Espíritu: justicia, libertad, amor

Domingo 6º de Pascua

10 de mayo de 2026

Primera lectura. Hechos de los Apóstoles 8,5-8.14-17: [Los apóstoles] bajaron allí y oraron por ellos para que recibieran Espíritu Santo, porque no había bajado aún sobre ninguno de ellos … Entonces les fueron imponiendo las manos, y recibían Espíritu Santo.

Salmo 65,1-3a.4-7a.16.20: Venid a ver las obras de Dios, sus formidables proezas en favor de los hombres.

Segunda lectura. 1ª Pedro 3,15-18: En vuestro corazón reconoced al Mesías como a Señor, dispuestos siempre a dar razón de vuestra esperanza a todo el que os pida una explicación, pero con buenos modos y respeto y teniendo la conciencia limpia.

                                             Evangelio: Juan 14,15-21

         15Si me amáis, cumpliréis los mandamientos míos; 16yo, a mi vez, le rogaré al Padre y os dará otro valedor que esté siempre con vosotros, 17el Espíritu de la verdad, el que el mundo no puede recibir porque no lo percibe ni lo reconoce. Vosotros lo reconocéis, porque vive con vosotros y además estará con vosotros.

         18No os voy a dejar desamparados, volveré con vosotros. 19Dentro de poco, el mundo dejará de verme; vosotros, en cambio, me veréis, porque de la vida que yo tengo viviréis también vosotros. 20Aquel día experimentaréis que yo estoy identificado con mi Padre, vosotros conmigo y yo con vosotros.

         21El que ha hecho suyos mis mandamientos y los cumple, ése es el que me ama; y al que me ama mi Padre le demostrará su amor y yo también se lo demostraré manifestándole mi persona.

El texto y un breve comentario de cada una de las lecturas de este domingo se podrán encontrar pulsando más arriba, en los enlaces correspondientes.

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Comentario tomado de la página web “Llamados a ser libres” de Rafael J. García Avilés: www.rafaelj.net.

Francisco Salzillo, Cristo de la expiración, 1770, Iglesia Mayor de Santiago en Jumilla, Murcia, España.

Espíritu: justicia, libertad, amor

    Jesús, al morir, nos entregó su Espíritu. Necesitamos esa energía vital para atrevernos a esperar y a trabajar para que este mundo llegue a ser un mundo de hermanos bajo el reinado del Padre, Dios liberador que expresa su inmenso amor en el servicio de su Hijo. Necesitamos esa fuerza para tener la osadía de proclamar su mensaje en medio de un mundo gobernado por el dinero, dios de la absoluta rentabilidad, y por su energía, la violencia homicida, ya se manifieste como agresión armada o como opresión, injusticia, hambre y miseria. En una palabra: necesitamos ese Espíritu porque nos identifica, haciéndonos partícipes de la misma vida y capaces del mismo amor, con Jesús y con el Padre, de quien proceden esa vida y ese amor.

Porque oían hablar

    Cuenta el libro de los Hechos de los Apóstoles que, como consecuencia de una violenta persecución que se desató en Jerusalén se dispersaron todos los miembros de la comunidad jerosolomitana, con excepción de los apóstoles; los dispersos fueron anunciando el mensaje. Felipe, uno de los siete diáconos elegidos poco antes (Hch 6,1-6: ver 1ª lectura del domingo pasado), recaló en Samaría, en donde anunció el mensaje de Jesús al tiempo que realizó sorprendentes señales que estaban entre las que había dicho Jesús que acompañarían a los que anunciaran la Buena Noticia, señales de vida y liberación (Lc 9,1; 10,17).

    En apariencia, la reacción de los samaritanos fue la aceptación incondicional del mensaje: «las multitudes hacían caso unánime de lo que decía Felipe, porque oían hablar de las señales que realizaba y las estaban viendo». Sin embargo, entre los samaritanos se produce una cierta anomalía; algo no acaba de funcionar correctamente porque los que acogían el mensaje, aunque se bautizaban, no recibían el Espíritu.

    Da la impresión de que los samaritanos habían recibido la predicación de Felipe como si hubieran asistido a una especie de campaña electoral, escuchando su mensaje e interpretando sus señales más o menos como los prodigios de un tal Simón —del que se habla en este episodio, aunque los versículos que se refieren a él no se leerán en la celebración litúrgica de este domingo—, un mago que asombraba a todos con sus habilidades. Felipe les resultó más convincente; y por eso se pusieron de su parte y se bautizaron en masa. Pero aquella opción no era todavía lo suficientemente honda como para cambiar sus vidas, no habían acogido aún la energía exhalada por Jesús en la cruz, en el momento final de su entrega.

    Esta situación tuvo que ser corregida por los apóstoles: «Pedro y Juan … bajaron allí y oraron por ellos para que recibieran el Espíritu Santo, porque no había bajado aún sobre ninguno de ellos; solamente habían quedado bautizados vinculándose al Señor Jesús». La imposición de las manos debe entenderse como un gesto de acogida personalizada en la comunidad y que, por tanto, supone la aceptación individual del compromiso de seguir a Jesús, de dejarse llevar por la energía que nace de la entrega de Jesús en la cruz y del modo de vida que tal compromiso exige; y es precisamente en ese momento cuando cada uno va recibiendo el don del Espíritu.

«Si me amáis…»

    El evangelio de este domingo nos habla de la esencia del comportamiento cristiano. Y nos conviene leer detenidamente este fragmento del evangelio y reflexionar sobre su contenido puesto que, muchas veces a lo largo de la historia del cristianismo, ha pasado como cristiano lo que no era más que la escala de valores vigente en un determinado momento histórico en la sociedad (por poner un ejemplo: muchos estudiamos en el catecismo que las virtudes cardinales eran cuatro: prudencia, justicia, fortaleza y templanza; aunque se trate de verdaderos valores, estas virtudes no son cualidades específicamente cristianas, sino que pertenecen al núcleo del pensamiento moral de Platón, un filósofo griego del siglo V-IV a. C.).

    En el origen del comportamiento cristiano, además de los buenos sentimientos que de forma natural pueda tener una persona, hay un hecho fundamental: la relación del creyente con Jesús de Nazaret. Una relación que es, primero, de adhesión a su persona y a su proyecto de humanidad; y, en segundo lugar y como consecuencia de lo anterior, una relación de amor que conduce a la plena identificación entre Jesús y el creyente; finalmente esa identificación debe llevar a la experiencia de sentirse hijos de un Dios que ya no es “Señor”, sino “Padre”.

    Según esto, el comportamiento del creyente en Jesús no se rige por unas normas o leyes impuestas desde fuera, sino, muy al contrario, sus normas de comportamiento se las da él mismo, le salen de dentro como consecuencia de su identificación personal con Jesús: «El que ha hecho suyos mis mandamientos y los cumple, ése es el que me ama».

«…Cumpliréis los mandamientos míos»

    Pero ¿cuáles son esos mandamientos?

    En el capítulo anterior de su evangelio, Juan nos trasmite el único mandamiento de Jesús, un mandamiento nuevo que, por serlo, hace viejos y sustituye a los demás mandamientos: «Os doy un mandamiento nuevo: que os améis unos a otros; igual que yo os he amado, también vosotros amaos unos a otros. En esto conocerán que sois discípulos míos: en que os tenéis amor entre vosotros» (13,34). Jesús, que acababa de aceptar su muerte como culminación de su entrega en favor de los hombres sus hermanos y que de esa manera llevaba su amor hasta el extremo, se pone como ejemplo y medida del amor que deben practicar sus discípulos. Y hace de ese amor el modo de vida, la norma de comportamiento y el signo mediante el cual se podrá reconocer en adelante a sus seguidores. Poner en práctica en cada caso y en cada circunstancia este único mandamiento, en eso consisten los mandamientos de Jesús.

    En realidad, el mandamiento nuevo no es sino el encargo de Jesús a sus seguidores para que continúen su misión. En efecto, en el evangelio de Juan, antes de formular el mandamiento nuevo, Jesús había hablado dos veces de la misión que él tenía que desarrollar diciendo que era un mandamiento, un encargo de su Padre. La primera vez se refiere a lo que tenía que hacer: «Por eso el Padre me demuestra su amor, porque yo entrego mi vida y así la recobro. Nadie me la quita, yo la entrego por decisión propia. Está en mi mano entregarla y está en mi mano recobrarla. Este es el mandamiento que recibí de mi Padre» (Jn 10,17-18). Entregar la vida voluntariamente, éste es el mandamiento que Jesús ha recibido de su Padre (no se trata, por tanto, de un orden que se acepta sin rechistar, sino de una encomienda, una tarea, una misión que se acepta voluntariamente). La segunda vez se refiere a lo que Jesús tiene que decir, al mensaje que tiene que comunicar: «Porque yo no he propuesto lo que se me ha ocurrido, sino que el Padre que me envió me dejó mandado él mismo lo que tenía que decir y que proponer, y sé que su mandamiento significa vida definitiva» (Jn 12, 49-50). El mandamiento del Padre consiste en que comunique un mensaje que es al mismo tiempo una oferta de vida que, si la aceptamos, nos hace hijos y nos compromete a trabajar para convertir este mundo en un mundo de hermanos.

    A la luz de estos mandamientos que cumple Jesús debemos entender el mandamiento que él nos deja: amar como él amó y proponer este modo de vida a quienes alcance nuestra voz.

Una moral cristiana

    En consecuencia, una moral cristiana no se distingue de otras porque incluya unas normas u otras, porque, por ejemplo, condena el divorcio o, según algunos, prácticamente todo lo relacionado con el sexo. No. La moral, la ética cristiana se distingue porque nace y es manifestación de un amor hasta el extremo, un amor de la misma calidad del que puso en práctica Jesús. En todo tipo de relación interpersonal, en todo lo que hagamos en relación con nuestros semejantes, ésta es la característica que debe distinguir el comportamiento de los cristianos: lo que hagamos debe ser siempre expresión del amor.

    Pero ese amor no es el sentimiento blandengue con el que tratan de adormecernos ciertas canciones o determinadas series de televisión. El amor que a nosotros nos exige el seguimiento de Jesús debe ser de la misma calidad que el suyo. A él su amor apasionado a toda la humanidad lo llevó a enfrentarse apasionadamente con los causantes del sufrimiento y el dolor de los pobres, con los culpables de la marginación de los débiles, con los responsables del error de los que, engañados, creían que la injusticia tenía su origen en la voluntad de Dios. A Jesús su amor lo llevó a asumir un duro conflicto porque lo que hizo y dijo descubría la maldad de un mundo injusto, lo que lo llevó a dar la propia vida. De esa calidad debe ser el amor de sus seguidores. Todo lo que es amor, pero, además, tendiendo a completar esa medida: «como yo os he amado»[1].

    A Jesús, la lealtad a su compromiso de amor lo llevó a denunciar todo tipo de injusticia y a anunciar la posibilidad de llegar a ser hijos de Dios si, tras aceptar la vida y el amor del Padre, nos comprometíamos organizar nuestra vida adoptando como pauta un amor que responda a su amor (Jn 1,17).

Espíritu de amor, verdad y libertad

    Pero para amar de esa manera, hace falta una fuerza descomunal e inagotable; para luchar de esa forma, hay que estar muy seguros de que estamos en lo cierto. Pues bien: esa fuerza y esa seguridad nos la presta el Espíritu de Jesús. Él nos da la razón y nos da fuerza para dar razón de nuestra esperanza, para explicar por qué, en lugar de conformarnos con este mundo y de identificarnos con él, preferimos identificarnos con Jesús y su mensaje y luchamos por un mundo nuevo en el que creemos firmemente, aunque nadie lo haya visto, arriesgando tanto en el empeño.

    Ese Espíritu, energía vivificadora que emana de la cruz de Jesús («…reclinando la cabeza, entregó el Espíritu.» Jn19,30), acompañará a quienes decidan olvidarse de cualesquiera otros mandamientos para cumplir el nuevo, el de Jesús.

    Jesús le llama «Espíritu de la Verdad». ¡Y bien que nos hará falta que alguien nos ayude a reconocer la verdad! Los hechos —seguro que nos dirán— demuestran que estamos equivocados, que defendemos una utopía irrealizable, que verdad es solo lo que se puede tocar con los dedos, lo que tiene peso, lo que abre puertas, lo que despeja el camino hacia el éxito, lo que produce beneficios, lo que da dinero y poder… Necesitaremos toda la fuerza de convicción de ese Espíritu para no dejarnos convencer por las lúcidas razones de los adoradores de un dios, el becerro de oro, el dinero, que parece firmemente instalado en nuestro mundo.

    Espíritu de Verdad que, por eso, es también Espíritu de libertad («…conoceréis la verdad y la verdad os hará libres.» Jn 8,32) y, por eso, Espíritu de amor, pues solo el que posee un espíritu verdaderamente libre es capaz de un amor como el de Jesús. En sus exigencias no hay imposición ni amenaza de castigo. Solo se pide fidelidad al amigo que da la vida por los amigos (Jn 15,13); y coherencia con lo que decimos creer y con los compromisos que libremente asumimos.

    Ese amor, la justicia que lo debe preceder y la libertad que es el medio ambiente en el que brota y crece, son fruto del Espíritu, verdadera expresión de la fe y manifestación de la vida de Dios que late en nosotros. Por eso, no es arriesgado decir que, si no hubieran recibido el Espíritu, muy pronto se habría marchitado la fe de aquellos primeros cristianos de Samaría; no habría sido más que el fugaz y pasajero entusiasmo ante unos signos maravillosos, ante unas palabras hermosas que pronto mueren si no se convierten en compromiso de vida.

    Y eso mismo podría sucedernos a nosotros si el que nos mueve no es el Espíritu que Jesús nos entrega, sino el que este mundo injusto nos ofrece.


[1]. En relación con este tema no podemos olvidar la enseñanza contenida en el pasaje del lavado de los pies (leído y comentado el Jueves Santo): es el servicio libremente otorgado, que supone el reconocimiento del señorío de toda persona, el medio privilegiado para expresar este amor en las relaciones interpersonales y, también en las colectivas.

Comentario 2º Tomado de: Juan Mateos – Juan Barreto, Juan, Texto y comentario.

Juan 14,15-21: Dios en la nueva humanidad

* * * * *

Jesús expone cómo Dios se hace uno con la comunidad y vive en ella en cada miembro. Se tiene así el segundo aspecto del éxodo: la presencia de Dios en medio de los suyos.

15-17 «Si me amáis, cumpliréis los mandamientos míos; yo, por mi parte, le rogaré al Padre y os dará otro valedor que esté siempre con vosotros, el Espíritu de la verdad, el que el mundo no puede recibir porque no lo percibe ni lo reconoce. Vosotros lo reconocéis, porque vive con vos­otros y además estará con vosotros».

Por primera vez menciona Jesús el amor de sus discípulos a él: la adhesión a su persona y obra se convierte en un impulso de identificación con él. Después de haber expuesto el mandamiento nuevo (13,34), habla Jesús de “sus mandamientos”: El primero expresaba la actitud del discípulo y creaba la solidaridad del amor. “Los mandamientos suyos”, cuyo contenido nunca se explicita, son las exigencias de actuación que las circunstancias presentan al amor de los discípulos. En “el manda­miento” habla Dios en el interior del discípulo; en “los mandamientos” le habla desde la realidad histórica.

Si Jesús conserva el término “mandamiento” para designar esta realidad, es sólo para oponer su norma de vida a los mandamientos de la Ley antigua, que quedan superados. 

El amor de identificación con Jesús no absorbe al discípulo, sino que lo abre a los demás. No hay verdadero amor a Jesús que no lleve al amor de los otros.

Por la identificación con Jesús, los mandamientos pierden todo carácter de imposición; son la exigencia del amor. Cumplirlos significa ser como Jesús, y a esto lleva espontáneamente la fuerza interior del Espíritu. No se trata de la obe­diencia de los discípulos a normas externas, sino de la expansión exte­rior de la sintonía con Jesús.

Mientras estaba con ellos, Jesús les ha enseñado y los ha protegido. El Espíritu será “otro valedor”, toma el puesto de Jesús. La comunidad lo recibirá gracias a él.

El término “valedor”, que se aplica al Espíritu,significa el que ayuda a la comunidad en cualquier circunstancia. Es el Espíritu de la verdad, por ser él la verdad y comuni­carla. El término “verdad” significa también “fidelidad / lealtad” (cf. 4,24) y está en conexión con el amor (1,14). El Espíritu de la verdad-amor da libertad al hombre, pues la verdad hace libres (8,31s); él continuará el proceso de liberación.

El mundo,el orden injusto, el sistema de poder, profesa “la mentira”, una ideología que propone como valor lo que es contrario al designio creador, lo que merma la vida del ser humano. El sistema es la mentira institucionalizada, que llega al homicidio, a la supresión de la vida (8,44). No puede percibir el Espíritu de la verdad ni conocerlo, pues la estructura de muerte es incompatible con el principio de vida.

Los discípulos tienen experiencia del Espí­ritu en Jesús; pero esta experiencia será mayor en el futuro, cuando lo reciban ellos mismos y esté en ellos como principio dinámico y vivificante.

18-20 «No os voy a dejar desamparados, volveré con vos­otros. Dentro de poco, el mundo dejará de verme; vos­otros, en cambio, me veréis, porque de la vida que yo tengo viviréis también vosotros. Aquel día experimenta­réis que yo estoy identificado con mi Padre, vosotros conmigo y yo con vosotros».

Jesús sigue preparando a sus discípulos para el momento de su ausencia; les da todas las seguridades para que no estén intranquilos. No los dejará huérfanos, indefensos.

Su ausencia no será definitiva; promete su vuelta dentro de poco. Después de su muerte, no se manifestará al mundo, pero sí a ellos. Al participar de su misma vida, que es su Espíritu, experimentarán su presencia.

“Aquel día” llegará cuando Jesús se haga presente, ya resucitado, a su comunidad. El efecto de la comunicación de la vida-Espíritu será la experiencia de identificación con Jesús y con el Padre. Comunión de vida entre Dios y los hombres: se constituye así un núcleo de donde irradia el amor.

21 «El que ha hecho suyos mis mandamientos y los cum­ple, ése es el que me ama; y al que me ama mi Padre le demostrará su amor y yo también se lo demostraré mani­festándole mi persona».

De su relación y la del Padre con la comunidad pasa Jesús a la que establecen con cada miembro de ella. Su comunidad no es gregaria, ni su Espíritu uniforma; cada uno es responsable de su modo de obrar.

El discípulo hace suyos los mandamientos de Jesús y los cumple. La actividad en favor del hombre (mis mandamientos) es lo único que da realidad al amor a él (cf. 14,15) y, por tanto, el único criterio para verificar su existencia. El amor a Jesús consiste, por tanto, en vivir sus mismos valores y comportarse como él. El amor verdadero no es solamente interior, sino visible: un dinamismo de transformación y de acción.

La semejanza con Jesús, efecto de ese amor, provoca una respuesta de amor de parte del Padre, que ve realizada en el hombre la imagen de su Hijo. La respuesta de Jesús se traducirá en una manifestación personal suya. El Padre y Jesús, que son uno, responden al unísono. El Padre considera hijo al que ama como Jesús; Jesús lo ve como hermano. Jesús menciona solamente su propia manifestación, porque él seguirá siendo el santuario donde Dios habita (2,21); en él se revela el Padre (14,9).

Síntesis: Cambia el concepto antiguo de Dios y el de la relación del hombre con él. Se concebía a Dios como una realidad exterior al hom­bre y distante de él. La relación con Dios se establecía a través de me­diaciones, en primer término, la de la Ley, de cuya observancia depen­día el favor divino. Dios reclamaba al hombre para sí; éste aparecía como siervo. El mundo quedaba en la esfera de lo profano.

En la exposición que hace Jesús se describe la venida del Espíritu, de Jesús y del Padre. Con esta imagen espacial se significa el cambio de relación entre Dios y el hombre. La comunidad y el individuo se convierten en morada de la divinidad, el hombre en santuario de Dios. De esta manera Dios “sacraliza” al hombre y, a través de él, a toda la creación. No hay ya, pues, ámbitos sagrados donde Dios se manifieste fuera del hombre mismo, ni ámbitos “profanos” que sean ajenos a Dios. Esta “sacralización” del hombre produce al mismo tiempo una “desacralización”, suprimiendo toda mediación de “lo sagrado” exterior al hombre.

Dios se asemeja a una onda en expansión que comunica vida con ge­nerosidad infinita. No quiere acaparar al ser humano, sino que éste, viviendo con él, sea como él es, don de sí, amor absoluto. Al hombre toca aceptar ese amor e incorporarse a esa fuerza que tiende a expansionarse en continuo don.

Dios no es rival del hombre. No lo ha creado para reclamarle luego su vida como tributo y sacrificio. No absorbe ni disminuye al hombre, lo potencia. No puede el hombre anularse para afirmar a Dios; eso significaría la negación de Dios creador, el dador de vida.

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