La esperanza de una humanidad transfigurada

Domingo 2º de Cuaresma

1 de marzo de 2026

Primera lectura. Génesis 12,1-4a: El Señor dijo a Abram: – Sal de tu tierra nativa y de la casa de tu padre, a la tierra que te mostraré.

Salmo 32,4-5.18-20.22: La palabra del Señor es sincera, y todas sus acciones son leales él ama la justicia y el derecho, y su misericordia llena la tierra.

Segunda lectura: 2ª Timoteo 1,8b-10: Participa conmigo de los duros trabajos por el evangelio, con la fuerza Dios.

                               Evangelio: Mateo 17,1-9

     17 1 Seis días después se llevó Jesús a Pedro, a Santiago y a su hermano Juan y subió con ellos a un monte alto y apartado. 2Allí se transfiguró delante de ellos: su rostro brillaba como el sol y sus vestidos se volvieron esplendentes como la luz. 3De pronto se les aparecieron Moisés y Elías conversando con él.

       4 Intervino Pedro y le dijo a Jesús:

     – Señor, viene muy bien que estemos aquí nosotros; si quieres, hago aquí tres chozas, una para ti, otra para Moisés y otra para Elías.

       5 Todavía estaba hablando, cuando una nube luminosa los cubrió con su sombra. Y dijo una voz desde la nube:

     – Este es mi Hijo, el amado, en quien he puesto mi favor. Escuchadlo.

       6 Al oírla cayeron los discípulos de bruces, aterrados.

       7 Jesús se acercó y los tocó diciéndoles:

     – Levantaos, no tengáis miedo.

       8 Alzaron los ojos y no vieron más que al Jesús de antes, solo.

       9 Mientras bajaban del monte, Jesús les mandó:

     – No contéis a nadie la visión hasta que el Hijo del hombre resucite de la muerte.

El texto y un breve comentario de cada una de las lecturas de este domingo se podrán encontrar pulsando más arriba, en los enlaces correspondientes.

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Comentario tomado de la página web “Llamados a ser libres” de Rafael J. García Avilés: www.rafaelj.net.
Carl Bloch, Transfiguración, 1872, Palacio de Frederiksborg, Hillerod, Dinamarca

La esperanza de una humanidad transfigurada

    Hay mucha gente interesada en que nos creamos que ya hemos llegado al final: que ya no hay más historia y que, por tanto, no hay alternativa ante la situación presente. Sólo nos quedaría la tarea de consolidar lo que ya hemos conseguido.

    Pero la historia no ha terminado; las posibilidades de la humanidad no se han agotado.

    Otro mundo y otra humanidad —mucho mejores— son posibles. Y si creemos que Dios sigue queriendo ser Padre de todos los hombres y que Él quiere que todos vivamos como hermanos… parece evidente que todavía queda mucho camino por hacer. Y es Jesús quien nos muestra el camino al final del cual veremos realizada la esperanza —que debemos mantener viva mientras la travesía dure —de una humanidad transfigurada.

Sal de tu casa

    Al terminar de leer el capítulo 11 del libro del Génesis se tiene la impresión de que se ha llegado al final. El hombre ha alcanzado el grado máximo de enfrentamiento con Dios en el relato de la Torre de Babel, en el que el «seréis como dioses» del primer pecado llega a su culmen. Las relaciones con Dios han quedado, parece, definitivamente rotas; se ha hecho imposible la plena comunicación entre todos los miembros de la única raza humana, dispersa ahora por toda la tierra.  El capítulo termina centrando su atención sólo en los descendientes de Sem, uno de los hijos de Noé; y la lista de sus descendientes concluye en Abram, casado con Saray, una mujer estéril (la primera mujer estéril). Todo parece haber acabado; la humanidad ya no tiene futuro.

    Pero al pasar la página, al comenzar el capítulo siguiente, el horizonte de la historia humana vuelve a abrirse por iniciativa divina: a la maldición que el hombre parece haber atraído sobre sí, responde Dios con la llamada a Abram y con la promesa de bendición que, a través de él, se ofrece a «todas las familias de la tierra».

    La llamada de Dios a Abram incluye la exigencia de que rompa con todo lo que queda atrás: su tierra, su herencia, su familia… con todos los lazos que le atan al pasado. Casado con una mujer estéril, la promesa que Dios le hace —«haré de ti un gran pueblo»— anuncia una nueva creación; y en el fondo del horizonte empieza a brillar de nuevo la posibilidad de una humanidad nueva, renovada, reconciliada con su Creador y nuevamente unida: «El Señor dijo a Abram: Sal de tu tierra y de la casa de tu padre hacia la tierra que te mostraré. Haré de ti un gran pueblo… Con tu nombre se bendecirán todas las familias del mundo».

    La meta que el Señor le señala será una experiencia de amor y de comunión con muchas otras personas: todo un pueblo a cambio de una sola familia; la humanidad entera como horizonte de aquel pueblo; y ser cauce de la bendición de Dios para toda la Tierra a cambio de abandonar un pequeño trozo de tierra. Romper con el pasado para dar paso a un futuro mejor.

    En aquel momento esa meta debió resultarle bastante lejana y difícil de alcanzar; no obstante la respuesta de Abram fue inmediata: se levantó y se puso en camino, —«Abram marchó, como le había dicho el Señor»—.

Camino duro y difícil… pero solidario

    Después de llamar a Abraham, Dios invitó a muchos otros hombres a dejar la casa de sus padres para ponerse a trabajar en un proyecto mucho más importante que el de conservar un patrimonio familiar y mantenerse fiel a la solidaridad del clan.

    También Jesús abandonó su casa para ponerse al servicio del proyecto de Dios.  Y su proyecto es el más ambicioso, pues integra, da cumplimiento y supera todos los anteriores. Éste consiste en construir un nuevo mundo del que están llamados a formar parte todos los seres humanos con los que Dios pretende establecer una nueva y muy especial relación: quiere ser Padre de los que lo acepten como tal y decidan incorporarse a esa nueva humanidad; y, por eso, en ese mundo se deberá llegar a la máxima calidad de amor: el amor que se tienen los buenos hermanos.

    Jesús no se llevó a su familia, pero tampoco él hizo el camino solo; desde el principio, llamó a otras personas, -a otros hermanos: ver comentario al domingo 3º de T. Ordinario– para que lo acompañaran y se incorporaran a su tarea. Pero, quizá porque la meta era más exigente, su camino fue aún más duro y más largo que el de Abraham y el de cualquiera de los que lo habían precedido. Y el cansancio hizo mella en los que había invitado a caminar con él.

Seis días después

    No podemos entender el significado del evangelio de este domingo sin tener en cuenta el contexto en el que se inserta:

    Jesús acababa de anunciar a sus discípulos que el Mesías tenía que «ir a Jerusalén, padecer mucho a manos de los senadores, sumos sacerdotes y letrados, ser ejecutado y resucitar al tercer día»; y se había visto obligado a enfrentarse con dureza a la actitud de Pedro, que quiso torcer su camino (16, 21-22). Igualmente había anunciado que quienes quisieran seguirlo deberían estar dispuestos a correr una suerte similar: «El que quiera venirse conmigo, que reniegue de sí mismo, cargue con su cruz y me siga» (16,25). Este doble anuncio suponía para los discípulos de Jesús una gran desilusión. Ellos, apoyados en su ley y en sus profecías, esperaban que el día del Mesías sería glorioso para éste y para sus seguidores, a la vez que terrible para sus adversarios. Y Jesús les hablaba de padecer, de ser ejecutado, de perder la vida… Les estaba proponiendo que lo siguieran por un camino difícil y duro. Y no acababan de ver clara la meta.

    Porque, aunque el anuncio de Jesús terminaba con el anuncio de la resurrección, de la victoria final —«…y resucitar al tercer día»—, las palabras de Jesús no fueron suficientes. Por eso, «seis días después», Jesús escoge a tres de sus discípulos para ofrecerles una experiencia extraordinaria.

    La transfiguración anticipa la meta de Jesús y, en él, el destino último de la humanidad toda. Al situarla el día sexto (el de la creación de la humanidad) Mateo nos indica que esa meta constituye la culminación del proyecto creador de Dios. Jesús es el hombre nuevo que, transfigurado —«su rostro brillaba como el sol y sus vestidos se volvieron esplendentes como la luz»—, anticipa cuál será su final y, en consecuencia, el de los que lo sigan en un compromiso como el suyo; ese final no será el sufrimiento y la muerte, sino una vida desbordante, en presencia y en compañía de Dios, sin sombra de dolor y sin causa alguna de tristeza. Para convencerlos —los presentes eran judíos observantes— les presenta el testimonio de su propia tradición: Moisés (que representa la Ley) y Elías (la tradición profética), indicando así que Jesús es la plenitud de todo el Antiguo Testamento.

Entusiasmo y… tentación

    La experiencia les entusiasmó hasta tal punto que se convirtió en una doble y peligrosa tentación para ellos, como reflejan las palabras de Pedro.  Por un lado, pone a la Ley y los profetas al mismo nivel de Jesús; por otro, propone convertir en definitivo lo que sólo era un anticipo: «Señor, viene muy bien que estemos aquí nosotros; si quieres, hago aquí tres chozas, una para ti, otra para Moisés y otra para Elías». Todo lo que él quería se encontraba en aquel momento allí presente: Moisés y Elías, su pasado, sus tradiciones, sus esperanzas; y Jesús, a quien había dado su adhesión, la inminente realización definitiva de sus esperanzas. Juntos su pasado, su presente y su futuro. Y todo sin tener que romper con nada. Y todo sin tener que arriesgar nada. ¿Por qué no instalarse definitivamente en aquel lugar? ¿Por qué no dar por terminada la historia?

Solo a él

    La voz del cielo —de Dios— pone fin a la experiencia y restablece la jerarquía correcta, recordando que Jesús no es un profeta más, sino el Hijo amado de Dios, y dejando claro que es a Jesús, que se queda —él solo— con los tres discípulos, al único que deben escuchar.

    A él solo. Moisés, Elías y el resto del Antiguo Testamento eso pertenecen a una época ya superada. Ahora la voz de Dios sólo se oye cuando habla Jesús, el Hijo de Dios, en el que reside y se manifiesta el amor del Padre. Todo lo demás es relativo. Todo. Todas las palabras y todas las voces: su valor depende de que coincidan, de que sean coherentes con la palabra y la voz, con la vida y la muerte de Jesús.

Levantaos

    Escuchar la voz de Dios les produce terror. Y eso también va a cambiar. Es la voz de Jesús la que los tranquiliza y los devuelve del todo a la realidad.

    No hay que tener miedo; pero el camino no se termina aquí, la historia no ha llegado a su fin. «Levantaos», les dice Jesús. Hay que bajar de las alturas, hay que seguir caminando. No es posible recorrer hacia atrás la propia historia. Y tampoco se puede detener el presente. El presente hay que arriesgarlo y así construir el futuro. Sin miedo.

    Y, con Jesús, bajan del monte para hacer el camino que lo llevará al conflicto y a la muerte, antesala de la resurrección.

    Porque Jesús acabará triunfando, glorioso, definitivamente transfigurado; pero después de terminar su camino, después de llevar a término por completo su compromiso. Todavía tenía que terminar de impartir una importante lección con su vida: cómo se ama a los demás hasta el don de sí mismo; y tenía que instruir a algunos para que aprendieran a practicarlo y enseñaran a los demás a hacer lo mismo.

    El sufrimiento y la muerte formaban parte de esa lección. No por su gusto, sino por la malicia de los falsos maestros y de aquellos para quienes trabajaban esos maestros. Y, por supuesto, no por voluntad de Dios: Dios no ofrece vida —su vida— a cambio de dolor. Lo que sucede es que para participar de la gloria de Dios hay que parecerse a él. Y Dios es amor. Y el amor es incompatible y, por eso, siempre perseguido por quienes son esclavos del egoísmo, del odio, de la ambición, del deseo de poder, de la voluntad de dominio. O por quienes en el lugar del corazón tienen un código de piedra… o, simplemente, el billetero.

    Pero Jesús no intentó escapar a los inconvenientes de su magisterio; y su cercanía con Dios nunca le sirvió de evasión sino de estímulo para llegar hasta el fin en su compromiso. En esa lección se cumplieron y se superaron todas las enseñanzas anteriores y quedaron abiertos para toda la humanidad, el camino y la esperanza de una humanidad definitivamente transfigurada.

Comentario 2º Tomado de: Juan Mateos – Fernando Camacho, Marcos, Texto y comentario.

La transfiguración.

El estado definitivo del Hombre (9,2-10)

(Mt 17,1-13; Lc 9,28-36):

    Ante la violenta reacción de Pedro, portavoz del grupo de discípulos, a la predicción sobre el destino del Hijo del hombre (8,32), Jesús quiere convencerlos, mediante una experiencia extraordinaria, de que aceptar incluso la muerte por procurar a otros vida y plenitud humana no significa el fracaso del hombre y de su proyecto vital, sino que, por el contrario, asegura el éxito definitivo de la existencia.

2 A los seis días Jesús se llevó consigo a Pedro, a Santiago y a Juan, los hizo subir a un monte alto, aparte, a ellos solos, y se transfiguró delante de ellos…

    Jesús toma consigo a los tres discípulos más representativos y que mayor resistencia ofrecen al mensaje (3,16s, sobrenombres; cf.  5,37); quiere mostrarles el estado final del Hombre, que, con su entrega, ha superado la muerte (cf. 8,31.35). El monte alto es símbolo de una importante (altura) manifestación divina; la precisión aparte alude, como en los contextos anteriores (4,34; 7,33), a la incomprensión de estos discípulos. La escena anticipa lo que será la condición de resucitado.

3-4 … sus vestidos se volvieron de un blanco deslumbrador, como ningún batanero en la tierra es capaz de blanquear. Se les apareció Elías con Moisés; estaban conversando con Jesús.

    El blanco deslumbrador imposible de obtener en este mundo simboliza la gloria de la condición divina (cf. 16,5): Jesús se manifiesta en la plenitud de su condición de Hombre-Dios. Dos personajes, Elías (los profetas) y Moisés (la Ley), que representan el AT en su totalidad, se aparecen para ser vistos por los discípulos, pero no hablan con ellos, sino con Jesús; el verbo conversar aparece en Ex 34,35 para indicar que Moisés recibía instrucciones de Dios: ahora es todo el AT el que las recibe de Jesús; él es el punto de llegada, la meta a la que tendía toda la revelación anterior: el  AT no tiene ya un mensaje directo para los cristianos, su validez o caducidad se juzga a partir de Jesús. Los discípulos deberían comprenderlo.

5  Reaccionó Pedro diciéndole a Jesús: “Rabbí, viene muy bien que estemos aquí nosotros; podríamos hacer tres chozas: una para ti, otra para Moisés y otra para Elías”.

    La reacción de Pedro es característica: Rabbí (en Mc, sólo en boca de Pedro, 9,5; 11,21, y de Judas, 14,45) era el título honorífico de los maestros de la Ley, fieles a la tradición judía: muestra Pedro que la visión no ha cambiado su mentalidad, sigue apegado a esa tradición. Ofrece Pedro la colaboración de los tres (podríamos hacer) y pretende poner en pie de igualdad a Jesús, Moisés y Elías (tres chozas), es decir, integrar el mesianismo de Jesús en las categorías del AT: Moisés (liberación de Israel con muerte de los enemigos), Elías (celo reformador y violento, 1 Re 18,40; 19,14ss; 2 Re 1,9-12; Eclo 48,1ss; cf. Mc 1,29-31). No ve en la gloria que se ha manifestado un estado final, cree que pertenece a la vida histórica de Jesús y desea que se ponga al servicio de la restauración de Israel.

6  Es que no sabía cómo reaccionar, porque estaban aterrados.

    El ofrecimiento de Pedro a colaborar ha sido un intento de congraciarse a Jesús; de hecho, los tres discípulos sienten terror ante la gloria que se manifiesta en él, que, dada su anterior resistencia, sienten como una amenaza. No comprenden que la visión es un acto de amor de Jesús, que pretende liberarlos de los ideales mezquinos y exclusivistas que limitan su horizonte y les impiden su desarrollo humano.

7-8   Se formó una nube que los cubría, y hubo una voz desde la nube: «Este es mi Hijo, el amado: escúchenlo a Él». Y de pronto, al mirar alrededor, ya no vieron a nadie más que a Jesús solo con ellos.

    La nube es símbolo de la presencia divina (cf. Ex 40,34-38). La voz revela a los discípulos la identidad de Jesús (cf. 1,11) y refrenda su enseñanza: es el único a quien deben escuchar (cf. Dt 18,15.18). El AT queda ya sin voz propia; escuchando a Jesús, la comunidad cristiana integra o descarta la doctrina del AT. Termina la manifestación.

9  Mientras bajaban del monte les advirtió que no contasen a nadie lo que habían visto hasta que el Hijo del hombre resucitase de la muerte.

    Como los discípulos la han interpretado mal, no deben divulgar su error. Lo que se ha manifestado es la gloria definitiva del Hombre dotado de la condición divina, «el Hijo del hombre». Esta denominación, de sentido extensivo, indica que la misma condición gloriosa deberá extenderse a sus seguidores. Para los tres discípulos, sólo después de la muerte de Jesús, que mostrará la calidad de su mesianismo, podrá encontrar su contexto interpretativo. Pero debería prepararlos para la escena de Getsemaní (14,33).

10 Ellos se atuvieron a este aviso, aunque discutían entre sí qué significaba aquel «resucitar de la muerte».

    Los discípulos han disociado de la muerte de Jesús la visión que acaban de tener; esperan esa gloria para su vida mortal. Por eso no comprenden qué pueda significar resucitar de la muerte. A pesar de la anterior predicción de Jesús (8,31), siguen esperando el triunfo terreno.


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