Ser como Dios Padre

Jueves Santo

 2 de abril de 2026

Primera lectura – Ex 12,1-8.11-14: Esa noche comeréis la carne, asada a fuego, acompañada de pan sin fermentar y verduras amargas.Y comeréis así: la cintura ceñida, las sandalias en los pies, un bastón en la mano; y os lo comeréis a toda prisa, porque es la Pascua del Señor.

Salmo 115[116b],12-8[3-9]: ¿Cómo pagaré al Señor todo el bien que me ha hecho? Alzaré la copa de la salvación, invocando su nombre.

Segunda lectura – 1ª Cor 11,23-26: …el Señor Jesús, la noche en que iban a entregarlo, cogió un pan, dio gracias, lo partió y dijo: «Esto es mi cuerpo, que se entrega por vosotros; haced lo mismo en memoria mía». Después de cenar, hizo igual con la copa, diciendo: «Esta copa es la nueva alianza sellada con mi sangre; cada vez que bebáis, haced lo mismo en memoria mía».

                                        Evangelio: Juan 13,1-15

       13 1 Antes de la fiesta de Pascua, consciente Jesús de que había llegado su hora, la de pasar del mundo este al Padre, él, que había amado a los suyos que estaban en medio del mundo, les demostró su amor hasta el fin.

           2 Mientras cenaban (el Enemigo había ya inducido a Judas de Simón Iscariote a entregarlo), 3 consciente de que el Padre lo había puesto todo en sus manos y que de Dios procedía y con Dios se marchaba, 4 se levantó de la mesa, dejó el manto y, tomando un paño, se lo ató a la cintura. 5 Echó luego agua en el barreño y se puso a lavarles los pies a los discípulos y a secárselos con el paño que llevaba ceñido.

           6 A1 acercarse a Simón Pedro, éste le dijo:

       -Señor, ¿tú a mí lavarme los pies?

           7 Jesús le replicó:

       -Lo que yo estoy haciendo tú no lo entiendes ahora, pero lo comprenderás dentro de algún tiempo.

           8 Le dijo Pedro:

       -No me lavarás los pies jamás.

       Le repuso Jesús:

       -Si no dejas que te lave, no tienes nada que ver conmigo.

           9 Simón Pedro le dijo:

       -Señor, no sólo los pies, sino también las manos y la cabeza.

           10 Jesús le contestó:

       -El que ya se ha bañado no necesita que le laven más que los pies. Está enteramente limpio. También vosotros estáis limpios, aunque no todos.

           11 (Es que sabía quién lo iba a entregar, por eso dijo: «No todos estáis limpios».)

           12 Cuando les lavó los pies, tomó su manto y se recostó de nuevo a la mesa. Entonces les dijo:

       -¿Comprendéis lo que he hecho con vosotros? 13 Vosotros me llamáis Maestro y Señor, y con razón, porque lo soy. 14 Pues si yo, el Señor y el Maestro, os he lavado los pies, también vosotros debéis lavaros los pies unos a otros.

           15 Es decir, os dejo un ejemplo para que, igual que yo he hecho con vosotros, hagáis también vosotros.

El texto y un breve comentario de cada una de las lecturas de este domingo se podrán encontrar pulsando más arriba, en los enlaces correspondientes.

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Comentario tomado de la página web “Llamados a ser libres” de Rafael J. García Avilés: www.rafaelj.net.

Peter Paul Rubens, El lavado de los pies, 1632, Museo de Bellas Artes, Dijon, Francia.

Ser como Dios Padre

            El domingo 1º de Cuaresma, el título del nuestro comentario era “¿Ser como dioses? Un mal asunto”. Entonces, ese “ser como dioses” respondía al concepto de Dios que la mayoría de las religiones y culturas nos han presentado; en realidad un dios hecho a imagen del hombre: todopoderoso, a veces caprichoso, más que justo, justiciero e, incluso en ocasiones, cruel y vengativo.

            El evangelio de este domingo nos enseña, por medio de Jesús de Nazaret, dos cosas fundamentales: como es en realidad el Dios y Padre de Jesús y cómo podemos parecernos a Él, es decir, como podemos llegar a ser verdaderos hijos de Dios.

            De este modo, “ser como Dios”, como el Padre, se torna en un magnífico asunto.

Hasta el extremo, hasta el final

            No es la cena de Pascua. Al contrario que los otros tres evangelios, Juan no presenta la última cena de Jesús como la cena que cada año celebraban los judíos para conmemorar la liberación de sus antepasados de la esclavitud de Egipto (primera lectura). Aquella Pascua fue el comienzo de un proyecto que ya ha quedado obsoleto y, por eso, va a quedar definitivamente superada; y superados también sus elementos negativos (como la violencia, como instrumento -falso instrumento- de liberación).

            Quizá por eso Juan no cuenta la institución de la eucaristía: prefiere, más que contar lo que ya otros han contado, transmitirnos el sentido radicalmente nuevo de aquella cena: el compromiso de Jesús de amar hasta el fin a toda la humanidad: «Antes de la fiesta de Pascua, consciente Jesús de que había llegado su hora, la de pasar del mundo este al Padre, él, que había amado a los suyos que estaban en medio del mundo, les demostró su amor hasta el fin.»

            Esta es la clave: de la vida, de la misión, del compromiso de Jesús con el Padre y con la humanidad: Jesús va a completar su misión. Sabe que le ha llegado la hora en la que va a mostrar su amor, y en su amor el del Padre, a la humanidad.

            Esta es la clave que nos permite comprender que hacemos y a qué nos comprometemos cuando participamos de la Eucaristía.

Mientras comían

            El evangelista no nos da ningún detalle de aqueda comida.

            Jesús y los suyos están compartiendo el alimento y la vida; y lo están haciendo como un grupo de amigos que se quieren, sin nombre (sólo se nombra a Jesús, cuyo ejemplo hay que seguir, y a dos de los presentes, Judas de Simón y Simón Pedro, ejemplo de lo que no se debe hacer) y sin referencia ninguna al lugar en el que se celebra la cena, para que todos quepamos entre «los suyos», sin condiciones de ningún tipo -sexo, raza, nación, cultura, religión-.

            Sólo un gesto, absolutamente inesperado, mientras comían: «Consciente de que el Padre lo había puesto todo en sus manos y que de Dios procedía y con Dios se marchaba, se levantó de la mesa, dejó el manto y, tomando un paño, se lo ató a la cintura. Echó luego agua en el barreño y se puso a lavarles los pies a los discípulos y a secárselos con el paño que llevaba ceñido.»

            El dejar el manto está representando, simbólicamente, su muerte, a la que se dirige libremente porque es el resultado de su compromiso de amor a la humanidad; al final lo recuperará, porque confía lúcidamente en el Padre y sabe que no permitirá que el odio y la muerte venzan al amor.

Lavar los pies

            Lavar los pies llenos del polvo del camino de los que llegaban a casa era tarea propia de esclavos y, lógicamente, sólo se hacía con los hombres libres. Jesús utiliza ese gesto no para justificar la injusticia que supone el que unos hombres tengan que estar sometidos forzadamente al servicio de otros, sino para explicarnos cómo se puede salir de la situación presente que niega a unos el derecho a la libertad y el reconocimiento de su dignidad y otorga a unos pocos el privilegio de ser dueños de la libertad de otros y de hacerse acreedores de todo tipo de honores: esta situación sólo se superará cuando nadie se vea obligado a servir y todos estén dispuestos a hacerlo libremente y el servicio sea entonces únicamente expresión de amor.

            En el mundo en que vivimos, el que puede -el que tiene poder- pone a los demás a su servicio y, gracias a la opresión y la explotación de los otros, se siente un señor; Jesús propone lo contrario: que todos nos pongamos al servicio de los demás para que todas las personas puedan sentir su señorío liberador.

            Este es el significado profundo de este gesto. Jesús libremente se pone al servicio de sus discípulos lavándoles los pies y, así, les reconoce la categoría de señores. Pero tal señorío no lo han alcanzado por ninguno de los medios por los que se consigue el poder en este mundo: la riqueza, la violencia o los privilegios de raza, clase social o de sangre, ni como ciertos señores han pretendido -mintiendo- tantas veces, por la gracia de Dios; ese señorío no se alcanza porque se tengan sometidos a más o menos siervos, sino porque ser los beneficiarios de mucho amor que se recibe en forma de servicio libremente otorgado: es el amor recibido lo que constituye este señorío; y ese servicio manifiesta, expresa y nace del amor.

Ejemplo a seguir

            Los que así han visto reconocida su plena libertad y han llegado a ser señores, deberán hacer otro tanto: «Pues si yo, el Señor y el Maestro, os he lavado los pies, también vosotros debéis lavaros los pies unos a otros». Jesús sigue siendo «el Señor», porque nadie le impone el servicio: lo presta con absoluta libertad; sus discípulos, gracias a este gesto, han sido reconocidos como señores.

            Ahora les toca a ellos, seguir su ejemplo, continuar con la tarea. El resultado será un mundo de iguales en el que nadie priva de libertad o somete a servidumbre a ninguno de sus semejantes, un mundo en el que todos son señores libres porque todos reciben mucho amor y en el que todos son liberadores porque respetan y sirven libremente, porque reparten mucho amor: al ofrecer amor mediante el servicio libremente otorgado, se logrará que todos se puedan sentir señores; y al recibirlo, todos nos reconoceremos como hermanas y hermanos.

            Como hemos dicho antes, este gesto explica el significado de la Eucaristía: leamos en este contexto las palabras con las que Jesús cierra este signo: «Es decir, os dejo un ejemplo para que, igual que yo he hecho con vosotros, hagáis también vosotros.»

Ejemplos a evitar

            Simón Pedro protesta, y no porque rechace ver a un hombre a los pies de otro, sino porque es el Señor el que se ha puesto a servir: «Señor, ¿tú a mí lavarme los pies?» No acepta el amor que Jesús le ofrece en forma de servicio. El considera a Jesús como un Mesías llamado a ocupar el trono de Israel. Por eso, está dispuesto a obedecerlo, lo acepta como señor, como jefe, pero no entiende ni acepta la enseñanza contenida en aquel gesto: Jesús va a darlo todo, hasta su vida (simbolizada en el manto del que Jesús se desprende), para hacer posible que los hombres descubran que sólo se consigue la felicidad en la experiencia del amor compartido («… os dejo un ejemplo para que, igual que yo he hecho con vosotros, hagáis también vosotros… ¿Lo entendéis? Pues dichosos vosotros si lo cumplís»). Claro que, si no se acepta esa clase de amor que se muestra en el servicio que a todos iguala, no se podrá ser seguidor de Jesús: «Si no dejas que te lave, no tienes nada que ver conmigo.»

            Pedro, por el momento, no entendía que el servicio pudiera ser una manifestación de amor; pero estaba con Jesús, su Señor, y era un hombre leal; por eso, aunque le costó, aunque en este momento no estaba preparado (Jn 13,36) y renegó de Jesús cuando lo vio preso (Jn 18,15-18), acabó por aceptar plenamente su mensaje y asumió con todas sus consecuencias su proyecto para este mundo y el camino para lograrlo (Jn 21,19).

            Judas de Simón Iscariote, en cambio, estaba sometido a otro señor, el dinero (Jn 12,6), que pudo en él más que el amor de Jesús. Él se deja lavar sin rechistar, pero tampoco acepta el amor de Jesús (véase también 13,26-27); de inmediato saldrá a encontrarse con los señores de este mundo para, a cambio de una ridícula participación de ese falso señorío, 30 monedas, acordar el modo de entregarles a Jesús a sabiendas de que lo querían para llevarlo a la muerte.

Ser como el Padre Dios

            Yo y el Padre somos uno (Jn 10,30).

            Jesús se identifica plenamente con el Padre Dios. Y esto, entre otras cosas, significa que en Jesús se nos explica el ser de Dios (Jn 1,8).

            En consecuencia, podemos concluir que, en el gesto del lavatorio de los pies, Jesús nos revela que Dios está al servicio del hombre; y lo está, como Jesús, por amor.

            La grandeza de Dios no puede entenderse a imagen de la de los grandes de la tierra porque esa grandeza (lo veíamos el domingo 1º de Cuaresma, en el relato de las tentaciones) procede del adversario de Dios, del enemigo del hombre. Su grandeza no es el poder, ni el miedo, ni el castigo. Su grandeza es su amor que se expresa en Jesús como servicio a la humanidad.

            Pero, además, en Jesús, hijo de hombre, se realiza el proyecto de ser humano que Dios tiene desde el principio, esa Palabra, que contenía el proyecto formulado de la plenitud humana, se hizo carne, se hizo ser humano. Por eso, lo que nace Jesús, nos enseña cómo podemos alcanzar esa plenitud: al mismo tiempo que nos explica cómo es Dios, nos está enseñando como ser verdaderamente humanos; al tiempo que nos revela en qué consiste la gloria de Dios, nos indica el camino para participar de esa gloria: «Cuando salió, dijo Jesús: -Acaba de manifestarse la gloria del Hijo del hombre y, por su medio, la de Dios.» (Jn 13,31)

            Así se expresa Jesús al terminar la cena. Y enseguida añadirá: «Os doy un mandamiento nuevo: que os améis unos a otros; igual que yo os he amado, también vosotros amaos unos a otros.» (Jn 13,34)

            Querer ser como Dios ya, desde esta perspectiva, ha dejado de ser una tentación para convertirse en un reto, en un programa apasionante para una vida y para un mundo posible y necesario.

            Los seguidores de Jesús, si queremos parecernos a Dios, si aspiramos a llegar a realizarnos como hijos de Dios, debemos adoptar este criterio: su fuerza para transformar el mundo y convertirlo en el reinado, en la casa de Dios, debe ser el libre servicio que nace de y expresa el amor y lo que este busca alcanzar: que en ese otro mundo, en ese otro orden que llamamos el reinado de Dios, el señorío de todas y todos no suponga la servidumbre de nadie.

            Con el gesto del lavatorio de los pies, Jesús nos descubre un camino nuevo para acceder al verdadero señorío, para parecernos a El Señor: todos podemos ser señores; todos podemos contribuir al señorío de nuestros semejantes: no por el poder que poseamos, sino por el amor que gratuitamente recibamos, por el amor que gratuitamente ofrezcamos.

Juan 13,1-20: El lavado de los pies

            La cena con los discípulos está en estrecha relación con la celebrada en Betania (12,1-8), aunque la perspectiva es diferente. En aquélla se expresaba sobre todo el amor de la comunidad a Jesús,            como agradecimiento al don de la vida. En esta cena se expresa el amor de Jesús a los suyos, que será el fundamento de aquel amor. En ambas se menciona al traidor.

1 Antes de la fiesta de Pascua, consciente Jesús de que había llegado su hora, la de pasar del mundo este al Padre, él, que había amado a los suyos que estaban en medio del mundo, les demostró su amor hasta el fin.

La frase inicial introduce no sólo el discurso de la cena, sino toda la narración de la entrega y muerte de Jesús, hasta sus pala­bras en la cruz (19,30).

No se menciona lugar; ya no se nombra a Jerusalén, con la que Jesús ha roto definitivamente. Esta Pascua no es ya “la Pascua de los Judíos” (2,13; 6,4), ahora es la Pascua de Jesús, la del Cordero de Dios (1,19), que va a permitir el éxodo de las tinieblas a la luz.

Para Jesús, el paso de este mundo al Padre será la cruz, donde se entregará para dar vida al hombre; allí realizará la última etapa de su éxodo, la lle­gada a la tierra prometida. Es consciente del momento que vive y, en consecuencia, de su misión. No va a la muerte (su hora) arrastrado por las circunstancias, es él quien da su vida. La conciencia de esa hora es la que motiva la expresión de su amor hasta el fin.

 Los suyos (Israel) no lo acogieron (1,11). Jesús, sin embargo, tiene ahora otros a quienes llama los suyos, los que le han dado su adhesión. Son la nueva comunidad, que sustituye al antiguo Israel.

Su amor al hombre se ha demostrado en su vida, pero va a resplandecer en su muerte. En Dt 31,24 se dice: “Cuando Moisés terminó de escribir los artículos de esta Ley hasta el final…”. Jesús va a demostrar su amor hasta el fin, y ésa será la nueva Escritura que sustituirá a la Ley.

Los dos miembros de la frase: había amado… demostró su amor hasta el fin, son la definición de la gloria: amor y lealtad (1,14). El amor que no cesa, que no se desmiente ni se escatima, es la carac­terística de la nueva alianza (1,17).

2-3 Mientras cenaban (el Enemigo había ya inducido a Judas de Simón Iscariote a entregarlo), consciente de que el Padre lo había puesto todo en sus manos y que de Dios procedía y con Dios se marchaba…,

Jesús está cenando con los suyos. No se trata de la comida ritual de Pascua, anticipada, sino de una cena ordinaria. Jesús no celebra el rito establecido; la cena cristiana no es una continuación de la ju­día. Aparece de nuevo la ruptura de Jesús con las instituciones de la antigua alianza. La cena pascual cristiana, la cena de su éxodo, será la de su cuerpo y su sangre, preparados en la cruz (6,51.54).

“El Enemigo” ha sido presentado antes como “el padre” de los dirigentes judíos (8,44); es el principio de homicidio y mentira que inspira al círculo de poder, el dios-dinero entronizado en el templo (2,16; 8,20).

Dios, que es Espíritu (4,24), engendra como Padre hombres que son “espíritu” (3,6); el Enemigo/diablo engendra hombres que son “enemigos/diablos” (6,70). El hombre nace de Dios al recibir su amor y tomar por norma de conducta el bien de los demás; nace del Enemigo (el dinero) al recibir el anti-amor (la ambición de riqueza y la codicia) y tomar por norma el interés propio, despojando a los demás (12,6: “la­drón” = explotador) y usando para ello la violencia y la mentira (8,44). El Enemigo, el dios que es el propio interés, ha inducido ya a Judas a entregar a Jesús, aliándose con el círculo de poder.

Por segunda vez aparece la denominación Judas de Simón Iscariote (cf. 6,71), en proximidad con una mención de Simón Pedro. Mediante la coincidencia del nombre Simón con el patronímico de Judas, el evangelista insinúa cierta comunidad de rasgos entre los dos que traicionan a Jesús, uno de obra y el otro de palabra.

Jesús sabe que de él depende la salvación de la humanidad, el éxito del designio creador de Dios. Con el lavado de los pies va a mostrar cómo se lleva a término la obra del Padre. Es consciente de tenerlo todo en su mano, empezando por su propia vida. Al estar en relación con “la hora”, la de su muerte, la acción que sigue es expresión de su última voluntad y adquiere por ello carácter fundacional para la nueva comunidad humana.

Jesús tiene plena conciencia de su verdadero origen, Dios, que lo llenó del Espíritu (1,32s; 1,14: “plenitud de amor y lealtad”), y de su itinerario y meta: el don total de sí, en el que Dios estará plenamente presente como vida absoluta.

4-5 …se levantó de la mesa, dejó el manto y, tomando un paño, se lo ató a la cintura. Echó luego agua en el barreño y se puso a lavarles los pies a los discípulos y a secárselos con el paño que llevaba ceñido.

Jesús va a mostrar a sus discípulos cuál va a ser la obra de su amor por ellos y por la humanidad, interpretándola en clave de servicio. Para ello, se despoja del manto, la prenda exterior, y se ciñe un paño o delantal, propio del que sirve.

La expresión dejó el manto y su correlativa tomó el manto, que aparecerá más adelante (v. 12), usan en griego los mismos verbos que en 10,17s: en­tregar la vida… recobrarla. Este paralelo indica que “dejar el manto” simboliza la entrega de la vida. La obra de Jesús está, pues, íntimamente ligada a su muerte.

Como imagen de esa obra suya con los hombres elige Jesús la acción de lavar los pies a los discípulos. Lavar los pies a alguien era un signo de acogida y hospitalidad o deferencia. De ordinario, lo hacía un esclavo no judío o una mujer; también la esposa a su marido, los hijos e hijas al padre, es decir, un inferior a un superior; éste último era siempre un hombre libre, un “señor”.

De aquí se deduce el significado del lavado de los pies: Jesús, el Señor, el hombre libre por antonomasia, se hace servidor de los suyos, dándoles con ello categoría de “señores”. A través de su muerte, su obra será, por tanto, hacer hombres libres, darles su dignidad y crear la igual­dad. Ése va a ser su gran servicio a la humanidad y el fruto de su amor hasta el fin. Lo hará comunicando a los hombres el Espíritu, la vida divina. De este modo, haciéndolos nacer de Dios, los colocará en el umbral de su plenitud humana.

“Dar la vida” formula el caso extremo del servicio al ser humano; éste incluye una extensa gama de actividades que lo promocionan, lo humanizan y lo hacen crecer y madurar.

Por otra parte, al ponerse Jesús, presencia de Dios entre los hombres, a los pies de sus discípulos, destruye la idea de Dios creada por las religiones: Dios no actúa como soberano celeste, sino como servidor del hombre. El trabajo de Dios en favor de la humanidad (5,17) no se hace desde arriba, como una condescendencia, sino desde abajo, levantando al hombre al propio nivel. En consecuencia, ni el deseo de hacer bien puede justificar ponerse por encima del ser humano, pues esto equivaldría a ponerse por encima de Dios, que sirve al hombre y lo eleva hasta él. Invalida así Jesús todo dominio y deslegitima todo autoritarismo.

De lo dicho se desprende que el lavado de los pies no puede interpretarse como un acto de humildad de Jesús. La grandeza mundana no es un valor al que él renuncie, sino una falsedad e injusticia que él no acepta. La única grandeza está en ser como el Padre, don total y gratuito de sí mismo (3,16).

Jesús no pide ayuda, porque en esta acción nadie puede prestársela. Él mismo prepara lo necesario (echó agua en el barreño). Luego se pone a lavar los pies a los discípulos.

No se indica quién es el primer discípulo a quien Jesús lava los pies ni cuál va a ser el último: entre ellos no hay orden de precedencia, no hay desigualdad. El evangelista vuelve a mencionar que Jesús lleva el paño ceñido; no quiere que se olvide esta señal de su servicio.

6-8 A1 acercarse a Simón Pedro, éste le dijo: «Señor, ¿tú a mí lavarme los pies?» Jesús le replicó: «Lo que yo estoy haciendo tú no lo entiendes ahora, pero lo comprenderás dentro de algún tiempo». Le dijo Pedro: «No me lavarás los pies jamás». Le repuso Jesús: «Si no dejas que te lave, no tienes nada que ver con­migo».

Extrañeza y protesta de Pedro. Llama a Jesús “Señor”, título de superioridad, en contraste con “lavar”, servicio de un inferior. Ha com­prendido que la acción de Jesús invierte el orden de valores admitido. Reconoce la diferencia entre Jesús y él y la subraya (¿tú a mí?) para mostrar su desaprobación. Según él, Jesús debe ocupar el trono de Israel: el discípulo es súbdito, no admite la igualdad. Se figura el reino mesiánico como una sociedad parecida a la antigua. No comprende la alternativa de Jesús. Mientras los demás discípulos aceptan el gesto de Jesús, Pedro se singulariza entre ellos.

Jesús no se extraña de la incomprensión de Pedro (no lo entiendes ahora), él conoce a los que ha elegido. Le anuncia que acabará por entender, pero requerirá tiempo.

Sin embargo, Pedro (“Piedra” – se omite “Simón”, para subrayar su testarudez) in­siste con una negativa rotunda, en la que ya no llama a Jesús “Señor”. No acepta en absoluto que Jesús se abaje; cada uno ha de estar en su sitio. Defender el rango de otro es defender el propio. No aceptar la acción de Jesús significa no estar dispuesto a portarse como él.

Pedro mantiene aún los principios de la sociedad injusta, cree que la desigualdad es legítima y necesaria. Que el líder abandone su puesto para hacerse como los suyos, lo desorienta y, en consecuencia, no acepta su servicio ni, por tanto, su muerte por él. Sigue en la idea de cuando quisieron hacer rey a Jesús (6,15), aunque éste se había puesto al servicio de la gente (6,11). No entiende lo que significa amor, pues no deja que Jesús se lo manifieste. 

Res­puesta de Jesús: Si no admite la igualdad, no puede es­tar con él. Hay que aceptar que no hay jefes, sino servidores. Jesús, el Señor, es miembro de una comunidad de servicio; quien rechaza este rasgo distintivo de su grupo queda excluido de la unión con él. Su amenazadora declaración (no tienes nada que ver conmigo) muestra lo grave de la actitud de Pedro; está al borde de la defección.

9 Simón Pedro le dijo: «Señor, no sólo los pies, sino también las manos y la cabeza».

La reacción de Pedro (Señor, no sólo los pies, etc.) muestra su adhesión personal a Jesús, pero también que no entiende su manera de obrar. Con tal de no separarse de él está dispuesto a hacer lo que quiera, pero por ser voluntad del jefe, no por convicción. Sigue siendo dependiente. Se muestra dispuesto a obedecer, pero no a imitar.

Al ofrecerse a que le lave las manos y la cabeza, Pedro piensa que el lavado es purificatorio. Si el no dejarse lavar significa no ser aceptado, deduce que el lavado elimina algún obstáculo, alguna impureza o falta, y que es condición para ser admitido por Jesús. No aceptaba la acción como servicio, la acepta como rito re­ligioso. Ahora que ha conseguido explicarse la acción de Jesús de manera compatible con sus principios, vuelve a llamarlo “Señor”.

10-11 Jesús le contestó: «El que ya se ha bañado no necesita que le laven más que los pies. Está enteramente limpio. También vosotros estáis limpios, aunque no todos». (Es que sabía quién lo iba a entregar, por eso dijo: “No todos estáis limpios”.)

Jesús corrige la segunda interpretación de Pedro; no se trata de rito pu­rificatorio, sino de servicio. Así lo había mostrado el gesto de Jesús de quitarse el manto y ceñirse un paño o delantal, como un criado. Además, no existía un lavado ritual para purificar los pies, sólo para las manos. La acción muestra la actitud interior del que la ejecuta; es decir, enseña que Jesús no se pone por encima de sus discípulos.

“Haberse bañado” significa estar enteramente limpio (puro). Para Jesús, sus discípulos lo están, es decir, no se interpone ningún obstáculo entre ellos y Dios; éste los acepta y los quiere. El único motivo por el que el hombre puede desagradar a Dios es la negativa a hacer caso al Hijo, es decir, la permanencia voluntaria en la zona de la tiniebla (3,36). Al aceptar el mensaje de Jesús, han pasado a la luz y han quedado limpios.

En ese estado de limpieza hay, sin embargo, una excepción. Hay uno que se opone a Jesús, porque no comparte sus valores ni su programa. Quien rehúsa dar su adhesión a Jesús está separado de Dios. Cesa la antigua pureza legal, que se perdía por el contacto con objetos o por funciones naturales. Es la actitud ante el ser humano, representado por Jesús, la que determina la situación ante Dios.

Judas, aunque Jesús le ha lavado los pies, no está limpio. Esto indica de nuevo que el lavado no significaba purificación. La limpieza o no limpieza eran anteriores a la acción de Jesús, y ésta no ha cambiado la situación. Pero Jesús no ha excluido a Judas de su aceptación ni de su amor. Le ha dado la misma muestra que a los demás. Sus palabras: aunque no todos, avisan al traidor de que co­noce su actitud.

12-15 Cuando les lavó los pies, tomó su manto y se recostó de nuevo a la mesa. Entonces les dijo: «¿Comprendéis lo que he hecho con vosotros? 13Vosotros me llamáis Maestro y Señor, y con razón, porque lo soy. Pues si yo, el Señor y el Maestro, os he lavado los pies, también vosotros debéis lavaros los pies unos a otros. Es decir, os dejo un ejemplo para que igual que yo he hecho con vosotros, hagáis también vosotros».

Como se ha dicho, tomar el manto simboliza recobrar la vida (10,17s) o, lo que es lo mismo, la victoria sobre la muerte. Sin embargo, al volver a la mesa, no se dice que Jesús se quite el paño, señal de su servicio; éste se convierte así en su atributo permanente: su amor-servicio culminará en la cruz, pero continuará para siempre.

Con el paño puesto, de nuevo toma Jesús la po­stura de hombre libre (se recostó a la mesa), indicando que el ser­vicio prestado por amor no disminuye la dignidad del hombre. Los ha hecho libres (señores), pero él no ha dejado de ser libre y señor.

Jesús, el Maestro y el Señor, los ha colocado a ellos en su mismo nivel. Los hace iguales y los trata como iguales. Ellos deben hacer lo mismo. En su comunidad, las diferencias no han de crear categorías; las dotes personales o las funciones comunitarias no justifican las pretensiones de superioridad. No hay más funciones que las que requiere la eficacia del amor mutuo, y éstas nunca deben eclipsar la relación personal de hermanos. La estructura de la comunidad no será piramidal, con estratos superpuestos, sino horizontal, todos al servicio de todos.

Al lavarles los pies, Jesús les ha mostrado su actitud interior, la de un amor que no excluye a nadie, ni siquiera al traidor. Si lo llaman “Señor”, han de estar identificados con él; si lo llaman “Maestro”, han de aprender de él.

Jesús es Maestro, porque con su acción, que preludia su muerte, les da la experiencia de ser amados, y así les enseña a amar con un amor que responde al suyo (1,16).

Jesús es Señor porque es soberanamente libre. Su señorío, como el de Dios, no se ejerce dominando, sino dando al ser humano una fuerza que desde su interior lo lleva a la expansión. No somete al hombre, sino que lo desarrolla. Jesús no es Señor porque imponga su voluntad; incluso su segui­miento es una asimilación a él (6,53s: “comer su carne”), no una obe­diencia. Él no suprime la libertad, sino que la exalta, para acercarla a la suya.

Por otra parte, lo que ha hecho Jesús, el Maestro y el Señor, no es un gesto transitorio, es una norma válida para todos y para todo tiempo. Pero el servicio no se impone; no nace del sentido del deber, sino de la espontaneidad del amor.

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