Hacia un mundo nuevo

Segundo domingo después de Navidad

HACIA UN MUNDO NUEVO


Primera lectura: Eclesiástico 24,1-2.8-12:

            La sabiduría de Dios habitó en el pueblo escogido

Salmo responsorial 147: El Verbo se hizo carne y habitó entre nosotros Segunda lectura: Carta a los Efesios 1,3-6.15-18:

            Él nos ha destinado por medio de Jesucristo a ser sus hijos

EVANGELIO

Juan 1,1-18:

La Palabra se hizo hombre

y acampó entre nosotros.

Fachada de la Basilica de la Natividad en Belén

Nota: El texto que sigue puede oírse en este enlace: https://www.youtube.com/watch?v=vEhYlhUV39s

1 1 Al principio ya existía la Palabra

 y la palabra se dirigía a Dios

 y la Palabra era Dios.

 2 Ella al principio se dirigía a Dios.

3 Mediante ella existió todo,

 sin ella no existió cosa alguna

 de lo que existe.

4 Ella contenía vida

 y la vida era la luz del hombre:

5 esa luz brilla en la tiniebla

 y la tiniebla no la ha apagado.

6 Apareció un hombre enviado de parte de Dios,

 su nombre era Juan;

 este vino para un testimonio,

7 para dar testimonio de la luz,

 de modo que, por él, todos llegasen a creer.

8 No era él la luz,

 vino sólo para dar testimonio de la luz.

9 Era ella la luz verdadera.

 la que ilumina a todo hombre

 llegando al mundo.

10 En el mundo estaba

 y, aunque el mundo existió mediante ella,

 el mundo no la reconoció.

11 Vino a su casa,

 pero los suyos no la acogieron.

12 En cambio, a cuantos la han aceptado.

 los ha hecho capaces de hacerse hijos de Dios:

 a esos que mantienen la adhesión a su persona;

13 los que no han nacido de mera sangre derramada

 ni por mero designio de una carne

 ni por mero designio de un varón,

 sino que han nacido de Dios.

14 Así que la Palabra se hizo hombre,

 acampó entre nosotros

 y hemos contemplado su gloria

 -la gloria que un hijo único recibe de su padre-

 plenitud de amor y lealtad.

15 Juan da testimonio de él

 y sigue gritando:

 – Este es de quien yo dije:

 “El que llega detrás de mí

 estaba ya presente antes que yo,

 porque existía primero que yo”.

16 La prueba es que de su plenitud

 todos nosotros hemos recibido:

 un amor que responde a su amor.

17 Porque la Ley se dio

 por medio de Moisés;

 el amor y la lealtad han existido

 por medio de Jesús Mesías.

18 A la divinidad nadie la ha visto nunca;

 un Hijo único, Dios,

 el que está de cara al Padre,

 él ha sido la explicación.

El “nuevo-viejo” mundo

El Nuevo Mundo, descubierto por Colón, se ha vuelto viejo. Tanto o más viejo que Europa, el Viejo Mundo; se puede decir que envejeció a marchas forzadas. Hace 35 años cayó el muro de Berlín. Fue el año 2009. Y creíamos que, con la caída del muro y el derrumbe de la URSS, iba a terminar la carrera de armamentos, y que, al desaparecer la competencia entre dos sistemas económicos y políticos opuestos -el capitalismo y el socialismo a la usanza soviética-, surgiría un mundo nuevo. Soñamos, entonces, con un mundo gobernado por las Naciones Unidas desde el que las grandes potencias colaborarían entre sí para evitar los conflictos armados y abordar los grandes problemas de la humanidad.

Pero no fue así. Triunfó América con su sistema democrático, pero capitalista y neoliberal; perdió y se desintegró la URSS, con su socialismo autoritario. Y, tras esto, el nuevo orden internacional se volvió más complejo que el anterior.

Un mundo en conflicto

Surgieron conflictos terribles como los de Bosnia y Ruanda. Con el neoliberalismo imperante se fomentó el individualismo, el materialismo -poderoso caballero es don Dinero- y el hedonismo a tope. Los EEUU, con el presidente Busch a la cabeza, aspiraron a un proyecto imperial que acabó por estrellarse en todas partes (Afganistán, Irak, Palestina). Después vinieron las primaveras árabes -apagadas una a una- que reclamaban derechos democráticos en Túnez, Libia, Egipto o Yemen. Luego, el Daesh o Estado islámico y la guerra de Siria que ha dejado 6,6 millones de personas desplazadas dentro de Siria y 5,6 millones que han tenido que abandonar el país, viviendo como refugiados en países vecinos como Turquía, Líbano o Jordania, que no cuentan con las condiciones adecuadas para acogerlos.

Y, mientras tanto, estaban emergiendo con fuerza China y los países del Este asiático, que, con Estados Unidos y Europa, se juegan ahora el liderazgo mundial, flanqueados por los países del G-20 (Rusia, India, Brasil o Sudáfrica junto a potencias tradicionales como Francia, Reino Unido, Alemania o Japón).

Así, de un mundo bipolar (Estados Unidos y la URSS), hemos pasado en pocos años a otro multipolar que debiera ofrecer luz a la humanidad y no tinieblas.

Los descartados

En este nuevo y más complejo mundo, la verdadera libertad, la plataforma que hace posible el desarrollo plenamente humano, está siendo amenazada por la fuerza del capital. Como resultado, gran parte de los habitantes del planeta -los países pobres o en vías de desarrollo- se ven hoy casi fuera de juego, “descartados”, como dice el Papa Francisco- con unas poblaciones de desempleados y hambrientos sin número y con cada vez menos perspectivas de futuro. Podemos decir que el proyecto de un mundo nuevo, igualitario y, por ello, más humano con el que soñábamos ha fracasado, pues incluso, de esos años acá, la desigualdad entre los seres humanos ha crecido lamentablemente.

Profetas de un nuevo mundo

Sin embargo, a pesar de tanta oscuridad y tiniebla, os invito a soñar, pues la humanidad está falta de sueños. Pienso que algo está cambiando radicalmente en nuestra sociedad y me atrevo a afirmar que, con la tremenda crisis de valores que vivimos, está naciendo otro mundo. Porque cada día hay más mujeres y hombres, ancianos, jóvenes y niños -muy pocos todavía, sin embargo- que no quieren vivir envueltos en esta tiniebla de sociedad. Estos no tienen conciencia de ser ciudadanos de un país, sino del Universo; son como profetas de un nuevo mundo: movimientos, en muchos casos insignificantes y débiles, como niño que nace, que proclaman a los cuatro vientos con su vida y su entrega al otro, -especialmente al que ha sido dejado a la vera del camino-, la venida utópica, pero posible, de otra sociedad: movimientos feministas, pacifistas, ecologistas, antimilitaristas, organizaciones en pro de la paz y de los derechos humanos, ONGS de todo tipo y, a menor escala, asociaciones de barrio y grupos humanos, cristianos o no, que se debaten por sobrevivir, medio aplastados por los poderosos “sin rostro” que lo invaden todo, como las multinacionales, los mercados o el capital, que “tanto monta, monta tanto”.

No. No todo es tiniebla en este mundo, pues tampoco conviene olvidar, que gracias a Internet, está creciendo aceleradamente algo realmente novedoso: una opinión pública, internacional, capaz de organizarse y de presionar a los dirigentes políticos y en la que están arraigando profundamente los valores de la democracia, los derechos humanos y la protección medioambiental. Esa opinión pública somos todos nosotros, los ciudadanos.

Los que pertenecen ya a este “nuevo mundo” que vendrá, sin lugar a dudas, sólo tienen por fuerza la potencia de su voz, la veracidad de sus denuncias, la firmeza de sus buenos propósitos, la utopía de sus proyectos, la buena voluntad y la capacidad de soñar de sus componentes.

Son como un rayo de luz que rasga la tiniebla de este mundo, como dice el evangelista Juan, y se lee en las Iglesias este domingo de la Natividad del Señor: “Al principio existía la Palabra [ … ]. Ella contenía vida y la vida era la luz del hombre: esa luz brilla en la tiniebla y la tiniebla no la ha apagado”[ … ].  Yo me atrevería a decir que la palabra y el pensamiento de tanta gente como esta brilla en la tiniebla de un mundo, que no puede apagarla.

Desde siempre -dice Juan en su evangelio- hubo en el seno de este mundo una lucha entre la luz y las tinieblas, entre lo nuevo y lo viejo, entre la vida y la muerte. Dos mundos: el que anuncia la vida y la luz para el ser humano, y el que siembra semillas de muerte. Tinieblas y mundo, como sistema de opresión, se corresponden. Quien brinda por la luz rompe la oscuridad de las tinieblas, este orden inhumano e injusto, por insolidario, donde imperan otros señores distintos del amor, lo único que da la felicidad al ser humano.

Jesús, luz del mundo

Jesús de Nazaret, con su estilo de vida, pobre, compasivo, austero y solidario, se proclamó “luz del mundo” y con sus palabras y sus obras apuntó a ese mundo nuevo, que él llamaba “el reino o reinado de Dios”. Todo su programa de vida lo resumió el autor del libro de los Hechos así: “Jesús de Nazaret, ungido por Dios con la fuerza del Espíritu Santo, pasó haciendo el bien y curando a todos los sojuzgados por el diablo, porque Dios estaba con él” (Hch 10,38), algo semejante a lo que hace tanta gente que, conociendo o no al Maestro nazareno, está alumbrando con su lucha tenaz un futuro esperanzador.

Que no decaiga la esperanza y que no falten las fuerzas, pues ese mundo nuevo está naciendo a pesar de quienes se empeñan en apagar la luz con su tiniebla.


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