Domingo 4º de Cuaresma
15 de marzo de 2026
Primera lectura. 1º Samuel 16,1c.6-7.10-13a: Jesé mandó a por él [David] y lo hizo entrar … Entonces el Señor dijo a Samuel: -Anda, úngelo, porque es éste. Samuel tomó la cuerna de aceite y lo ungió en medio de sus hermanos.
Salmo 22,1-5: El Señor es mi pastor, nada me falta … me guía por el sendero justo, por el honor de su nombre.
Segunda lectura. Efesios 5,8-14: Portaos como gente hecha a la luz, donde florece toda bondad, honradez y sinceridad, examinando a ver lo que agrada al Señor. En vez de asociaros a las acciones improductivas de las tinieblas, denunciadlas…
Evangelio: Juan 9,1-41
9 1Al pasar vio Jesús un hombre ciego de nacimiento. 2Le preguntaron sus discípulos:
-Maestro, ¿quién había pecado, él o sus padres, para que naciera ciego?
3Contestó Jesús:
-Ni había pecado él ni tampoco sus padres, pero así se manifestarán en él las obras de Dios. 4Mientras es de día, nosotros tenemos que trabajar realizando las obras del que me envió. Se acerca la noche, cuando nadie puede trabajar. 5Mientras esté en el mundo, soy luz del mundo.
6Dicho esto, escupió en tierra, hizo barro con la saliva, le untó su barro en los ojos 7y le dijo:
-Ve a lavarte a la piscina de Siloé (que significa “Enviado”).
Fue, se lavó y volvió con vista. 8Los vecinos y los que antes solían verlo, porque era mendigo, preguntaban:
-¿No es éste el que estaba sentado y mendigaba?
9Unos decían:
-El mismo.
Otros, en cambio:
-No, pero se le parece.
Él afirmaba:
-Soy yo.
10Le preguntaron entonces:
-¿Cómo se te han abierto los ojos?
11Contestó él:
-Ese hombre que se llama Jesús hizo barro, me lo untó en los ojos y me dijo: “Ve a Siloé y lávate”. Fui entonces, y al lavarme empecé a ver.
12Le preguntaron:
-¿Dónde está él?
Respondió:
-No sé.
13Llevaron a los fariseos al que había sido ciego. 14El día en que Jesús hizo el barro y le abrió los ojos era día de precepto. 15Los fariseos, a su vez, le preguntaron también cómo había llegado a ver. Él les respondió:
-Me puso barro en los ojos, me lavé y veo.
16Algunos de los fariseos comentaban:
-Ese hombre no viene de parte de Dios, porque no guarda el precepto.
Otros, en cambio, decían:
-¿Cómo puede un hombre, siendo pecador, realizar semejantes señales?
Y estaban divididos.
17Le preguntaron otra vez al ciego:
-A ti te ha abierto los ojos, ¿qué piensas tú de él?
Él respondió:
-Es un profeta.
18Los dirigentes judíos no creyeron que aquél había sido ciego y había llegado a ver hasta que no llamaron a los padres del que había conseguido la vista 19y les preguntaron:
-¿Es éste vuestro hijo, el que vosotros decís que nació ciego? ¿Cómo es que ahora ve?
20Respondieron sus padres.
-Sabemos que éste es nuestro hijo y que nació ciego. 21Ahora bien, cómo es que ve ahora, no lo sabemos, y quién le ha abierto los ojos, nosotros tampoco lo sabemos. Preguntádselo a él, ya es mayor de edad; él dará razón de sí mismo.
22Sus padres respondieron así por miedo a los dirigentes judíos, porque los dirigentes tenían ya convenido que fuera excluido de la sinagoga quien lo reconociese por Mesías. 23Por eso dijeron sus padres: “Ya es mayor de edad, preguntadle a él”.
24Llamaron entonces por segunda vez al hombre que había sido ciego y le dijeron:
-Reconócelo tú ante Dios. A nosotros nos consta que ese hombre es un pecador.
25Replicó entonces él:
-Si es pecador o no, no lo sé; una cosa sé, que yo era ciego y ahora veo.
26Insistieron:
-¿Qué te hizo? ¿Cómo te abrió los ojos?
27Les replicó:
-Ya os lo he dicho y no me habéis hecho caso. ¿Para qué queréis oírlo otra vez? ¿Es que queréis haceros discípulos suyos también vosotros?
28Ellos lo llenaron de improperios y le dijeron:
-Discípulo de ése lo serás tú, nosotros somos discípulos de Moisés. 29A nosotros nos consta que a Moisés le habló Dios; ése, en cambio, no sabemos de dónde procede.
30Les replicó el hombre:
-Pues eso es lo raro, que vosotros no sepáis de dónde procede cuando me ha abierto los ojos. 31Sabemos que Dios no escucha a los pecadores, sino que al que lo respeta y realiza su designio a ése lo escucha. 32Jamás se ha oído decir que nadie haya abierto los ojos a uno que nació ciego; 33si éste no viniera de parte de Dios, no podría hacer nada.
34Le replicaron:
-Empecatado naciste tú de arriba abajo, ¡y vas tú a darnos lecciones a nosotros!
Y lo echaron fuera.
35Se enteró Jesús de que lo habían echado fuera, fue a buscarlo y le dijo:
-¿Das tu adhesión al Hijo del hombre?
36Contestó él:
-Y ¿quién es, Señor, para dársela?
37Le contestó Jesús:
-Ya lo has visto; el que habla contigo, ése es.
38Él declaró:
-Te doy mi adhesión, Señor.
Y se postró ante él.
39Añadió Jesús:
-Yo he venido a abrir un proceso contra el orden este; así, los que no ven, verán, y los que ven, quedarán ciegos.
40Se enteraron de esto aquellos fariseos que habían estado con él, y le preguntaron:
-¿Es que también nosotros somos ciegos?
41Les contestó Jesús:
-Si fuerais ciegos, no tendríais pecado; pero como decís que veis, vuestro pecado persiste.
| El texto y un breve comentario de cada una de las lecturas de este domingo se podrán encontrar pulsando más arriba, en los enlaces correspondientes. |
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| Comentario tomado de la página web “Llamados a ser libres” de Rafael J. García Avilés: www.rafaelj.net. |

Edmund Blair Leighton, El ciego en el estanque de Siloé, 1879), Colección particular.
Barro de nuestro barro
El barro con el que Jesús unta los ojos del ciego de nacimiento simboliza su proyecto de hombre, de persona (mujer y varón), imagen e hijo de Dios, hermano y solidario de los demás seres humanos. Responsabilidad de los cristianos es presentar al resto de la humanidad ese proyecto, de tal modo que el ver vivir a los cristianos fuera siempre una experiencia iluminadora y liberadora. Así haríamos caso a Pablo, el fariseo fanático y esclavo de la ley que, al encontrarse con Jesús, vio caer de sus ojos las escamas que le impedían ver la luz de la liberación: «Caminad como hijos de la luz -toda bondad, justicia y verdad son fruto de la luz-» (Ef 5,8-9).
Milagros
Los sufrimientos del hombre no son un castigo de Dios. Pensar de esta manera —como aseguraban los dogmas de los fariseos— supone ocultar la verdadera raíz de los problemas y, sobre todo, evadirse a la hora de buscarles solución, porque… si el sufrimiento es consecuencia de una decisión de Dios que castiga duramente a los pecadores… ¿qué podemos hacer? ¿Rezar? ¿Esperar que Dios se apiade de los que sufren? ¿Y cómo explicamos el sufrimiento de los inocentes y la buena vida de la que gozan tantos que lo que menos son es inocentes? Y mientras encontramos respuesta a estas preguntas…, los que sufren siguen sufriendo.
Los relatos de milagros en los que se nos cuentan curaciones y otras acciones prodigiosas nos enseñan que las promesas de Dios se cumplen plenamente en Jesús de Nazaret, sirven para explicar que la presencia de Jesús produce vida abundante, salud, alegría, justicia, libertad. En concreto, la curación que nos cuenta este evangelio es una lección que Jesús da a sus seguidores para enseñarles en qué consiste su actividad, la que él ya está desarrollando, que es la misma que tendrán que continuar ellos, sus discípulos: «Mientras es de día, nosotros debemos trabajar realizando las obras del que me mandó». Esa tarea consiste en ofrecer a los seres humanos la posibilidad de tomar conciencia de cuál es su auténtica condición, su dignidad y, por tanto, de saber cuáles son sus verdaderas posibilidades: ver hasta dónde espera el Padre que lleguen sus hijas e hijos.
Toda la narración es simbólica, y así hay que interpretar los gestos que en ella se describen.
Ciego de nacimiento
El ciego de este evangelio es de todos aquellos que, habiendo nacido en una situación de opresión, jamás han sido conscientes de su dignidad de personas, nunca han sabido que fueron creados a imagen de Dios y que están llamados a ser sus hijos. Su oscuridad es consecuencia de la injusticia establecida en la sociedad, injusticia de la que, en Israel, es responsable una religión basada en ceremonias vacías que hacen al hombre esclavo, no ya de Dios, sino de los que se dicen sus representantes.
Hoy, bien entrados ya en el segundo mileno — es decir, más de dos mil años después de que Jesús abriese los ojos al ciego del evangelio—, hay en nuestro mundo muchos que, nunca, desde que nacieron, han podido experimentar lo que significa ser, en plenitud, persona; que jamás han podido gozar de la experiencia de ver reconocida su dignidad de seres humanos. Y sigue siendo realidad que esta situación está legitimada por ciertas ideologías y por determinadas maneras de entender la religiosidad. A estos —excluidos de los beneficios de esta sociedad opulenta, ciegos resignados, soportando, además, que muchos los culpen de su ceguera— podemos verlos también representados por el personaje del ciego de nacimiento que protagoniza el relato del evangelio de este domingo.
Otros ciegos
Pero, además de esos ciegos, otra inmensa masa, compuesta por seres humanos también, desconoce esta situación, y vive ignorando la humillación de millones de oprimidos, el sufrimiento de cientos de millones de hambrientos, el dolor de todos —¡tantos!— los excluidos del reparto de la riqueza de nuestro mundo. Unos son ciegos porque no saben que es posible otro modo de vivir sin egoísmo y sin pobreza, sin odio y sin violencia, sin soberbia y con respeto a la dignidad de los demás; otros porque, aunque se den más o menos cuenta de cuál es la situación porque son víctimas de ella, prefieren dejar las cosas como están, sentarse al borde del camino de la vida y vivir de la pequeña o gran limosna que le puedan dar los triunfadores que pasan junto a él. Ciegos porque no reconocen su propia dignidad o porque su soberbia les impide ver y respetar la dignidad de los demás.
Ciegos, por tanto, porque no pueden o porque no quieren ver. A los primeros —los que no ven, ni han visto nunca, los que no saben qué pueden llegar a ser porque se les esconde lo que son— representa el ciego del evangelio; pero a todos les puede ser útil la medicina que a éste se le ofrece para curar su ceguera.
¿Castigo por el pecado?
Al ver al ciego de nacimiento sentado al borde del camino, los discípulos dan por descontado que la ceguera es un castigo de Dios por los pecados de alguien: «Maestro, ¿quién había pecado, él o sus padres, para que naciera ciego?» Era la ideología dominante. Los males de la sociedad no se podían achacar directamente a Dios, pero se le atribuían indirectamente: alguien que había pecado individuamente había provocado contra sí mismo o contra sus descendientes la ira divina. Así no había que preocuparse demasiado por los sufrimientos de los demás: el sufrimiento siempre se consideraba efecto de algún oscuro pecado, consecuencia de una culpa.
También en la actualidad sigue siendo así: tanto desde una perspectiva laica como desde cierta religiosidad se considera que el mal que sufren muchos es consecuencia exclusiva de sus propios actos, de sus propias erróneas decisiones.
No, las cosas no son así. Aquel hombre —como los ciegos de nuestros días— debía su ceguera no a Dios, sino a una sociedad que, diciendo incluso que hablaba en nombre de Dios, le había impedido conocerlo y conocer su proyecto sobre el hombre, le había impedido conocerse a sí mismo, reconocer su propia dignidad.
Con su propio barro
Dios hizo al hombre del barro de la tierra. El barro que hace Jesús, luz del mundo, para ponerlo en los ojos del ciego simboliza su propia humanidad, el modelo de persona humana que, en nombre de Dios, Jesús propone; ese modelo, por un lado, es Jesús mismo (el barro está hecho con su propia saliva); y, en segundo lugar, es modelo para todo ser humano (el barro está hecho con la misma tierra con la que Dios formó al primer hombre).
Hecha, pues, de su propio barro, Jesús pone en los ojos del ciego la imagen del hombre nuevo, la persona que, consciente de su propia dignidad, vive preocupándose, por amor, de la dignidad y la felicidad de sus semejantes.
Pero la acción de Jesús no le devuelve la vista de inmediato. Jesús le pone su proyecto -su saliva, su barro-, en los ojos para que él lo descubra y lo acepte libremente. No lo adoctrina, sino que, facilitándole una experiencia, lo manda a lavarse en la piscina de «El Enviado»: pero la decisión última la tendrá que tomar, libre y responsablemente, él mismo: «Fue, se lavó…».
Al aceptar y ejecutar la propuesta de Jesús, el que había sido ciego percibe la luz por primera vez y ve, se ve a sí mismo, se conoce, se reconoce: «Fue, se lavó, y volvió con vista. Los vecinos… preguntaban: ¿No es ése el que estaba sentado y mendigaba?… El afirmaba: Soy yo». Ya se reconoce a sí mismo; y ya no va a dejar que la tiniebla le venza de nuevo, aunque la tiniebla lo va a intentar.
Contra los hechos, ¡dogmas!
La tiniebla, que se había disfrazado de luz, no tardó en atacar.
La vista recobrada se convierte en denuncia de los culpables de su ceguera: «eso es lo raro, que vosotros no sepáis de donde procede cuando me ha abierto los ojos… si este no viniera de parte de Dios, no podría hacer nada». Pero éstos, los fariseos, los ideólogos del sistema, trataron de defenderse. Ellos, que se adoraban a sí mismos y al dinero, se habían arrogado la representación del Dios de Israel. Por eso en su ataque usaron los más serios argumentos de carácter teológico: ¿Cómo es posible que un hombre que no cumple las leyes religiosas actúe en nombre de Dios? ¿Cómo es posible que un hombre que hace barro en día de sábado (día en el que estaba expresamente prohibido hacer barro y cualquier otro trabajo) dé vista a los ciegos, tarea que los profetas habían anunciado que realizaría el Mesías?
Pero los hechos, la vista recién adquirida, los ponía al descubierto; y no tuvieron ningún reparo en negar la evidencia, convirtiendo su ataque en irracional y violento: primero intentan negar el hecho, a pesar de estar clarísimo: «Los dirigentes judíos no creyeron que aquél había sido ciego y había llegado a ver…»; después pretenden que aquel hombre afirme, también en contra de la evidencia de los hechos, que quien lo había curado era un pecador y que, por tanto, no actuaba en nombre de Dios: «Llamaron entonces por segunda vez al hombre que había sido ciego y le dijeron: Reconócelo tú ante Dios. A nosotros nos consta que ese hombre es un pecador». Y como el hombre se resiste, lo excomulgan, lo excluyen del pueblo de Dios: «Empecatado naciste tú de arriba abajo… Y lo echaron fuera».
Al no someterse, lo marginan. En nombre de Dios, naturalmente: de un Dios que, según sus dogmas, exige sometimiento y obediencia y al que, tal y como lo presentan, parece que le molestan la libertad y la felicidad del ser humano. A pesar de lo que leían en sus libros sagrados, a pesar de la enseñanza de sus antiguos profetas, no les cabía en la cabeza un Dios comprometido en la lucha por la dignidad y la libertad del hombre. Y no les cabía en la cabeza porque era incompatible con sus intereses, con sus privilegios… ¡y con su soberbia!
Frente a los dogmas, fe en el Hombre
El hombre aquel asumió su nueva realidad con libertad y decisión y se mantuvo firme tras ser expulsado de su religión. Y es ese preciso momento el que elige Jesús para salir a buscarlo, provocar un encuentro con él y darse a conocer. Sólo entonces le propone que le dé su adhesión, que acepte su fe: «Se enteró Jesús de que lo habían echado fuera, fue a buscarlo, y le dijo: ¿Das tu adhesión al Hombre?» Esa fe, esa adhesión, le incluía la exigencia de ponerse, manos a la obra, a devolver la vista a todos los ciegos que encontrara en su camino. Y el que había sido ciego, ahora que ve claro, acepta: «Te doy mi adhesión, Señor».
Compromisos para el presente
Hoy, a nosotros, la Palabra de Dios también nos señala nuestros compromisos, nos indica cual es nuestra tarea como cristianos.
Primero, mostrar al mundo el modelo de hombre encarnado en Jesús de Nazaret: hoy nosotros somos —debemos ser— su mismo barro, en nosotros se debe realizar —con nuestras limitaciones, sin duda— ese proyecto de persona; luego, tratar de que los ciegos —los empobrecidos, los oprimidos, los explotados, los marginados— tomen conciencia de su situación y descubran la luz que brilló en Jesús de Nazaret y que debe seguir brillando en nosotros; y finalmente —quizá debamos empezar por aquí—, denunciar la tiniebla en nuestro mundo. Y esto último, no para condenar a nadie, sino para que los culpables de la tiniebla puedan también ellos abrir sus ojos a la luz, como dice san Pablo: «En vez de asociaros a las acciones improductivas de las tinieblas, denunciadlas, … todo eso, cuando la luz lo denuncia, queda al descubierto y todo lo que está al descubierto recibe el influjo de la luz». Y para que, así, los culpables de tan densa tiniebla, de la injusticia establecida como norma, se vean libres de su propia injusticia y, al mismo tiempo que reconocen y respetan la dignidad de los demás, recobren y vean reconocida su dignidad.
La enseñanza que nos ofrece este pasaje del evangelio está todavía hoy de plena actualidad. Por un lado, ya lo hemos dicho antes, muchos son los ciegos, incapaces de reconocerse a sí mismos como imagen de Dios, porque este mundo pisotea sistemáticamente su dignidad. También hoy resulta difícil a muchos aceptar que Dios, el Dios de Jesús, el Dios de los cristianos, es un Dios liberador. Y les resulta peligroso que se afirme que creer en Dios exige trabajar por la igualdad, la justicia y la liberación de las personas y de los pueblos marginados, excluidos, empobrecidos. De este modo se disimula, se condena, o simplemente no se entiende, algo que nadie puede negar con el evangelio en la mano: que en Jesús Dios dignificó nuestro barro porque quiso ser barro de nuestro barro.
| Comentario 2º: Tomado de: Juan Mateos / Juan Barreto, Juan, Texto y comentario. |
Jn 9,1-12: Curación del ciego
Jesús explica su declaración anterior: Yo soy la luz del mundo (8,12), dando vista a un ciego de nacimiento. El ciego, que no conoce la luz (1,4), es figura de los que nunca han tenido oportunidad de saber lo que puede y debe ser el hombre. En paralelo con los enfermos de la piscina (5,3), representa a un sector del pueblo oprimido.
1-3 Yendo de paso vio Jesús un hombre ciego de nacimiento. Le preguntaron sus discípulos: «Maestro, ¿quién había pecado, él o sus padres, para que naciera ciego?» Contestó Jesús: «Ni había pecado él ni tampoco sus padres, pero así se manifestarán en él las obras de Dios».
La escena se sitúa fuera del templo, después que Jesús lo abandona (8,59).No se señala lugar ni tiempo. Jesús no va a buscar al ciego, sino que, mientras va caminando, lo encuentra en la calle; el ciego de nacimiento forma parte de la sociedad judía.
Los discípulos le hacen a Jesús una pregunta basada en una concepción corriente en el judaísmo: se pensaba que la desgracia era efecto del pecado y que Dios castigaba en proporción a la gravedad de la culpa; los defectos corporales congénitos solían atribuirse a las faltas de los padres.
Jesús rechaza esa concepción: el ciego de nacimiento no tiene experiencia ni esperanza de la luz, pero esto no se debe a culpa personal ni heredada. Ahora bien, como es sabido, en el AT la ceguera es con frecuencia símbolo de la opresión que sufre el pueblo (cf. Is 29,18; 35,5s; 42,7,18-20; 59,9s; Sal 146,8): la falta de luz se debe a la acción de la tiniebla (1,5), es decir, de la ideología del sistema opresor. Este hombre representa así a los que desde siempre (ni él ni sus padres) han vivido sometidos, privados de toda libertad e iniciativa, y sin noción de que podían salir de ese estado, por no conocer alternativa. El ciego no sabe siquiera lo que es la luz, es decir, nunca ha vislumbrado lo que significa ser persona ni, por lo tanto, lo ha deseado. Son otros los culpables de su ceguera. Su desgracia no es un castigo ni Dios es indiferente ante el mal.
Este hombre es un muerto en vida, como el inválido de la piscina (5,5ss). Aquél, al menos, esperaba curación; el ciego, no. Pero en él va a mostrarse lo que quiere hacer Dios con los que han nacido y siguen privados de su condición humana (se manifestarán en él las obras de Dios). Como el inválido deseaba la salud, Jesús se la ofreció (5,6). A éste no puede ofrecérsela, porque no sabe lo que es; tiene que mostrársela antes para hacerlo capaz de desearla.
4-5 Mientras es de día, nosotros tenemos que trabajar realizando las obras del que me envió. Se acerca la noche, cuando nadie puede trabajar. Mientras esté en el mundo, soy luz del mundo».
Jesús advierte a los discípulos que han de asociarse a su actividad (tenemos que trabajar), es decir, como corresponde a los hijos (5,19.36), han de cooperar con la incesante actividad del Padre (5,17) para llevar a término la creación del hombre, librándolo de su impotencia y dándole capacidad de acción. Las situaciones de injusticia son una llamada a colaborar con la acción de Dios.
Jesús exhorta a esa labor mientras hay posibilidad de trabajo (mientras es de día), porque se acerca una noche que impedirá toda actividad. “La noche” es el mundo sin Jesús, que es su luz (8,12), es el período de la tiniebla. Cuando los dirigentes del pueblo hayan hecho su opción definitiva, condenando a Jesús y rechazándolo como Mesías, no se podrá hacer nada con el pueblo; la ruina será inevitable. Mientras queda tiempo, hay que ofrecer la salvación a Israel.
El dicho de Jesús (soy luz del mundo) continúa el de8,12 (Yo soy la luz del mundo). Como en aquel pasaje, esta metáfora describe su misión de Mesías, por referencia a la misión liberadora del Siervo de Dios, quien, según Isaías, habría de ser luz de las naciones (Is 42,6ss; 49,6ss) con la misión de abrir los ojos a los ciegos (Is 42,7; cf. 61,1 LXX).
La declaración de Jesús rebasa, por tanto, el marco de Israel; será norma para la actividad posterior de los discípulos.
6-7 Dicho esto, escupió en tierra, hizo barro con la saliva, le untó su barro en los ojos y le dijo: «Ve a lavarte a la piscina de Siloé (que significa “Enviado”)». Fue, se lavó y volvió con vista.
Jesús pasa a la acción. No consulta al hombre, porque, siendo ciego de nacimiento, no sabe lo que es la visión ni puede desearla. No pretende, sin embargo, suprimir su libertad; va a ponerle ante los ojos el proyecto de Dios sobre el hombre; la decisión de obtener la vista quedará en sus manos.
El barro alude a la creación del hombre (Gn 2,7; Job 10,9; Is 64,7). Jesús reproduce figuradamente aquella creación. Hace barro con su saliva. Se pensaba que la saliva transmitía la propia fuerza o energía vital; en este contexto, la saliva de Jesús toma el puesto del agua necesaria para hacer el barro. Hay, pues, un elemento preexistente, la tierra (escupió en tierra) y uno personal de Jesús, su saliva, su fuerza, que es el Espíritu. Hacer barro con la saliva significa, por tanto, la creación del hombre nuevo, compuesto de tierra-carne y de la saliva-Espíritu de Jesús.
De ahí la frase siguiente: le untó su barro en los ojos. El barro modelado con la saliva representa el hombre nacido del Espíritu. En realidad, Jesús pone ante los ojos del ciego su propia humanidad, la del Hombre-Dios, el proyecto de Dios realizado. La acción de untar / ungir estáen relación con el Mesías (el Ungido). Jesús lo invita a ser hombre pleno, ungido por el Espíritu e hijo de Dios. Toca al ciego aceptar la luz y optar libremente por ella.
Aparece una segunda piscina, ésta fuera de los muros de la ciudad (cf. 5,2, dentro de la ciudad), que el evangelista interpreta como la piscina del Enviado, es decir, de Jesús(cf. Is 8,6s: “la del agua mansa”; Jn 5,7 agitación del agua). No se menciona el agua de esta piscina, porque es el agua del Espíritu, que manará de la entraña de Jesús (7,37-39; 19,34).
El ciego sigue las instrucciones de Jesús y obtiene la vista: ha alcanzado su integridad humana. Ha percibido lo que es el proyecto de Dios sobre el hombre y le ha dado su adhesión. A esa luz, puede ver lo que es el mundo y lo que son los hombres. Ha adquirido un saber que le permitirá distinguir los verdaderos valores de los falsos.
Como ya se ha apuntado (v. 5), dar vista a los ciegos era uno de los signos de la salvación anunciada por los profetas, como símbolo de la liberación de la tiranía y de la opresión (Is 29,l8ss; 35,5.10; 42,6s).
8-9 Los vecinos y los que antes solían verlo, porque era mendigo, preguntaban: «¿No es éste el que estaba sentado y mendigaba?» Unos decían: «El mismo». Otros, en cambio: «No, pero se le parece». Él afirmaba: «Yo soy».
Perplejidad entre la gente que lo conocía. Era un mendigo: inmóvil (sentado), impotente, dependiente de los demás. Al darle la vista, Jesús le ha dado la movilidad y la independencia.
La duda sobre la identidad del ciego refleja la novedad que produce el Espíritu; el individuo, siendo el mismo, es otro. Es la diferencia entre el hombre sin iniciativa ni libertad y el hombre libre.
Yo soy son palabras que usa Jesús para identificarse (4,25s; 6,20; 8,24.28.58). Al usarlas el antes ciego reflejan la nueva identidad del hombre acabado por el Espíritu, que se ha encontrado a sí mismo.
10-12 Le preguntaron entonces: «¿Cómo se te han abierto los ojos?» Contestó él: «Ese hombre que se llama Jesús hizo barro, me lo untó en los ojos y me dijo: “Ve a Siloé y lávate”. Fui entonces, y al lavarme empecé a ver». Le preguntaron: «¿Dónde está él?» Respondió: «No lo sé».
Interés por el hecho. Se repite el relato de la curación, enumerando de nuevo las acciones de Jesús y mostrando así su importancia. El antes ciego considera a Jesús un hombre como él (cf. 9,1). Sabe que se llama Jesús, pero no lo conoce.
Se despierta en la gente el interés por la persona de Jesús: se ha suscitado una esperanza.
Síntesis: El evangelista representa en la figura del ciego de nacimiento la situación de una parte del pueblo judío del tiempo de Jesús. No abarca un sector tan numeroso como el representado por el inválido de la piscina (5,3ss), figura de una muchedumbre, pero existe. Por lo demás, la situación es extensible a otros pueblos y otras épocas.
Es decir, hay hombres que, sometidos desde siempre a la opresión, no sospechan siquiera lo que significa la verdadera condición humana. Son muertos en vida. Es misión de Jesús y de los suyos mostrar al ser humano la posibilidad de una vida libre y plena, más que con palabras, con la realidad que ellos mismos viven y con gestos que realicen la liberación.
Hay otros hombres que, sin llegar a esta situación, tienen una idea mezquina de lo que es ser persona, y viven en la mediocridad. También a ellos se deberá poner ante los ojos la altura a la que Dios llama al ser humano.
Es tiniebla todo sistema que provoca y consagra la falta de libertad, la sumisión permanente, la mutilación del hombre. Es ciego el que no conoce la dignidad del ser humano, aceptando la humillación y la falta de libertad hasta el punto de no percatarse de la anomalía de esta situación.
La desgracia puede ser utilizada por las ideologías de poder para hacer olvidar al hombre su dignidad. Así lo hace convenciéndolo de que el infortunio es propio de la condición humana decaída e incluso dándolo como querido por Dios e irremediable; con ello, se desentienden del hombre y niegan el amor del Padre.
Jn 9,13-34: Verificación del hecho e interpretación de los dirigentes
La perícopa muestra el desconcierto de los adversarios de Jesús; para algunos, los principios teológicos del judaísmo vacilan ante lo sucedido, pero pronto forman todos frente común contra Jesús. Intentan negar el hecho, interrogando a los padres del antes ciego. Ante la innegable evidencia, tratan de imponer al individuo su autoridad doctrinal. Al fracasar, toman una medida violenta, expulsando al hombre de su comunidad.
13-15 Llevaron a los fariseos al que había sido ciego. E1 día en que Jesús hizo el barro y le abrió los ojos era día descanso. Los fariseos, a su vez, le preguntaron también cómo había llegado a ver. Él les respondió: «Me puso barro en los ojos, me lavé y veo».
Los fariseos son los más activos entre los adversarios de Jesús (7,47; 8,13) y los que tienen de hecho el control sobre el pueblo.
Lo mismo que en el episodio del inválido (5,9), la mención del descanso de precepto se retrasa hasta mediada la narración: para Jesús no cuentan el día festivo ni los preceptos de la Ley. Como el Padre, él sigue trabajando sin cesar en favor del hombre (5,17; 9,4).
Los fariseos comienzan el interrogatorio del antes ciego. No se alegran con el hombre ni lo felicitan; no les interesa el hecho de la curación, sólo quieren saber el cómo, para ver si ha habido infracción de la Ley. El aspecto humano queda eclipsado por el jurídico.
16-17 Algunos de los fariseos comentaban: «Ese hombre no viene de parte de Dios, porque no guarda el descanso de precepto». Otros, en cambio, decían: «¿Cómo puede un hombre, siendo pecador, realizar semejantes señales?» Y estaban divididos. Le preguntaron otra vez al ciego: «A ti te ha abierto los ojos, ¿qué piensas tú de él?» Él respondió: «Es un profeta».
La respuesta del antes ciego produce división entre los fariseos: para rechazar a Jesús, un grupo toma como criterio de juicio la observancia de la Ley (no guarda el descanso de precepto). El Dios de ellos no se interesa por el hombre que sufre o está inutilizado; para él, lo inviolable, el valor supremo, es la norma. La Ley impersonal, como un muro, oculta el amor del Padre y le impide manifestarse (cf. 2,6).
Otro grupo duda: parece incompatible “ser pecador”, es decir, impío o descreído, con realizar señales tan clamorosas. Descubren que el hecho “señala” a una realidad superior, que no puede ser más que Dios,pero sólo les impresiona la calidad de la acción; ven en ella el poder de Dios, no el amor del Padre.
En esta división de opiniones, acuden al hombre y le preguntan su parecer. Lo expresa con toda sencillez: Jesús es un profeta. No ha descubierto toda la realidad de Jesús, pero afirma que su actividad es de Dios, que es un enviado suyo y actúa en su nombre (cf. 4,19).
18-19 Los dirigentes judíos no creyeron que aquél había sido ciego y había llegado a ver hasta que no llamaron a los padres del que había conseguido la vista y les preguntaron: «¿Es éste vuestro hijo, el que vosotros decís que nació ciego? ¿Cómo es que ahora ve?»
Ahora actúan los dirigentes,en cuyo grupo se incluyen los fariseos. Con su entrada en escena, cambia el enfoque del interrogatorio. Ahora, ante el insoluble dilema, se refugian en la incredulidad. No quieren ver el hecho, porque contrasta con sus convicciones y derriba los fundamentos de su sistema teológico. La ideología los ciega; atrincherados en ella, quieren negar la realidad.
Llaman a los padres del antes ciego para descubrir si hay fraude. Estas personas no habían tenido culpa de la ceguera de su hijo; son gente sometida que tampoco ha conocido la libertad.
Les hacen una doble pregunta: en primer lugar, si es verdad que su hijo nació ciego, y en segundo lugar, en caso afirmativo, cómo ha recobrado la vista. La curación ha sido tan evidente que condena la actitud de los dirigentes respecto a Jesús, y esto les crea una profunda angustia. Acuden a los padres con la oculta esperanza de que el hecho no sea real.
20-21 Respondieron sus padres. «Sabemos que éste es nuestro hijo y que nació ciego. Ahora bien, cómo es que ve ahora, no lo sabemos, y quién le ha abierto los ojos, nosotros tampoco lo sabemos. Preguntádselo a él, ya es mayor de edad; él dará razón de sí mismo».
Los padres afirman lo que saben, que su hijo nació ciego; pero insisten en que no conocen el modo o el agente de la curación. Rehúsan toda complicidad con el hecho; declaran no tener noticia de quién lo ha curado. Se defienden como si el “ver” fuera un crimen.
Los padres estiman que su hijo puede hablar sin miedo (ya es mayor de edad, él dará razón de sí mismo). El nexo entre la mayoría de edad y el dar razón de sí mismo ante las autoridades, muestra una clara diferencia con los padres, que tienen miedo a expresarse. La mayoría de edad implica, por tanto, la capacidad de hablar con libertad, la seguridad del hombre hecho; es la madurez dada por el Espíritu (cf. 6,10: “hombres adultos”). El evangelista repetirá el dato de la mayoría de edad del ciego curado (vv. 21.23), haciendo ver la importancia que le atribuye.
22-23 Sus padres respondieron así por miedo a los dirigentes judíos, porque los dirigentes tenían ya convenido que fuera excluido de 1a sinagoga quien lo reconociese por Mesías. Por eso dijeron sus padres: “Ya es mayor de edad, preguntadle a él”.
Impera el miedo; tal es la situación del pueblo ante las autoridades (7,13). Los súbditos no deben tener opinión propia, sino depender de la declarada por los dirigentes (cf. 7,26), y éstos pueden imponerla porque disponen de medios de coacción, como excluir de la sinagoga. No dan razones, es un acto de puro autoritarismo.
La multitud de Jerusalén, al menos en gran parte, había reconocido a Jesús por Mesías, lo que había alarmado a los fariseos (7,31.32). Los representantes oficiales de Dios y de su Ley excomulgan al que reconoce en Jesús, que libera a los que ellos oprimen, al Mesías enviado por Dios. Los padres del antes ciego están atemorizados, no se atreven a desafiar a sus opresores; la institución judía es su único horizonte; no podrían vivir fuera de ella.
Según los dirigentes, es malo que el ciego haya visto, porque el hecho es contrario a su Ley. Se oponen así ellos a la experiencia humana, invierten los valores elementales. Los padres no se permiten manifestar la alegría natural por la curación de su hijo ni mostrarse agradecidos a Jesús. Podrían ser tachados de renegados y apóstatas.
24 Llamaron entonces por segunda vez al hombre que había sido ciego y le dijeron: «Reconócelo tú y da gloria a Dios. A nosotros nos consta que ese hombre es un pecador».
Ante la imposibilidad de negar el hecho, recurren a su autoridad doctrinal y definen que la acción de Jesús es contraria a Dios (es un pecador). Los que antes estaban divididos han llegado a la unanimidad. Condenan a Jesús en nombre de la moral oficial; Jesús es un descreído, porque no observa el precepto. En el conflicto entre la verdad del hecho y el prejuicio teológico, éste vence. Quieren evitar a toda costa el testimonio del hombre en favor de Jesús, que desprestigiaría a su institución. Van a intentar que renueve su lealtad a ellos, en contra del que le ha dado la vista.
Elevan el conflicto a la instancia suprema. Al antes ciego le dicen que no son ellos solos los que están contra Jesús, es Dios mismo el que está contra él. El hombre ha de elegir: por una parte, están Dios y su Ley (expresión de su voluntad y, por consiguiente, del orden ético y cósmico que ha de regir al mundo); por la otra, Jesús, quien, con su preocupación prioritaria por el bien del hombre y por la integridad que acaba de dar al ciego, desafía a Dios y desprecia su Ley.
Según ellos, Dios no puede actuar contra el precepto en beneficio del hombre; ese beneficio sería un mal, una ofensa a Dios. El antes ciego no tiene alternativa: la fidelidad a Dios le exige que reniegue de su salud y de aquel que se la ha procurado; debe admitir que habría sido mejor seguir ciego. Los dirigentes presentan a Dios como contrario al bien más elemental de sus criaturas, y a afirmar eso lo llaman “dar gloria a Dios”. El suyo no es un Dios de vida, sino de muerte. No saben que la gloria de Dios es la plenitud de su amor fiel y que esa gloria resplandece en la actuación de Jesús (1,14).
25-27 Replicó entonces él: «Si es pecador o no, no lo sé; una cosa sé, que yo era ciego y ahora veo». Insistieron: «¿Qué te hizo? ¿Cómo te abrió los ojos?» Les replicó: «Ya os lo he dicho y no me habéis hecho caso. ¿Para qué queréis oírlo otra vez? ¿Es que queréis haceros discípulos suyos también vosotros?»
El hombre opone el hecho al prejuicio ideológico. Se aferra a su experiencia de vida, contra el parecer de los maestros que la niegan o quieren hacerla pasar por un mal. No se mete en cuestiones teológicas; lo que sabe es que su estado actual es indiscutiblemente mejor que el de antes; eso no puede negarlo. La integridad humana y la libertad las experimenta en sí mismo como un bien. Ha tenido la experiencia del amor gratuito, de una relación personal que le ha comunicado vida. Esto es lo que en realidad le ha abierto los ojos: él sabe ahora (más allá de la teología y moral legalistas) lo que es el ser humano y lo que es Dios. Él ve, los maestros están ciegos.
A pesar de la seguridad que han demostrado antes, los dirigentes no se sienten tranquilos. Repiten la frase “abrir los ojos”, que alude a la liberación anunciada por Isaías (35,5.10; 42,6-7). Como son conocedores de la Escritura, se sienten inquietos. Al insistir, delatan su mala conciencia.
La réplica del hombre los asocia a los sordos de Is 42,18 (“Sordos, escuchad y oíd; ciegos, mirad y ved”). El pueblo está ciego, porque no lo dejan ver; los dirigentes, sordos, porque no quieren oír. Ante tal obcecación, el hombre se permite la ironía: ¿Es que queréis haceros discípulos suyos también vosotros?
28-29 Ellos lo llenaron de improperios y le dijeron: «Discípulo de ése lo serás tú, nosotros somos discípulos de Moisés. A nosotros nos consta que a Moisés le habló Dios; ése, en cambio, no sabemos de dónde procede».
La violenta reacción muestra que la pregunta ha tocado en lo vivo. Están intentando rechazar la evidencia. Se refugian en su tradición para no aceptar la novedad. Se apoyan en el pasado, sobre el que han construido el sistema teológico que Jesús tira abajo.Optan por una Ley sin amor (Moisés) y en contra del amor fiel (Jesús, cf. 1,17). No quieren leer directamente los hechos, en los que se manifiesta el amor de Dios; los miran a través de una ideología rígida que los deforma o los niega.
Dan su argumento para rechazar a Jesús: “De Moisés, nos consta; de ése, no”. No pudiendo negar el hecho quieren denigrar la persona. No quieren reconocer que el pueblo se encuentra oprimido ni la necesidad de un nuevo liberador, pues son ellos los opresores. Los que exaltan la liberación antigua (Moisés) se oponen a la presente. Al Dios que en otro tiempo sacó a su pueblo de la esclavitud le prohíben ahora sacar a otros de la esclavitud que ellos producen.
30-33 Les replicó el hombre: «Pues eso es lo raro, que vosotros no sepáis de dónde procede, cuando me ha abierto los ojos. Sabemos que Dios no escucha a los pecadores, sino que al que lo respeta y realiza su designio a ése lo escucha. Jamás se ha oído decir que nadie haya abierto los ojos a uno que nació ciego; si éste no viniera de parte de Dios, no podría hacer nada».
El hombre ridiculiza el argumento de los dirigentes (Pues eso es lo raro). Les propone un criterio muy simple para que salgan de su dificultad. Usando un principio teológico admitido por todos (Sabemos), concluye que Dios no puede conceder a un descreído realizar una obra tan extraordinaria. La conclusión es obvia: si éste no viniera de parte de Dios, no podría hacer nada.
34 Le replicaron: «Empecatado naciste tú de arriba abajo, ¿y vas tú a darnos lecciones a nosotros?» Y lo echaron fuera.
La conclusión expuesta por el antes ciego es irrebatible; los dirigentes, acorralados, pierden los estribos y pasan al insulto (cf. 7,52). Jesús había dicho que el ciego no tenía pecado (9,3); ellos, en cambio, achacan a un pecado congénito el haber estado ciego. Les conviene hacer de la desgracia un castigo y ver en ella el efecto inexorable de la justicia divina. Según ellos, la integridad recobrada no certifica el perdón de la culpa, sino que la agrava, por haber sido procurada contra la Ley de Dios.
De hecho, son ellos los culpables de la ceguera, ellos son la tiniebla que la produce, pero descargan su culpa en el antes ciego. Vuelven a deformar la realidad, esta vez la del hombre mismo. Si éste no se somete al parecer de ellos, es decir, si no considera un mal lo que ha experimentado como un bien, será rechazado por Dios. El hombre debería cegarse de nuevo para darles la razón.
Ellos no tienen nada que aprender (¿vas a darnos lecciones a nosotros?); lo saben todo y encuentran respuestas teológicas para todo, incluso para negar la evidencia.
Al fallar la coacción moral, toman la medida violenta (y lo echaron fuera). Con su mentira oficial (8,44), han intentado apagar la luz (1,5), que es la vida. Al no conseguirlo, el hombre no puede continuar dentro de su estructura de tiniebla. A los responsables no sólo les es indiferente el bien del hombre, el hombre mismo que ha tenido la experiencia de vida es un obstáculo para su dominio.
Como Jesús tuvo que salir del templo (8,59), los suyos son incompatibles con la sinagoga.
Síntesis: Abrir los ojos al ciego equivale a hacerle comprender lo que significa ser persona, darle libertad y dignidad y capacitarlo para formarse una opinión sobre los hombres y sobre el sistema en que vive. Esto es intolerable para los detentadores del poder religioso, que hasta entonces, con su enseñanza y coacción, habían impedido que este hombre alcanzase su calidad de tal.
El sistema ideológico de los dirigentes muestra su perversión, que llega a corromper el concepto de Dios y el de hombre. Así queda patente al confrontarse con el hecho de la liberación del ciego, que lo emancipa de su dominio. Los dirigentes no aceptan la realidad ni revisan los principios que sostienen; al contrario, se encastillan, pretendiendo negar lo evidente y justificar lo injustificable. Invierten los valores, llamando al bien mal y al mal bien (cf. Is 5,20). Su doctrina no busca favorecer al ser humano, sino afianzar la estructura de poder. De hecho, detrás de la ideología está una situación de privilegio que ellos defienden a toda costa. Finalmente, al no poder imponer su autoridad, recurren a la violencia, mostrando su irracionalidad y su mala voluntad.
Jn 9,35-38: Encuentro de Jesús con el hombre
Jesús va a encontrar al antes ciego, que ha sido expulsado de la sinagoga, y se le da a conocer como el modelo de hombre que había tenido ante los ojos y que lo había llevado a su opción. El expulsado da plena adhesión a Jesús. El marginado por la institución religiosa pasa a formar parte de la nueva comunidad.
35-38 Se enteró Jesús de que lo habían echado fuera; fue a buscarlo y le dijo: «¿Das tú tu adhesión al Hijo del hombre?» Contestó él: «Y ¿quién es, Señor, para dársela?» Le contestó Jesús: «Ya lo has visto; el que habla contigo, ése es». É1 declaró: «Te doy mi adhesión, Señor». Y se postró ante él.
La iniciativa es de Jesús. Él no abandona al que ha sido fiel a la nueva visión de sí mismo y del mundo. Con su pregunta va a acabar la labor de iluminación que había comenzado.
El Hijo del hombre se identifica con el modelo de hombre que Jesús le puso ante los ojos con su barro (9,6); era la imagen de su misma persona, que descubría al ciego una nueva condición humana desconocida para él. Jesús le pregunta si mantiene su adhesión al ideal que ha visto. El hombre no sabía que ese ideal estuviera realizado y desea identificar al que lo realiza.
Jesús se revela a él (cf. 4,26).El antes ciego reconoce la realidad de Jesús, la condición divina que alcanza el hombre en su plenitud (se postró). Expulsado de la sinagoga como pecador, ha quedado excluido de las instituciones religiosas que monopolizan el culto a Dios. A cambio, encuentra en Jesús, el Hijo del hombre, el nuevo santuario (2,19-21), donde brilla la gloria-amor del Padre; es un adorador de los que el Padre busca (4,23).
Síntesis: En el episodio del ciego se expone el aspecto central de la liberación que Jesús lleva a cabo en el hombre y que funda su éxodo. Ésta consiste en devolverle la conciencia de su propio valor y, en consecuencia, del valor de todo ser humano. No lo hace Jesús a través de una enseñanza doctrinal, sino con su acción, manifestando al hombre el amor de Dios, expresado en su designio sobre él. El vehículo del amor de Dios son sus obras; ellas hacen descubrir la propia dignidad y libertad y muestran en Jesús la meta de la plenitud humana. Esta experiencia hace dejar atrás el culto del templo, para ver en el Hijo del hombre el lugar de la manifestación de Dios.
Se describe en el episodio del ciego el proceso que sigue el hombre en la recuperación de la vista. Al que ha vivido humillado y marginado social y religiosamente (los ciegos no podían entrar en el templo, cf. 2Sm 5,6-8), le ha sido propuesto lo que significa ser plenamente hombre (el barro y la saliva); con ello adquiere la visión y la conciencia de su dignidad. Ha recibido ese bien humano, la visión, independientemente de toda profesión de fe, y lo ha recibido gratuitamente, pues Jesús ha tomado la iniciativa y no ha puesto condiciones para obtenerlo. La conclusión primera a que llega el hombre es la bondad del don y el amor del dador. Sólo más tarde, como segundo paso, descubre en Jesús, realizador de ese bien, una presencia más que humana, reconociéndolo como el hombre en el que está presente Dios y el lugar donde se le rinde culto. Es en este momento cuando el ciego adquiere la visión completa. No descubre, sin embargo, algo nuevo, pero sí es capaz de dar nombre al amor que ya había experimentado.
Jn 9,39-10,21: La explotación del pueblo y la alternativa de Jesús
Expulsado de la sinagoga el ciego que recobró la vista (9,34), se plantea el problema de la legitimidad de los dirigentes que lo han hecho. Han pretendido dar sentencia condenatoria contra Jesús y contra el ciego curado que se le unió, y lo han hecho en nombre de Dios, pero, en realidad, son ellos los que han resultado culpables en el proceso (9,39-41). La autoridad que se arrogan es ilegítima, son ladrones y bandidos que destrozan el rebaño (10,1). Por eso afirma Jesús que su misión como enviado de Dios es sacar de la institución opresora al pueblo explotado (10,2-5), para formar una comunidad alternativa y universal (10,16), donde el ser humano encuentre su plenitud. Para ello, está dispuesto a dar su propia vida (10,11-18).
39-41 Añadió Jesús: «Yo he venido a abrir un proceso contra el orden este; así, los que no ven, verán, y los que ven, quedarán ciegos». Se enteraron de esto aquellos fariseos que habían estado con él, y le preguntaron: «¿Es que también nosotros somos ciegos?» Les contestó Jesús: «Si fuerais ciegos, no tendríais pecado; pero como decís que veis, vuestro pecado persiste».
Jesús anuncia el efecto de su venida. No es misión suya juzgar a la humanidad (3,17; 12,47), pero su presencia y actividad denuncian el modo de obrar del orden opresor (7,7; 8,23) y abren un proceso contra él. El proceso está ya incoado, pues obliga a todos a definirse: quienes están por el hombre, por la liberación y la vida, se pondrán de parte de Jesús; los opresores se ponen en contra.
Se van a trastocar las situaciones establecidas (los que no ven verán etc.): los que nunca han podido conocer, como el ciego, conocerán, porque van a experimentar la acción de Dios, y, con ella, su amor. En cambio, los que podían conocer, pero engañaban y explotaban al pueblo con una falsa doctrina, al consumar su rechazo de Jesús quedarán ciegos, perderán para siempre la luz de la vida.
Estas palabras llegan a oídos de aquellos fariseos que, en principio, mostraban cierta conformidad con Jesús y le hacen una pregunta. Son, sin duda, los que, durante el proceso del ciego curado se habían puesto tímidamente de parte del ciego y de Jesús (9,16). Sin embargo, al final, ellos se habían quedado dentro de la institución y al antes ciego lo habían echado fuera (9,34). El pecado de ellos es, si cabe, mayor, porque creen estar en el número de los que ven. No se percatan de que su relativa disidencia no cuenta dentro del sistema ni mella su férrea coherencia en la distorsión de la idea de Dios y del hombre. Es un sistema de muerte y tiniebla; si no quieren ser cómplices de su ceguera tienen que salir de él.
El ciego de nacimiento no tenía pecado (9,3); estos fariseos, que tienen posibilidad de responder a la luz, lo tienen. Si tuvieran amor al hombre, rectificarían; pero más que el ser humano, les importa su propia posición dentro del sistema opresor. Su pecado persiste.

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