La enfermedad no está en el enfermo

Domingo 6º del Tiempo Ordinario

11 de febrero de 2024

Primera lectura: Levítico 13,1-2.44-46: El que ha sido declarado enfermo de afección cutánea andará harapiento y despeinado, con la barba tapada y gritando: ¡Impuro, impuro!

Salmo 31 [32], 1-2. 5.11: Alegraos, los honrados, gozad con el Señor; aclamadlo, los hombres sinceros

Segunda lectura: 1 Corintios 10,31-11,1: De todas formas, hagáis lo que hagáis, comer, beber o lo que sea, hacedlo todo para honra de Dios.

Evangelio: Marcos 1,40-45

     40 Se le acercó un leproso y le suplicó de rodillas:

   – Si quieres, puedes limpiarme.

   41 Conmovido, extendió la mano y lo tocó diciendo:

   – Quiero, queda limpio.

   42 Al momento se le quitó la lepra y quedó limpio.

   43 Reprimiéndolo, lo sacó fuera enseguida 44y le dijo:

   – ¡Cuidado con decirle nada a nadie! Al contrario, ve a que te examine el sacerdote y ofrece por tu purificación lo que prescribió Moisés como prueba contra ellos.

   45 Pero él, al salir, se puso a proclamar y a divulgar el mensaje a más y mejor; en consecuencia, Jesús no podía ya entrar manifiestamente en ninguna ciudad; se quedaba fuera, en despoblado, pero acudían a él de todas partes.

2216 Niels Larsen Stevns, Curación de un leproso, 1913, Museo Skovgaard, Viborg, Dinamarca.

La enfermedad no está en el enfermo

   El leproso no estaba enfermo; la enfermedad estaba en la institución religiosa y en la sociedad que lo marginaba. Por eso la salud llega con el amor, con la solidaridad que se expresa en la rebeldía compartida contra la Ley injusta. Esa es la enseñanza del evangelio de este domingo.

   Nuestra sociedad genera cada vez más marginación. Pero nos equivocamos cuando buscamos la causa en los marginados. La enfermedad está en este otro lado.

   ¿La solución? Leamos atentamente este pasaje del evangelio y asimilemos su enseñanza. Y saquemos -cada uno, cada comunidad- las consecuencias.

Impuros

   El concepto de impureza en la religión judía era mucho más amplio que el nuestro: era impuro todo lo relacionado con la muerte, la actividad sexual, las enfermedades de la piel… y algunos animales (el cerdo, las serpientes…). Entre todas las impurezas la más grave, después de la que provocaba la muerte, era la de la lepra, «primogénita de la muerte», según el libro de Job (18,13). Las personas que contraían impureza no podían participar en las celebra­ciones religiosas, (a excepción de los ritos que, una vez desaparecida la causa de la impureza, estaban previstos para recobrar la pureza y que se debían iniciar fuera del campamento, -ver Lv 14,1-9) pues eran consideradas repugnantes para Dios. (El libro del Levítico dedica cinco largos capítulos, del 11 al 15, a describir las distintas impurezas y los correspon­dientes ritos de purificación.) Algunas de las cosas impuras se consideraban así, originariamente, por razones de higiene (por ejemplo, el cerdo se empezó a considerar un animal impuro porque transmitía con frecuencia una enfermedad, la triquinosis, que provocaba la muerte; como no sabían explicar estas muertes, se concluyó que el cerdo era un animal repug­nante a Dios, impuro; la muerte se interpretaba como el castigo de Dios por haber comido un animal que él consideraba repugnante). En el caso de la lepra, nombre que incluye a todas las enfermedades de la piel, debió de influir, además de su aspecto repulsivo, el miedo al contagio: en principio, para evitar el contagio, se excluye al que la padece de la convivencia con los demás hombres y, desde una interpretación religiosa, le hace aparecer como portador de un castigo divino. En otros casos, el origen estaba en lo misterioso o inexplicable para el hombre primitivo de ciertos fenómenos (la transmisión de la vida, por ejemplo). Cualquiera que fuese el origen y el desarrollo posterior de estas creencias, lo cierto es que, al final, se acabó dando a todo un sentido religioso.

   En tiempos de Jesús, este punto de vista religioso y ritual se había impuesto a todos los demás, llegando en el desarrollo posterior de las normas contenidas en los escritos bíblicos a la más ridícula exageración: no sólo era considerado impuro el que padecía una enfermedad en la piel, sino todo aquel que entraba en contacto con él de cualquier manera, aún sin darse cuenta, (Lv 5,3), incluso el que tocaba a un leproso para curarle las heridas; y según los más extremistas, se contraía impureza ¡sólo con pasar bajo la misma sombra -por ejemplo, la sombra de un árbol- que en ese momento estuviera cobijando a un leproso! Por supuesto, eran considerados impuros todos los pecadores y todos los paganos.

Marginados por la ley

   La primera consecuencia de estas normas relativas a la pureza era la marginación de un número importante de personas. En el caso de los leprosos, estaba prescrito por la Ley de Moisés, como leemos en la primera lectura, que tenían que vivir fuera de los pueblos y ciudades y, si se acercaban a un lugar habitado o se cruzaban con alguien en el camino, estaban obligados a gritar manifestando su condición de impuros para evitar que alguien se les acercase: «El que haya sido declarado enfermo de lepra, andará harapiento y despeinado, con la barba tapada y gritando: “¡Impuro, impuro!” Mientras le dure la lepra, seguirá impuro: vivirá solo y tendrá su morada fuera del campamento» (Lv 13,45-46), pues la presencia de personas impuras en el campamento, incluidos los leprosos, hace impuro al campamento entero (Nm 5,2)

   Esta situación de marginación se hacía aún más gravosa por la mentalidad de la época que consideraba que cualquier sufrimiento o cualquier enfermedad que pudiera padecer una persona era un castigo de Dios por el pecado.

   De la precaución higiénica se había pasado a la marginación social justificada con argumentos religiosos. Con ello, los que estaban sanos no sólo se podían desentender tranquilamente de los enfermos, sino que también podían presumir de buenos.

El amor vence a la ley

   Jesús está descubriendo las características más importantes del reinado de Dios mediante signos, o acciones liberadoras. La gira por toda Galilea que se pone en marcha a continuación de los hechos que sucedieron en Cafarnaún (Mc 1,38.39) culmina con este episodio. En la sinagoga de Cafarnaún Jesús había ofrecido a los israelitas la liberación desenmascarando una religiosidad que se había alejado definitivamente del plan de Dios (1,21b-28); en la casa de Pedro trató de alejar a los suyos del peligro del fanatismo, exclusivista y violento (1,29-30) y enseguida huyó de la tentación de triunfalismo en la que cayó la ciudad entera, incluidos sus discípulos, entusiasmada por la vida desbordante que ofrecía Jesús (1,32-38). Toda esta actividad, decimos, culmina en la acción que relata el evangelio de hoy: la purificación de un leproso.

   Estas circunstancias y el hecho llamativo de que se acerque un solo enfermo y que sea él el que tome la iniciativa de dirigirse a Jesús (lo que históricamente es poco menos que imposible) ponen de manifiesto el carácter representativo del personaje: en él se ponen delante de Jesús todos los marginados por las leyes religiosas que, sabiendo que en la religión oficial no iban a encontrar salvación alguna, se han sentido esperanzados al escuchar la proclamación del reinado de Dios que Jesús ha realizado por toda Galilea.

   El leproso del evangelio, al aproximarse a Jesús, está ya vio­lando la ley (como hemos visto, no tenía derecho a relacionarse con los demás, ni siquiera para buscar su salud).  Pero es que Jesús, permitién­dole que se acercara a él y tocándolo, también viola la ley, según la cual, en ese mismo instante, Jesús queda contaminado de impureza (Lv 5,3). Lo que sucede, sin embargo, es exactamente lo contrario de lo que decía la ley: no es Jesús el que se contamina de impureza, es el leproso el que resulta limpio, el que queda puro.

   Es curioso que en ningún momento el leproso pida la salud o se diga que queda curado de su enfermedad («si quiere, puedes limpiarme… -quiero, queda limpio… se le quitó la lepra y quedó limpio»). Es de la suciedad que acompaña a su enfermedad, de la impureza, de lo que realmente quiere liberarse aquel hombre; y es de esa marginación a la que lo condenaba su presunta suciedad de lo que lo libera Jesús.

   Para describir las emociones de Jesús ante la situación de aquel hombre, Marcos usa un verbo (conmovido) que se corresponde en su forma adjetival con la definición de Dios en el libro del Éxodo y en otros lugares del A.T.: «El Señor, el Señor, el Dios compasivo y clemente, paciente, misericordioso y fiel…» (Ex 34,6; ver también Dt 4,31). Este verbo se usa sólo para referirse a Dios en el A.T y a Jesús y al Padre en el Nuevo. Es, por tanto, el amor de Dios escondido por la ley y manifestado ahora por medio de Jesús, lo que libera a aquel hombre. Es el amor solidario de Jesús, su compromiso con la felicidad de sus semejantes, lo que hace que la lepra se marche del leproso librándolo a un tiempo de la enfermedad y de la marginación.

   La vida -el amor es la manifestación más genuina de la vida- venció a la ley y Jesús dejó claro que la enfermedad no puede considerarse nunca un castigo divino. Y, además, el gesto de Jesús se convierte en denuncia de una religión que ni sirve para poner a los hombres bien con Dios ni ayuda a los hombres a relacionarse armónicamente entre ellos, sino que es causa de la marginación y el abandono de los que más necesitados están de solidaridad y de ternura; una religión que, para colmo, echa la culpa a Dios de tal marginación.

Otro era el enfermo

   El relato evangélico descubre de este modo que la causa de la marginación a la que estaba sometido aquel leproso -y, con él, todos los que él representa- no es su enfermedad; la causa de su marginación no estaba en él sino en la sociedad, en la Ley que lo condenaba a no relacionarse con nadie que no estuviese como él y a gritar ¡impuro, impuro! siempre que alguien se le acercaba.

   Al acercarse a Jesús, el leproso viola la ley; al tocarlo, Jesús viola la ley: al romper ambos con la causa de su enfermedad -¡con la ley!-, la enfermedad desaparece. Y su salud se convierte así en testimonio contra los responsables de que una religión que nació en un proceso de liberación y de justicia se hubiera convertido en causa de injusticia y de marginación: «ve a que te examine el sacerdote y ofrece por tu purificación lo que prescribió Moisés como prueba contra ellos».

   Con esta orden, Jesús no propone al leproso que cumpla con el complicado procedimiento ritual prescrito en la ley (Lv 14,1-32) para ser reconocido y admitido de nuevo en la sociedad; lo que Jesús pretende es poner delante de la institución religiosa una denuncia viviente: la curación del leproso es prueba contra ellos, denuncia de una religión que se había olvidado de la misericordia de Dios y negaba a los hombres la posibilidad de ser objeto de ese amor. Jesús quiere dejar constancia de cuáles eran las consecuencias de la margi­nación y cuáles las del amor. Y dejar claro que Dios nos es un Dios justiciero, que no rechaza a nadie que quiera ser objeto de lo que Él es en esencia: compasión y amor.

   En cualquier caso, y al menos por algún tiempo, Jesús tuvo que pagar su solidaridad con el leproso sufriendo él mismo la marginación: «en consecuencia, [Jesús] no podía entrar ya manifiestamente en ninguna ciudad; se quedaba fuera, en despoblado, pero acudía a él de todas partes».

   En nuestra sociedad y en nuestra Iglesia aún se dan mu­chos casos de marginación. Y muchos de estos casos se siguen justificando en nombre de Dios.

   ¿No se llegó a decir -¡por gente seria!- que el SIDA era un castigo de Dios por nuestros muchos pecados? Y, cuando esta enfermedad se descubrió ¿no se repitió en el caso de las personas que la padecían la marginación que sufrieron los leprosos en otras épocas?

   ¿No nos inclinamos a considerar malos, pecadores, a ciertos grupos de personas -drogadictos, prostitutas, delincuentes de poca monta, inmigrantes, vagabundos, sin techo- antes que luchar contra la verdadera causa de esas situaciones, que es una organización social injusta que, precisamente por ser injusta empuja a muchos a situarse en el margen y después los condena y los excluye?

   En este momento, el Papa Francisco está haciendo un esfuerzo enorme para superar la marginación que determinados grupos de personas han sufrido y todavía sufren en la comunidad cristiana, esfuerzo que se ve constantemente obstaculizado desde dentro de la misma Iglesia. La cuestión es esta: ¿Qué respuesta damos en la comu­nidad cristiana a los divorciados, a los homosexuales, a las madres solteras, a las personas prostituidas…? ¿La margi­nación? ¿La rígida aplicación de su ley por encima de la única ley válida, el mandamiento del amor?

          ¿Quiénes son los verdaderos pecadores, los margina­dos o los marginadores? ¿A quiénes tendería su mano Jesús, a quiénes reprocharía su conducta? ¿A los que el sistema considera impuros o a los puritanos?

El texto y un breve comentario de cada una de las lecturas de este domingo se podrán encontrar pulsando aquí: Primera lectura, Salmo, Segunda lectura, Evangelio.
Texto tomado de la página web “Llamados a ser libres” de Rafael J. García Avilés: www.rafaelj.net.

Comentario 2

Predicación en Galilea. La marginación: el leproso (1,39-45)

(Mt 8,2-4; Lc 5,12-16)

   Ante el hecho de la marginación de base religiosa dentro de Israel, Jesús toma postura contra el código de lo puro y lo impuro contenido en la Ley de Moisés. Procura convencer a los marginados de que su situación ha sido y es una injusticia humana, que no puede justificarse invocando la voluntad divina.

39   Fue predicando por las sinagogas de ellos, por toda Galilea, y expulsando los demonios.

La actividad de Jesús en Galilea es parecida a la que ha tenido en la sinagoga de Cafarnaún: en toda la región, normalmente los sábados, anuncia la cercanía del reinado de Dios al pueblo que, por estar integrado en la institución (sinagogas), no sospechaba la existencia de una alternativa. Sigue la conexión entre proclamación y expulsión de demonios (fanatismos violentos que impiden la convivencia humana).

39   Acudió a él un leproso y le suplicó de rodillas: «Si quieres, puedes limpiarme».

   Como colofón de este recorrido por el Israel institucional aparece la figura de un leproso que se acerca a Jesús. El leproso es el caso extremo y el prototipo de la marginación religiosa y social impuesta por la Ley (Lv 13,45s). Por su condición de impuro, y según lo que se enseña en la sinagoga, este hombre cree estar excluido del acceso al reino de Dios.

   La figura del leproso pone en evidencia el daño social que hacían las prescripciones discriminatorias de la ley de lo puro y lo impuro y es exponente de la dureza y falta de amor en que formaba el sistema judío a sus adictos, marginando sin piedad a quienes necesitarían ayuda. La experiencia de Jesús al terminar su labor en Galilea es que una parte de Israel, de la que el leproso representa el caso extremo, está marginada por motivos religiosos, y se le niega la posibilidad de  salvación.

   El leproso estaba obligado a mantenerse a distancia de los sanos; al acercarse a Jesús, está violando la Ley, pero su angustia lo hace arriesgarse; de rodillas, temiendo un castigo por su atrevimiento; si quieres, puedes, se dice de Dios en Sab 12,18. El leproso ve en Jesús un poder divino.

41-42 Conmovido, extendió la mano y lo tocó diciendo: «Quiero, queda limpio». Al momento se le quitó la lepra y quedó limpio.

   La reacción de Jesús no es la que teme el leproso: al ver la miserable situación de aquel hombre, Jesús se conmueve; este verbo se usaba en el judaísmo solamente de Dios; en el NT, sólo de Jesús: el amor entrañable de Dios por los hombres se manifiesta en Jesús. El no reconoce marginación alguna; la establecida por la Ley no corresponde a lo que Dios es y quiere: el reinado de Dios no excluye a nadie de la salvación.  Violando la Ley (Lv 5,3; Nm 5,2), Jesús toca al leproso y este queda limpio de la lepra.

   El leproso esperaba que Jesús restableciese su relación con Dios, que por sí solo -pensaba- él no podía alcanzar. Creía que al estar marginado por la institución religiosa también Dios lo rechazaba. De ahí su insistencia en ser purificado (limpiado). Su idea de Dios es la de los maestros oficiales: la de un Dios que no ama ni acepta a todos los hombres, sino solamente a los que cumplen ciertas condiciones de pureza física o ritual.

43-44 Le regañó y lo sacó fuera en seguida diciéndole: «¡Mira, no la digas nada a nadie! En cambio, ve a que te examine el sacerdote y ofrece por tu purificación lo que prescribió Moisés como prueba contra ellos».

   Por eso no le basta estar curado; tiene que convencerse de que ninguna marginación procede de Dios; la Ley que la prescribe es cosa humana. Debe independizarse de la institución religiosa, convenciéndose de que su modo de actuar no expresa lo que Dios es; si no lo hace, estará siempre a su arbitrio y podrá ser marginado de nuevo.

   Por haberse creído marginado por Dios, Jesús le regaña; para hacerlo cambiar de mentalidad (sacarlo fuera) le hace ver las severas y costosas condiciones que le impone la institución para admitirlo. Tiene que comparar al Dios amoroso que se manifiesta en Jesús con el Dios duro y exigente que propone la institución. Los ritos impuestos por Moisés (no por Dios; cf. Lv 14,1-32) demuestran la dureza de aquel pueblo (como prueba contra ellos, cf. Dt 31,26).

45 Él, cuando salió, se puso a proclamar y a divulgar el mensaje a más y mejor; en consecuencia, Jesús no podía ya entrar manifiestamente en ninguna ciudad; se quedaba fuera, en despoblado, pero acudían a él de todas partes.

   Cuando el marginado se convence (al salir), su alegría es grande y difunde la noticia. Jesús ha tomado postura pública contra la marginación religiosa y contra la Ley que la prescribe. En consecuencia, queda marginado; no puede entrar abiertamente en los lugares donde hay sinagoga (Ciudades/pueblos) pero aumenta el número de marginados que acuden a él. Se abre así el Reino a todos los excluidos como impuros por la Ley y la institución judía.

  Tomado de: Juan Mateos ‑ Fernando Camacho, Marcos, Texto y comentario.

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