Domingo 10º del Tiempo Ordinario
9 de junio de 2024
Primera Lectura, Génesis 3,9-15: El Señor Dios dijo a la serpiente: …pongo hostilidad entre ti y la mujer, entre tu linaje y el suyo: él herirá tu cabeza cuando tú hieras su talón.
Salmo 129 (130): …porque del Señor viene la misericordia, la redención copiosa.
Segunda lectura, 2ª Corintios 4,13-5,1: Es que sabemos que si nuestro albergue terrestre, esta tienda de campaña, se derrumba, tenemos un edificio que viene de Dios, un albergue eterno en el cielo, no construido por hombres.
20 Fue a casa, y se reunió de nuevo tal multitud que ellos no podían ni comer pan; 21 al enterarse los suyos se pusieron en camino para echarle mano, pues decían que había perdido el juicio.
22 Los letrados que habían bajado de Jerusalén iban diciendo:
– Tiene dentro a Belcebú.
Y también:
– Expulsa los demonios con poder del jefe de los demonios.
23 Él los convocó y, usando analogías, les dijo:
– ¿Cómo puede Satanás expulsar a Satanás? 24 Si un reino se divide internamente, ese reino no puede seguir en pie; 25 y si una familia se divide internamente, no podrá esa familia seguir en pie. 26 Entonces, si Satanás se ha levantado contra sí mismo y se ha dividido, no puede tenerse en pie, le ha llegado su fin.
27 Pero no, nadie puede meterse en la casa del fuerte y saquear sus bienes si primero no ata al fuerte; entonces podrá saquear su casa.
28 Les aseguro que todo se perdonará a los hombres, las ofensas y, en particular, los insultos, por muchos que sean; 29 pero quien insulte al Espíritu Santo no tiene perdón jamás; no, es reo de un pecado definitivo.
30 Es que iban diciendo:
– Tiene dentro un espíritu inmundo.
31 Llegó su madre con sus hermanos, y, quedándose fuera, lo mandaron llamar. 32 Una multitud estaba sentada en torno a él. Le dijeron:
– Mira, tu madre y tus hermanos te buscan ahí fuera.
33 Él les replicó:
– ¿Quiénes son mi madre y mis hermanos?
34 Y, paseando la mirada por los que estaban sentados en corro en torno a él, dijo:
– Miren a mi madre y a mis hermanos.
35 Cualquiera que cumpla el designio de Dios, ése es hermano mío y hermana y madre.
| El texto y un breve comentario de cada una de las lecturas de este domingo se podrán encontrar pulsando más arriba en los enlaces correspondientes. |
| Comentario 1º: tomado de la página web “Llamados a ser libres” de Rafael J. García Avilés: www.rafaelj.net. |

James Tissot, Una multitud estaba a su alrededor, entre 1988-1894, Brooklyn Museum, Dominio público via Wikimedia Commons.
Jesús, su Padre y su familia
Jesús puso en crisis muchas ideas, muchas tradiciones, muchas instituciones. Hasta la religión oficial y la familia. Era necesario que quedara claro que el punto más alto en su escala de valores lo ocupaba la voluntad su Padre: convertir la humanidad en una gran familia.
Decían que estaba loco
Jesús lo estaba poniendo todo patas arriba. Dejó en evidencia a los representantes de la teología oficial y descubrió ante el pueblo llano que Dios no estaba con ellos; hizo ver que los espíritus inmundos (“los demonios”; véase el comentario del Domingo IV del Tiempo Ordinario) se sentían bastante cómodos en las sinagogas, tanto que salieron en defensa de la doctrina oficial, en peligro por la enseñanza de Jesús. Al compararlas, se veía que la doctrina de los letrados no era más que una gran mentira que convertía a los hombres en inútiles e incapaces de ser imágenes de Dios. Jesús violó vanas veces la Ley de Moisés: se saltó el precepto de no trabajar en sábado (Mc 1,29-31; 3,1-6) y, además, declaró que el Hombre es más importante que la Ley (Mc 2,23-27); tocó a un leproso (Mc 1,39-45), impuro según la Ley y el leproso quedo sano (lo contrario de lo que decía la Ley); se juntó con recaudadores y prostitutas (Mc 2,7-17; según el evangelio de Mateo, llegó a decir a los sacerdotes que los recaudadores y las prostitutas iban por delante de ellos en el camino hacia el reino de Dios; Mt 21,31). Y el colmo fue lo que acababa de hacer: escogió a doce de los que lo seguían y los constituyo en el símbolo del nuevo pueblo de Dios (Mc 3,13-19). Era como decir a sus paisanos: “Si es que Dios ha estado con vosotros hasta ahora porque erais israelitas, esto se ha acabado. Las cosas de Dios ya no son cuestión de raza; a partir de ahora Dios estará con quienes quieran estar conmigo y con quienes conmigo trabajen por las personas y por su liberación, por encima de leyes, razas, manifestaciones religiosas…” (véase también Mc 2,1-12; comentario del Domingo VII del Tiempo Ordinario). Era lógico que haciendo y diciendo cosas de este tipo la gente hablara y que sus parientes, hartos de tanto chisme –«decían que estaba loco»-, decidieran echarle mano y retirarlo de la circulación, bien porque no estaban de acuerdo con él, porque no lo comprendían, o más probablemente, porque temían la reacción de las autoridades.
Con el poder de Belcebú
Los jerarcas religiosos se preocuparon en seguida de quien se estaba saliendo de los cauces de su ortodoxia y desestabilizando el sistema. Por eso, viendo en peligro sus privilegios, no tardaron en enviar desde el centro algunos expertos para que hicieran volver las aguas a su cauce y metieran por vereda a aquel, a su juicio, desequilibrado. Y así, desde Jerusalén, mandaron a unos teólogos (letrados) de doctrina segura para que evitaran que aquel extremista corrompiera al pueblo y extendiera su rebeldía al resto de los fieles.
Aquellos letrados no fueron a ver a Jesús para dialogar con él, de modo que se pudiera explicar y así buscar juntos la verdad de lo que decía y la rectitud de lo que hacía. Como se sentían poseedores de la verdad -se creían dueños de Dios, al que habían tratado de domesticar para ponerlo a su servicio-, decidieron usar otro método: desacreditar a Jesús. Y empezaron a dejar correr rumores en los que se decía que las cosas que hacía Jesús no eran cosas de Dios, sino de los demonios, con cuyo jefe tenía un pacto: «Expulsa los demonios con el poder del príncipe de los demonios.» Hace libres a los hombres ¡con la ayuda del enemigo del hombre! ¡Qué obstinación en el error, qué cinismo!
No podían negar que su mensaje liberaba al pueblo y devolvía la dignidad a las personas; era evidente que la vida iba brotando por allí por donde pasaba Jesús de Nazaret, y que con él los seres humanos se sentían, al mismo tiempo, más cerca a Dios y más dueños de sí mismos. Pero como la vida y la libertad del pueblo no les convenía y necesitaban que la gente sintiera lejano a Dios para que ellos, los mediadores, fueran necesarios, se ponen a decir que Jesús es un brujo y que la vida y la libertad que él ofrece son cosa de Satanás. Hoy habrían dicho que confundía la libertad con el libertinaje o que su teología liberadora olía a marxismo.
No tienen perdón
Jesús los llama y les demuestra con un sencillo razonamiento la falsedad de su calumnia: ¿cómo puede Satanás luchar contra sí mismo? Resulta contradictorio decir que Jesús libera con la ayuda de Satanás pues, si fuera así, éste estaría haciéndose la guerra a sí mismo. Y así pone en evidencia su mala conciencia: dicen que hablan en nombre de Dios, pero ¿están realmente convencidos, se creen ellos mismos lo que están diciendo? Si se tomaran en serio la fe que dicen profesar, no les debería extrañar que, en nombre del Dios que los hizo su pueblo liberándolos de la esclavitud, se favoreciera la libertad y la dignidad del ser humano. Por eso les advierte que están entrando por un callejón del que nadie los podrá sacar si siguen empeñados en afirmar que el Espíritu de Jesús, el Espíritu del Dios liberador, es un espíritu inmundo, es decir, ¡repugnante a Dios! Decir eso equivale a cerrarse el camino de la amistad con Dios.
Una nueva y gran familia
Y llegan sus parientes. Jesús está rodeado de la gente (los inquisidores de Jerusalén no han tenido mucho éxito). Muchas personas se han sentido interesadas en su propuesta, otras muchas han sentido esperanza al escuchar sus palabras, otras, quizá, sólo curiosidad; el caso es que una gran multitud se ha acercado a él y lo rodea. Y sus familiares, que vienen a retirarlo de la circulación, no pueden entrar, no pueden llegar a él. Le dan el recado de que su madre y sus parientes lo buscan y, entonces, Jesús les presenta su auténtica familia: «Mirad a mi madre y a mis hermanos. Cualquiera que cumpla el designio de Dios, ése es hermano mío y hermana y madre.»
Este es el proyecto que Jesús propone de parte de Dios y que va más allá de la religión, más allá de la familia: convertir la humanidad en una gran familia en la que se irán integrando quienes se vayan convenciendo de que el Padre de Jesús quiere ser el Padre y lo aceptan como tal y coherentemente intentan, cumpliendo su designio, vivir como hermanas y hermanos.
El pecado contra el Espíritu
El libro del Génesis explica cuál fue el primer pecado y cuáles, aún todavía, son sus consecuencias. El plan que Dios tiene para la humanidad consiste en que el ser humano sea la imagen de Dios en el mundo; el pecado es pretender ser dioses. Pero ¿en qué consiste “ser dios”? El enorme disparate de algunas personas es confundir a Dios con los poderosos de la Tierra.
Decíamos en el comentario de hace un par de domingos que, según el libro del Deuteronomio, la prueba de que el Señor es el único y verdadero Dios es que es un Dios liberador, un Dios que se acerca a un pequeño pueblo que vivía en la esclavitud y lo convierte en un pueblo de personas libres. Los jerarcas religiosos de Israel, olvidándose de este carácter del Dios y de la fe de Israel, habían convertido la institución religiosa en un instrumento de esclavitud. Por eso su reacción fue tan grosera cuando vieron que Jesús ponía al descubierto su soberbia y en peligro su poder. Era eso. Ellos habían alejado a Dios del pueblo y se sentían dioses dominando la vida y las conciencias de los creyentes. Por eso el bien del ser humano por encima de la ley o la liberación de la persona de toda ideología alienante les parecía un peligro porque, decían, suponían una rebeldía contra Dios; y por eso tacharon a Jesús de hereje y de poseído por un espíritu inmundo. En realidad, lo que el mensaje de Jesús ponía en peligro eran sus propios privilegios.
¿Y hoy, se mantiene ese pecado?
Cuando los evangelios cuentan estas cosas, no lo hacen para que sepamos lo malvados que eran aquellos dirigentes, sino para que no caigamos nosotros en el mismo error. Y, sin embargo, ¿cuántas veces la propuesta de una fe liberadora se ha considerado un peligro para la Iglesia?
Ese peligro se ha presentado, en otros momentos de nuestra historia, en los estratos más elevados de la Jerarquía; sin embargo hoy, en este momento, parece amenazar a círculos más amplios de personas que se confiesan cristianas -de la jerarquía, del clero y del laicado- asustados por la valiente propuesta pastoral, profundamente humana y radicalmente evangélica, del Papa Francisco.
| Comentario 2º Tomado de: Juan Mateos – Fernando Camacho, Marcos, Texto y comentario. |
REACCIONES A LA CONSTITUCIÓN DE LOS DOCE
(3,20-45)
Reacciones populares (3,20-21)
La audaz iniciativa de Jesús suscita reacciones inmediatas, y, entre el
pueblo, las opiniones se dividen.
20 fue a casa, y se reunió de nuevo tal multitud que ellos no podían ni comer.
La constitución del Israel mesiánico, que sustituye e invalida el antiguo (1,15; 2,21s), es un desafío a las autoridades judías y provoca una doble reacción popular. Mucha gente del pueblo, evidentemente descontenta del sistema, se apiña «en la casa» (gr. oikos, cf. 2,1; ahora la casa del nuevo Israel), mostrando que aprueba la iniciativa de Jesús, pero sin adherirse a él de modo estable ni comprometerse a fondo. La presencia de esta multitud impide a Jesús exponer el mensaje y que los Doce puedan asimilarlo (comer pan).
21 Al enterarse los suyos se pusieron en camino para echarle mano, pues
decían que había perdido el juicio.
Por el contrario, al constatar el gran eco popular de la constitución del nuevo Israel, los parientes de Jesús, apegados a la tradición religiosa, juzgan demencial esa iniciativa y se proponen impedir su actividad.
Reacción oficial.
Ofensiva de los letrados de Jerusalén. Respuesta de Jesús (3,22-30)
(Mt 12,22-32; Lc 11,14-23; 12,10)
La iniciativa de Jesús ha llegado a oídos de las autoridades religiosas centrales de Jerusalén. La reacción oficial es decidida, pero no leal; no se enfrentan con Jesús, a quien consideran un heterodoxo, sino que lo difaman entre el pueblo, afirmando que es un enemigo de Dios.
22 Los letrados que habían bajado de Jerusalén iban diciendo: “Tiene dentro a Belcebú”. Y también: «Expulsa los demonios con poder del jefe de los demonios».
Hay también una reacción oficial: el centro del sistema religioso lanza una condena teológica para desacreditar ante el pueblo a Jesús en su persona y actividad, y neutralizar así el impacto que haya podido producir su iniciativa de crear un nuevo Israel. Unos letrados (maestros de la ideología oficial), llegados de Jerusalén, empiezan una campaña de difamación. Al descalificar a Jesús, quieren descalificar su obra.
En cuanto a su persona, lo tachan de endemoniado/heterodoxo: uno que se atreve a declarar caducado el sistema religioso, según ellos establecido por Dios, y que rechaza su doctrina, alejando a la gente de ella, uno que no cree en la elección divina del pueblo como tal ni en el privilegio de Israel, es un enemigo de Dios.
En cuanto a la actividad de Jesús, evidentemente fuera de lo común, afirman que es obra diabólica, de magia. Para impedir su creciente popularidad, insinúan que Jesús aspira a suplantar la institución tradicional. Sostienen que liberar de la sumisión fanática a la doctrina oficial (expulsar demonios), como hace Jesús, es un mal, y que Jesús es un enemigo de Dios (agente del diablo).
23-26 Él los convocó y, usando analogías, les dijo: «¿Cómo puede Satanás expulsar a Satanás? Si un reino se divide internamente, ese reino no puede seguir en pie; y si una familia se divide internamente, no podrá esa familia seguir en pie. Entonces, si Satanás se ha levantado contra sí mismo y se ha dividido, no puede tenerse en pie, le ha llegado su fin».
Los letrados que descalifican a Jesús eluden el encuentro con él, pero Jesús los convoca, mostrando así su autoridad, la del Espíritu. El argumento de Jesús contra ellos se basa en que su actividad no apoya al poder, sino que libera de él y de su ideología. Les demuestra lo absurdo de su acusación: Satanás (figura del poder y de la ambición de poder) no dará nunca verdadera libertad al hombre, sería destruirse a sí mismo. Al rebatirles la acusación, muestra Jesús que son ellos los que están de parte de Satanás (el poder) y contra la libertad del hombre.
27 Pero no, nadie puede meterse en la casa del fuerte y saquear sus bienes si primero no ata al fuerte; entonces podrá saquear su casa.
El propósito de Jesús es precisamente alejar al pueblo de la institución religiosa opresora. El fuerte, figura satánica de poder, representa la institución judía; su casa, el ámbito de su dominio; Jesús pretende sacar al pueblo (sus bienes) del dominio de la institución, ejercido mediante la doctrina. Pero no va a usar la imposición, sino que va a hacer que el pueblo se convenza de que es falsa la autoridad divina que la institución se atribuye; al perder el crédito ésta pierde la capacidad de acción (atarlo). El Dios al que apela la institución judía para legitimarse no es el Dios verdadero.
28-30 Os aseguro que todo se perdonará a los hombres, las ofensas y, en particular, los insultos, por muchos que sean; pero quien insulte al Espíritu Santo no tiene perdón jamás; no, es reo de una ofensa definitiva. Es que iban diciendo: «Tiene dentro un espíritu inmundo».
Afirmación solemne y grave: todo puede ser perdonado excepto el insulto al Espíritu Santo, la mala fe, mostrada por los letrados al atribuir al espíritu inmundo la liberación que efectúa el Espíritu de Dios. Los letrados conocían bien la historia de Israel, que tuvo principio con la liberación de Egipto, y los escritos proféticos (cf. Is 1,17; 58,6s; 61,1; Jr 21,11s; 22,15s; Ez 34,2-4; Sal 72,4.12-14). En su tradición religiosa tenían sobrados elementos para valorar positivamente la actividad de Jesús; pero el ataque de los dirigentes no está realmente motivado por convicciones religiosas, lo que pretenden es defender su dominio sobre el pueblo.
La nueva familia de Jesús (3,31-35)
(Mt 12,46-50; Le 8,19-21)
Los allegados de Jesús quieren reducirlo al silencio, pero Jesús encuentra apoyo en el grupo de excluidos de Israel que le han dado la adhesión y que no se sienten concernidos por la problemática judía. Aprovecha la ocasión para afirmar que la verdadera unión con él no se hace por la comunidad de sangre o raza, sino por el común interés por el bien de la humanidad.
31-32 Llegó su madre con sus hermanos y, quedándose fuera, lo mandaron llamar. Una multitud estaba sentada en torno a él. Le dijeron: «Mira, tu madre y tus hermanos te buscan ahí fuera».
En paralelo con el grupo de los Doce, que estaba con Jesús «en la casa» (3,20) y representa a los seguidores de Jesús procedentes del judaísmo en cuanto constituyen el nuevo Israel, aparece por primera vez con personalidad propia el segundo grupo de seguidores de Jesús, el que no procede del judaísmo, caracterizado como una multitud sentada en torno a él. Mientras los allegados de Jesús, afectos a la institución judía, han reaccionado violentamente en contra de la iniciativa que ha tomado, este otro grupo sigue íntimamente unido a él.
La existencia en torno a Jesús de este grupo numeroso constituye un muro que impide el acceso de los que desean reducirlo al silencio. Mc subraya el contraste entre la familia que se queda fuera y los que están sentados en torno a Jesús (= “estar con Jesús», cf. 3,14, la adhesión incondicional y permanente). La madre, sin nombre, representa el origen de Jesús, es decir, la comunidad humana donde se ha criado; sus hermanos, los miembros de esa comunidad. No se trata tanto de las personas como demostrar la hostilidad hacia Jesús del ambiente donde había vivido.
33-35 Él les replicó: «¿Quiénes son mi madre y mis hermanos?» Y, paseando la mirada por los que estaban sentados en corro en torno a él, añadió: «He aquí mi madre y mis hermanos. Quienquiera que lleve a efecto el designio de Dios, ése es hermano mío y hermana y madre».
Ante esta ofensiva de su gente (madre, hermanos), incondicionalmente adicta a la institución religiosa y que lo rechaza a él y a su mensaje, Jesús se desvincula de ella. Declara que los lazos familiares y los vínculos de raza o nación no son decisivos; cualquier hombre que le dé su adhesión y comparta sus ideales queda unido a él por vínculos de familia, que establecen una fraternidad universal. La única condición para pertenecer a la nueva familia es cumplir el designio de Dios, dando la adhesión a Jesús (cf. 2,5: la fe).

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