Domingo 5º de Cuaresma
22 de marzo de 2026
Primera lectura. Ezequiel 37,12-14: Esto dice el Señor: …os infundiré mi espíritu y viviréis.;
Salmo 129,1-6: Mi alma espera en el Señor, espera en su palabra; mi alma aguarda al Señor, más que el centinela la aurora.
Segunda lectura. Romanos 8,8-11: Vosotros, en cambio, no estáis sujetos a los bajos instintos, sino al Espíritu, ya que el Espíritu de Dios habita en vosotros; y si alguno no tiene el Espíritu de Cristo, ése no es cristiano.
11 1Había cierto enfermo, Lázaro, que era de Betania, de la aldea de María y de Marta su hermana. 2(María era la que ungió al Señor con perfume y le secó los pies con el pelo, y su hermano Lázaro estaba enfermo.)
3Las hermanas le enviaron recado:
-Señor, mira que tu amigo está enfermo.
4Al oírlo, dijo Jesús:
-Esta enfermedad no es para muerte, sino para la gloria de Dios; así se manifestará por ella la gloria del Hijo de Dios.
5Jesús quería a Marta, a su hermana y a Lázaro. 6Al enterarse de que estaba enfermo, se quedó, aun así, dos días en el lugar donde estaba.
7Luego, después de esto, dijo a los discípulos:
-Vamos otra vez a Judea.
8Los discípulos le dijeron:
-Maestro, hace nada querían apedrearte los judíos, y ¿vas a ir otra vez allí?
9Replicó Jesús:
-¿No hay doce horas de día? Si uno camina de día no tropieza, porque ve la luz de este mundo; 10en cambio, si uno camina de noche, tropieza, porque le falta la luz.
11Esto dijo, y a continuación añadió:
-Lázaro, nuestro amigo, se ha dormido, pero voy a despertarlo.
12Le dijeron los discípulos:
-Señor, si se ha dormido, se salvará.
13(Jesús lo había dicho de su muerte, pero ellos pensaron que hablaba del sueño natural.) 14Entonces Jesús les dijo abiertamente:
-Lázaro ha muerto, 15y me alegro por vosotros de no haber estado allí, para que lleguéis a creer. Ea, vamos a verlo.
16Entonces Tomás, es decir, Mellizo, dijo a sus compañeros:
-Vamos también nosotros a morir con él.
17A1 llegar Jesús, encontró que Lázaro llevaba ya cuatro días en el sepulcro.
18Betania estaba cerca de Jerusalén, a unos tres kilómetros, 19y muchos judíos habían ido a ver a Marta y a María para darles el pésame por el hermano.
20Al enterarse Marta de que llegaba Jesús, le salió al encuentro (María estaba sentada en la casa).
21Dijo Marta a Jesús:
-Señor, si hubieras estado aquí, no habría muerto mi hermano; 22pero, incluso ahora, sé que todo lo que le pidas a Dios, Dios te lo dará.
23Jesús le dijo:
-Tu hermano resucitará.
24Respondió Marta:
-Ya sé que resucitará en la resurrección del último día.
25Le dijo Jesús:
-Yo soy la resurrección y la vida; el queme presta adhesión, aunque muera vivirá, 26pues todo el que vive y me presta adhesión, no morirá nunca. ¿Crees esto?
27Ella le contestó:
-Sí, Señor, yo creo firmemente que tú eres el Mesías, el Hijo de Dios, el que tenía que venir al mundo.
28Dicho esto, se marchó y llamó a María, su hermana, diciéndole en secreto:
-El Maestro está ahí y te llama.
29Ella, al oírlo, se levantó deprisa y se dirigió adonde estaba él. 30Jesús no había entrado todavía en la aldea, estaba aún en el lugar adonde había ido Marta a encontrarlo.
31Los judíos que estaban con María en la casa dándole el pésame, al ver que se había levantado de prisa y había salido, la siguieron, pensando que iba al sepulcro a llorar allí.
32Cuando llegó María adonde estaba Jesús, al verlo se le echó a los pies, diciéndole:
-Señor, si hubieras estado aquí, mi hermano no habría muerto.
33Jesús entonces, al ver que lloraba ella y que lloraban los judíos que la acompañaban, se reprimió con una sacudida 34y preguntó:
-¿Dónde lo habéis puesto?
Le contestaron:
-Ven a verlo, Señor.
35A Jesús se le saltaron las lágrimas. 36Los judíos comentaban:
-¡Mirad cuánto lo quería!
37En cambio, algunos de ellos dijeron:
-¿Y éste, que le abrió los ojos al ciego, no podía hacer también que este otro no muriese?
38aJesús entonces, reprimiéndose de nuevo, se dirigió al sepulcro.
38bEra una cueva y una losa estaba puesta en la entrada. 39Dijo Jesús:
-Quitad la losa.
Le dijo Marta, la hermana del difunto:
-Señor, ya huele mal, lleva cuatro días.
40Le contestó Jesús:
-¿No te he dicho que si crees verás la gloria de Dios?
41Entonces quitaron la losa.
Jesús levantó los ojos a lo alto y dijo:
-Gracias, Padre, por haberme escuchado. 42Yo sabía que siempre me escuchas, pero lo digo por la gente que está alrededor, para que crean que tú me has enviado.
43Dicho esto, gritó muy fuerte:
-¡Lázaro, ven fuera!
44Salió el muerto con las piernas y los brazos atados con vendas; su cara estaba envuelta en un sudario. Les dijo Jesús:
-Desatadlo y dejadlo que se marche.
45Muchos de los judíos que habían ido a ver a María y habían presenciado lo que hizo, le dieron su adhesión.
| El texto y un breve comentario de cada una de las lecturas de este domingo se podrán encontrar pulsando más arriba, en los enlaces correspondientes. |
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| Comentario tomado de la página web “Llamados a ser libres” de Rafael J. García Avilés: www.rafaelj.net. |

Andrey Mironov, La resurreción de Lázaro, 2014.
La muerte es sueño
El proyecto de Jesús está orientado a cambiar este mundo. En la perspectiva de Jesús el primer plano está ocupado por esta tierra, por esta historia; pero su horizonte tiene mucha más profundidad, hasta el punto de que nuestros ojos no alcanzan a ver el final. Porque, nos lo dice el evangelio de hoy, no hay final: al contrario de lo que decía Calderón de la Barca, la muerte —no la vida— es sueño.
Huesos secos
Ezequiel describe el estado en que se encuentra Israel, exiliado en Babilonia, con una imagen sobrecogedora: un valle todo lleno de huesos… Huesos calcinados, sin carne, sin vida, sin espíritu. Es la situación de un pueblo sometido y deportado, otra vez esclavizado en tierra extranjera. El profeta identifica la opresión y la falta de libertad con la muerte y describe la liberación —que él, en nombre de Dios, anuncia cercana— como una resurrección: «Cuando abra vuestros sepulcros y os saque de vuestros sepulcros, pueblo mío, sabréis que yo soy el Señor»; la restauración de la dignidad y la soberanía del pueblo y la devolución de la tierra coincide con la comunicación del espíritu de Dios; «os infundiré mi espíritu y viviréis; os colocaré en vuestra tierra»; y la liberación y revitalización de los que estaban muertos y oprimidos, sigue siendo la garantía que Dios ofrece como prueba de que él es el Señor, el único y verdadero Dios: «sabréis que yo soy el Señor … y sabréis que yo, el Señor, lo digo y lo hago».
Pero, según el profeta, la muerte no era sólo la opresión, la ruina nacional o el exilio; más bien ésta era la consecuencia de una muerte anterior, una muerte provocada porque pueblo se había alejado de Dios: «cuando la casa de Israel habitaba en su tierra, la contaminó con su conducta y con sus malas obras; para mí su proceder fue como sangre inmunda. Entonces derramé mi cólera sobre ellos por la sangre que habían derramado en el país y por haberlo contaminado con sus ídolos» (Ez 36,17-18).
La invasión y la derrota militar ante una potencia extranjera era la consecuencia de la corrupción generalizada entre las clases dirigentes (príncipes, sacerdotes, nobles, profetas, terratenientes, reyes…, los pastores y los poderosos en general) y de la complicidad del pueblo con ellos (Ez 22,1-31; 34).
Salir de la opresión supone, por tanto, romper con un modo de vida que la hace posible; la liberación del pueblo exige, según el profeta, que todos reconozcan su responsabilidad y acepten personalmente el perdón de Dios por la culpa que ellos pudieran tener —por ser directamente responsables o cómplices por acción u omisión— en relación con la injusticia. En ese sentido, dice Pablo que, por medio de aquel mismo Espíritu que infundió vida a los huesos calcinados de la visión de Ezequiel, llega a los seguidores de Jesús la amnistía, la reconciliación con el Padre Dios y la liberación personal: «no habéis recibido un espíritu que os haga esclavos y os vuelva al temor…» (Rm 8,15).
El miedo
El temor… el miedo.
Cuando Jesús se entera de la muerte de su amigo Lázaro y decide ir a visitar a sus hermanas Marta y a María, sus discípulos se asustan. Si hace poco intentaron apedrearlo allí, ¿será prudente volver a Judea? Tienen miedo; tienen miedo a la muerte.
¿Quién no ha tenido miedo alguna vez? Es, sin duda un sentimiento universal. Por eso muchos usan lo como instrumento de dominio: al votante, en vez de informarle para que pueda votar sabiendo lo que hace, se le mete el miedo en el cuerpo para que, asustado, no arriesgue demasiado al elegir; al trabajador para que acepte condiciones injustas de trabajo (contratos precarios, sueldos bajos, sin seguro, horas extraordinarias, tal vez sin remunerar…), y para que rompa la solidaridad con los suyos, se le atemoriza con el desempleo; al intelectual crítico, con el silencio; al niño, con la oscuridad; al que se esfuerza por dar a los suyos una vida digna, con la miseria…, a los que proponen un modo de gobierno en favor del pueblo y, en especial, de las personas y los colectivos menos favorecidos, con la más que posible —dicen— ruina de “los mercados”… y a todos, pero especialmente a los que luchan por un mundo más justo -ésta es el arma más usada por los sistemas opresores-, con la muerte, la única desgracia verdaderamente irreparable.
Ya no hay razón para el miedo
El miedo impide a los discípulos seguir diligentemente a Jesús. No se atreven a acompañarlo a Judea; y, a causa de ese mismo miedo, no son capaces de mostrarse solidarios con Marta y María, también ellas seguidoras de Jesús: «Maestro, hace nada querían apedrearte los judíos, y ¿vas a ir otra vez allí?». Sólo uno, Tomás, parece dispuesto a afrontar lo que sea necesario con Jesús: «Entonces Tomás, es decir, Mellizo, dijo a sus compañeros: Vamos también nosotros a morir con él».
Jesús quiere aprovechar la ocasión para mostrar a sus discípulos cuál es la calidad de la vida que él les está ofreciendo: una vida que vence a la muerte: «Esta enfermedad no es para muerte, sino para la gloria de Dios; así se manifestará por ella la gloria del Hijo de Dios». La vida siempre fue signo de la presencia de Dios (recordemos la 1ª lectura). Jesús va a mostrar que Dios está con él, y no con los dirigentes religiosos de Israel. Porque aquellos buscaban la muerte (Jn 10,22-39); Jesús, al contrario, es portador de vida. Y una vida de tal calidad que se proyecta más allá de la muerte del cuerpo. Por eso, dice Jesús a los suyos, aquella enfermedad no era para muerte: Lázaro era amigo y seguidor de Jesús; y con él la muerte ha perdido su fuerza. No hay, por tanto, por qué temerla.
«Yo soy la resurrección y la vida»
Las doctrinas fariseas hablaban ya de la resurrección de los muertos, y los discípulos de Jesús, como Marta y María, compartían esa esperanza. Pero la esperanza en una vida que se recupera al final de los tiempos —¡cuán largo me lo fiais!— casi nunca ha consolado de veras a nadie. Por eso Marta y María seguían pensando que sólo un milagro podía devolverles a su hermano. Jesús, que también sufre por la muerte física de su amigo, como manifiestan las lágrimas que humedecen su rostro, les muestra a ellas y a todos los allí presentes (la mayoría partidarios de quienes habían intentado ya matar a Jesús) que Lázaro, el muerto, está vivo y que su muerte física era sólo una apariencia de muerte.
La Buena Noticia que nos da Jesús, la novedad de su mensaje sobre la muerte, es que la vida no se pierde y que, por tanto, no hay que esperar para recuperarla a la resurrección de los últimos tiempos, porque él es ya la resurrección y la vida. Y a todos los que acojan su mensaje y se adhieran a su proyecto, los hace participes de esa vida, ya resucitada. Vida que él ofrece a cada persona y que, una vez aceptada y recibida, convierte la vida humana en vida definitiva que se manifiesta un amor de la misma calidad que el de Jesús: «Nosotros hemos pasado de la muerte a la vida; lo sabemos, porque amamos a los hermanos» (1ª Juan 3,14).
El relato del evangelio no es, en sentido estricto, el relato de un milagro. El cuerpo de Lázaro seguirá físicamente muerto —Jesús sufre y llora por la separación de alguien a quien quiere; no tendría sentido su llanto si su vuelta a la vida física fuera inminente—, pero todos sabrán que él está vivo. Por eso Lázaro, al salir de la tumba, no se dirige a los suyos, no abraza a sus hermanas, no agradece a Jesús la vida: se marcha… a la casa del Padre. Esta es la enseñanza central de este pasaje: con Jesús ya no hay muerte; la muerte física no es más que la puerta para entrar en la casa del Padre. Y puesto que habita ya la casa del Padre, estará siempre allí donde estén sus hermanos. Por eso aparecerá después, compartiendo la mesa con la comunidad (Jn 12,1-10), porque en el amor de la comunidad, ésta se convierte en casa del Padre «A la divinidad nadie la ha visto nunca; si nos amamos mutuamente, Dios habita en nosotros y su amor queda realizado en nosotros». (1ª Juan 4,12).
…después de esta vida
A los cristianos no nos debe preocupar la muerte. Ni la pasada, el pecado, el asumir un modo de vida que lleva a la muerte, que ya se ha beneficiado de la amnistía concedida por medio del Espíritu, ni tampoco la muerte futura, la muerte física, pues el Espíritu es garantía de vida definitiva. Rehabilitados como hijos, la herencia que nos espera consiste en participar de la misma vida del Hijo: «y si el Espíritu del que resucitó a Jesús de la muerte habita en vosotros, el mismo que resucitó al Mesías dará vida también a vuestro ser mortal por medio de ese Espíritu».
Coincide, pues, el mensaje de la carta a los Romanos y el del evangelio: la vida de los seguidores de Jesús está asegurada. La muerte física es sólo un sueño del que nos sacará la cercanía de Jesús: «Lázaro, nuestro amigo, se ha dormido, pero voy a despertarlo». Los amigos de Jesús siguen viviendo junto a él, en la comunidad, junto al Padre y al Hijo, presentes en ella, y al lado del resto de los hermanos. Y seguirán viviendo siempre en un mundo que transciende —va más allá, pero no niega ni traiciona— a este mundo.
| Comentario 2º : Tomado de: Juan Mateos – Juan Barreto, Juan, Texto y comentario. |
LA VIDA DEFINITIVA
(11,1-54)
Esta sección comprende dos secuencias, que marcan la oposición entre la vida que confiere Jesús y su condena a muerte por parte de los dirigentes judíos. Se cierra con la marcha de Jesús y sus discípulos fuera de Judea.
La primera secuencia, que narra la resurrección de Lázaro (11,1-46), muestra que la vida comunicada por Jesús a los suyos, el Espíritu, vence la muerte y, por tanto, lleva consigo la resurrección. Se desarrolla en una comunidad de discípulos que, habiendo recibido la vida definitiva, no percibe aún su calidad. De ahí que se encuentren angustiados ante la perspectiva de la muerte.
La segunda secuencia (11,47-53) presenta la reacción de las supremas autoridades judías, que condenan a muerte a Jesús, el dador de vida. El conflicto entre Jesús y los dirigentes llega así a su crisis. La actividad de Jesús es insoportable para la institución, que ve en ella una amenaza para sus intereses. Se delimitan así los campos y se dibuja el dilema que se presentará ante el pueblo.
Termina la sección con la nueva salida de Jesús fuera de Judea (11,54), salida que anuncia el área de expansión de sus comunidades futuras.
Jn 11,1-17: Jesús y los discípulos
El temor de la muerte
La perícopa quiere subrayar la preocupación ante la muerte y la fe incompleta de los discípulos que no han comprendido aún la calidad de vida que Jesús comunica. Ambas se revelan lo mismo ante la enfermedad de un miembro de la comunidad, Lázaro, como también en el temor a arriesgar la vida mostrado por los discípulos que acompañan a Jesús.
11,1-2 Había cierto enfermo, Lázaro, que era de Betania, de la aldea de María y de Marta su hermana.2(María era la que ungió al Señor con perfume y le secó los pies con el pelo, y su hermano Lázaro estaba enfermo.)
Para presentar a Lázaro, el evangelista usa una construcción paralela a la de 1,44: “Felipe era de Betsaida, del pueblo de Andrés y Pedro”. Indica con esto que Lázaro y sus hermanas representan una comunidad de discípulos, que, como Felipe, piensa aún en categorías del AT. Cada uno de los tres personajes que forman el grupo, Lázaro, María y Marta, es tipo de la comunidad en un aspecto diverso.
El enfermo Lázaro resume y personifica a todos los enfermos presentados hasta ahora, comenzando por el hijo del funcionario, que estaba a punto de morir (4,46b). La enfermedad de Lázaro representa la amenaza de la muerte física, de la cual no está exento el discípulo.
Es la primera vez que un enfermo tiene nombre propio; nuevo rasgo que caracteriza a Lázaro como miembro de la comunidad de Jesús; éste lo ha llamado por su nombre para sacarlo fuera de la institución judía (cf. 10.3).
La localización “Betania” pone el episodio en relación con el anterior, donde se narraba que Jesús se había instalado más allá del Jordán, en el lugar donde Juan había estado bautizando al principio (10,40). Aquel lugar se llamaba Betania (1,28). La coincidencia de nombres indica una topografía simbólica: Betania es la localización de la comunidad creada por Jesús.
María, cuyo nombre ocupa el centro, es un personaje conocido de los lectores por el homenaje que rindió a Jesús (12,1-3). Se insinúan aquí las relaciones de intimidad y afecto que existen entre Jesús y los suyos.
3-4 Las hermanas le enviaron recado: «Señor, mira que tu amigo está enfermo». A1 oírlo, dijo Jesús: «Esta enfermedad no es para muerte, sino para la gloria de Dios; así se manifestará por ella la gloria del Hijo de Dios».
Las hermanas no hacen una petición explícita a Jesús, les basta con informarlo. Como la comunidad que representan, se dirigen a él con el título de “Señor”. Tienen plena confianza en el amor de Jesús. No mencionan el nombre del hermano, sólo recuerdan a Jesús la relación que lo une con él (tu amigo / aquel a quien tú quieres). El vínculo de Jesús con los suyos se describe como una relación de afecto y amistad. La enfermedad no se debe a la falta de amor de Jesús.
Jesús comenta la noticia recibida. Esta enfermedad, por ser de uno que le ha dado su adhesión, no tiene por término la muerte, pues el encuentro con Jesús cambia la situación y el futuro del hombre. “Muerte” significa cesación de vida, la que produce “el pecado”, la sumisión a un sistema injusto (8,21). Para los que han salido del pecado dando su adhesión a Jesús, la vida ya no cesará, pues él comunica vida definitiva. Ésta, al ser percibida, manifestará la gloria/amor de Dios y la de su Hijo (cf. 2,11), que es su presencia entre los hombres.
La frase, sin embargo (Esta enfermedad no es para muerte), era susceptible de ser mal interpretada; los discípulos podían pensar que la enfermedad de Lázaro no era grave.
5-6 Jesús quería a Marta, a su hermana y a Lázaro. A1 enterarse de que estaba enfermo, se quedó, aun así, dos días en el lugar donde estaba.
Se describe la relación de Jesús con el grupo de hermanos. Las hermanas habían afirmado el amor de Jesús por el enfermo. Ahora, abarcando a los tres, se subraya el vínculo de Jesús con ellos.
Esta vez se nombra a Marta en primer lugar, se omite el nombre de María, y Lázaro, antes en primer lugar, pasa al último. El cambio de orden indica que en la comunidad no existen precedencias; la igualdad es tal que da lo mismo empezar por uno que por otro. Cada uno de los personajes es central en el grupo, según los momentos.
El retraso de Jesús es deliberado. Con su demora, deja que el hecho de la muerte se consume. No ha venido a alterar el ciclo normal de la vida física, eliminando la muerte biológica, sino a dar a ésta un nuevo sentido.
7-10 Luego, después de esto, dijo a los discípulos: «Vamos otra vez a Judea». Los discípulos le dijeron: «Maestro, hace nada querían apedrearte los judíos, y ¿vas a ir otra vez allí?» Replicó Jesús: «¿No hay doce horas de día? Si uno camina de día no tropieza, porque ve la luz de este mundo; en cambio, si uno camina de noche, tropieza, porque le falta la luz».
Jesús escoge su momento; su acción se realiza cuando él lo decide. “Judea”evoca la oposición a Jesús (4,1-3.47.54) e incluso el peligro de muerte (7,1; 10,22-39). Los discípulos tienen miedo por él (10,31.39); para ellos, su muerte sería el final de todo y ha de ser evitada. Quieren protegerlo del peligro y, al mismo tiempo, protegerse ellos.
Jesús responde a ese miedo. Las doce horas de día representan el período de su actividad, que va a terminar con la resurrección de Lázaro y la decisión por parte de las autoridades de matarlo a él. Toma pie del ritmo natural. Mientras dure el día, sigue la actividad, y hay que aprovechar la ocasión para realizar las obras del Padre (9,3), sin miedo al peligro.
11-15 Esto dijo y, a continuación, añadió: «Lázaro, nuestro amigo, se ha dormido, pero voy a despertarlo». Le dijeron los discípulos: «Señor, si se ha dormido, se salvará». (Jesús lo había dicho de su muerte, pero ellos pensaron que hablaba del sueño natural.) Entonces Jesús les dijo abiertamente: «Lázaro ha muerto, y me alegro por vosotros de no haber estado allí, para que lleguéis a creer. Ea, vamos a verlo».
Quitados los motivos de temor, expone Jesús la razón para ir a Judea. Informa a los discípulos de la muerte de Lázaro con un lenguaje ambiguo (se ha dormido), aunque conocido (1Cor 7,39; 11,30; 15,6.18; 1Tes 4,13). En su boca no es un mero eufemismo, pues para él la muerte no es definitiva.
Como “hermano” (vv. 1.2), amigo era un modo de llamarse los cristianos en las comunidades joaneas (3Jn 4.5). Jesús señala cuál es la relación entre los discípulos y él. No establece diferencia, se hace miembro de una comunidad de iguales.
Los discípulos, en su temor, encuentran pretexto para disuadir a Jesús de su propósito. Piensan que es buen síntoma que un enfermo concilie el sueño. Para ellos, salvarse significa evitar la muerte física; para Jesús, tener una vida que la supere (3,16). No han comprendido la calidad de vida que comunica Jesús; siguen aferrados a la antigua idea de la muerte. De ahí su temor al riesgo que puedan correr en Judea.
Jesús les aclara el sentido de sus palabras: Lázaro ha muerto. Paradójicamente, une la noticia de la muerte con una manifestación de alegría: me alegro por vosotros. Insinúaasí de nuevo que la muerte no es definitiva. La paradoja muerte-alegría anuncia la victoria de la vida; ante esta evidencia, los discípulos llegarán a creer. Aún no han alcanzado una fe plena. La resurrección de Lázaro, que anticipa la de Jesús, va a mostrarles el entero fundamento de la fe: percibirán todo el alcance del amor de Dios, viendo que la vida vence a la muerte.
Jesús habla de Lázaro como si estuviese vivo (Ea, vamos a verlo). No va a Judea para consolar a las hermanas, sino para encontrarse con Lázaro.
16 Entonces Tomás, es decir, Mellizo, dijo a sus compañeros: «Vamos también nosotros a morir con él».
Al dar la traducción del nombre de Tomás muestra el evangelista la importancia de su significado e invita al lector a considerarlo. Éste se deduce de la frase de Tomás, que expresa su disposición a morir con Jesús (no como Pedro, que querrá morir “por Jesús”, 13,37). Este discípulo, dispuesto a seguir a Jesús hasta la muerte, representa un aspecto de la comunidad, en cuanto unida a Jesús y dispuesta a correr su misma suerte: es el doble (mellizo) de Jesús. Tomás, sin embargo, piensa que la muerte es inminente y, además, su horizonte acaba en ella. Llega al máximo de la adhesión dentro de la perspectiva humana, y ahí se detendrá (cf. 20,25) hasta que palpe la victoria de la vida (20,27ss).
17 Al llegar Jesús, encontró que Lázaro llevaba ya cuatro días en el sepulcro.
Se pensaba que la muerte era definitiva a partir del tercer día, cuando la descomposición empezaba a borrar los rasgos del difunto. Cuando llega Jesús, nadie puede dudar de que Lázaro está muerto.
Pero además, según el valor simbólico de la cifra “cuatro” (totalidad indeterminada)la frase llevaba ya cuatro días en el sepulcro sugiere la situación en que Jesús encuentra a Lázaro. El sepulcro indicala ausencia de vida (por eso Jesús hará salir a Lázaro de él); los cuatro días equivalen a la totalidad del tiempo pasado; es decir, el sepulcro ha sido el destino de la humanidad desde el principio. La muerte de Lázaro ha sido asimilada por los suyos a la muerte de siempre, sin esperanza.
Síntesis: El grupo de Jesús es una comunidad de hermanos y amigos en la que vigen relaciones de afecto y donde el amor es activo. Esto hace que Jesús y sus discípulos deban afrontar el riesgo para ayudar al que lo necesita. Pero solamente la fe en que, por su adhesión a Jesús, ha obtenido una vida que supera la muerte, da al discípulo el valor necesario para desafiar los peligros con que pueda amenazarlo la hostilidad del mundo.
Jn 11,18-27: Jesús y Marta
La resurrección y la vida
La perícopa expone la situación de la comunidad representada por los tres hermanos. Es un grupo de discípulos aún vinculados a las instituciones y mentalidad del judaísmo. De ahí nacen falsas concepciones sobre la muerte y la resurrección y sobre la obra del Mesías.
18-20 Betania estaba cerca de Jerusalén, a unos tres kilómetros, y muchos judíos habían ido a ver a Marta y a María para darles el pésame por el hermano. A1 enterarse Marta de que llegaba Jesús, le salió al encuentro (María estaba sentada en la casa).
El nombre de Betania, como se ha visto, designa figuradamente la comunidad de Jesús (11,1) y el lugar se ha situado hasta ahora más allá del Jordán, fuera de los límites de Israel (1,28; 10,40). Esta otra Betania, sin embargo, está muy cerca de Jerusalén; existe, pues, una comunidad de discípulos, personificada en los tres hermanos, que vive aún dentro de la frontera de Israel. La doble localización de Betania simboliza así dos estados en las comunidades cristianas: el de aquellos que han creído saliendo de la antigua institución, y el de otros que, habiendo dado la adhesión a Jesús y siendo, por tanto, discípulos, aún no han roto con su pasado y modo de pensar judíos. De ahí nacen las falsas concepciones sobre la muerte y la resurrección y sobre la obra del Mesías.
Los judíos que han acudido a Betania pertenecen a la institución enemiga de Jesús; sin embargo, dan muestras de amistad a esta comunidad de discípulos; no han visto en ellos una ruptura semejante a la de su Maestro.
Jesús está llegando, Marta tiene que salir a su encuentro. María, que no se entera de que Jesús llega, sigue en la casa donde se expresa la solidaridad con la muerte. Allí no entra Jesús. María está sentada: la muerte de su hermano, que para ella ha significado el término de su vida, la reduce a la inactividad. La idea de la muerte como final paraliza a la comunidad y la hace permanecer en el ambiente del dolor, mezclada con los que no tienen fe en Jesús.
21-24 Dijo Marta a Jesús: «Señor, si hubieras estado aquí, no habría muerto mi hermano; pero, incluso ahora, sé que todo lo que le pidas a Dios, Dios te lo dará». Jesús le dijo: «Tu hermano resucitará». Respondió Marta: «Ya sé que resucitará en la resurrección del último día».
La frase de Marta muestra su pena e insinúa un reproche; podía haberse evitado el dolor de la muerte. Piensa que Jesús debería haber venido a Betania para impedir la muerte de su hermano; cree que esta muerte ha interrumpido la vida de Lázaro. Esperaba una curación, sin darse cuenta de que la vida que Jesús les ha comunicado ha curado ya el mal radical del hombre: su esclavitud a la muerte.
Marta sabe dos cosas, ambas por debajo del nivel de fe propio del discípulo. En primer lugar, ve en Jesús un mediador infalible ante Dios (sé que todo lo que le pidas a Dios, etc.). No comprende que Jesús y el Padre son uno (10,30) y que las obras de Jesús son las del Padre (10,32.37). Espera una intervención milagrosa de Jesús, como la del profeta Eliseo, que había resucitado a un muerto (2Re 4,18-37).
Jesús responde a Marta restituyéndole la esperanza: la muerte de su hermano no es definitiva. Contra lo que ella habría deseado, no le dice “yo resucitaré a tu hermano”, sino simplemente tu hermano resucitará. No atribuye la resurrección a una nueva acción suya personal, pues la resurrección no es más que la persistencia de la vida definitiva comunicada con el Espíritu.
Marta interpreta las palabras de Jesús según la creencia farisea y popular. Éste es, sin duda, el consuelo que le han ofrecido los que han ido a visitarla. Es la segunda cosa que sabe Marta (ya sé), pero tampoco en ella llega a la calidad de fe propia de un discípulo. Sus palabras delatan una decepción; ha oído lo mismo muchas veces. Esperaba que Jesús pidiera a Dios que resucitara a su hermano, pero ve que no va a hacerlo y cree que la consuela con la frase que dicen todos. Para ella, como para los judíos, el último día está lejos. No comprende la novedad de Jesús.
25-27 Le dijo Jesús: «Yo soy la resurrección y la vida; el queme presta adhesión, aunque muera vivirá, pues todo el que vive y me presta adhesión, no morirá nunca. ¿Crees esto?» Ella le contestó: «Sí, Señor, yo creo firmemente que tú eres el Mesías, el Hijo de Dios, el que tenía que venir al mundo».
Jesús no viene a prolongar la vida física que el hombre posee, suprimiendo o retrasando indefinidamente la muerte; no es un médico ni un taumaturgo; viene a comunicar la vida que él mismo posee y de la que dispone (5,26). Esa vida es su mismo Espíritu, la presencia suya y del Padre en el que lo acepta y se atiene a su mensaje; y esa vida despoja a la muerte de su carácter de extinción.
En la frase de Jesús (yo soy la resurrección y la vida) el primer término depende del segundo: él es la resurrección por ser la vida (14,6). La vida que él comunica, al encontrarse con la muerte, la supera; a esto se llama resurrección. El evangelista usa un lenguaje de su época, dándole un sentido distinto.
Marta se había imaginado una resurrección lejana. Jesús, en cambio, se identifica él mismo con la resurrección, que ya no está relegada a un futuro, porque él, que es la vida, está presente.
Para que la realidad de vida invencible que es Jesús llegue al hombre, se requiere la adhesión a él, que incluye la aceptación de su vida y muerte como norma de la propia vida (6,53s). A esta adhesión responde él con el don del Espíritu, nuevo nacimiento a una vida nueva y perenne (3,3s; cf. 5,24), que la muerte no interrumpe; esa vida continúa por sí misma.
Inmediatamente después expone Jesús el principio (todo el que) que funda la afirmación anterior: para el que le da su adhesión, la muerte física no tiene realidad de muerte. Esta segunda formulación precisa y, de algún modo, corrige la primera: la muerte, de hecho, no existe. Ésta es la fe que Jesús espera de Marta (¿Crees esto?). No bastan para ser discípulo las antiguas creencias judías.
Marta responde con la perfecta profesión de fe cristiana (20,31); para ella, Jesús no es ya el Profeta (6,14), sino el Mesías, el Ungido, el Consagrado por Dios con el Espíritu, el Hijo de Dios, la presencia del Padre entre los hombres.
Síntesis:El proyecto creador de Dios no es hacer un hombre destinado a la muerte, sino a la vida plena y definitiva, comunicándole la suya propia. Se inaugura así la última etapa de la creación: para el que ha recibido el Espíritu de Dios no hay interrupción de vida; la muerte es sólo una necesidad natural.
Jn 11,28-38a: Jesús y María
El dolor por la muerte
Como antes con Marta, se encuentra Jesús con María, que representa a la comunidad apenada por la muerte. La perícopa expone la diferencia entre el dolor desesperanzado de María, igual al de los judíos que no creen en Jesús, y el dolor sereno de Jesús mismo.
28-30 Dicho esto, se marchó y llamó a María, su hermana, diciéndole en secreto: «El Maestro está ahí y te llama». Ella, al oírlo, se levantó deprisa y se dirigió adonde estaba él. Jesús no había entrado todavía en la aldea, estaba aún en el lugar adonde había ido Marta a encontrarlo.
El recado a María en voz baja delata la hostilidad que reinaba contra Jesús en los ambientes judíos, a los que pertenecen los que han ido a dar el pésame a las hermanas.
Marta dice a su hermana que Jesús la llama, aunque él no le había dicho nada. Para Marta, la llegada de Jesús es una muestra de amor que reclama una respuesta. Jesús es el Maestro, de cuyos labios va a oír María lo mismo que ha oído ella.
María, que representa a la comunidad apenada por la muerte, responde sin vacilar. La llegada de Jesús la saca de la inmovilidad en que estaba, paralizada por el dolor sin esperanza. Ella, recluida en la casa del duelo, se levanta y la deja. Jesús no entra en esa casa. Él no ha dado el pésame a María, le ha asegurado que su hermano resucitará. No es aquella casa el lugar para que él se reúna con los suyos.
31 Los judíos que estaban con María en la casa dándole el pésame, al ver que se había levantado de prisa y había salido, la siguieron, pensando que iba al sepulcro a llorar allí.
Los visitantes interpretan la salida de María como un nuevo impulso del dolor, como si el sepulcro la llamase. Lo único que conciben es el llanto, que expresa la conciencia de la desgracia. Salen detrás de María; y, siguiendo a una discípula, van, sin esperárselo, a encontrarse con Jesús.
32 Cuando llegó María adonde estaba Jesús, al verlo se le echó a los pies, diciéndole: «Señor, si hubieras estado aquí, mi hermano no habría muerto».
El dolor de María es más expresivo que el de Marta (se le echó a los pies). Suspalabras son casi idénticas a las de su hermana, aunque pone en primer lugar el recuerdo de su hermano. Como las de María, contienen un reproche implícito a Jesús, por no haber evitado la muerte de Lázaro. La repetición de la frase la convierte en el aspecto central de los encuentros. El evangelista subraya así no ser misión de Jesús preservar a los suyos de la muerte natural.
Jesús no le responde. En contraste con el pésame de los judíos, que manifestaba una solidaridad sin eficacia, Jesús no pronuncia palabras de consuelo ni exhorta a la resignación; el dolor de esta muerte no puede encontrar más consuelo que la vida misma.
33-34 Jesús entonces, al ver que lloraba ella y que lloraban los judíos que la acompañaban, se reprimió con una sacudida y preguntó: «¿Dónde lo habéis puesto?» Le contestaron: «Ven a verlo, Señor».
Jesús contempla el espectáculo de los que lloran ruidosamente: son María, la hermana del difunto, y los visitantes. Lloran desconsolados por lo inevitable y definitivo de una muerte sin remedio. El llanto de María se equipara al de “los judíos”, que no conocen a Jesús. Aun habiendo creído, María no comprende las consecuencias de su fe. Jesús se reprime; no quiere participar en esta clase de dolor.
La pregunta de Jesús (¿Dónde lo habéis puesto?) muestra que son ellos los que han colocado a Lázaro en el sepulcro sin esperanza. Invitan a Jesús a constatar la realidad de la muerte (Ven a verlo).
35-38a A Jesús se le saltaron las lágrimas. Los judíos comentaban: «¡Mirad cuánto lo quería!» En cambio, algunos de ellos dijeron: «¿Y éste, que le abrió los ojos al ciego, no podía hacer también que este otro no muriese?» Jesús entonces, reprimiéndose de nuevo, se dirigió al sepulcro.
Jesús, que no se ha dejado llevar por el desconsuelo de los circunstantes, llora ahora espontáneamente, mostrando su afecto personal a Lázaro y su dolor por la ausencia del amigo. Aparece la diferencia entre el dolor desesperanzado de María y los judíos y el dolor sereno de Jesús mismo.
El llanto de Jesús carecería de sentido si fuera a devolver a Lázaro a la vida física. De hecho, su dolor expresa su amor por el ser humano débil y mortal, amor de amigo que nace de su misma condición humana. En Jesús, el cariño de Dios se transforma en solidaridad de hombre.
Los circunstantes interpretan correctamente el llanto de Jesús (¡Mirad cuánto lo quería!), pero hablan de su cariño a Lázaro como de cosa pasada. Sin embargo, el amor de Jesús es siempre presente. Algunos de ellos hacen un comentario distinto, recordando la obra de Jesús con el ciego. Se extrañan de que Jesús no haya impedido la muerte de Lázaro.
Jesús va al sepulcro, pero no para hacer duelo, sino para manifestar la gloria-amor de Dios, que, a través de él, salva al hombre de una muerte irreparable.
Síntesis: La comunidad cristiana sigue apenada por el difunto, Jesús la invita a salir de la casa donde reina el duelo. A pesar de su adhesión a Jesús, la comunidad no sabe independizarse de la antigua idea de la muerte sin remedio y expresa su dolor como los que no conocen la vida. Es natural sentir pena, como Jesús, pero no porque la muerte sea definitiva, sino por la propia solidaridad con el hombre sujeto a ella y por la ausencia del amigo.
Jn 11,38b-46: Jesús y Lázaro
De la muerte a la vida
Con esta perícopa culmina el episodio de Lázaro. Resalta en ella la oposición entre la muerte, cuya irrevocabilidad está representada por la losa del sepulcro, y la vida conferida por Jesús, que vence la muerte. Lleva Jesús a los suyos a la visión de esta realidad, que, por una parte, les manifiesta el amor de Dios y, por otra, los libera del miedo radical del hombre.
38b-39 Era una cueva, y una losa estaba puesta en la entrada. Dijo Jesús: «Quitad la losa». Le dijo Marta, la hermana del difunto: «Señor, ya huele mal, lleva cuatro días».
La precisión de que el sepulcro era una cueva recuerda el sepulcro de los patriarcas, la cueva de Macpelá, donde fueron sepultados Abrahán, Isaac y Jacob (Gn 49,29-32; 50,13). La cueva-sepulcro está así ligada a los orígenes del pueblo. En oposición al sepulcro nuevo de Jesús, en el que nadie había sido puesto todavía (19,41), representa el antiguo, el sepulcro de Israel donde todos han sido puestos.
Lázaro ha sido enterrado a la manera y según la concepción judía, “para reunirse con sus padres” (Gn 15,15). La losa, que cierra el paso y es símbolo de la definitividad de la muerte, completa el sentido de la cueva. Separa dos mundos, el de los vivos y el de los muertos sin vida, aplazando la resurrección hasta el fin de los tiempos; esa fue la idea expresada antes por Marta (11,24).
La orden de Jesús («Quitad la losa») pide a la comunidad que se despoje de esa creencia, que le impide comprender la obra de Jesús.
La nueva mención de los cuatro días (11,17) subraya los estragos de la muerte y muestra que Marta aún no ve diferencia entre la muerte de un discípulo y la que ha sufrido la humanidad desde siempre. A pesar de su anterior profesión de fe (11,27), no cree que la adhesión a Jesús cambie la condición del hombre; vacila ante la cruda realidad (ya huele mal).
40-41a Le contestó Jesús: «¿No te he dicho que si crees verás la gloria de Dios?» Entonces quitaron la losa.
Jesús le reprocha su incredulidad. Su amor ha realizado ya su obra en Lázaro: le ha comunicado la vida que vence la muerte y que manifiesta la gloria de Dios; es la gloria-amor del Padre, presente en Jesús y activa en su persona. Pero Marta no podrá percibirla hasta que no crea de verdad.
Ante el reproche de Jesús, la comunidad se decide a dejar su idea de la muerte como fin de la vida (quitaron la losa). Eliminaasí la frontera entre muertos y vivos, comprendiendo que también los que han muerto están vivos. La losa pretendía poner punto final a la existencia: ocultaba la presencia de vida en la muerte.
41b-42 Jesús levantó los ojos a lo alto y dijo: «Gracias, Padre, por haberme escuchado. Yo sabía que siempre me escuchas, pero lo digo por la gente que está alrededor, para que crean que tú me has enviado».
El gesto de Jesús (levantó los ojos) muestra a los circunstantes su comunicación con la esfera de Dios. Jesús no ora, da gracias al Padre que se lo ha dado todo (3,35). Por eso no necesita pedir (cf. 11,22).
Tiene conciencia permanente (siempre) de su relación con el Padre. Haberlo escuchado ahora no es más que un caso particular de lo que siempre ocurre, pues él y el Padre son uno (10,30) y están identificados (10,38); únicos son su designio y su acción. El agradecimiento, expresión del amor, es una faceta de su relación con el Padre. Reconoce así Jesús que su ser y su amor proceden del Padre.
Da gracias por causa de los que lo rodean. Destaca así la importancia de lo que va a hacer y quiere que se sepa su origen. Con el hecho, va a ponerles delante la evidencia de su misión divina. Los hombres deben reconocer el amor de Dios presente y activo en el mundo por medio de Jesús. Efecto de esta manifestación será la fe.
43-44 Dicho esto, gritó muy fuerte: «¡Lázaro, ven fuera!» Salió el muerto con las piernas y los brazos atados con vendas; su cara estaba envuelta en un sudario. Les dijo Jesús: «Desatadlo y dejadlo que se marche».
Con su orden, Jesús muestra a Lázaro vivo en la muerte. Lo saca del sepulcro del pasado, que no le corresponde, pues el creyente, aunque muera, sigue viviendo (11,25; 19,41).
Como antes el hedor (v. 39), también las vendas y el sudario subrayan la realidad de la muerte física. Las piernas y los brazos atados muestran al hombre incapaz de movimiento y actividad. Expone el texto una paradoja: el que sale está muerto y lleva puestos las vendas y el sudario, atributos de la muerte, pero sale él mismo, porque está vivo. La exhortación a quitarle las vendas invita a la comunidad a traducir en la práctica la nueva convicción de que el discípulo no está sometido al poder de la muerte.
Jesús no devuelve a Lázaro a la comunidad ni a la vida de antes; por el contrario, exhorta a los suyos a que lo dejen marcharse, ya libre. Y el camino de Lázaro lleva al Padre, con quien está vivo.
Se describe así en forma de relato que la concepción judía del destino del hombre impedía a la comunidad comprender el amor de Dios manifestado en Jesús. La narración escenifica el cambio de mentalidad frente a la muerte que pide Jesús a aquellos discípulos: son ellos los que en su mente lo han atado y a ellos les toca desatarlo. Con la losa habían encerrado al muerto en el pasado, en el sepulcro de Abrahán; con las vendas que lo inmovilizaban le impedían llegar a la casa del Padre.
No es que Lázaro tenga aún que irse con el Padre, pues ya está con él. Son ellos quienes, comprendiendo finalmente que Lázaro está vivo en la esfera de Dios, tienen que soltarlo en su mente, en vez de retenerlo en ella como un difunto sin vida.
Al desatar a Lázaro “muerto”, ellos mismos se desatan del miedo a la muerte que los paralizaba; se liberan así de la última esclavitud. Sólo ahora, sabiendo que morir no significa dejar de vivir, podrá la comunidad entregar su vida como Jesús, para recobrarla (10,18).
45-46 Muchos de los judíos que habían ido a ver a María y habían presenciado lo que hizo, le dieron su adhesión. Algunos de ellos, sin embargo, fueron a ver a los fariseos y les refirieron lo que había hecho Jesús.
La reacción natural ante el hecho era la adhesión a Jesús. La vida es la aspiración suprema del hombre, su luz (1m4; 8,12), y Jesús ha mostrado que él comunica la vida que vence a la misma muerte. De los que habían ido a ver a María, muchos se ponen de parte de Jesús, con quien ha amanecido la esperanza: la muerte no es la última palabra.
María, figura de la comunidad (11,2), es la única que ahora se menciona. La frase habían presenciado lo que hizo es ambigua: puede referirse a Jesús o a María. La ambigüedad es probablemente intencionada. Por una parte, Jesús ha presentado a Lázaro vivo, haciendo ver el amor del Padre, pero, por otra, es la comunidad la que lo ha soltado y dejado marcharse; es decir, ha percibido la calidad de vida que ella misma posee y no se asusta ya ante la muerte. Ha visto la gloria, y ésta brilla ahora en su conducta.
Mientras tenía miedo a la muerte, el grupo cristiano no interpelaba a los de fuera ni éstos veían diferencia entre los judíos y los discípulos de Jesús. Ahora, la conciencia de la vida que posee y de su continuidad en la muerte hacen del grupo un testimonio del amor de Dios que libra al hombre del temor más profundo, raíz de todas las esclavitudes. Es un testimonio de libertad y alegría, que lleva a otros a creer en Jesús.
En cambio, los incondicionales del orden injusto, los que no se rinden ante los hechos porque no desean la vida, dan la noticia a los fariseos, que controlan la situación (9,13). Que el hombre sea libre, sin miedo a la muerte, es para ellos un motivo de inquietud, pues esa actitud priva de eficacia a la violencia del sistema.
Síntesis: El designio de Dios sobre el hombre es comunicarle una vida que cambia cualitativamente la que el hombre posee: una vida que supera la muerte. Ésta seguirá siendo un hecho biológico, pero no señalará el fin.
La muerte, concebida como extinción de la vida, es la expresión máxima de la debilidad humana, que incluye todas las demás debilidades y humillaciones. El miedo a la muerte como desaparición definitiva deja al hombre impotente ante la opresión y funda el poder de los opresores. Liberándolo de este miedo radical, Jesús hace al hombre radicalmente libre, dándole la capacidad de entrega generosa y total.
Se aprecia en el episodio la dificultad que tienen los seres humanos para no concebir la muerte como destrucción. Incluso los que habían creído en Jesús se resisten a ver que es sólo el paso a la vida para siempre. No comprenden el alcance del amor de Dios: que ese amor no permite que el hombre caiga en el vacío, es decir, pierda la existencia ni por un momento, pues lo ha rescatado de la muerte al infundirle su propia vida, que es indestructible.

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