Domingo de Resurrección
5 de abril de 2026
Primera lectura: Hechos de los Apóstoles 10,34ª.37-43: Nosotros somos testigos de todo lo que hizo, tanto en el país judío como en Jerusalén. Lo mataron, colgándolo de un madero. 40 A éste, Dios lo resucitó al tercer día e hizo que se dejara ver…
Salmo 117(118),1-2.15b-17.22-23a: La piedra que desecharon los arquitectos, es ahora la piedra angular. Es el Señor quien lo ha hecho
Segunda lectura (se puede elegir una de las dos que siguen):
Colosenses 3,1-4: Por tanto, si habéis resucitado con el Mesías, buscad lo de arriba, donde está el Mesías sentado a la derecha de Dios.
1ª Corintios 5,6b-8: Haced buena limpieza de la levadura del pasado para ser una masa nueva, conforme a lo que sois: panes sin levadura.
1 El primer día de la semana, por la mañana temprano, todavía en tinieblas, fue María Magdalena al sepulcro y vio la losa quitada. 2 Fue entonces corriendo a ver a Simón Pedro y también al otro discípulo, el predilecto de Jesús, y les dijo:
– Se han llevado al Señor del sepulcro y no sabemos dónde lo han puesto.
3 Salió entonces Pedro y también el otro discípulo y se dirigieron al sepulcro. 4 Corrían los dos juntos, pero el otro discípulo se adelantó, corriendo más de prisa que Pedro, y llegó primero al sepulcro. 5 Asomándose vio puestos los lienzos; sin embargo, no entró. 6 Llegó también Simón Pedro siguiéndolo, entró en el sepulcro y contempló los lienzos puestos, 7 y el sudario, que había cubierto su cabeza, no puesto con los lienzos, sino aparte, envolviendo determinado lugar. 8 Entonces, al fin, entró también el otro discípulo, el que había llegado primero al sepulcro, vio y creyó.
9 Es que aún no habían entendido aquel pasaje donde se dice que tenía que resucitar de la muerte. 10 Los discípulos se fueron de nuevo a su casa.
| El texto y un breve comentario de cada una de las lecturas de este domingo se podrán encontrar pulsando más arriba, en los enlaces correspondientes. |
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| Comentario tomado de la página web “Llamados a ser libres” de Rafael J. García Avilés: www.rafaelj.net. |

Testigos de la victoria del amor y de la vida
Decidieron eliminar al que les estorbaba, al que, según ellos ofendía a sus dioses, denunciaba su corrupción o amenazaba sus privilegios y su poder. Pero Dios, el Padre, el liberador, no estuvo de acuerdo con ellos… porque el Padre estaba con él, con Jesús. Al mismo Pedro le costó trabajo creérselo: era demasiado para él aceptar que quien siempre gana -el poder, que se sirve de la violencia- había perdido esta vez. El otro discípulo sí logró interpretar los signos que tenía ante sus ojos; porque había seguido a Jesús hasta la cruz y allí había sentido cerca lo que significa la fuerza del amor, la fuerza de la vida. Nosotros, hoy, somos testigos de quién fue quien obtuvo, de Dios, la victoria.
Todavía en tinieblas
No podía ser. Los discípulos no se lo podían creer. No entraba dentro de las posibilidades que ellos manejaban. A pesar de que Jesús se lo había anunciado varias veces (Jn 10,17-18; 12,7.23-28; véase también Mc 8,31; 9,31; 10,33-34), no creían que Jesús pudiera resucitar. Por eso, aunque ya era de día, María Magdalena (que simboliza a aquella comunidad de Jesús) estaba aún en tinieblas. Porque, muy a su pesar, estaba convencida de que la tiniebla había vencido definitivamente a la luz, de que la muerte había prevalecido sobre la vida, y de que el poder había vencido al amor. Ella- Magdalena, la comunidad- estaba triste; pero seguro que había muchos que todavía estaban celebrando la que creían que era su victoria. Todos se equivocaron. No había lugar para la tristeza de María Magdalena ni para la alegría de los que celebraban la muerte de Jesús.
Su misión estaba respaldada por el mismo Dios; y lo habrían descubierto, si hubieran tenido ojos para verlo, en la inmensidad del amor que se manifestó en la cruz. Por eso, a pesar de que María Magdalena estaba resignada u obstinadamente todavía en tinieblas, aquel día amaneció.
El nuevo día
El nuevo día amaneció y, con él, nació un hombre nuevo. El fragmento del evangelio que se lee en la eucaristía de este domingo, está lleno de alusiones a la creación: con la resurrección de Jesús, Dios, el Padre, ha llevado a término su obra creadora; el mundo viejo queda atrás y, desde ahora es posible una nueva vida para el hombre, un nuevo modelo de persona, una manera más plena de ser humano, pues su espíritu puede colmarse con el Espíritu que Jesús había entregado (Jn 19,30) poco antes.
El proyecto que Dios había presentado a la humanidad por medio de Jesús no se iba a ver interrumpido por la oposición de un gobernador cínico y asustado de una lejana provincia del Imperio Romano y de unos jerarcas religiosos, corruptos, traidores a su fe y con delirios de grandeza. Al contrario: su crimen, su injusticia, iba a producir el efecto contrario al que ellos deseaban. Su mundo, el de ellos, y no el de Jesús, empezaba a desaparecer con la nueva era que comenzaba aquel primer día de la semana.
Aquel domingo (pronto empezaría a llamarse así, día del Señor) comenzaba de nuevo la cuenta de los días del hombre, del hombre nuevo y la nueva humanidad nacidos del costado abierto del Nazareno; se abría una nueva posibilidad, un modo nuevo de ser persona: el realizado por Jesús de Nazaret, el que se completó y se consumó en su entrega: una vida concebida como servicio, por amor, a la humanidad (Jn 13,1-17).
Era el principio de la primavera. Y en aquel huerto/jardín (que recuerda el jardín del Edén, en donde sitúa el libro del Génesis la creación de la primera pareja humana: Gn 2,8ss) en el que estaba el sepulcro de Jesús se estaba manifestando la victoria del amor y de la vida sobre el poder y el odio homicida.
Vio y creyó
María, al llegar sepulcro, no encontró allí al Señor y corrió, asustada, a avisar a los discípulos. El sepulcro estaba vacío y los lienzos con los que habían atado a Jesús después de su muerte estaban allí como testigos silenciosos de su libertad, prueba del triunfo del amor y de la vida.
Ante el anuncio de María, reaccionan dos discípulos: Pedro, el que había negado a Jesús porque en el fondo creía que la muerte es más fuerte que el amor (Jn 18,16.25-27), y el que siguió a Jesús hasta la sala del juicio y lo acompañó hasta la misma cruz (Jn 18,15; 19,26), arriesgando así su propia vida, por amor.
Pedro todavía no se creía que el amor es más fuerte que la muerte, no aceptaba que para construir un mundo nuevo hay que romper con los valores del antiguo. Seguía sin querer abandonar del todo las creencias que compartía con los que habían llevado a Jesús hasta la muerte. Hacía muy poco que, al verse en la necesidad de dar testimonio de Jesús, sintió miedo y negó ser uno de sus discípulos y, cuando Jesús fue crucificado, se mantuvo bien alejado de la cruz. Pedro no había hecho «limpieza de la levadura del pasado para ser una masa nueva» y aún tenía que decidirse a asumir la tarea de ser pastor al estilo de Jesús, dispuesto a dar la vida por las ovejas. Más tarde llegaría el momento en el que aceptaría que el triunfo está en la vida y no en la muerte, en el servicio por amor y no en el poder (Jn 21,15-19).
El otro discípulo, el que había seguido a Jesús hasta el último momento, el único que estuvo presente al pie de la cruz mientras Jesús estuvo colgado en ella, junto a la madre de Jesús y a otras mujeres, representa a todos los que están dispuestos a seguir hasta el final a Jesús. Allí, ante Jesús crucificado, fue testigo de que la vida cuando se entrega por amor, es fuente de más y más vida. Por eso, porque estuvo presente en el momento en que Jesús entregó el espíritu, sólo él supo interpretar los signos que tenían ante sí. Por eso al llegar al sepulcro «vio y creyó». Él su supo ver la nueva luz que alumbraba aquella aurora, para él sí que se disiparon las tinieblas de aquella terrible noche.
Desde esta nueva perspectiva seguro que comprendió íntegramente todo lo que había sucedido en los últimos días; y seguro que leyó con otra luz el cartel que Pilato mandó colocar sobre la cabeza de Jesús. Y sin duda que comprendió de qué manera se había cumplido en toda su integridad la profecía de Zacarías: aquel rey justo, pacífico y humilde, era también un rey victorioso.
Y Dios lo resucito
Y Dios le dio la victoria. Dios lo resucitó. Dios estaba con él.
Muchas veces, a lo largo de la historia y a lo ancho de la geografía, se ha querido presentar a Dios como el que justificaba los abusos homicidas del poder: en nombre de Dios condenaron a Jesús de Nazaret y en nombre de Dios se sigue condenando a los verdaderos luchadores por la liberación de los pueblos. En nombre de Dios se legitiman las guerras y se bendicen las armas, instrumentos de muerte. Pues a pesar de que los tiranos invoquen a Dios, y a pesar de que existan profesionales de la religión que dan la razón a los tiranos, la resurrección de Jesús nos muestra de parte de quién está Dios.
Y, además, la resurrección de Jesús demuestra que el amor es el único camino que conduce a la salvación de este mundo, que la entrega, día a día, (no siempre será necesaria la máxima prueba de amor, dar de una vez la vida por aquellos a quienes se quiere) de la propia vida por amor es el único instrumento verdaderamente eficaz para construir un mundo en el que todos puedan, —podamos— vivirfelices. Y que Dios, el Padre de Jesús, está comprometido en ese proyecto.
La resurrección de Jesús es la puerta más ancha abierta a la esperanza para la humanidad. A pesar de que parezca que los acontecimientos de cada día lo desmienten (los hombres seguimos haciendo de la muerte instrumento para organizar la convivencia: guerra, violencia, represión de las libertades, violación de los derechos humanos, injusta distribución de la riqueza, políticas migratorias homicidas…), a pesar de que toda esa violencia se apoya muchas veces en motivos —o hipócritas pretextos— religiosos, a pesar de todo ello la resurrección de Jesús nos revela que sólo hay un arma verdaderamente eficaz para armonizar las relaciones humanas: el amor, el servicio —que no es la servidumbre ni el servilismo—, el don de sí mismo, la solidaridad; cimentado todo ello en la justicia.
Eso fue lo que predicó Jesús.
Y por eso lo mataron.
Pero Dios estaba con él. Y Dios lo resucitó. Y Dios le dio la victoria. Y al conservarle la vida, le dio la razón.
Nosotros somos testigos
La muerte de Jesús, decíamos, en cuanto hecho histórico, pertenece ya al pasado. Pero la muerte no ha sido todavía vencida del todo pues la injusticia, instalada en nuestro mundo, sigue siendo causa de la muerte de millones de víctimas inocentes: de todos los muertos como consecuencia de la violencia y las guerras, del hambre y la miseria que coexisten con un mundo escandalosamente opulento; de todos los muertos, ahogados al cruzar el Mediterráneo o el cauce del Río Grande; y, especialmente, de todos los que han muerto asesinados como consecuencia de su compromiso con la justicia y la libertad. Pues bien, nosotros, los cristianos tenemos la responsabilidad de ser testigos de que el amor seguirá venciendo y de que Jesús seguirá resucitando en aquellas comunidades y en aquellos colectivos en los que se imponga la justicia sobre la injusticia, la igualdad sobre los privilegios, el servicio sobre la opresión, el amor sobre el poder, la vida sobre la violencia homicida.
Los primeros cristianos pronto tomaron conciencia de que esa era una de sus tareas más importantes: dar testimonio ante el mundo de que Dios está del lado de la vida: «Nosotros somos testigos de todo lo que hizo tanto en el país judío como en Jerusalén. Lo mataron colgándolo de un madero. A éste, Dios lo resucitó al tercer día….».
Es cierto que dar ese testimonio será, a su vez, causa de conflictos, de persecución y muerte: el próximo día 24 se cumplirán 28 años desde que Monseñor Gerardi, arzobispo de Guatemala, presentó el documento que había estado elaborando sobre la represión durante la dictadura titulado Recuperación de la Memoria Histórica; dos días después, el 26 de abril de 1998 fue brutalmente asesinado. El martes de la semana pasada, el 24 de marzo, se cumplía el 46º aniversario del martirio —y de la resurrección— de Óscar A. Romero; y cada día podríamos evocar decenas de aniversarios de hombres y mujeres que dieron su vida luchando por la justicia en nombre de su fe en Jesús o, lo que es lo mismo —aunque algunos no lo sepan y otros se empeñen en decir lo contrario— de su fe en el Hombre. Pero esas muertes —que nuestra fe nos dice que no serán definitivas pues unidas a la muerte de Jesús están también indisolublemente unidas a su resurrección— actuarán como levadura que, tal vez sin que se aprecie de manera inmediata, irán abriendo paso al triunfo de la vida en este mundo.
Asumamos nuestra responsabilidad
El testimonio de tantos mártires, sin embargo, no nos debe llevar a un triunfalismo fácil que nos oculte lo que todavía nos falta. Porque en la comunidad cristiana de hoy, aunque ya estemos viviendo en pleno día, no han desaparecido totalmente las tinieblas. Es significativo que ante la terrible violencia que los países ricos ejercen contra los países pobres los cristianos no seamos capaces de dar un testimonio concorde.
Encendamos la televisión, abramos un periódico. No hace falta describir lo que encontraremos, pero por desgracia, las noticias raramente nos hablan de la victoria de la vida y casi siempre se trata de muerte, de injusticia, de pobreza, de hambre.
No podemos mirar para otro lado; y, mucho menos, podemos refugiarnos en una falsa religiosidad para tranquilizar nuestras conciencias. Responsabilidad de cristianos es denunciar las causas de tanto sufrimiento, de tanta injusta miseria y de tanta destrucción.
Ante esta realidad, ¿cuál es nuestro testimonio? ¿Cuál es nuestra fe en la fuerza del amor y de la vida? A veces nos mostramos tan prudentes que más bien parece que estamos intentando nadar y guardar la ropa, tratando de que no nos confundan con los rojos o con los verdes, con los revolucionarios —a quienes se trata de presentar como violentos— o con los pacifistas —a quienes se presenta interesadamente como ingenuos— que no profesan explícitamente nuestra fe. Sin embargo, con mucha menos prudencia, no nos importa que nos confundan con los que son causa directa de estas injusticias o con quienes les ofrecen legitimación; unos y otros, aunque sin duda gobiernan el mundo en favor del dinero, su verdadero dios, no tienen empacho en hacerlo invocando hipócritamente el nombre del Dios y Padre que dio la victoria a Jesús sobre la muerte. ¿No será que aún queda en nosotros levadura vieja, que aún nos quedan restos —quizá bastantes— de los valores de este mundo? ¿O que no hemos comprendido quizá del todo lo que significa ser testigos de la resurrección?
| Comentario 2º: Tomado de: Juan Mateos/Juan Barreto, Juan, Texto y comentario. |
Juan 20,1-10
El sepulcro vacío
El sepulcro vacío muestra que Jesús no ha quedado prisionero de la muerte. Ha comenzado el día primero de la nueva creación (cf. Gn 1,5), con el que se inicia la época final de la historia. La comunidad, sin embargo, sigue pensando que la muerte ha sido el fin de todo.
20,1 El primer día de la semana, por la mañana temprano, todavía en tinieblas, fue María Magdalena al sepulcro y vio la losa quitada.
Terminada la creación del Hombre (19,30) y preparada la verdadera Pascua (19,31-42), comienza sin interrupción el nuevo ciclo: el de la creación nueva y la Pascua definitiva. No señala el evangelista intervalo de días entre la muerte-sepultura de Jesús y la llegada del día primero; subraya así que uno y otro hecho son inseparables. “El último día”, que alboreó en la cruz, viene presentado ahora como “el primer día”, que inaugura la nueva época de la humanidad.
Por la mañana temprano indica un momento en que ya hay luz (18,28), dato difícil de conciliar con el que sigue: todavía en tinieblas. Comoen este evangelio “la tiniebla” significauna ideología contraria a la verdad de la vida (1,5; 3,19; 6,17; 12,35), esto quiere decir que María va al sepulcro poseída por la falsa concepción de la muerte y no se da cuenta de que el nuevo día ha comenzado ya. Es clara la alusión al Cantar (3,1: “Por la noche, buscaba al amor de mi alma; lo busqué y no lo encontré”). María es figura de la comunidad-esposa.
Ella cree que la muerte ha triunfado. Va únicamente a visitar el sepulcro, sin llevar nada. La comunidad ha olvidado la recomendación de Jesús en Betania: guardar aquel perfume, que lo honraba como dador de vida, para el día de su sepultura (12,7). Pero la fe en la vida, simbolizada allí por el perfume, está ausente de María y de los discípulos que aparecerán a continuación. Buscan al dador de vida como a un cadáver.
Al llegar, vio la losa quitada del sepulcro. La losa puesta habría sido el sello de la muerte definitiva (cf. 11,38s.41); pero la vida de Jesús no se ha interrumpido, su historia no se ha cerrado.
2 Fue entonces corriendo a ver a Simón Pedro y también al otro discípulo, el predilecto de Jesús, y les dijo: «Se han llevado al Señor del sepulcro y no sabemos dónde lo han puesto».
La reacción de María es de alarma. Avisa a los dos discípulos por separado. Como lo había anunciado Jesús, su muerte ha provocado la dispersión de los suyos (16,32).
En vez de anunciarles el dato objetivo, que la losa estaba quitada, María les propone su propia interpretación del hecho: se han llevado al Señor. Lo que era señal de vida (el sepulcro abierto) no lo ve como tal. Llama a Jesús “el Señor”, pero para ella es un Señor impotente, que está a merced de lo que quieran hacer con él. El plural no sabemos indica la desorientación de la comunidad.
Ésta se siente perdida sin Jesús. Hay una actitud de búsqueda, pero buscan a un Señor muerto. Él era su fuerza y su punto de referencia; al creerlo reducido a la impotencia, la comunidad queda ella misma sin ánimos y sin norte.
3-5 Salió entonces Pedro y también el otro discípulo y se dirigieron al sepulcro. Corrían los dos juntos, pero el otro discípulo se adelantó, corriendo más de prisa que Pedro, y llegó primero al sepulcro. Asomándose vio puestos los lienzos; sin embargo, no entró.
Nueve veces se menciona el sepulcro en esta perícopa, mostrando que la idea de Jesús muerto es la que domina en los suyos. Nadie recuerda que el sepulcro está en un huerto, lugar de vida (19,41).
Ante la noticia que les da María, ambos discípulos tienen la misma reacción: ir al sepulcro. Los dos corren juntos,mostrando su interés por lo sucedido y su adhesión a Jesús. Durante el trayecto, sin embargo, se produce una diferencia: el discípulo predilecto de Jesús se adelanta a Pedro.
Las dos veces que hasta ahora Pedro y ese discípulo han aparecido juntos (13,23-25; 18,15ss), este último ha tenido ventaja sobre Pedro. También ahora, el que ha estado junto a la cruz (19,26) y ha visto su fruto (19,35) corre más deprisa. Pedro, llamado aquí dos veces por el mero sobrenombre, aludiendo a su obstinación (cf. 13,6.37; 18,16.17.18.25.27), concibe todavía la muerte de Jesús como un fracaso, no como muestra de amor y fuente de vida (12,24). Tras las negaciones, ha vuelto a la adhesión a Jesús, pero sigue sin aceptar su entrega.
El discípulo encuentra que la losa está quitaday que los lienzos ya no atan a Jesús (19,40); los ve puestos, extendidos, como sábanas en el lecho nupcial. Distingue la señal de la vida, pero no la comprende. Debería deducir que Jesús, desatado de los lienzos, se ha marchado por sí solo (cf. 11,44, de Lázaro: Desatadlo y dejadlo que se marche), pero no concibe aún que la vida pueda superar a la muerte.
El discípulo no entra en el sepulcro; va a ceder el paso a Pedro. Después de las negaciones de éste (18,15-17.25), es un gesto de aceptación y reconciliación.
6-7 Llegó también Simón Pedro siguiéndolo, entró en el sepulcro y contempló los lienzos puestos, y el sudario, que había cubierto su cabeza, no puesto con los lienzos, sino aparte, envolviendo determinado lugar.
Pedro sigueal otro discípulo; el más cercano a Jesús marca el camino. Al contrario que éste, Pedro no se detiene a mirar, entra directamente. También él ve los lienzos puestos. Descubre, además, el sudario, símbolo de muerte (11,44, de Lázaro), aunque éste no había cubierto la cara de Jesús, ocultando su personalidad; solamente su cabeza, porque su muerte era un sueño (19,30). No está puesto con los lienzos, sino colocado aparte, envolviendo determinado lugar.
Lo extraño de esta expresión indica un segundo sentido. De hecho, “el lugar” denota en este evangelio el templo de Jerusalén (4,20; 5,13; 11,48) o, por contraste, el lugar donde se encuentra Jesús, nuevo santuario (6,10.23; 10,40, etc.). Aquí este “lugar”, separado del de Jesús (donde están los lienzos), designa el templo. El significado es, pues, el siguiente: al matar a Jesús, los dirigentes judíos han intentado suprimir del mundo la presencia de Dios, y con ello han condenado a la destrucción su propio templo, donde Dios debía haber tenido su casa (cf. 2,19). La muerte (el sudario), vencida por Jesús, envuelve y amenaza sin remedio a la institución que lo condenó.
Resumiendo: El lecho del sepulcro, con las sábanas puestas, aparecía desde fuera como un tálamo nupcial, anunciando vida y fecundidad. Sólo al entrar se descubre el sudario, pero separado del lecho: la fiesta de bodas anula la muerte pasada. Los lienzos o sábanas van a servir aún; el sudario, en cambio, que lleva en sí la muerte, cubre la institución homicida.
No hay reacción de Pedro ante los signos.
8 Entonces, al fin, entró también el otro discípulo, el que había llegado primero al sepulcro, vio y creyó.
Insiste el evangelista en la deferencia del otro discípulo (el que había llegado antes), que muestra una actitud de amor como la de Jesús. Cuando entra, ve las mismas señales que Pedro, pero él las comprende: la muerte no ha interrumpido la vida, simbolizada por el lecho nupcial preparado. Ahora cree y, como dijo Jesús a Marta, ve la gloria de Dios (11,40), es decir, el alcance de su amor, que da una vida definitiva, capaz de vencer la muerte.
Resalta el contraste entre los dos discípulos: sólo cree el segundo.
9 Es que aún no habían entendido aquel pasaje donde se dice que tenía que resucitar de la muerte. Los discípulos se fueron de nuevo a su casa.
En 16,16 decía Jesús a sus discípulos: “Dentro de poco dejaréis de verme, pero un poco más tarde me veréis”. Esta ausencia breve, no definitiva, aludía a Is 26,19-21 LXX: “Se levantarán los muertos… el Señor va a salir de su morada”. Los discípulos no han visto en la Escritura un testigo de Jesús, no saben que se ha producido el nacimiento del Hombre (16,21).
En toda la escena, Pedro y el otro discípulo no hablan entre ellos ni hacen comentario alguno sobre lo que han visto; se separan sin haberse comunicado. La inverosimilitud del hecho da al episodio cierto carácter de paradigma, como si el evangelista estuviera describiendo el impacto de la muerte de Jesús en la comunidad y las disposiciones que el hecho de la resurrección encontró en diferentes miembros de ella. De hecho, los discípulos no continúan la búsqueda de Jesús ni anuncian a otros lo sucedido (se fueron de nuevo a su casa).
Síntesis: El hecho físico y palpable de la muerte parece tan definitivo que, a pesar de las numerosas afirmaciones de Jesús sobre la continuidad de la vida, los discípulos no superan el trauma de la cruz y la sepultura. Sin embargo, aunque Jesús ha muerto, no es un cadáver; es inútil ir a buscarlo al sepulcro; éste es un pasado que remite al presente. No se puede vincular la memoria de Jesús a un lugar determinado ni erigirle un mausoleo como a un difunto ilustre. Su historia no ha terminado.

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