Domingo 6º de Pascua
5 de mayo de 2024
Primera lectura, Hechos de los Apóstoles 10,25-26.35-35.44-48: Los creyentes circuncisos que habían ido con Pedro se quedaron desconcertados de que el don del Espíritu Santo se derramara también sobre los paganos, pues los oían hablar en otras lenguas proclamando la grandeza de Dios.
Salmo 97(98),1-4: El Señor da a conocer su victoria, revela a las naciones su justicia.
Segunda lectura, 1ª Juan 4, 7-10: Amigos míos, amémonos unos a otros, porque el amor viene de Dios y todo el que ama ha nacido de Dios y conoce a Dios. El que no ama no tiene idea de Dios, porque Dios es amor.
9Igual que el Padre me demostró su amor, os he demostrado yo el mío. Manteneos en ese amor mío. 10Si cumplís mis mandamientos, os mantendréis en mi amor, como yo vengo cumpliendo los mandamientos de mi Padre y me mantengo en su amor. 11Os dejo dicho esto para que llevéis dentro mi propia alegría y así vuestra alegría llegue a su colmo.
12Éste es el mandamiento mío: que os améis unos a otros igual que yo os he amado. 13Nadie tiene amor más grande por los amigos que uno que entrega su vida por ellos. 14Vosotros sois amigos míos si hacéis lo que os mando. 15No, no os llamo siervos, porque un siervo no está al corriente de lo que hace su señor; a vosotros os vengo llamando amigos, porque todo lo que le oí a mi Padre os lo ha comunicado. 16No me elegisteis vosotros a mí, os elegí yo a vosotros y os destiné a que os pongáis en camino, produzcáis fruto y vuestro fruto dure; así, cualquier cosa que le pidáis al Padre en unión conmigo, os la dará. 17Esto os mando: que os améis unos a otros.
| El texto y un breve comentario de cada una de las lecturas de este domingo se podrán encontrar pulsando más arriba, en los enlaces correspondientes. **** Comentario 1º: El comentario que sigue está tomado de la página web “Llamados a ser libres” de Rafael J. García Avilés: www.rafaelj.net. |

Duccio di Buoninsegna,Jesús se despide de los apóstoles, 1908-1311, Museo dell’Opera Metropolitana del Duomo, Siena.
¿Cómo El Señor es señor?
Dios no es “señor” al estilo de los señores de la tierra. Su señorío es de otra clase. Él es un Señor sin siervos. Por eso en su ley no manda que lo sirvamos a él, sino que nos queramos unos a otros. Su señorío -el del Padre y el del Hijo- no es otro que su amor sin medida, manifestado en el don de la vida, de su vida, que nos hace hijos, amigos… hermanos.
¿El Señor? Él prefiere “Padre”; Jesús, amigo y hermano.
¿Sólo un señor?
El segundo mandamiento de la ley de Moisés establecía esta prohibición: “No pronunciarás el nombre de Yahweh, tu Dios, en falso. Porque no dejará Yahweh impune a quien pronuncie su nombre en falso”. (Ex 20,7). Los antiguos hebreos se tomaron tan al pie de la letra este mandamiento que decidieron no pronunciar nunca el nombre de Dios, y así, cuando en la Biblia aparecía el nombre de Dios, “Yahweh”, ellos decían “el Señor”; y como “el Señor” pasó a otras lenguas cuando se tradujo la Biblia. Era lógico que quienes creían que el mundo está en las manos de Dios y que su existencia depende de Él, lo consideraran y se refirieran a Él como el dueño del Universo; pero algo no debió funcionar demasiado bien cuando Dios decidió cambiar de nombre para hacernos entender mejor quién es y qué es Él.
Podemos pensar que le resultó poco atractivo el que se pudiera establecer alguna semejanza entre los señores de este mundo y Él, Señor del Universo. ¿Cómo dejar que lo compararan a Él, que se dio a conocer liberando a un pueblo de esclavos, con los que hacen esclavos a los hombres? Además, los señores de la Tierra, movidos por su ambición y su soberbia siempre han sido la causa de rivalidades y de violentos enfrentamientos, haciéndoles creer a unos y a otros que eran enemigos por el simple y circunstancial hecho de haber nacido a un lado u otro de una frontera o por hablar una u otra lengua. Está bien claro que ése no es el plan de Dios; y, por otro lado, ser sólo un “señor” es muy poco para Dios.
Ni lengua, ni raza…
Por eso, los primeros cristianos entre las muchas convicciones que tuvieron que abandonar estaba la idea de que Dios pertenece a una nación, a una raza, a los que hablan una determinada lengua; no es cierto: «Dios no discrimina a nadie, sino que acepta al que lo respeta y obra realmente, sea de la nación que sea…». Esto no lo comprendió el apóstol Pedro del todo ni siquiera al ver cómo Dios daba su Espíritu a los paganos sin que éstos se unieran previamente a la religión judía, y antes de que recibieran el bautismo y se incorporasen oficialmente a la Iglesia. Ante aquel acontecimiento que nos cuenta el libro de los Hechos de los Apóstoles, quedaron desconcertados los cristianos que procedían del judaísmo, sorprendidos porque «el don del Espíritu se derramara también sobre los paganos…», y el mismo Pedro, que dispuso que todos fueran bautizados con agua a pesar de que ya habían sido bautizados con Espíritu Santo.
Independientemente de otras consideraciones, este relato contiene una clara enseñanza: ante Dios no tiene importancia ni el color de la piel, ni la geografía, ni la lengua, ni la religión… O, quizá sí que tiene importancia: en cuanto que cada una de estas circunstancias representa uno de los muchos modos posibles y legítimos de ser hijo suyo, siempre que sea la manera propia de cada cual de ser hermano y no enemigo de sus otros hijos.
Dios es amor
Si buscamos una definición de Dios o una explicación de cómo es Él en los catecismos, o en los libros de los teólogos más famosos, o en los escritos de los más grandes filósofos será difícil que encontremos en alguno de ellos una definición o una explicación parecida a la que nos ofrece la primera carta de Juan: Dios es amor. Al decirlo tal y como lo dice, Juan quiere dejar claro que el amor no es una de las cualidades de Dios, sino que es lo que constituye el ser de Dios; o dicho de otra manera: que todo lo que Dios es, que todas las cualidades que le podemos atribuir -su capacidad creadora, su poder, su gloria…- son, todas, amor.
Dios es, en primer lugar, una comunidad de amor: «Igual que el Padre me demostró su amor…y me mantengo en su amor». Dios no es un ser solitario; aún en el caso de que no existiera el mundo, en Dios existiría el amor. O, quizá, el mundo es necesario por exigencia misma de un amor que tiende, por su propia naturaleza, a comunicarse, a expandirse.
Y, puesto que en ese contexto de la primera carta de Juan el amor del que se habla es el amor de Dios hacia la humanidad, podemos decir que Dios es preocupación por el bien de todos y cada uno de los seres humanos, que Dios se caracteriza y se define por estar radicalmente interesado en la felicidad de la humanidad.
Dios es Padre
Por eso, Jesús nos dice que Dios prefiere llamarse “Padre” y no “señor” pues así se manifiesta más claramente que su ser es el amor. Amor es lo que, en Jesús, nos llega de Él. Y amor, su única ley: «Igual que el Padre me demostró su amor, os he demostrado yo el mío. Manteneos en ese amor mío. Si cumplís mis mandamientos, os mantendréis en mi amor… Este es el mandamiento mío: que os améis unos a otros igual que yo os he amado». Así describe el cuarto evangelio la corriente del amor de Dios que, en el deseo incontenible de llegar al mayor número de personas, no busca nunca que el amor vuelva atrás más que de una forma, como alegría agradecida de quienes han encontrado en ese amor -en vivirlo y en comunicarlo, en sentirlo y en extenderlo- el sentido de sus vidas: “Os dejo dicho esto para que llevéis dentro mi propia alegría y así vuestra alegría llegue a su colmo”.
Por eso conocer a Dios es una ciencia la mar de práctica. Cuando los hombres insistimos en explicar teóricamente a Dios, -pretensión que por otro lado es totalmente digna de alabanza-, tenemos el peligro de no darnos cuenta de que, cualquiera que ésta sea, la explicación que alcancemos a dar sólo se acercará de verdad a lo que Dios es si consiste en mostrar de qué manera su presencia entre nosotros nos hace capaces de amar, de qué manera ese amor da plenitud y llena de alegría nuestras vidas; y de qué forma podría cambiar nuestro mundo si legráramos que esa corriente del amor de Dios regara con su abundancia esta reseca tierra que pisamos: «Amémonos unos a otros, porque el amor viene de Dios y todo el que ama ha nacido de Dios y conoce a Dios. El que no ama no tiene idea de Dios, porque Dios es amor». Pocas explicaciones necesitan estas palabras.
«Manteneos en mi amor»
Dios ama, nopara que lo amemos a él, sino porque quiere que vivamos felices; nos da su amor, no para que se lo devolvamos, sino para que lo comuniquemos a quienes estén faltos de él; se ofrece como Padre, no para gozarse en el número de sus hijos, sino para que podamos experimentar el gozo de tener muchos hermanos: «No me elegisteis vosotros a mí, os elegí yo a vosotros y os destiné a que os pongáis en camino, produzcáis fruto y vuestro fruto dure».
La frase inmediatamente anterior al evangelio de este domingo es ésta: «En esto se ha manifestado la gloria de mi Padre, en que hayáis comenzado a producir mucho fruto por haberos hecho discípulos míos» (Jn 15,8).Ésta es la alabanza que Dios espera de nosotros, la gloria que Dios quiere que le demos: que nos quedemos siempre dentro del ámbito de su amor y que actuemos en consecuencia; que demos fruto, como decíamos el domingo pasado, practicando el amor fraterno y agrandando cada vez más el espacio donde se practica el amor.
Por eso el evangelista repite dos veces más el mandamiento nuevo, el que declara cumplidos y sustituye a todos los demás mandamientos: «Este es el mandamiento mío: que os améis unos a otros como yo os he amado». Este es el fruto que Dios quiere. Esta es la gloria que Dios quiere recibir de nosotros.
Si realmente queremos darle gloria a Dios, y queremos hacerlo tal y como él quiere que se la demos, no tenemos otro camino que éste: amar a nuestros hermanos con el amor que, a través de Jesús, recibimos del Padre.
Es importante destacar que, al formular este mandamiento, Jesús se olvida de Dios. No nos exige que amemos a Dios, sino que nos dejemos querer por él, que permitamos que su amor fluya a través de nosotros y se comunique a nuestros hermanos; de esta manera, brilla, se manifiesta y puede ser contemplada la gloria de Dios. De esta manera, digámoslo así, Dios se siente querido, siente que hemos correspondido con amor a su amor (Jn 1,16).
Hijos, amigos, hermanos.
La consecuencia de todo esto parece clara: lo que debe distinguir a los cristianos de cualquier otro grupo es la calidad de su amor. Y esto es así hasta el punto de que ese amor debe continuar la esencia de la misión del hijo de Dios, del hombre Jesús de Nazaret: hacer presente a Dios en el mundo, revelar su naturaleza. Comparemos estos dos textos:
| «A la divinidad nadie la ha visto nunca; un hijo único, Dios, el que está de cara al Padre, él ha sido la explicación». (Jn 1,18). | «A la divinidad nadie la ha visto nunca; si nos amamos mutuamente, Dios habita en nosotros y su amor queda realizado en nosotros». (1Jn 4,12). |
Para conocer el ser de Dios sólo hay dos caminos: conocer a Jesús –él ha sido la explicación- y conocer la calidad de amor que se profesan quienes han asumido como propio el proyecto y el modelo de vida de Jesús de Nazaret: amor hasta el don de la propia vida -si nos amamos mutuamente, Dios habita en nosotros-; y no para acumular méritos y llegar a ser santos o héroes, sino para que el amor produzca alegría y felicidad en las personas de este mundo, de esta tierra.
No hay más mandamiento que ése; no hay más exigencia que ésta.Y esa fue la única medida, la única norma que siguió Jesús en sus relaciones con los suyos: el amor y la amistad que nace del conocimiento mutuo, el amor que se manifiesta con el don de sí mismo, sin reservas, sin límites, hasta convertirse en el único y en el mayor ejemplo y en la única y más exigente medida para el amor: “como yo os he amado”.
Si le hacemos caso, por supuesto que en el mundo resplandecerá la gloria de Dios. Pero ese resplandor no será otra cosa que la alegría de los humanos, la profunda felicidad que se encuentra en la en la fraternidad, en la gozosa experiencia del amor compartido.
Este es nuestro Dios, un Padre que, porque es Amor, da vida; ese es nuestro Señor, un amigo; y esta es nuestra “religión”, amar a los hijos -a los que ya lo son y a todos los demás seres humanos, que están llamados y pueden llegar a serlo- de ese Padre. ¿Es así como conocemos y damos a conocer a Dios? ¿Es así como correspondemos a su amor? ¿Dónde está la alegría que nace de su presencia?
| Comentario 2º Tomado de: Juan Mateos – Juan Barreto, Juan, Texto y comentario. |
Amor, amistad y fruto
La entrega a los demás según la voluntad de Jesús, asegurará su ayuda y hará participar a los discípulos de su alegría por el fruto que se produce. Jesús llama a los suyos a la amistad con él y entre ellos. El modelo de amistad es él mismo, que da su vida por sus amigos. Ellos cooperarán con su labor como hombres libres que, unidos a él por el vínculo de la amistad, trabajan con él en su misma tarea.
9-11 «Igual que el Padre me demostró su amor, os he demostrado yo el mío. Manteneos en ese amor mío. Si cumplís mis mandamientos, os mantendréis en mi amor, como yo vengo cumpliendo los mandamientos de mi Padre y me mantengo en su amor. Os dejo dicho esto para que llevéis dentro mi propia alegría y así vuestra alegría llegue a su colmo».
El Padre demostró su amor a Jesús comunicándole la plenitud de su Espíritu (1,32s), su gloria o amor fiel (1,14). Jesús demuestra su amor a los discípulos de la misma manera, comunicándoles el Espíritu que está en él (1,16; 7,39). La unión a Jesús-vid, expuesta en la perícopa anterior (15,lss), se expresa ahora en términos de amor. Como respuesta permanente al amor que les ha mostrado, pide Jesús a sus discípulos que vivan en el ámbito de ese amor suyo (cf. 15,4). Tal es la atmósfera gozosa en que se mueve el seguidor de Jesús.
Pone en paralelo la relación de los discípulos con él y la suya con el Padre (10,15); la fidelidad del amor se expresa en ambos casos por la respuesta a las necesidades de los hombres (cumplir los mandamientos del Padre / de Jesús). Los mandamientos o encargos del Padre a Jesús se identifican con su misión, la de ofrecer a la humanidad la plenitud de vida.
El criterio objetivo que permite verificar la unión del discípulo con Jesús y con el Padre es el amor de obra (cf. 1 Jn 3,14); éste amor demuestra la autenticidad de la experiencia interior. Es decir, la praxis de los discípulos asegurará la unión con Jesús, la permanencia en el ámbito de su amor. No existe amor a Jesús sin compromiso con los demás.
La alegría es objetiva, por el fruto que nace (15,8), y subjetiva, porque el amor practicado renueva en el discípulo la experiencia del amor del Padre. Los discípulos, por entregarse como Jesús, viven circundados por su amor. Pero además, Jesús comparte con ellos su propia alegría, la que procede del fruto de su muerte y de su experiencia del Padre; así lleva a su colmo la de los discípulos. Éstos, por tanto, deben integrar su experiencia de alegría en otra más amplia, la de Jesús, pues el fruto que producen ellos es parte del que produce en el mundo entero el amor de Jesús demostrado en su muerte, y la experiencia del Padre que tienen ellos es una participación de la plena comunión con el Padre que posee Jesús.
Como se ve, la relación de los discípulos con Jesús no tiene un carácter adusto, sino alegre; a continuación va a formularse en términos de amistad.
12-15 «Éste es el mandamiento mío: que os améis unos a otros igual que yo os he amado. Nadie tiene amor más grande por los amigos que uno que entrega su vida por ellos. Vosotros sois amigos míos si hacéis lo que os mando. No, no os llamo siervos, porque un siervo no está al corriente de lo que hace su señor; a vosotros os vengo llamando amigos, porque todo lo que le oí a mi Padre os lo ha comunicado».
El mandamiento que constituye la comunidad y le da su identidad (13,34) es, al mismo tiempo, el fundamento de la misión. Por eso, Jesús lo enuncia por segunda vez, ahora en relación con el fruto. No se puede proclamar el mensaje del amor si no es apoyados en su experiencia. Y donde no existe comunidad de amor mutuo como alternativa a la sociedad injusta, no puede haber misión.
Señala Jesús cuál es la cima del amor a los amigos, llegar a dar la propia vida por ellos. A continuación explica la adhesión a él en términos de amistad. Ésta nace de la comunidad de ideal y de la común vivencia de entrega, efectos de la posesión del mismo Espíritu. Ha pasado de la metáfora local usada antes (15,4: seguir insertados en la vid) a la relación personal (amigos).
El amor mutuo hace hijos de Dios y da a los discípulos la característica de Jesús. Por eso requiere Jesús que la relación entre los suyos y él se conciba como amistad. Siendo el centro del grupo, no se coloca por encima de él; se hace compañero de los suyos en la tarea común.
En el contexto de misión, la amistad con Jesús se traduce en la colaboración en un trabajo que es de todos y se considera responsabilidad de todos; por eso la alegría de la misión se comparte con él (v. 11). La igualdad y el afecto crean la libertad. La comunicación de vida no produce subordinación, sino compenetración e intimidad.
La diferencia entre el siervo y el amigo estriba en la ausencia o realidad de la confianza. Jesús, que va a morir por los suyos, no tiene secretos para ellos. Lo que ha oído del Padre y les ha comunicado por entero es el designio divino sobre el hombre y los medios para realizarlo. La relación entre amigos no es ya la de maestro y discípulo; ha terminado el aprendizaje, pues Jesús se lo ha comunicado todo a ellos. No se reserva ninguna doctrina, no imparte ninguna enseñanza esotérica ni forma ningún círculo privilegiado.
16-17 «Más que elegirme vosotros a mí, os elegí yo a vosotros y os destiné a que os pongáis en camino, produzcáis fruto y vuestro fruto dure; así, cualquier cosa que le pidáis al Padre en unión conmigo, os la dará. Esto os mando: que os améis unos a otros».
El dicho de Jesús se refiere a todo discípulo. En cierto modo, él ha elegido a la humanidad entera, pues ha venido a que el mundo por él se salve (3,17; 12,47); al acercarse el individuo a él, esa elección general queda concretada y realizada por la acogida que Jesús le hace.
La frase expresa la experiencia de cada cristiano, pues éste, aun siendo consciente de su opción libre por Jesús, sabe que no puede atribuir sólo a su iniciativa la condición de miembro de la nueva comunidad; había un amor precedente, en cuyo ámbito él ha entrado. Esta conciencia funda la acción de gracias.
Jesús los elige para la misión; los discípulos son colaboradores suyos. No los admite ni los envía en condiciones de inferioridad, sino en el plano de la amistad y de la cooperación.
Los discípulos han de recorrer, en medio de la humanidad, su camino hacia el Padre, el de su entrega a los demás. Secundarán así el propósito de Jesús, que es llevar a su fin la creación del hombre, hacer hombres adultos, libres y responsables, animados por su mismo Espíritu, que reproduzcan sus rasgos en medio del mundo y se sumen a su obra. A través de ellos se irá realizando la salvación.
La labor de los suyos debe tener un efecto duradero que vaya cambiando la sociedad (que vuestro fruto dure). La eficacia de la tarea no se mide tanto por su extensión como por su profundidad, de la que depende la duración del fruto.
La dedicación a realizar las obras de Dios (9,4), que es la sustancia de la misión, pone a disposición de los discípulos la fuerza del Padre. A través de ellos se vierte en el mundo el torrente de su amor.
Para terminar la sección sobre el amor, repite Jesús su mandamiento (cf. v. 12), que enuncia la condición para estar vinculados a él y producir fruto. La repetición es, al mismo tiempo, un aviso: si no existe esta calidad de amor, falta lo esencial.
Síntesis: Identificado con Jesús y su mensaje, el grupo tiene su pleno apoyo. La actividad de la comunidad hace llegar a los hombres el amor del Padre, que ofrece vida.
En el AT, la relación del hombre con Dios se expresaba en términos de sumisión. Jesús, por el contrario, excluye la adhesión y el amor hacia él como los propios de siervos o de súbditos: deben ser concebidos en términos de amistad. La misión adquiere así una dimensión nueva: los discípulos se dedicarán con él a una labor que sienten como propia; no serán siervos a las órdenes de un señor, sino hombres libres, amigos que despliegan su propia iniciativa y comparten su alegría en la tarea común.

Leave a Reply