Emanuel: Dios entre nosotros

Domingo 4º de Adviento

21 de diciembre de 2025

Primera lectura. Isaías 7,10-14: Escucha, heredero de David: ¿No os basta cansar a los hombres, que cansáis incluso a mi Dios? Pues el Señor, por su cuenta, os dará una señal: Mirad: La joven está encinta y dará a luz un hijo, y le pondrá por nombre Dios-con-nosotros.

Salmo 23(24),1-4a.5-6: ¿Quién puede subir al monte del Señor? ¿Quién puede estar en el recinto sacro? El hombre de manos inocentes, y puro corazón, que no confía en los ídolos ni jura contra el prójimo en falso.


Segunda lectura. Romanos 1,1-7: Esta buena noticia … se refiere a su Hijo que, por línea carnal, nació de la estirpe de David y, por línea de Espíritu santificador, fue constituido Hijo de Dios en plena fuerza a partir de su resurrección de la muerte: Jesús, Mesías, Señor nuestro.

Evangelio. Mateo 1,18-24

          18Así nació Jesús el Mesías: María, su madre, estaba desposada con José y, antes de vivir juntos, resultó que esperaba un hijo por obra del Espíritu Santo. 19Su esposo, José, que era hombre justo y no quería infamarla, decidió repudiarla en secreto. 20Pero, apenas tomó esta resolución, se le apareció en sueños el ángel del Señor, que le dijo:

– José, hijo de David, no tengas reparo en llevarte contigo a María, tu mujer, porque la criatura que lleva en su seno viene del Espíritu Santo. 21Dará a luz un hijo, y le pondrás de nombre Jesús, porque él salvará a su pueblo de los pecados.

          22Esto sucedió para que se cumpliese lo que había dicho el Señor por el profeta:

          23Mirad: la virgen concebirá y dará a luz un hijo y le pondrán de nombre Emanuel (Is 7,14).

      (que significa «Dios con nosotros»).

          24Cuando se despertó José, hizo lo que le había dicho el ángel del Señor y se llevó a su mujer a su casa.

El texto y un breve comentario de cada una de las lecturas de este domingo se podrán encontrar pulsando más arriba, en los enlaces correspondientes.

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Comentario tomado de la página web “Llamados a ser libres” de Rafael J. García Avilés: www.rafaelj.net.

Alfredo Guttero, Anunciación, 1928, Museo Nacional de Bellas Artes, Buenos Aires

Emanuel: Dios entre nosotros

            Sorprende y es, al mismo tiempo, revelador que la mayoría de los profesionales de lo religioso hayan dicho siempre que la mayor aspiración del hombre debe ser subir al Cielo. Y resulta así porque Dios, en dirección contraria, ha estado bajando permanentemente a la Tierra. Desde que escuchó los lamentos de los esclavos israelitas y decidió bajar a liberarlos de la opresión (Ex 3,7-8) el Señor se caracterizó, hasta por su nombre, como un Dios que no se queda en el cielo, sino que baja y se hace presente preocupándose y ocupándose de los problemas de la humanidad. Esta presencia y esta identificación llegaron a su extremo, al colmo, con la encarnación: Dios no sólo ha querido compartir nuestros problemas desde el cielo, sino en nuestra propia carne.

            Pero…, a pesar de que celebremos cada año el nacimiento de Enmanuel, Dios-con/entre-nosotros, cada vez resulta más difícil descubrir que Dios habita en este mundo.

El primer Emanuel

            Isaías, que cuando tenía que denunciar los abusos y las infidelidades de la corte no se mordía la lengua, tenía, sin embargo, una visión positiva de la monarquía, institución que él consideraba depositaria de la promesa que Dios había hecho a David: «Tu casa y tu reino durarán por siempre en mi presencia; tu trono permanecerá por siempre» (2Sam 7,16); y confiaba que dicha promesa se cumpliría, aunque, eso sí, dependiendo de una importante condición, la fidelidad del pueblo a su compromiso con Dios: «Si no creéis, no subsistiréis» (Is 7,9b).

            En tiempo de Isaías, reinando en Judá un rey de nombre Acaz (736-721 a. C.). Israel, el reino del Norte, coaligado con Damasco atacó Jerusalén con la intención de destronar al rey de Judá y sustituirlo por otro rey ajeno a la dinastía de David, heredera de la promesa. Acaz, asustado, pensó en pedir ayuda a una de las grandes potencias de entonces, a Asiria, con capacidad militar más que sobrada para acabar, sin esfuerzo, con Israel. Isaías se opone a esa alianza, pues supone perder la confianza en la ayuda del Señor, Dios de Israel. En este contexto debemos entender la profecía acerca de Emanuel.

            Los eruditos discuten si el niño del que se habla en la profecía era un hijo del mismo Isaías o un hijo del rey. Pero lo que ahora nos interesa no es eso, sino la noticia encarnada en ese niño, el mensaje que revela su nombre: Dios sigue presente en medio de su pueblo pues su solidaridad no depende de la voluntad del rey, sino de su fidelidad al compromiso que Él asumió en el desierto –Vosotros seréis mi pueblo y yo seré vuestro Dios-. Por eso la salvación del pueblo no vendrá nunca de la alianza con poderes humanos, siempre opresores, sino que procederá de la Alianza con el Señor de la liberación: el pueblo se puede salvar si mantiene su fidelidad —es decir, si vive de acuerdo con los valores y las exigencias de su pacto con el Señor— (Is 7,9b: «Si no creéis, no subsistiréis»), porque, en tal caso, dice Isaías, estará Dios-con-nosotros.

¿Por qué tan cerca?

            Los hombres, incluso muchos que sinceramente trataban de encontrar a Dios, siempre lo buscaban lejos de la tierra y, por eso, lejos de los hombres que trabajaban la tierra y, por supuesto, muy lejos de los hombres que arrastraban su vida por la tierra: pensaban que Dios debía poseer más riquezas que el más rico de los hombres, más poder que el rey más poderoso, más fuerza que el más valiente —¿o violento?— de los humanos. Así lo imaginaban y se iban a buscarlo a los templos, palacios edificados generalmente en las montañas, cuanto más elevadas, mejor. Y al buscar a Dios, se olvidaban de los seres humanos, de sus sufrimientos, de sus carencias, de su necesidad de amor… Y tal vez hoy hay quienes siguen pensando así.

            Había además otros hombres que, aunque hablaran mucho de Dios, no estaban interesados más que vivir como dioses: con más riqueza, con más poder y con más capacidad de violencia que cualquier otra persona. Éstos, en nombre de Dios, sometían y esclavizaban a otros hombres y, en su beneficio, les obligaban a trabajar la tierra, usando la violencia para preservar el orden que a ellos les interesaba y que trataban de hacer creer que provenía del mismo Dios. Y seguro que hoy hay quienes siguen actuando así.

            El evangelio de este último domingo de Adviento corrige a unos y desautoriza a los otros.

El auténtico Emanuel

            Mateo usa la profecía de Isaías (según la traducción griega, que dice virgen donde el hebreo decía joven), para aplicarla a Jesús. De este modo nos dice que no son ni el hijo de Isaías ni el de Acaz quienes deben llamarse con toda propiedad Dios-con-nosotros, sino Jesús.

            Al afirmar que Jesús nació de una virgen nos está diciendo, con otras palabras, lo mismo que dice San Pablo en la segunda lectura: «Esta buena noticia, prometida ya por sus profetas en las Escrituras santas, se refiere a su Hijo que, por línea carnal, nació de la estirpe de David, y por línea del Espíritu santificador, fue constituido Hijo de Dios en plena fuerza a partir de su resurrección de la muerte: Jesús, Mesías, Señor nuestro». Esta revelación de Jesús como Hijo de Dios, que para Pablo adquiere su plena fuerza en la resurrección, Mateo la anuncia mediante el relato de su nacimiento de una virgen, apoyándose en la profecía de Isaías, para trasmitirnos esta noticia: Jesús, desde su nacimiento, hace presente a Dios-con-nosotros.

            Mateo nos revela así que Jesús es Hijo de Dios, una persona totalmente nueva; su carne es plenamente humana, pero ni él ni su mensaje dependen de ninguna tradición terrena, ni están viciados por los dislates y atrocidades en que, a lo largo de la historia, ha ido cayendo la humanidad. El relato de la concepción virginal de Jesús no supone, por tanto, un desprecio de nada de lo que es verdaderamente humano: muestra que Dios tiene el corazón cerca de la humanidad, pero que no está de acuerdo con el orden que los humanos se han dado, que no está con ellos cuando se explotan y se desprecian unos a otros.

            En la cultura judía era el padre el que insertaba al hijo en el pueblo, el que le trasmitía el conjunto de creencias y valores tradicionales. Por eso, si Mateo nos dice que María quedó embarazada antes de que ella y José vivieran juntos, eso significa que el mensaje -tan profundamente humano- y la misión de Jesús vienen directamente de Dios.

            Él va a hacer presente a Dios en el mundo, no como algunos hombres esperan o como a otros les interesa, sino como Dios quiere ser encontrado: pequeño, pobre y humilde y, sobre todo, solidario. Y puesto que Dios ha querido hacerse carne humana del cuerpo de una mujer, en adelante, nadie va a encontrar a Dios lejos de los hombres, sencillos y pobres como María, aquella mujer joven de Nazaret. Desde entonces, si se quiere encontrar a Dios, ya no hay más remedio que buscarlo al lado de los de abajo. Algunos dirán que José y María eran de estirpe real, de la casa de David; pero lo eran de la rama pobre. La señal tiene todavía más valor, si cabe; porque no se aferró, -como dice Pablo- ni a su categoría de Dios (Flp 2,6), ni a su linaje humano: se hizo pequeño con los empequeñecidos, pobre con los empobrecidos, débil con los sometidos. Solidario, con todos ellos.

«Dios-con-nosotros»

            Dios ya ha bajado. Pero Él no violenta nunca la libertad de quienes él quiso que fueran libres; por eso sólo se queda allí donde lo dejan estar, esto es, allí donde lo importante es: la persona y no el poder, el valor de la persona frente al valor del dinero, compartir en lugar de acumular, construir la fraternidad, vivir como hermanas y hermanos, en vez de convertir la vida en una competición para  subir y escalar puestos para estar por encima de los demás; allí, donde se dan estas condiciones, está Dios-entre-nosotros, allí se prolonga cada día la Navidad, y volverán a realizarse las palabras del profeta: «Mirad: la virgen concebirá y dará a luz un hijo y le pondrá de nombre Emanuel, que significa “Dios con nosotros”». Dios solidario que acompaña a los que se hacen solidarios a su imagen y semejanza.

            ¿Dios-con-nosotros? ¿Aquí abajo?

            Parafraseando a Isaías: de nosotros depende, de nuestra fidelidad depende.

            Porque Él no violenta nunca nuestra libertad; por eso le resulta imposible hacerse presente en donde no se respetan la dignidad y los derechos humanos, en donde se anula la verdadera libertad de las personas, en donde se trata como inferior o como enemigo al diferente, en donde no se acoge al forastero, al inmigrante, en donde los trabajadores son explotados, en donde las mujeres no son consideradas ni tratadas pomo personas de la misma naturaleza y dignidad que los varones, en donde el odio y la mentira se convierten en instrumentos de poder, en donde el poder se impone a la solidaridad, en donde la verdad se impone a la mentira, en donde la mentira se impone a la justicia…

            Tenemos que hacerle sitio. No olvidemos que tuvo que nacer en una cueva, en un establo, entre animales… porque nadie le ofreció un techo bajo el que cobijarse.

Comentario 2º Tomado de: Juan Mateos – Fernando Camacho, El evangelio de Mateo. Lectura comentada.

Nacimiento de Jesús

(Lc 2,1-7)

    EL Mesías salvador nace por una intervención de Dios en la historia humana. Jesús no es un hombre cualquiera. El significado primario del nacimiento virginal, por obra del Espíritu Santo, hace aparecer esta acción divina como una segunda creación, que supera la descrita en Gn 1,1ss. En la primera (Gn 1,2), el Espíritu de Dios actuaba sobre el mundo material; ahora hace culminar en Jesús la creación del hombre. Esta culminación no es mera evolución o desarrollo de lo pasado; por ser nueva creación se realiza mediante una intervención de Dios mismo.

    Puede aun compararse Mt 1,2-17 y 1,18-25 con los dos relatos de la creación del hombre. En el primero (Gn 1,1-2,3) aparece el hombre como la obra final de la creación del mundo; en el segundo (Gn 2,4bss) se describe con detalle la creación del hombre, separado del resto de las obras de Dios. Así Mt coloca a Jesús, por una parte, como la culminación de una historia pasada (genealogía) y, a continuación, describe en detalle el modo de su concepción y nacimiento, con los que comienza la nueva humanidad. Jesús es al mismo tiempo novedad absoluta y plenitud de un proceso histórico.

    La escena presenta tres personajes: José, María y el ángel del Señor, denominación del AT para designar al mensajero de Dios, que a veces se confunde con Dios mismo (Gn 16,7; 22,11; Ex 3,2, etc.).

    18. EL matrimonio judío se celebraba en dos etapas: el contrato y la cohabitación. Entre uno y otra transcurría un intervalo, que podía durar un año. EL contrato podía hacerse desde que la joven tenía doce años; el intervalo daba tiempo a la maduración física de la esposa. María está ya unida a José por contrato, pero aún no cohabitan. La fidelidad que debe la desposada a su marido es la propia de personas casadas, de modo que la infidelidad se consideraba adulterio. El «Espíritu Santo» (en gr. sin artículo en todo el pasaje) es la fuerza vital de Dios (Espíritu = viento, aliento), que hace concebir a María. El Padre de Jesús es, por tanto, Dios mismo. Su concepción y nacimiento no son casuales, tienen lugar por voluntad y obra de Dios. Así expresa el evangelista la elección de Jesús para su misión mesiánica y la novedad absoluta que supone en la historia (nueva creación).

    19. José es el hombre justo o recto. Por el uso positivo que hace Mt del término (cf. 13,17; 23,29; en ambos casos «justos» asociados a «profetas») se ve que es prototipo del israelita fiel a los mandamientos de Dios, que da fe a los anuncios proféticos y espera su cumplimiento; puede considerarse figura del resto de Israel. Su amor o fidelidad a Dios (cf. 22,37) lo manifiesta queriendo cumplir la Ley, que lo obligaba a repudiar a María, a la que consideraba culpable de adulterio; el amor al prójimo como a si mismo (cf. 22,39) le impedía, sin embargo, infamarla. De ahí su decisión de repudiarla en secreto y no exponerla a la vergüenza pública. Interviene «el ángel del Señor» (cf. 28,2), y José, que encarna al resto de Israel, es dócil a su aviso; comprende que la expectación ha llegado a su término: se va a cumplir lo anunciado

por los profetas.

    Se percibe al mismo tiempo el significado que el evangelista atribuye a la figura de María, quien más tarde aparecerá asociada a Jesús, en ausencia de José (2,11). Ella representa a la comunidad cristiana, en cuyo seno nace la nueva creación por la obra continua del Espíritu. La duda de José refleja, por tanto, el conflicto interno de los israelitas fieles ante la nueva realidad, la comunidad cristiana. Por la ruptura con la tradición que percibe en esta comunidad (= nacimiento virginal, sin padre o modelo humano/judío), José/Israel debe repudiarla para ser fiel a esa tradición; por otra parte, no tiene motivo alguno real para difamarla, pues su conducta intachable es patente. El ángel del Señor, que representa a Dios mismo, resuelve el conflicto, invitando al Israel fiel a aceptar la nueva comunidad, porque lo que nace en ella es obra de Dios. Ese Israel comprende entonces la novedad del mesianismo de Jesús y acepta la ruptura con el pasado.

    20. La apelación «hijo de David», aplicada a José, indica, en relación con 1,1, que el derecho a la realeza le viene a Jesús por la línea de José (cf. 12,23; 20,30). El hecho de que el ángel se aparezca a José siempre en sueños (2,13.19) muestra que el evangelista no quiere subrayar la realidad del ángel del Señor.

    21. El ángel disipa las dudas de José, le anuncia el nacimiento y le encarga, como a padre legal, de imponer el nombre al niño. El nombre Jesús, «Dios salva», es el mismo de Josué, el que introdujo al pueblo en la tierra prometida. Se imponía en la ceremonia de la circuncisión, que incorporaba al niño al pueblo de alianza. El significado del nombre se explica por la misión del niño: este va a salvar a «su pueblo», el que pertenecía a Dios (Dt 27,9; 32,9; Ex 15,16; 19,5; Sal 135,4): se anticipa el contenido de la profecía citada a continuación. Él va a ocupar el puesto de Dios en el pueblo. Va a salvar no del yugo de los enemigos o del poder extranjero, sino de «los pecados», es decir, de un pasado de injusticia. «Salvar» significa hacer pasar de un estado de mal y de peligro a otro de bien y de seguridad: el mal y el peligro del pueblo están sobre todo en «sus pecados», en la injusticia de la sociedad, a la que todos contribuyen.

    22-25. El evangelista comenta el hecho y lo considera cumplimiento de una profecía (1,22: «Todo esto sucedió, etc.»). Mientras, por un lado, el nacimiento de Jesús es un nuevo punto de partida en la historia, por otro es el punto de llegada de un largo y atormentado proceso. Con el termino Emmanuel, «Dios con nosotros» o, mejor, «entre nosotros» da la clave de interpretación de la persona y obra de Jesús. No es este un mero enviado divino en paralelo con los del AT. Representa una novedad radical. El que nace sin padre humano, sin modelo humano al que ajustarse, es el que puede ser y de hecho va a ser la presencia de Dios en la tierra, y por eso será el salvador. Respeto de José por el designio de Dios cumplido en María.


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