en el sentido más serio y más profundo del término, revolucionario; y, más allá de lo que entendemos por una revolución política, su objetivo no es simplemente reemplazar un orden social por otro sino, además, sustituir un modo de entender al ser humano y de vivir la vida por otro radicalmente nuevo.

    Esta es la propuesta que Dios nos hace por medio de Jesús: atreveos a vivir como hijas e hijos míos. Lo que comporta: atreveos a vivir, entre vosotros, como hermanas y hermanos. Es un mensaje de alegría y de liberación, una invitación a la más profunda reconciliación del hombre consigo mismo, con sus semejantes, con el universo y con Dios. Un Dios que, al realizar esa propuesta, se está ofreciendo a ser Padre de todos y de cada uno de los humanos, por encima de razas y de naciones, superando todo tipo de división causada por ciertas ideologías, por intereses egoístas o por tradiciones de cualquier tipo, incluidas las religiosas (Jesús está hablando desde una barca, en el mar, frontera con los pueblos paganos).

     Pero para que este nuevo modo de vivir sea posible, las personas deben liberarse primero de todos aquellos sistemas sociales, políticos o religiosos que las mantienen ciegas y sordas, que no les permiten percibir cuando ven ni entender cuando escuchan; mientras que no se produzca esta ruptura, mantendrán su vigencia las palabras de Isaías que cita Jesús en el evangelio de hoy: «por mucho que oigáis no entenderéis, por mucho que veáis no percibiréis; porque está embotada la mente de este pueblo; son duros de oído, han cerrado los ojos para no ver con los ojos ni oír con los oídos ni entender con la mente ni convertirse para que yo los cure» (Is6,9-10). Porque el mensaje que Jesús proclama no se puede aceptar si no se dan unas condiciones mínimas de libertad y de autonomía personal para que el mensaje pueda ser acogido y aceptado de manera adulta.

     La mayoría de los oyentes de Jesús están dominados por la ideología que defiende un nacionalismo exclusivista que siguen sosteniendo todos los grupos que tienen influencia en la mentalidad del pueblo; algunos de estos oyentes quizá estarían dispuestos a aceptar un Dios Padre… de Israel; pero jamás aceptarían considerarse hermanos de los paganos.

     Esta es la razón por la que Jesús habla en parábolas. Al presentar por primera vez el mensaje, o algún aspecto del mismo, no quiere espantar a nadie; quiere despertar el interés de sus oyentes para que, intentando interpretar el sentido de las parábolas, empiecen a pensar por sí mismos, primer paso para romper las cadenas de la ideología que los esclaviza; entonces, a medida que vayan aceptando el mensaje de Jesús, irán tomando conciencia de su propia dignidad y la de las demás personas y de las contradicciones que presenta la situación en la que viven; entonces podrán convertirse, comprender y aceptar el mensaje de Jesús: «Por esta razón les hablo en parábolas, porque miran sin ver y escuchan sin oír ni entender».

     Por desgracia, no es difícil de encontrar ejemplos que nos ayuden a entender lo que nos dice la palabra de Dios: pensemos en la ceguera que provocan ciertas ideologías excluyentes, y que defienden actitudes clasistas, supremacistas, racistas o machistas, y determinados fundamentalismos religiosos: quienes piensan dominados por las categorías de estas ideologías no tienen la necesaria libertad mental para entender y, por tanto, para asumir el proyecto de liberación personal y universal contenido en la Buena Noticia de Jesús.

Las diversas clases de tierra

     Las distintas clases de tierra no representan diversas categorías de personas; el ser humano, porque ha sido creado por Dios, es siempre buena tierra; el problema que hay que resolver es cómo se prepara cada cual para recibir la semilla, es decir: los distintos tipos de tierra muestran con qué disposición acoge cada cual el contenido del mensaje del evangelio.

    Tiene mal dispuesta su tierra —dura, como «el camino»— quien sigue deslumbrado por el poder, quien sigue pensando que los seres humanos no son iguales o que solo lo son en teoría. Es aquel que acepta como estimable todo lo que el evangelio rechaza: el poder, la riqueza, los privilegios… El que busca ser más, tener más o poder más que los demás. Éste es absolutamente insensible al mensaje de Jesús; nada cambia en él cuando lo escucha; como nada cambia, en la tierra apisonada de un camino, una semilla que caiga sobre ella; enseguida servirá de alimento a los pájaros, que representan a «El Malo», personificación del poder, el mismo que en el desierto intentó desviar a Jesús del camino que el Padre le había trazado para la realización de su misión (Mt 4,1-11) y que se ocupará en hacer que desaparezca, sin dejar rastro, la Buena Noticia que se intentó sembrar en aquel hombre. Es el mismo al que se refiere la última petición del Padrenuestro «…líbranos del Malo» (Mt 6,13).

    «El terreno rocoso». Representa una actitud bastante frecuente y que podemos resumir así: renunciar a trabajar por la justicia y a la felicidad y a la alegría posibles, sobre todo cuando esa felicidad y alegría son colectivas, para no sufrir personalmente incomodidad alguna en la realidad presente. Es lo que sucede cuando a alguien se le ofrece la posibilidad de cambiar a una situación mejor: se suscita en esa persona una lucha entre el esfuerzo que tiene que realizar para que se produzca el cambio y la comodidad que supone el quedarse donde está. El mensaje de Jesús, ya lo hemos dicho, es un proyecto de cambio radical; muchos, al escucharlo por primera vez, reaccionan mostrando una gran alegría por las nuevas y bellas perspectivas que se le abren; pero, muy pronto, experimentan el miedo al cambio, les vence la comodidad, les falla la constancia, les domina la pereza, le asustan los previsibles conflictos… y la planta, apenas nacida, se agosta, se pierde.

    «Las zarzas» representan a la injusta riqueza o, dicho de otro modo, la injusticia de la riqueza, practicada o padecida.

    «El agobio de esta vida» es la preocupación de quien, víctima de un injusto reparto de los bienes de la tierra, no tiene la vida resuelta y tiene que luchar permanentemente para poder sobrevivir, por lo que no tiene capacidad de atención para otra cosa que no sea el procurarse los medios para conseguir un mínimo de  seguridad en la vida; no sabe, y no podrá entender mientras esté dominado por ese agobio, que la manera más cierta y permanente de asegurarla no es la obsesión por la comida, la bebida y el vestido, sino el trabajo para que reine la justicia de Dios (Mt 6,25-33). Estos se entusiasmarán cuando conozcan el evangelio; quizá den algunos pasos para ponerlo en práctica; pero las preocupaciones diarias, la necesidad de llevarse un pedazo de pan a la boca y la necesidad de buscarse la vida acabarán por hacer olvidar lo que, a sus ojos, se presenta como algo inalcanzable, como una irrealizable utopía.

     «La seducción de la riqueza» es la idolatría de quien, en teoría o en la práctica, ha convertido al dinero en su dios (Mt 6,24). Aquí las zarzas representan la ambición, el deseo de tener más y más; es el considerar que el único sentido que tiene la vida es dedicarla a satisfacer ese deseo que desemboca en la práctica de la injusticia o en la complicidad con ella.

    Los que han hecho esta opción pueden también percibir un rayo de esperanza en el mensaje de Jesús; su tierra, como la de todo ser humano, es fértil, capaz de dar el fruto de la justicia y la fraternidad; pero las zarzas que han echado raíces en ella son bravías y, en cuanto brote la semilla, la ahogarán. Solo haciendo una limpieza a fondo, podrá la tierra estar bien dispuesta para recibir la semilla; solo rompiendo con la idolatría del dinero, será posible acoger el proyecto que contiene, como elemento más esencial, el tener como Padre al Dios de la liberación.

 Y «la tierra buena»

     La visión del evangelio acerca del ser humano es optimista. Es la más valiosa obra de Dios y constituye el culmen de la creación. Según el Génesis, después de crear al hombre —varón y mujer—, «vio Dios todo lo que había hecho; y era muy bueno» (Gn 1,31). El hombre, por tanto, es bueno; es tierra buena, fértil, capaz de hacer fructificar la palabra de Dios. Solo tiene que eliminar los obstáculos que impiden a la semilla germinar y echar raíces.

     La tierra buena es la libertad del hombre que escucha y puede elegir; es imprescindible el mínimo de libertad necesaria para que la decisión sea personal, voluntaria y responsable. Y la generosidad, para aceptar y asumir como propio el proyecto que Jesús presenta en las bienaventuranzas, incluidos los conflictos, las persecuciones, que provocará. Y el esfuerzo y el trabajo para impulsarlo, abriendo a todos los seres humanos la posibilidad de que se haga realidad la promesa de Jesús: «Seréis dichosos» (Mt 5,1-12).

    El fruto está asegurado. No importa que unos den más que otros; ni el que unos produzcan más les coloca en una categoría superior a los que producen menos: «Otros cayeron en tierra buena y fueron dando fruto: unos, ciento; otros, sesenta; otros treinta.»  Es la actitud lo que importa, como quedará confirmado en la parábola de los talentos (Mt 25,14-30).

    No son pues distintas clases de tierra por su origen, o por su composición: en ese sentido no hay diferentes clases de personas. Son distintas clases de tierra consecuencia de, o bien una opción autónoma, o bien de las condiciones materiales en las que alguien se ve inmerso. El acondicionamiento de la tierra para que la semilla del mensaje de Jesús pueda germinar y dar fruto tendrá que ser siempre consecuencia de una decisión personal, de la actitud que cada cual adopte libremente ante el proyecto de Jesús. Por eso, la pregunta no es qué clase de tierra somos, sino esta otra: ¿Hemos preparado la tierra —la buena tierra— que somos para que la semilla de la Buena Noticia pueda germinar y dar fruto? ¿Qué tareas debemos realizar para acondicionar nuestra tierra a la semilla que ya está sembrada en nosotros? ¿Somos o no somos unos buenos campesinos?

Comentario 2º Tomado de: Juan Mateos – Fernando Camacho, El evangelio de Mateo. Lectura comentada.

Discurso en parábolas

            1-9: Mt sitúa el discurso de las parábolas el mismo día de los sucesos anteriores; quiere, por tanto, enlazarlo con ellos. De hecho, la mención del reinado de Dios que sufre violencia se halla en 11,12, y el tema central de las parábolas será precisamente el reinado de Dios. Puede decirse, por tanto, que el discurso (13,1-52) y la escena de Nazaret (13,53-58) terminan la sección.

            La casa de la que sale Jesús representa el circulo de sus discípulos de la escena anterior (cf. 13,36). Su salida está en relación con la del sembrador (3b). Sale a la orilla del mar, que es la frontera entre Israel y los pueblos paganos, el lugar donde había llamado a los primeros discípulos (4,18). La subida a la barca para enseñar («se quedó sentado», cf. 5,1) es paralela a la de Mc 4,1. La enseñanza comienza directamente con las parábolas (en Mc 4,1.2 hay dos comienzos de enseñanza). La parábola del sembrador o de los cuatro terrenos presenta mínimas diferencias de redacción con la de Mc 4,3-9.

            10. Aparte con los discípulos. La pregunta de estos es explícita (cf. Mc 4,10). No ven la razón de que Jesús hable en parábolas a la multitud. Piensan, por tanto, que el mensaje es directamente accesible a todos.

            11. La razón de la diferencia entre los discípulos y la gente es que aquellos han recibido un conocimiento que no se ha dado a. los otros.  «Se os ha dado» indeterminación que supone como agente a Dios o, mejor, a Jesús mismo, que ejerce en la tierra las funciones divinas (cf. 1,23; 9,6). La palabra «secreto/misterio», usada en el AT a partir de Daniel, denotaba una realidad de los tiempos finales (escatológico-mesiánica) que Dios solo puede revelar (Dn 2,27-30.47), la de un reino eterno (Dn 2,44). No es que Jesús discrimine entre discípulos y gente, sino que la distinta situación  de unos y otros con relación  a él hace que el conocimiento y la experiencia del reinado de Dios sean diferentes en ambos: los discípulos, que han seguido a Jesús, tienen la clave para interpretar su enseñanza y actividad, en las que se manifiestan los secretos del reinado de Dios, es decir, el modo como el reinado se instaura: supresión el exclusivismo israelita, llamada de todos los pueblos al reinado de Dios, reino basado en opciones (5,3.10) contrarias a la doctrina del Mesias triunfador (el hijo de David, cf. 9,27), señorío del Hombre sobre la Ley (12,1-11). Las multitudes siguen aferradas a su espíritu nacionalista, según la tradición de los letrados; aunque escuchan a Jesús, presencian su actividad y la admiran, no acaban de darle su adhesión; por ello no entienden. EI mensaje no puede entenderse por la mera exposición; para captarlo hay que romper con la ideología oficial del judaísmo. La gente es impotente para hacerlo. La doctrina propuesta por la institución los aprisiona hasta tal punto que neutraliza y anula el impacto que produce en ellos el contacto con Jesús.

            12. Dicho proverbial: ante el mensaje, hay quienes lo asimilan y producen los frutos correspondientes; esos recibirán con creces.  «Se les dará» está en paralelo con el anterior. «se os ha dado». Quien responde irá teniendo un conocimiento cada vez más profundo que le permitirá una praxis más semejante a la de Jesús. Los que no responden, como son los de fuera, aunque han escuchado la enseñanza de Jesús y han presenciado su actividad, perderán incluso eso que han recibido. En la explicación que sigue aclara Jesús que es el Malo o Satanás, el poder y su ideología (cf. 4,8-10), encarnado para la gente que lo escucha en la institución judía, quien arrebata el mensaje recibido, impidiendo su posible asimilación (3,19).

            En cuanto a la traducción de este pasaje, hay que tener en cuenta que el verbo «tener» («al que tiene se le dará») es la forma estática y resultativa de varios verbos dinámicos: «obtener», «ganar», «negociar», «comprar», «coger», «recibir» (cf. 16,7.8; 25,29). En este caso, por su relación con la parábola anterior, el dicho se refiere a la fecundidad expresada en v. 8, la del grano que cae en tierra buena o, equivalentemente, a la correspondencia a la invitación hecha en las bienaventuranzas. Los que no han dado el paso ni hecho la opción, alienados por la ideología que profesan, no producen y perderán el mensaje recibido.

            13-15. Jesús manifiesta la razón de su enseñanza en parábolas. Responde a un hecho: que las multitudes no perciben ni comprenden. Jesús no las fuerza. Hasta ahora se ha expresado y ha actuado claramente, pero la gente no ha entendido; falta así la base para continuar la exposición del mensaje en toda su amplitud y radicalidad. Lo propone por eso en forma velada; las parábolas deben estimularlos a pensar por sí mismos, a ver si de este modo llegan a cuestionarse los principios ideológicos que les impiden entender. Se repiten las circunstancias del tiempo del Isaias: el pueblo está cerrado al mensaje (cf. Dt 29,4).

            16-17. También los discípulos ven y oyen, y deben saber apreciar el privilegio que supone escuchar y ver actuar a Jesus. Lo que ellos ven y oyen fue el anhelo de los profetas y de los justos. Estas dos categorías integran el verdadero pueblo de Dios.  Los justos son los que aceptaron la enseñanza de los profetas y compartieron su expectación (cf. 1,19).

            Aunque Jesús dice que los discípulos ven y oyen, no afirma que perciban y entiendan. De ahí que también a ellos a veces hable en parábolas. La condición para que Jesús pueda hablar claro es la adhesión a él y a su programa. Cuando les explica las parábolas, por propia iniciativa (13,18-23.49-50) o a petición de los discípulos (13,36-43), es señal de que no las han entendido, pero, al mismo tiempo, de que son capaces de aceptar el mensaje que contienen. Otras veces, en cambio, no se las explica: esto indica que aún existe en ellos algún obstáculo —algún aspecto de la ideología del judaísmo— que los incapacita para aceptar la enseñanza contenida en ellas (13,31s.33.44.45).

            18. Sin reproche alguno (cf. Mc 4,13), Jesús explica a los suyos la parábola: del sembrador. Lo que siembra el sembrador es el mensaje del reino contenido en las bienaventuranzas, en particular en la primera y la última: la opción que hace entrar en el reino (5,3) y la situación de persecución que la fidelidad a esa opción comporta (5,10). Constituye el núcleo de «los secretos del reino» (13,11).

            19. Mt pone cada caso en singular (Mc en plural) y, como Mc, describe cuatro actitudes posibles en el mismo hombre. No solo hay que oír, hay también que entender (cf. 13,14). Si no se entiende, es decir, si no se toma el mensaje por norma de conducta personal, el Malo, el tentador (cf. 6,13), lo arrebata. Son las tentaciones análogas a las de Jesús en el desierto, en particular la de gloria y poder, las que quitan el mensaje, que no deja huella en el hombre. Por otra parte, «malos» son los fariseos (12,34) y los letrados y fariseos que piden a Jesús una señal (12,39). Como se ha visto, es la institución judía la que, con su doctrina del Mesias poderoso, encarna a Satanás (cf. 12,23). Es, pues, la ideologia del poder la que anula el mensaje. Este se siembra «en el corazón», es decir, en el interior del hombre; es allí donde ha de realizarse la decisión. Pero el tentador lo quita antes de que esta se realice. La expresión «junto al camino» reaparece en 20,30, referida a los dos ciegos que aclaman a Jesús como «Hijo de David», es decir, como Mesias según las categorías del judaísmo.

            20-21. Caso del hombre superficial que, aunque haga la opción, no se mantiene fiel a ella (5,10); corresponde al que edificó su casa sobre arena (7,26s; cf. 26,31).

            22-23. Las preocupaciones de esta vida y la seducción de las riquezas están explicadas por Jesús en 6,25-34; también ellas hacen ser infiel a la opción inicial (5,3; cf. 19,23-25). El último caso, el de la tierra buena, corresponde al que fundó su casa sobre roca (7,24s). Se observa el fuerte sentido del verbo «entender»: significa «abrazar, hacer suyo, tomar por norma de la propia vida».

            La parábola y su explicación exponen, por tanto, las posibles actitudes con que un hombre puede presentarse ante el mensaje. Son un aviso de Jesús. No da él por descontado el éxito; este depende del hombre mismo. EI reinado de Dios no va a implantarse sin la colaboración humana; no va a ser. impuesto desde arriba ni de modo repentino; necesita ser acogido por el hombre y producir en él el fruto correspondiente. El mensaje no es aceptable sin más para todos: hace faltar estar libre, en primer lugar, de la estima y ambición del poder (19). En segundo lugar, necesita que el hombre lo haga suyo, de modo que sea inseparable de él pase lo que pase (20s). En tercer lugar, el hombre tiene que desprenderse de todo agobio por la subsistencia y del deseo de comodidad (22). Jesús indica, por tanto, las diversas causas del fracaso del mensaje, que pueden coexistir en el mismo individuo.

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