Domingo 6º del Tiempo Ordinario – Ciclo A
15 de febrero de 2026
Primera lectura. Eclesiástico 15,[14].15-20: Delante del hombre están muerte y vida: le darán lo que él escoja.
Salmo responsorial: Salmo 118,1-2.4-5.17-18.33-34: Dichoso el que, con vida intachable, camina según la voluntad del Señor.
Segunda lectura. 1ª Corintios 2, 6-10: exponemos un saber divino y secreto, … ese que ninguno de los jefes de la historia presente ha llegado a conocer, pues, si lo hubieran descubierto, no habrían crucificado al glorioso Señor.
ido a echar abajo la Ley ni los Profetas! No he venido a echar abajo, sino a dar cumplimiento: 18 porque os aseguro que antes que desaparezcan el cielo y la tierra, ni una letra ni una coma desaparecerá de la Ley antes que todo se realice.
19 Por tanto, el que se exima de uno solo de esos mandamientos mínimos y lo enseñe así a los hombres, será llamado mínimo en el reino de Dios; en cambio, el que los cumpla y enseñe, ése será llamado grande en el reino de Dios: 20 porque os digo que, si vuestra fidelidad no se sitúa muy por encima de la de los letrados y fariseos, no entráis en el reino de Dios.
21 Os han enseñado que se mandó a los antiguos: «No matarás (Éx 20,13), y si uno mata será condenado por el tribunal». 22 Pues yo os digo: Todo el que esté peleado con su hermano será condenado por el tribunal; el que lo insulte será condenado por el Consejo; el que lo llame renegado será condenado al fuego del quemadero.
23 En consecuencia, si yendo a presentar tu ofrenda al altar, te acuerdas allí de que tu hermano tiene algo contra ti, 24 deja tu ofrenda allí, ante el altar, y ve primero a reconciliarte con tu hermano; vuelve entonces y presenta tu ofrenda.
25 Busca un arreglo con el que te pone pleito, cuanto antes, mientras vais todavía de camino; no sea que te entregue al juez, y el juez al guardia, y te metan en la cárcel. 26 Te aseguro que no saldrás de allí hasta que no pagues el último cuarto.
27 Os han enseñado que se mandó: «No cometerás adulterio» (Éx 24,14). 28 Pues yo os digo: Todo el que mira a una mujer casada excitando su deseo por ella, ya ha cometido adulterio con ella en su interior.
29 Y si tu ojo derecho te pone en peligro, sácatelo y tíralo; más te conviene perder un miembro que ser echado entero en el fuego. 30 Y si tu mano derecha te pone en peligro, córtatela y tírala; más te conviene perder un miembro que ir a parar entero al fuego.
31 Se mandó también: «El que repudia a su mujer, que le dé acta de divorcio» (Dt 24,1). 32 Pues yo os digo: todo el que repudia a su mujer, fuera del caso de unión ilegal, la empuja al adulterio, y el que se case con la repudiada comete adulterio.
33 También os han enseñado que se mandó a los antiguos: «No jurarás en falso» (Éx 20,7) y «cumplirás tus votos al Señor» (Dt 23,22; Nm 30,3).
34 Pues yo os digo que no juréis en absoluto: por el cielo no, porque es el trono de Dios; 35 por la tierra tampoco, porque es el estrado de sus pies» (Is 66,1); por Jerusalén tampoco, porque es la ciudad del gran rey» (Sal 48,3); 36 no jures tampoco por tu cabeza porque no puedes volver blanco ni negro un solo pelo. 37 Que vuestro sí sea un sí y vuestro no un no; lo que pasa de ahí es cosa del Malo.
| El texto y un breve comentario de cada una de las lecturas de este domingo se podrán encontrar pulsando más arriba, en los enlaces correspondientes. |
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| Comentario tomado de la página web “Llamados a ser libres” de Rafael J. García Avilés: www.rafaelj.net. |

Friedrich Petersen Sermón de la montaña, 1927.
Un ideal que supera le ley
La ley de Moisés debió haber servido al hombre, cuando el hombre era niño, para que usara adecuadamente su libertad. Contaba con capacidad más que suficiente para usarla bien, pero se sirvió de ella —de su libertad— para buscarse la ruina o para arruinar a sus semejantes. Y usó la ley como excusa o como tapadera de su dejadez o su egoísmo; o, lo que es todavía más grave, como instrumento de dominio de unos pocos sobre la mayoría. Y, de este modo, la ley fracasó.
Por eso ahora Jesús, donde la ley prohibía algún crimen o alguna ofensa concreta, Jesús propone un ideal ilimitado: abrirse a que Dios reine, aceptar su reinado de libertad, de justicia y de amor.
Libertad y responsabilidad
Un problema que ha inquietado siempre a los hombres religiosos es el del origen del mal. ¿Cuál es el origen del odio, del egoísmo, de la opresión, de la violencia? En muchas culturas antiguas se responde a esta cuestión atribuyendo a un dios malvado o al perfil cruel de un dios con dos caras el origen del mal. La respuesta de la Biblia, sin embargo, es, desde los primeros capítulos del Génesis, unánime: de ningún modo se puede atribuir a Dios el origen del mal; éste procede del mal uso que el hombre hace de una cualidad —quizá su cualidad más valiosa— que Dios ha querido que éste tenga, la libertad: «El Señor creó al hombre al principio y lo entregó en poder de su albedrío» (Eco 15,14). El hombre puede elegir entre todo lo que le ofrece la naturaleza —fuego y agua— e, incluso, puede decidir por sí mismo cuál será su destino: «delante del hombre están muerte y vida: le darán lo que él escoja». Ahora bien, Dios no dio al hombre esa facultad para que se arruinara, sino para que, a imagen del mismo Dios, tuviera la grandeza de hacerse a sí mismo, de ser el protagonista de su propia historia: «si quieres, guardarás sus mandatos, porque es prudencia cumplir su voluntad». Dios no sólo hizo libre al hombre, sino que también lo dotó del talento necesario —la prudencia, sabiduría práctica para ordenar su comportamiento— para hacer un uso positivo de la libertad.
Personas adultas
Esa capacidad, sin embargo, no se usó demasiado bien, sino todo lo contrario. Jesús se encontró con un mundo en el que los responsables del orden, sus jefes —pasajeros, aunque ellos se crean eternos— y aquellos que ambicionaban llegar a ser jefes de algún modo, confundían la libertad con su capricho, con sus deseos egoístas. (En realidad, podríamos poner en tiempo presente todo el párrafo anterior). Por eso sintieron que el mensaje que llegaba de parte de Dios por medio de Jesús resultaba extremadamente peligroso para sus intereses y decidieron acabar con el mensajero y quitarlo de en medio.
Pablo nos habla de dos sabidurías contrapuestas: la de este mundo, la que ha dado como resultado el [des]orden actual, y un saber divino y, hasta ahora, secreto, que Pablo expone a los cristianos maduros, a los hombres hechos, que podríamos identificar con aquellos cristianos que han asumido el mensaje de Jesús y, viviendo de acuerdo con él, son capaces de hacer un uso pleno y responsable de la libertad y la prudencia que el evangelio les proporciona; son los cristianos adultos que siguen el consejo de Pablo en la carta a los Romanos: «no os amoldéis al mundo este, sino idos transformando con la nueva mentalidad, para ser vosotros capaces de distinguir lo que es voluntad de Dios, lo bueno, conveniente y acabado» (Rm 12,2). Esa sabiduría no es sino el conocimiento del reino de Dios, que él «ha preparado para los que lo aman» y que, resumido, se presenta en el evangelio de Mateo en las bienaventuranzas.
Un mundo de hermanos
Ese reino de Dios podríamos condensarlo en una expresión que se repite mucho en estos comentarios: “un mundo de hermanos”. Jesús pretende convencer a los hombres de que Dios quiere ser Padre de todos y que, por tanto, todas las personas podemos vivir como hermanas. Si acertamos por fin a usar adecuadamente nuestra libertad y aceptamos su ofrecimiento, iremos venciendo al mal en el mundo y alcanzaremos la felicidad: la nuestra y la de todos.
Hermoso ideal, sin duda, pero, ¿cómo se lleva a cabo?
Moisés, de parte del Señor, dio al pueblo de Israel los mandamientos, normas que para orientar su conducta hacia una convivencia más armónica. Pero eso era sólo el principio. Los mandamientos no son suficientes. No lo fueron históricamente: los jefes de este mundo pasajero que decidieron eliminar a Jesús eran los jefes religiosos de Israel, los responsables de estimular al pueblo para que perseverara con fidelidad en el cumplimiento de los mandamientos creando un modelo de convivencia propio de personas libres y solidarias. Pero lo que hicieron en realidad fue exactamente lo contrario: apoyándose en la misma ley, mantuvieron al pueblo en una permanente minoría de edad, impidiéndole crecer y realizarse como imagen de Dios; usurparon el lugar de Dios y organizaron la convivencia de tal modo que ellos quedaran siempre en una situación de privilegio. A costa del pueblo y en contra de la voluntad de Dios.
Ahora, frente a la antigua ley, Jesús propone un proyecto radicalmente nuevo: la ley no sirve como guía del comportamiento humano; su lugar debe ser ocupado por un compromiso de amor sin medida que no cabe en los estrechos límites de una ley ni en cientos de ellas. Por eso a la ley antigua “os han enseñado…” Jesús contrapone su ideal: “pero yo os digo…”
El gran ideal es ese mundo de hermanos fundado en el amor fraterno: los medios concretos para alcanzar ese ideal son las exigencias que cada situación plantea para realizar el amor con plenitud en cada uno de los ámbitos de la vida humana. No son leyes, sino ejercicio de la libertad soberana de los hijos de Dios que constituye la superación de la ley: de la ley antigua y de cualquier otra ley.
Jesús no pretende reformar simplemente las antiguas instituciones; por medio de él va a nacer una nueva realidad. Lo antiguo se cumple; y al cumplirse, caduca, se acaba. Empieza una nueva era en las relaciones de Dios con la humanidad.
Una nueva alianza y unas nuevas exigencias, las bienaventuranzas, en las que se condensa y se supera todo lo bueno que pudiera contener la antigua ley; un nuevo pueblo: todos los que acepten esas exigencias, sin privilegios de ningún tipo. Un nuevo objetivo: no la tierra prometida, sino el reinado de Dios en la Tierra. Y la promesa cumplida y, una vez más, enriquecida y renovada: no aquel «Yo seré vuestro Dios», sino la invitación a ser hijos, el ofrecimiento de ser Padre.
Sus exigencias…
No se trata de promulgar nuevos preceptos para sustituir a los antiguos. La cuestión no es cambiar unas leyes por otras más o menos exigentes, sino enseñarnos a cambiar la ley por el Espíritu de amor que, en adelante, deberá ser la energía que mueva a sus seguidores. Lo importante para los hombres hechos no es lo que está mandado, la letra de la ley; lo importante es abrirse a la acción del Espíritu y con él aprender a querer lo que Dios quiere: el bien del hombre, el respeto de la dignidad y la libertad del ser humano, antes imagen y ahora sabemos que, además, llamado a ser hijo de Dios.
Por eso el seguidor de Jesús, que sabe que su felicidad la encontrará construyendo la paz, no puede conformarse con no matar; debe arrancar de su corazón el odio y sus expresiones externas: la ira, el insulto, el juicio de condena… «Os han enseñado que se mandó a los antiguos: “No matarás (Ex 20, 13), y si uno mata será condenado por el tribunal”. Pues yo os digo: Todo el que esté peleado con su hermano será condenado por el tribunal…» Y no podrá pretender estar a bien con Dios si no está en paz con los hermanos.
Y aquellos que saben que es posible la felicidad para los hombres si éstos actúan con limpieza y honradez, no se podrán dar por satisfechos evitando el adulterio; deberán abstenerse de considerar a la mujer un simple objeto de placer y respetarla hasta con el pensamiento: «…todo el que mira a una mujer casada excitando su deseo por ella, ya ha cometido adulterio con ella en su interior».
Y los que sienten hambre y sed de justicia no podrán practicar la injusticia de repudiar a la esposa, despidiéndola sin ningún derecho (y sin que ella tuviera el derecho de hacer lo mismo con el marido): «Pues yo os digo: todo el que repudia a su mujer, fuera del caso de unión ilegal, la empuja al adulterio, y el que se case con la repudiada, comete adulterio».
Y los que hacen gala de limpieza de corazón no tendrán necesidad de jurar, pues la sinceridad, la limpieza de corazón, ha de ser la única actitud posible entre los que trabajan para construir un mundo de hermanos: «Pues yo os digo que no juréis en absoluto… Que vuestro sí sea un sí y vuestro no un no…»
… y nuestra fidelidad
Este es el objeto primario de nuestra fidelidad: tenemos que ser fieles a Jesús y a su proyecto, instaurar el reino de Dios, convertir este mundo en un mundo de hermanos.
Los fariseos eran hombres de una fidelidad exagerada a la Ley y a las leyes; todo lo cumplían al pie de la letra. Pero tanta ley encadenó su libertad, los convirtió en esclavos y dejó seco su corazón. Para Jesús y para sus seguidores la Ley se queda pequeña. Y Jesús la declara cumplida, caducada. A partir de ahora el ejercicio adulto de nuestra libertad se deberá traducir antes que nada en una primera fidelidad: al Espíritu de Jesús que sólo está donde hay libertad («donde hay Espíritu del Señor, hay libertad» 2Cor 3,17) para que sea posible el Amor: «A vosotros, hermanos, os han llamado a la libertad; solamente que esa libertad no dé pie a los bajos instintos. Al contrario; que el amor os tenga al servicio de los demás, porque la Ley entera por la acción del Espíritu, queda cumplida con un solo mandamiento, el de “amarás a tu prójimo como a ti mismo”» (Gál 5,13-14).
¿Las demás fidelidades? Todas… siempre que no escondan, contradigan o estorben a la que es principal.
| Comentario 2º Tomado de: Juan Mateos – Fernando Camacho, El evangelio de Mateo. Lectura comentada. |
Se cumplirán las promesas
Jesús quiere deshacer un malentendido y una decepción. Quienes conocen la grandeza de las promesas del AT, que se han traducido en la expectativa mesiánica, pueden sentirse defraudados ante el horizonte que presenta Jesús. Una comunidad de pobres y perseguidos no parece responder a la expectativa de felicidad y prosperidad anunciadas. Jesús afirma que su misión («he venido») no consiste en echar abajo el AT (la Ley ni los Profetas) como promesa del reinado de Dios, sino todo lo contrario: dar cumplimiento a esas promesas.
«Echar abajo»: el verbo gr. kataluo significa «echar abajo, demoler, derribar» un edificio, no abolir una ley; en Mt se usa siempre del templo (24;2; 26,61; 27,40). «La Ley y los Profetas;» es un modo de designar el conjunto del: AT. EL doble complemento excluye también el sentido de «derogar», como si se tratara solo de preceptos legales. «Dar cumplimiento»: el verbo gr. plerôsai es utilizado continuamente por Mt para indicar el cumplimiento de profecías (1,22; 2,15.17.23; 4,14; 8,17; 12,17, etc.). Su relación con «los Profetas» es clara; pero también tiene relación con «la Ley», es decir, con los escritos de Moisés; pues se pensaba que el Mesías había de realizar el éxodo definitivo, del que el realizado por Moisés era solo tipo. De hecho, Mt considera la Ley y los Profetas como profecía del reinado de Dios (cf. 11,13). La misión de Jesús es positiva, no negativa; viene precisamente a dar cumplimiento a las promesas del reinado de Dios contenidas en el AT.
18. Jesús confirma solemnemente lo dicho («os aseguro»). Todo lo contenido en Ja Escritura (lit. «la Ley», otro modo de designar el AT, que pone el énfasis en Ja obra de Moisés) se realizará (gr. genêtai), hasta en sus mínimos detalles, antes que desaparezca el mundo visible. No se trata, pues, en el texto de observar una ley, sino de realizar una promesa (cf. 6,10: «realícese en la tierra tu designio del cielo», que equivale a la llegada del reino mencionada inmediatamente antes). EI término «la Ley» se refiere en particular al nuevo éxodo y a la entrada en la nueva tierra prometida. El éxodo liberador comienza con la muerte de Jesús y queda abierto para toda la humanidad. No hay lugar, por tanto, a decepción alguna por lo que Jesús ha dicho. EI programa propuesto por él es el único eficaz para llevar a cabo el designio de Dios anunciado en el AT. El malentendido que disipa Jesús revelaba una mentalidad particular: la de aquellos que esperaban un reinado de Dios implantado desde arriba, sin colaboración humana. Jesús ha expuesto en su programa (las bienaventuranzas) que esta colaboración es indispensable para crear La sociedad humana justa que es el reinado de Dios y la tierra prometida a la que conduce su éxodo.
19. De ahí La necesidad para los discípulos de practicar cada una de las bienaventuranzas antes propuestas. «Esos mandamientos mínimos»: «esos» (touton) no puede referirse a los de la Ley, no mencionados antes, sino a los expuestos por Jesús, es decir, a las bienaventuranzas, código de la comunidad del reino. Para referirse a los de la Ley —ni la letra ni el acento son mandamientos—, el texto debería decir «sus mandamientos». EL nombre «mandamientos» indica precisamente que las bienaventuranzas toman el lugar de los de la antigua Ley. El calificativo «mínimos» corresponde a lo expresado por Jesús en 11,30: «Mi yugo es llevadero y mi carga ligera.»
Las frases «será llamado mínimo/grande en el reino de Dios» no indican jerarquía en el reino; son expresiones judías que designan la exclusión del reino o la pertenencia a él. La exigencia de Jesús es, por tanto, total; no se puede pertenecer al reino si no se practican todas y cada una de las bienaventuranzas que tocan al discípulo. Se refiere principalmente a la primera y a la última, que invitan a la opción y a la fidelidad a ella; de estas nacen la disposición y la actividad en favor de los otros (5,6-9).
Estos «mínimos» o excluidos del reino de Dios reaparecen bajo diversas imágenes en otros pasajes del evangelio: son los falsos profetas (7,15), los árboles dañados que dan fruto dañado (7,17s), los que invocan a Jesús y actúan en su nombre, pero cometen la iniquidad (7,21-23; cf. 13,41), la cizaña en el campo (13,38), los peces que se excluyen (l3,48s), el invitado sin traje de fiesta (22,12s). La imagen del árbol (7,17s) los pone en relación con el dicho de Juan Bautista (3,10): son los que no han hecho una verdadera enmienda, los que no han roto con la injusticia del pasado (3,8).
20. Da Jesús la razón de lo que acaba de decir: la fidelidad de los suyos ha de situarse muy por encima de la de los letrados y fariseos. La fidelidad se entiende de modo intensivo y extensivo, en calidad y totalidad. Es insuficiente el legalismo, que se contenta con guardar preceptos; pero el discípulo no puede ser negligente en la práctica de su compromiso. La puerta para «entrar en el reino de Dios» es precisamente la primera bienaventuranza. A ella se refiere, por tanto, esta fidelidad.
Corrige la Ley y su interpretación
(Lc 6,27-36)
Comienza una sección (5,21-48) en que Jesús ataca la concepción de la Ley mantenida por los letrados, primera de las dos categorías mencionadas en el versículo anterior. Se compone de seis antítesis entre la doctrina que estos enseñan y las correcciones o aboliciones que hace Jesús. Este no pretende radicalizar la ley de Moisés, sino, frente a ella, sacar las consecuencias que derivan para la conducta de un principio mucho más exigente: el bien del hombre y la creación de una sociedad nueva donde rigen las relaciones humanas propias del amor mutuo. En lugar de casuística, Jesús requiere la limpieza de corazón, la actitud interior de amor a los demás y el trabajo por la paz, manifestación de esa actitud.
La primera antítesis trata del mandamiento «No matarás» (Ex 20,13), «no cometer homicidio», y de la pena que se le asignaba, la condena pronunciada por un tribunal de 23 miembros.
Jesús plantea la exigencia desde otro punto de vista. No basta abstenerse de la acción externa; la actitud interna, estar airado con el hermano, merece ya el juicio. Para el reino se requiere la disposición benévola y favorable a los demás (5,8: «limpios de corazón»). La mala actitud interior se manifiesta en el insulto; en el reino de Dios, el desprecio manifestado es reato que requiere un tribunal más elevado que el mismo homicidio, el Consejo supremo. Cuando el insulto llega a excluir al otro del propio trato («renegado», môre, cf. Dt 32,6, donde se aplica al pueblo de hijos degenerados), merece la pena definitiva. «El quemadero», la gehenna, tomó su nombre del valle Gehinnon, y era el gran quemadero de basuras de Jerusalén; había pasado a ser símbolo del castigo definitivo, concebido como la destrucción por el fuego.
23-24. Pasa Jesús a exponer el lado positivo de la actitud de los que trabajan por la paz. Hay que recomponer la unidad rota por alguna ofensa, y eso tiene prioridad sobre todo acto de culto (cf. 12,7). Inútil acercarse a Dios si existe división.
25. Advierte Jesús sobre las consecuencias para el que está en falta de no reconocerla ni procurar la reconciliación. Cuando no se ataja la discordia, su efecto recaerá sobre el que no ha querido dar el paso para lograr la paz.
27-30. Con el sexto mandamiento, la Ley prohibía la acción externa, el adulterio. Jesús vuelve a insistir en la limpieza de corazón (en su interior = en su corazón). «Mujer» significa «mujer casada». EL adulterio es una injusticia y lo mismo el deseo de cometerlo. «EL ojo» simboliza el deseo; «la mano», la acción. Ceder al impulso de uno u otra lleva al hombre a la muerte. Hay que eliminar el mal deseo con la pureza del corazón (5,8); la mala acción con la ayuda al prójimo (5,7).
31-32. EL repudio, injusticia contra la mujer. No basta el documento legal para justificar la acción. La mujer sigue ligada al marido que abusivamente la despidió. «Fuera del caso de unión ilegal»: el gr. porneia puede significar la inmoralidad en general, la prostitución, la frecuentación de prostitutas (1 Cor 6,18) y la unión entre parientes prohibida por la Lev (Lv 18,6-8; 1 Cor 5,1). En este pasaje hay que optar entre una traducción que atribuya culpa a la mujer (inmoralidad, prostitución) y la de «matrimonio ilegal». La primera (mujer culpable) haría el texto contradictorio.
Hay que optar, por tanto, por la segunda. También el repudio procede del corazón no limpio (cf. 15,19).
33-37. El juramento se practica en la sociedad por la falta de sinceridad entre los hombres. En el reino de Dios, donde la sinceridad es regla (5,8: limpios de corazón), el juramento es superfluo; es más, sería señal de corrupción en las relaciones humanas.
«El Malo» es Satanás, ya mencionado en las tentaciones (4,8-10). La falta de sinceridad nace de la ambición.

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