Domingo 11º de Tiempo Ordinario
14 de junio de 2026
Primera lectura. Éxodo 19,2-6: …si queréis obedecerme y guardar mi pacto, seréis mi propiedad escogida entre todos los pueblos, pues toda la tierra es mía.
Salmo 99,2-3.5: El Señor es bueno, su misericordia es eterna, su fidelidad por todas las edades.
Segunda lectura. Romanos 5,6-11: Pero el Mesías murió por nosotros cuando éramos aún pecadores: así demuestra Dios el amor que nos tiene.
36 Viendo a las multitudes, se conmovió, porque andaban maltrechas y derrengadas como ovejas sin pastor.
37 Entonces dijo a sus discípulos:
– La mies es abundante y los braceros pocos; por eso, 38rogad al dueño que mande braceros a su mies.
10 1Y llamando a sus doce discípulos, les dio autoridad sobre los espíritus inmundos para expulsarlos y curar todo achaque y enfermedad.
2 Los nombres de los doce apóstoles son éstos: en primer lugar, Simón, el llamado Pedro, y su hermano Andrés; Santiago Zebedeo y su hermano Juan; 3Felipe y Bartolomé, Tomás y Mateo el recaudador, Santiago Alfeo y Tadeo, 4 Simón el fanático y Judas Iscariote, el mismo que lo entregó.
5 A estos doce los envió Jesús con estas instrucciones:
– No toméis el camino de los paganos ni entréis en ciudad de samaritanos; 6mejor es que vayáis a las ovejas descarriadas de Israel. 7Por el camino proclamad que está cerca el reinado de Dios, 8curad enfermos, resucitad muertos, limpiad leprosos, echad demonios. De balde lo recibisteis, dadlo de balde.
| El texto y un breve comentario de cada una de las lecturas de este domingo se podrán encontrar pulsando más arriba, en los enlaces correspondientes. |
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| Comentario tomado de la página web “Llamados a ser libres” de Rafael J. García Avilés: www.rafaelj.net. |

James Tissot, Recomendaciones a los apóstoles, 1886-94, Brooklyn Museum, Nueva York.
Alianza por otro mundo mejor
Este no es el mundo que Dios quiere. Este no es el modo de vivir que nace de la Buena noticia de Jesús. Ya en la Antigua Alianza, en los libros de la Biblia hebrea, en el mismo decálogo y la enseñanza de los profetas se nos dice que Dios quiere un mundo, una humanidad justa libre y fraterna.
Jesús nos propone una meta mucho más ambiciosa, proclamada en el sermón de la montaña y resumida en las Bienaventuranzas.
Los doce apóstoles representan el germen de ese mundo nuevo y, como tales reciben la misión de darlo a conocer e impulsarlo. Hoy esa tarea es la nuestra.
La alianza del Sinaí
Según la fe véterotestamentaria, el pueblo de Israel se constituye como tal pueblo gracias a dos experiencias fundamentales: la liberación de la esclavitud de Egipto y la alianza del Sinaí. Ambos acontecimientos se experimentan, se sienten como expresión del amor y la misericordia de Dios.
La alianza es, de acuerdo con la tradición que recoge el libro del Éxodo en la primera lectura, el primer objetivo que Dios persigue cuando decide intervenir en favor de los israelitas esclavos: «Vosotros habéis visto cómo traté a los egipcios, os saqué en alas de águila y os traje hacia mí». Se trata, por tanto, de una iniciativa de Dios: es Él quien propone a los israelitas que mantengan con Él una relación especialísima. No es la recompensa por los méritos de Israel, sino un don gratuito de Dios, que no espera a ver qué hace el pueblo para mostrarle su amor, sino que empieza ofreciéndoselo por adelantado: el amor de Dios no es un premio exclusivo para los buenos, sino un don gratuito para todos.
Entre los hombres, la mayoría de las veces, los fuertes imponen los pactos a los débiles. Dios no quiere que sea así; Él considera que los acuerdos solo son verdaderamente válidos cuando son asumidos con plena libertad. Por eso escucha los gritos de los esclavos y primero los hace objeto de su favor, —el amor es la única fuerza verdaderamente liberadora— los saca de la esclavitud, les da la capacidad de responder libremente a su oferta, y entonces, solo entonces, formula su propuesta: «seréis mi propiedad escogida entre todos los pueblos, pues toda la tierra es mía».
Cierto que la propuesta de Dios implica unas exigencias que el pueblo debe cumplir: ellos deben comprometerse a mantener la eficacia de la acción liberadora de Dios cumpliendo unos mandamientos que tienen la función de ayudar a Israel a dotarse de un orden social en el que no se reproduzcan las injusticias y las opresiones de las que fueron víctimas en Egipto: «si queréis obedecerme y guardar mi pacto…» Esta es la condición que corresponde cumplir al pueblo; su respuesta entonces fue afirmativa, –«Haremos cuanto dice el Señor»-, dijeron.
La alianza es, por tanto, el pacto, el acuerdo en el que se fija el objetivo de la elección de Israel como pueblo de Dios: servirá para experimentar un nuevo modo de vivir, un nuevo modo de convivir contenido en la Ley.
Como ovejas sin pastor
Israel tenía que ser, ese era el objetivo de la elección, un primer ejemplo del modelo de convivencia que Dios quería para toda la humanidad, que los profetas van concretando en «abrir las prisiones injustas, hacer saltar los cerrojos de los cepos, dejar libres a los oprimidos, romper todos los cepos, partir tu pan con el hambriento, hospedar a los pobres sin techo, vestir al que ves desnudo y no cerrarte a tu propia carne» (Is 58,6-7). Este modelo tendría como resultado un mundo en el que «el lobo y el cordero irán juntos y la pantera se tumbará con el cabrito, el novillo y el león engordarán juntos; un chiquillo los pastorea; la vaca pastará con el oso, sus crías se tumbarán juntas…» (Is 11,6-7).
Pero a lo largo de la historia, los que habían asumido el papel de pastores para guiar a Israel por este camino dejaron de lado, una y otra vez, su responsabilidad respecto al pueblo y se dedicaron a apacentarse a sí mismos: «¡Ay de los pastores de Israel que se apacientan a sí mismos…! No fortalecen a las débiles, ni curan a las enfermas, ni vendan a las heridas, ni recogen las descarriadas, ni buscan las perdidas y maltratan brutalmente a las fuertes…» (Ez 34,1-4).
Por eso Dios había anunciado que las cosas iban a cambiar y que un enviado suyo «reinará como rey prudente y administrará la justicia y el derecho en el país…» (Jr 23,5).
Jesús, que se definirá como «el modelo de pastor» según el evangelio de Juan (Jn 10,11.14), realiza plenamente ese anuncio; desde el principio de su actividad, su preocupación se centra en eliminar las esclavitudes y los sufrimientos del pueblo: «Recorría todos los pueblos y aldeas, enseñando en las sinagogas de ellos, proclamando la buena noticia del Reino y curando todo achaque y enfermedad» (Mt 9,35); y en el desarrollo de esa actividad puede constatar que la situación descrita por Ezequiel no ha cambiado demasiado: «Viendo a las multitudes, se conmovió, porque andaban maltrechas y derrengadas como ovejas sin pastor».
La nueva Alianza
La antigua alianza no era más que un primer ensayo; Dios, «Señor de toda la tierra», no pretendía que fuera ni exclusiva ni definitiva; pero, además, no funcionó demasiado bien, como muestra la situación que describen los antiguos profetas y la que produce la conmoción y la compasión de Jesús, una situación que recuerda más la de los israelitas bajo la esclavitud de los egipcios que la de un pueblo verdaderamente libre. El trabajo, pues, estaba todavía sin terminar; el ensayo de hacer de Israel un modelo de convivencia para toda la humanidad no había funcionado. Unos pocos, los pastores, dejando de un lado sus obligaciones, se habían dedicado a vivir bien a costa del pueblo y habían hecho ineficaz la alianza del Sinaí.
Cuando pronuncia las palabras que leemos en el evangelio de hoy, hacía poco que, desde otro monte, Jesús había promulgado la Nueva Alianza cuyo estatuto había quedado establecido en el conocido como Sermón de la Montaña (Mt 4,25-8,1). También ahora el amor de Dios precede a sus exigencias; también ahora es la compasión por la situación del pueblo, empatía con las personas que sufren, lo que mueve a Jesús a actuar, su amor a la humanidad, que lo llevará a entregar su vida incluso por aquellos que se la arrebatan; es lo que dice, con otro estilo, Pablo: «el Mesías murió por nosotros cuando éramos aún pecadores: así demuestra Dios el amor que nos tiene».
Cambiando la imagen del rebaño por la de la tierra de labor, Jesús se dirige a sus discípulos para invitarlos a unirse a la tarea de defender la libertad, la dignidad y la vida de los hombres: «La mies es abundante y los braceros pocos; por eso, rogad al dueño que mande braceros a su mies. Y llamando a sus doce discípulos, les dio autoridad sobre los espíritus inmundos para expulsarlos y curar todo achaque y enfermedad». Jesús los invita a comprometerse en el establecimiento y la consolidación de la Nueva Alianza. El número «doce» era el número de Israel, del pueblo de Dios; estos doce discípulos, como en el antiguo Israel los doce patriarcas, simbolizan al nuevo pueblo que empieza a formarse como consecuencia de la proclamación de la Buena Noticia de Jesús Mesías.
Por un lado, ellos son la semilla de una humanidad nueva en la que quedan superadas todas las barreras con las que los hombres se separan y se marginan unos a otros: ideologías, tradiciones religiosas, razas… Entre ellos está Mateo, que había sido recaudador (Mt 9,9-12), por lo que, en sentido estricto, no se le consideraba miembro del pueblo de Israel; y estaban Simón Pedro y Simón el fanático, que es posible que hubieran pertenecido al partido de los nacionalistas fanáticos; de cuatro sabemos que eran pescadores (Simón Pedro, Andrés, Santiago Zebedeo y Juan: Mt 4,18-22); uno de ellos fue el que entregó a Jesús a la muerte. De los demás no sabemos prácticamente nada: en ese grupo de desconocidos podemos incluirnos nosotros.
Dadlo gratis
A ellos encomienda Jesús la tarea de colaborar con él extendiendo la propuesta a otras personas para que se integren en este proyecto de una nueva humanidad en la que el anuncio de los antiguos profetas se debe ver realizado y superado con creces: «Proclamad que está cerca el reinado de Dios, curad enfermos, resucitad muertos, limpiad leprosos, echad demonios».
Al principio esta tarea de liberación interior («echad demonios») y exterior («curad enfermos, resucitad muertos, limpiad leprosos…») queda limitada al pueblo de Israel; después de su muerte, la misión se ampliará a «todas las naciones» (Mt 28,19-20). Ahora este es el encargo que Jesús nos hace también a todos los que hemos decidido seguirlo.
La comunidad de seguidores de Jesús se convierte así, como tal grupo, en pastor de la humanidad. Naturalmente que esta tarea no significa ningún privilegio, ni ningún poder sobre los hombres; en el sentido más estricto de la palabra, es un servicio de defensa de una vida digna, de la libertad y la felicidad de las gentes, una propuesta que podrá ser apasionada, pero que siempre tendrá que ser exquisitamente respetuosa, dirigida a todo el que sienta la necesidad de buscar un modo de vivir alternativo al que nos ofrece el mundo este; un servicio que tiene su origen en el amor que Dios nos tiene, que, en nosotros, se ha transformado en amor a los hermanos y que se orienta a la construcción de una fraterna y sororal humanidad.
Esta es una tarea que compete a todos los seguidores de Jesús. Y el hecho de que haya en la comunidad determinadas personas que se entregan a esta tarea con una especial dedicación no puede ser una excusa para que las demás no asumamos esta responsabilidad.
Lo que no parece que pretenda formar Jesús es una casta de profesionales de lo religioso. A los doce, y a todos los que habrán de seguir después, les dice que acepten la solidaridad de quienes los reciban («Cuando entréis en un pueblo o aldea, averiguad quién hay allí que se lo merezca y quedaos en su casa hasta que os vayáis»), pero que no acepten una paga por el anuncio del mensaje de libertad y vida, de justicia y amor que deben proclamar: «De balde lo recibisteis, dadlo de balde».
La buena noticia, la Alianza Nueva, ese mundo mejor, posible y necesario que describen las bienaventuranzas, ha de ser siempre un regalo, un don, una muestra de solidaridad y servicio, un amor que responda a su amor (Jn 1,17).
| Comentario 2º Tomado de: Juan Mateos – Fernando Camacho, El evangelio de Mateo. Lectura comentada. |
PRIMERA MISIÓN DEL ISRAEL MESIÁNICO
35,38. En paralelo con 4,23, comienza aquí una nueva sección del evangelio (9,38-11,1), constituida sobre todo por la instrucción a los Doce para la misión. 9,35-38 constituye la introducción a la misión y al discurso y describe la lastimosa situación de Israel a los ojos de Jesús. Se abre con un sumario de la actividad de Jesús (35), que describe su labor incansable (cf. 4,23). En las sinagogas enseña, es decir, expone su mensaje apoyándose en la Escritura; fuera de las sinagogas proclama la buena noticia de la cercanía del reinado de Dios (4,17); además, cura a todos los enfermos, como señal de la plena salvación que el reino ofrece al hombre.
Las multitudes están como ovejas sin pastor (36). La frase alude a Nm 27,17, donde Moisés nombra a Josué precisamente para que el pueblo no se disperse (cf. 1 Re 22,17; Ez 34). Nadie se ocupa de este pueblo que se encuentra en situación desesperada.
Ante este espectáculo, Jesús expone la situación a sus discípulos (37s). Usa un término (gr. therismos) que significa mies y siega. Se usa en 13,30.39, aplicado a la separación final entre buenos y malvados, y la siega se atribuye a los ángeles. Los braceros u obreros de que habla Jesús ejercen, pues, en la historia la misma actividad que los ángeles harán en el momento final. Se ve ahora el sentido de los ángeles que servían a Jesús, es decir, colaboraban con él, en la escena del desierto: eran figura de los que colaboran en su misión. La alusión indica que comienza el tiempo escatológico, la etapa final de la historia, inaugurada con la presencia de Jesús y la cercanía del reinado de Dios.
La petición se dirige al dueño de la mies, el Padre. Jesús no pide al Padre que envíe segadores, pero recomienda a los discípulos que lo hagan. Es una manera de prepararlos a la misión que sigue. La petición les hará tomar conciencia de la necesidad y los dispondrá a responder a la llamada de Jesús.
10,1-4. Mt no describe la institución de los Doce. Su puesto lo ocupan las bienaventuranzas, donde establece el estatuto de la nueva alianza y, por tanto, funda el nuevo Israel. Sus doce discípulos, nombrados por primera vez, son, por tanto, la figura representativa del Israel mesiánico. EI número doce alude a la plenitud escatológica de Israel. En su estadio final, el pueblo elegido comprende tanto a israelitas como a pecadores e incluirá también a los paganos.
Para la misión, los hace participar de su autoridad sobre los espíritus inmundos. Es la primera vez que aparece en Mt esta expresión, aunque se ha mencionado a los espíritus que Jesús expulsaba en 8,16. Se repetirá en 12,43.45. EI texto de 8,16 prueba que estos espíritus equivalen a los demonios.
Jesús capacita a los discípulos para vencer la resistencia al mensaje opuesta por las ideologías que dominan al hombre. Según la construcción del texto, parece que los espíritus inmundos están también en relación con las enfermedades. Esto mostraría que estas enfermedades son efecto de la adhesión a ideologías contrarias al plan de Dios (cf. 8,14-15).
Los doce discípulos son llamados ahora los doce apóstoles o enviados (solo aquí en Mt). Esto significa que la misión es propia de todo discípulo de Jesús, y que todo el Israel mesiánico está llamado a la misión de pescadores de hombres, anunciada a Simón y Andrés en 4,19.
EI Israel mesiánico se concreta en doce nombres, entre los cuales, como primero, destaca Simón, al que llamaban Piedra/Pedro. De nuevo aparece esta cláusula (cf. 4,18) que menciona el sobrenombre de Simón, sin que se explique su origen. Pedro y los tres siguientes se mencionan en el mismo orden de 4,18-22, explicitando también el parentesco que los une.
Sigue un grupo de siete, de los cuales el único conocido es Mateo el recaudador (9,9). La inclusión de este pecador en la lista de los doce anuncia la integración de los paganos en el Israel mesiánico; para Mt, la comunidad cristiana universal es la plenitud de Israel. Los demás de este grupo de siete no han sido nombrados antes ni lo serán después en el relato evangélico. Representan el pueblo anónimo que da su adhesión a Jesús. EI último de los siete se llama, como Pedro, Simón, y esta caracterizado por el calificativo el fanático o zelota, por pertenecer, como Simón Pedro (8,14s), a círculos nacionalistas exaltados. EI último de la lista es Judas Iscariote, el traidor. Su figura volverá a aparecer en el relato de la pasión (26,14.25.47; 27,3).
Instrucciones
Jesús envía a los Doce, es decir, al Israel mesiánico que representa a todos sus discípulos, dándoles instrucciones para la misión. Por el momento, limita esta a Israel, que se encuentra en situación lastimosa (cf. 9,36; 15,24; Ez 34). No ha llegado aún la hora de la misión universal (26,13; 28,19). La proclamación de los Doce tiene el mismo contenido que la de Jesús (4,17), pero sin la exhortación a la enmienda. Dan escuetamente la buena noticia. Su proclamación va acompañada de toda clase de señales. EI significado de estas es el mismo que el de las realizadas por Jesús. EI ha resucitado a la hija del jefe (9,18-26), ha limpiado a un leproso (8,2-4), ha curado enfermos (8,16; 9,35), ha expulsado demonios (9,32s). EI significado es liberar a los habitantes de Galilea de las doctrinas que los tienen postrados y privados de vida. Estas obras se realizan con las ovejas descarriadas de Israel; son, por tanto, una expresión de la ayuda que el discípulo debe prestar (5,7). Jesús añade un aviso: la idea de lucro ha de estar ausente de esta actividad (8). Se hace, por tanto, con limpieza de corazón (5,8), sin segundas intenciones.
La opción por la pobreza que ha hecho el discípulo (5,3) ha de ser bien visible (9.10). No deben llevar dinero alguno, tampoco provisiones (alforja), ni dos túnicas o sandalias, como la gente acomodada. La prohibición de llevar bastón simboliza la renuncia a toda violencia, incluso en defensa propia (cf. 5,39). El desprendimiento absoluto del discípulo se funda en su confianza de que no faltará el sustento. Jesús los exhorta a la confianza que había de tener el discípulo en el Padre del cielo (6,25-34). La misión es un trabajo por el que se busca que reine la justicia del Padre (6,33); este se ocupara de lo demás.
Se merece recibir al enviado (11) quien está abierto al mensaje del reino, es decir, los que no se conforman con la situación existente. Los Doce enviados son mensajeros de paz (cf. 5,9) y trabajar por ella es su labor. Esto se refleja en su saludo (12s). Hay, sin embargo, quienes rechazan este mensaje. En tal caso los enviados deben desentenderse de ellos con un gesto shnbóIico, usado al abandonar tierra pagana (14). Jesús anuncia un juicio que será más severo para los que no acogen el anuncio del reino, que para las ciudades paganas proverbialmente malditas (15).

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