Para convertir la tierra en un cielo

Domingo 4º del Tiempo Ordinario

1 de febrero de 2026

Primera lectura. Sofonías 2,3;3,12-13: Buscad al Señor los humildes que cumplís sus mandamientos; buscad la justicia, buscad la moderación.

Salmo 145,7-10: El Señor ama a los justos, el Señor guarda a los emigrantes, sustenta al huérfano y a la viuda trastorna el camino de los malvados.

Segunda lectura. 1ª Corintios 1,26-31: …lo débil del mundo se lo escogió Dios para humillar a lo fuerte; y lo plebeyo del mundo, lo despreciado, se lo escogió Dios: lo que no existe, para anular a lo que existe, de modo que ningún mortal pueda enorgullecerse ante Dios.

                       Evangelio: Mateo 5, 1-12

     5 1 Al ver Jesús las multitudes subió al monte, se sentó y se le acercaron sus discípulos. 2 Él tomó la palabra y se puso a enseñarles así:

3 Dichosos los que eligen ser pobres,

     porque ésos tienen a Dios por rey.

4 Dichosos los que sufren,

     porque ésos van a recibir el consuelo.

5 Dichosos los sometidos,

     porque ésos van a heredar la tierra.

6 Dichosos los que tienen hambre y sed de esa justicia,

     porque ésos van a ser saciados.

7 Dichosos los que prestan ayuda,

     porque ésos van a recibir ayuda.

8 Dichosos los limpios de corazón,

     porque ésos van a ver a Dios.

9 Dichosos los que trabajan por la paz,

     porque a ésos los va a llamar Dios hijos suyos.

10 Dichosos los que viven perseguidos por su fidelidad,

     porque ésos tienen a Dios por rey.

11 Dichosos vosotros cuando os insulten, os persigan y os calumnien de cualquier modo por causa mía. 12Estad alegres y contentos, que grande es la recompensa que Dios os da; porque lo mismo persiguieron a los profetas que os han precedido.

El texto y un breve comentario de cada una de las lecturas de este domingo se podrán encontrar pulsando más arriba, en los enlaces correspondientes.

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Comentario tomado de la página web “Llamados a ser libres” de Rafael J. García Avilés: www.rafaelj.net.

Rudolf Yelin, Sermón de la montaña, 1912, cuadro de la iglesia protestante de Reinerzau, Selva Negra, Alemania.

Para convertir la tierra en un cielo

    La pobreza cristiana, según nos explica el evangelio, es una opción revolucionaria —pacífica, no violenta, ¡por supuesto!— para luchar con la las causas de la pobreza, del sufrimiento que esta causa y de cualquier tipo de opresión; y para impulsar un mundo, un modo de convivencia basado sobre valores tales como la ayuda mutua y la solidaridad, la honestidad y la sinceridad, y el compromiso con la paz.

    El objetivo: en medio de conflictos lograr un mundo en el que, sabiendo que uno es nuestro Padre común, todos vivamos como hermanos, un mundo en el que vaya siendo el lugar donde se percibe la presencia de ese Padre, que se vaya convirtiendo en un cielo.

El Señor reina eternamente

    El salmo responsorial de este domingo nos explica qué significaba para los judíos la expresión Reino de Dios, o Reino de los Cielos (esta última era la frase que usaban los judíos y la prefiere Mateo —para evitar “usar el nombre de Dios en vano”— porque su evangelio se dirige a círculos judíos): «El Señor hace justicia a los oprimidos, da pan a los hambrientos… libera a los cautivos… abre los ojos al ciego, … endereza a los que ya se doblan, … ama a los justos, … guarda a los emigrantes… sustenta al huérfano y a la viuda y trastorna el camino de los malvados. El Señor reina eternamente…».

    El reinado de Dios consiste, pues, en un orden social caracterizado porque en él se hace justicia a quienes habitualmente vemos con sus derechos y su dignidad pisoteados, marginados u olvidados. En esa línea, pero como una propuesta mucho más ambiciosa, hay que entender ese reino o reinado que Jesús anuncia desde el comienzo de su misión (evangelio del domingo pasado) y del que la comunidad cristiana debe ser realización primera, anticipo y muestra que se ofrece al mundo como modo alternativo de vivir. Un modelo de convivencia en el que lo que es importante para este mundo nuestro deja de tener importancia para que la adquiera lo que se considera sin valor en nuestro orden social: «Fijaos en vuestra asamblea, no hay en ella muchos sabios en lo humano, ni muchos poderosos, ni muchos aristócratas: todo lo contrario, lo necio del mundo lo ha escogido Dios para humillar a los sabios. Aún más, ha escogido la gente baja del mundo, la despreciable, lo que no cuenta, para anular a lo que cuenta…»

    Estas palabras de San Pablo, mal entendidas, podrían hacer pensar que Dios pretende que adoptemos una actitud de falsa humildad, que renunciemos a nuestra dignidad, que aceptemos el sufrimiento que produce la injusticia y que consintamos las humillaciones a las que nos sometan en este mundo con la esperanza de que ya nos premiará Él después. Pero tal lectura estaría en contradicción con todo el mensaje del Evangelio e, incluso, con la mayoría de los escritos del Antiguo Testamento (como, por ejemplo, el salmo responsorial de hoy).

La pobreza no es una virtud

    No. La pobreza no es una virtud que haga a los hombres más agradables a Dios. Como tampoco lo es el sufrimiento. Dios no es un sádico que goce con el sufrimiento de los hombres. Durante demasiado tiempo se ha propuesto la resignación ante el sufrimiento injusto como una virtud cristiana. De este modo, pretendiéndolo o no, se justificaba la injusticia y se reprimía la justa rebeldía de quienes la soportaban.

    Tampoco se puede decir —y se ha dicho— que la pobreza de los hombres es el resultado de una decisión divina, que distribuye a su antojo pobreza y riqueza: “Dios —se ha llegado a decir— hace pobres a los pobres y ricos a los ricos; pero claro, como los pobres lo pasan muy mal en esta vida, si aquí son dóciles y resignados y no se rebelan contra tal situación querida por Dios… recibirán un gran premio… ¡en la otra vida!” Es el colmo: además de justificar la injusticia, se hace a Dios culpable de ella. Mientras tanto, los verdaderos culpables…. ¡a vivir sin que nadie los moleste! Y, además, con la conciencia tranquila. Y, naturalmente, según esta manera de explicar las cosas, la pobreza sería un signo de la predilección de Dios contra la que casi sería blasfemo rebelarse. Por eso es conveniente, antes de leer y comentar el resto de las demás bienaventuranzas, que dejemos que la Biblia nos aclare puesto que su contenido constituye el ambiente vital y cultural en el que Jesús anuncia y propone su mensaje, lo que en el evangelio de Mateo significa “pobre”.

Pobre significa pobre

    La expresión «pobres de espíritu» de la primera bienaventuranza del evangelio de Mateo ha sido muy mal interpretada, dándole el sentido de los que tienen alma de pobres, los desprendidos espiritualmente de sus bienes, aunque estos sean cuantiosos; y esta interpretación se ha edificado sobre la base de la evolución que —dicen— se produce progresivamente en el Antiguo Testamento, en la que, de un significado puramente material y sociológico, «pobre» pasa a significar «humilde» en sus relaciones con Dios, con una connotación espiritual e individual. Esta interpretación es falsa desde el principio hasta el final. Por eso, en primer lugar, nos vamos a acercar a los textos del A. T. para después comprender mejor el significado de la expresión en la primera bienaventuranza de Mateo.

    Pobre significa pobre. Pobre, en los textos del Antiguo Testamento es el necesitado, el que, en el reparto de las riquezas, recibe menos de lo que en equidad le debería corresponder. Como ejemplo nos puede servir esta cruda descripción del libro de Job:

    «Como asnos salvajes salen a su tarea, madrugan para hacer presa, el páramo ofrece alimento a sus crías; se procuran forraje en descampado o rebuscan en el huerto del rico; pasan la noche desnudos, sin ropa con que taparse del frío, los cala el aguacero de los montes y, a falta de refugio, se pegan a las rocas» (Job 24,5-8).

Las causas de la pobreza

    El Antiguo Testamento no se limita a describir la pobreza; analiza cuáles son las causas que la producen: la pobreza es la consecuencia de la explotación de los poderosos; es su insaciable ambición lo que produce la miseria de los más débiles. Dejemos hablar a los textos mismos:

    «Los malvados mueven los linderos, roban rebaños y pastores, se llevan el asno del huérfano y toman en prenda el buey de la viuda, echan del camino a los pobres y los miserables tienen que esconderse»(Job 24,2)

    «El Señor viene a entablar un pleito con los jefes y príncipes de su pueblo:

    Vosotros devastabais las viñas, tenéis en casa lo robado al pobre. ¿Qué es eso? ¿Trituráis a mi pueblo, moléis el rostro de los desvalidos?»(Is 3,14-15).

    «¡Ay de los que añaden casas a casas y juntan campos con campos, hasta no dejar sitio y vivir ellos solos en medio del país!»(Is 5,8).

    «Los terratenientes cometían atropellos y robos, explotaban al desgraciado y al pobre y atropellaban inicuamente al emigrante. Busqué entre ellos uno que levantara una cerca, que por amor a la tierra aguantara en la brecha junto a mí para que yo no lo destruyera, pero no lo encontré»(Ez 22,29-30).

    «Sé bien vuestros muchos crímenes e innumerables pecados: estrujáis al inocente, aceptáis sobornos, atropelláis a los pobres en el tribunal»(Am 5,12).

    «Hay quien tiene navajas por dientes, cuchillos por mandíbulas para extirpar de la tierra a los humildes y del país a los pobres»(Prov 30,14).

    «La soberbia del malvado oprime al infeliz… El malvado dice con insolencia: “No hay Dios que me pida cuentas”… Su boca está llena de engaños y fraudes, su lengua esconde maldad y opresión; en el corral se agazapa para matar a escondidas al inocente; sus ojos espían al pobre, acecha en su escondrijo como león en su guarida, acecha al desgraciado para secuestrarlo, secuestra al desgraciado, lo arrastra en su red» (Sal 10,2.4.7-10).

Pobre es el empobrecido; pobre es el humillado

    Pobre es, por tanto, el explotado, el que ha sido empobrecido por la insaciable ambición de los ricos y poderosos. Pobre es el oprimido, aquel a quien se le pisotean sus derechos y su dignidad. Pobre es el que ha sido empobrecido y humillado.

    El pobre es siempre la víctima de la injusticia. Y eso está tan claro en el Antiguo Testamento que se considera juez justo no al que es imparcial, sino al que, porque sabe que el poderoso tiene recursos suficientes para defenderse a sí mismo, se pone de parte del pobre para que se igualen las fuerzas:

       «Dios se levanta en la asamblea divina, rodeado de dioses juzga:

    – ¿Hasta cuándo daréis sentencias injustas poniéndoos de parte del culpable? Proteged al desvalido y al huérfano, haced justicia al humilde y al necesitado, defended al pobre y al indigente sacándolos de las manos del culpable» (Sal 82,1-4).

    Este texto nos puede ilustrar la relación idolatría-injusticia: lo que caracteriza a los dioses falsos y a sus representantes en la tierra es dar sentencias injustas, poniéndose de parte del culpable. Es importante también destacar el paralelismo antitético entre pobre y culpable

    «Abre tu boca y da sentencia justa defendiendo al pobre y al desgraciado» (Prov 31,9).

    Hacer justicia, dar sentencia justa, es ponerse de la parte del pobre. Pero pocos jueces de ese tipo habría en Israel, cuando Dios mismo tiene que tomar sobre sí, como tarea propia, la defensa de los pobres:

    «Escuchadlo los que oprimís a los pobres y elimináis a los miserables; pensáis: «¿Cuándo pasará la luna nueva para vender el trigo o el sábado para ofrecer el grano y hasta el salvado del trigo? Para encoger la medida y aumentar el precio, para comprar por dinero al desvalido y al pobre por un par de sandalias.» ¡Jura el Señor por la gloria de Jacob que no olvidará jamás lo que habéis hecho!» (Am 8,4).

    «Corte el Señor los labios lisonjeros y la lengua fanfarrona de los que dicen: «La lengua es nuestra valentía, nuestros labios nos defienden, ¿quién será nuestro amo?» El Señor responde: «Por la opresión del humilde, por el lamento del pobre, ahora me levanto y pongo a salvo al que lo anhela.» (Sal 12,4-6).

    Lo que todos estos textos nos están diciendo es que nadie puede decir que habla en nombre de Dios, que representa a Dios o que actúa en su nombre si su palabra y sus acciones no van dirigidos a realizar la justicia; y que aquellos que dicen que representan a Dios o que hablan en su nombre y no defienden de palabra y de obra la justicia y la libertad y se callan ante la injusticia y la opresión son simplemente, unos embaucadores, unos embusteros.

    «Señor, ¿quién como tú, que defiende al débil del poderoso, al débil y pobre del explotador?» (Sal 35,10; véase también Sal 72; Job 36,6).

    Y así nace, en la última época del Antiguo Testamento, la figura de los «pobres del Señor»: no son simplemente los humildes delante de Dios; son los que, perdida toda su confianza en que les pueda venir cualquier tipo de liberación de los poderosos, han puesto toda su confianza en Dios. Los «pobres de Yahvé», los «pobres del Señor» son, por tanto, los que están totalmente decepcionados de la organización de la sociedad que nos hemos dado los hombres y han depositado toda su confianza en una nueva organización social, en un nuevo proyecto de convivencia de acuerdo con la voluntad de Dios, un nuevo orden que responde al proyecto de humanidad contenido en la palabra de Dios. (Sal 69,30-37; 70,2-6).

Los que eligen ser pobres

    Toda esta tradición la recoge Mateo cuando proclama «dichosos los pobres». Pero Mateo no dice sólo «dichosos los pobres», sino «dichosos los pobres de espíritu». ¿Será, por tanto, cierto que para Mateo son dichosos no los pobres de verdad, sino los que tienen «alma de pobre»?

    En lugar de andar haciendo elucubraciones por nuestra cuenta, busquemos la respuesta en el mismo evangelio de Mateo:

    «Dejaos de amontonar riquezas en la tierra, donde la carcoma y la polilla las echan a perder, donde los ladrones abren boquetes y roban. En cambio, amontonaos riquezas en el cielo… Porque donde tengas tu riqueza, tendrás tu corazón» (Mt 6,19-21).

    Pobres de espíritu son los que dejan de amontonar riquezas en la tierra, esto es, los que siendo pobres renuncian a hacerse ricos (no tienen que renunciar, por supuesto, a una vida digna para todos) o los que, siendo ricos, se hacen pobres.

    «Pobre de espíritu» es aquel que por decisión de su espíritu (el espíritu, en la antropología bíblica, no es el lugar donde residen los sentimientos, sino que indica una fuerza, un impulso vital orientado a la decisión y a la acción), se hace pobre; «pobres de espíritu» son «los que eligen ser pobres».

    Al añadir la expresión «de espíritu» (Lucas 6,20 dice simplemente «dichosos los pobres»), Mateo hace aún más radical la exigencia que plantea esta bienaventuranza: Mateo exige que la pobreza sea real y, además, que sea el resultado de una opción personal; según la redacción de este evangelio, en la primera bienaventuranza se promete la felicidad a los que, además de ser pobres de hecho, acogen, aceptan libremente la pobreza o, más exactamente, renuncian a buscar la riqueza para sí mismos para luchar contra la pobreza de todos.

Pobres para que no haya pobres

    Lo que el evangelio llama el reinado de Dios consiste, esquemáticamente, en esto: Dios quiere que los hombres nos organicemos según su voluntad, que lo aceptemos a él como Padre común y que nos comprometamos a vivir como hijos suyos (Mt 6,9; 23,9) y, en consecuencia, como hermanos unos de otros (Mt 23,8). Dios quiere un mundo en el que todos seamos iguales y en el que, en vez de que unos pocos exploten a la mayoría, todos nos sirvamos mutuamente por amor (Mt 20,25-28). Eso es el reino de Dios (o, en expresión de Mateo, «reino de los cielos»).

    El peor enemigo de ese proyecto de Dios para la humanidad es la ambición, el poder del dinero. Porque, por causa de la ambición, los hombres nos convertimos en competidores y en enemigos unos de otros y, de esa manera, jamás podremos llegar a ser hermanos. Por eso, el mismo evangelio de Mateo dice: «No podéis servir a Dios y al dinero» (Mt 6,24), lo que significa: para organizar el mundo no podéis serviros, al mismo tiempo, de las leyes de Dios y de las leyes del dinero. [Y puesto que el capitalismo neoliberal es hoy la religión del dinero, el dios al que se adora y da culto y al que se ofrecen diariamente miles de sacrificios humanos, hoy podríamos decir, como dijeron algunos obispos cristianos (Pedro Casaldáliga, Miguel Esteban Hesayne), que no se puede ser cristiano y neoliberal, no se puede ser cristiano y defender el capitalismo].

    La promesa que completa la primera bienaventuranza, «porque ésos tienen a Dios por rey», aporta un último elemento para entender el significado de «pobre de espíritu»: se trata de hacerse pobre para liberarse del dominio del dinero y no someterse a ningún otro Señor, a ningún otro Rey, no poner la confianza en nadie más que en el Dios que quiere la libertad y defiende la justicia para los pobres y, poniendo en práctica su voluntad, construir la igualdad entre los hombres y hacer posible que su justicia reine en este mundo:

    «Conque no andéis preocupados pensando qué vais a comer, o qué vais a beber, o con qué os vais a vestir. Son los paganos quienes ponen su afán en esas cosas. Ya sabe vuestro Padre del cielo que tenéis necesidad de todo eso. Buscad primero que reine su justicia y todo eso se os dará por añadidura» (Mt 6,31-33).

    Hacerse pobre, esto es, renunciar a hacerse rico para poder trabajar por que reine la justicia de Dios, hacerse pobre para luchar contra la pobreza, para que no haya pobres: eso es ser «pobre de espíritu».

Ahora, en este tiempo

    La promesa de felicidad, por tanto, no es para el otro mundo; no es un premio de consolación para los que aquí han soportado resignadamente la injusticia; se trata de una promesa de felicidad que Dios quiere que experimentemos en esta vida, y eso sucederá cuando «los que eligen ser pobres» sientan la profunda libertad que comporta no tener otro Rey que Dios, cuando se den cuenta de que, gracias a su esfuerzo y a la ayuda del Padre, en el mundo reina la justicia de Dios, se ha hecho presente su reino, se ha implantado en la tierra el «reinado de los cielos», recibiendo respuesta la petición del padrenuestro: «venga a nosotros tu reino», «llegue tu reinado, realícese en la tierra tu designio del cielo» (Mt 6,10).

    Y, además, esa felicidad continuará y llegará a su plenitud en la otra vida, ¡por supuesto! El evangelio de Marcos expresa esto de forma clara y concluyente, en palabras de Jesús a sus discípulos, al final del relato del hombre rico:

     «Os lo aseguro: No hay ninguno que deje casa, hermanos o hermanas, madre o padre, hijos o tierras, por causa mía y por causa de la buena noticia, que no reciba cien veces más: ahora, en este tiempo, casas, hermanos y hermanas, madres, hijos y tierras -entre persecuciones- y, en la edad futura, vida definitiva» (Mc 10,29-30; véase Mt 19,29, texto paralelo a éste, aunque en él no están tan claramente marcadas las dos etapas).

Seréis dichosos

    El evangelio de hoy resume, pues, el programa del Reinado de Dios: se enumeran en él la opción fundamental que deberán hacer los seguidores del Mesías y la necesidad de mantener esa opción cuando ésta provoque conflictos (primera y última bienaventuranza); las situaciones negativas, de injusticia, que se superarán y los grupos que se beneficiarán especialmente con la instauración del Reinado de Dios (bienaventuranzas 2, 3 y 4); y, finalmente, los valores que lo caracterizarán (bienaventuranzas 5, 6 y 7).

    El cimiento de ese orden nuevo es la opción solidaria por la pobreza, o, dicho de otro modo, la renuncia a la injusta riqueza cuyo objetivo final constituye una decidida e irrenunciable opción por los pobres y contra la pobreza. En la Biblia se considera que la causa principal de todos los males que sufren los hombres es la ambición: el deseo de hacerse ricos para ser más poderosos. Un ejemplo de esta manera de pensar la tenemos en el salmo de hoy en el que se contraponen dos grupos de hombres: los pobreslos oprimidos, los hambrientos, los cautivos, los ciegos, los que ya se doblan, los justos, los forasteros, el huérfano la viuda—, en favor de los cuales reina Dios, y los malvados — los que no están en la lista anterior y tienen la culpa de que esa lista sea realidad— para quienes el establecimiento del reinado de Dios supone ver trastornados sus caminos.

    Esto no significa que la pobreza sea una virtud con cuya práctica se consiguen méritos para ir al cielo; la pobreza evangélica es una pobreza revolucionaria y solidaria. Revolucionaria porque quiere transformar y sustituir el orden social que padecemos; y solidaria porque busca un mundo en el que no haya pobres, ni marginados, ni nadie que sufra a causa de la injusticia establecida como eje estructurante del orden social.

    Por eso en el mundo nuevo que propone Jesús en las bienaventuranzas, mundo que nace con su persona y con los que vayan respondiendo afirmativamente a su llamada, los principales beneficiarios serán, los pobres, esto es, los que sufren y los que lloran y, sobre todo, los que tienen hambre y sed de esta justicia, los que conscientes de la maldad de la falsa justicia de este mundo envejecido, han puesto su esperanza en la justicia del Dios liberador, del Padre de Jesús Mesías de quien nacerá un mundo nuevo en el que los valores fundamentales serán la solidaridadlos misericordiosos-, la honradez, la honestidadlos limpios de corazón– y la acción no violenta en favor de la armonía de todos los hombres –los que trabajan por la paz-.

    La primera bienaventuranza no es, por tanto, una invitación a la resignación. Al contrario, es una llamada, una vocación, a la lucha contra la pobreza de los hombres y de los pueblos.

    En efecto: «Dichosos los que eligen ser pobres, porque ésos tienen a Dios por rey», es una invitación a hacerse pobres realmente, expresa la más radical exigencia evangélica: renunciar, sin trampas, a la riqueza.Pero no para quedarse en la pobreza, sino para construir un mundo en el que no haya pobres. Es una llamada a romper con la ambición y con el deseo de tener cada vez más, es una propuesta de solidaridad —la solidaridad con los más débiles es la expresión social del auténtico amor cristiano— con los pobres.

    Las bienaventuranzas no muestran un camino para hacer méritos para el cielo, sino un método para ser dichosos, para que la felicidad para todos sea posible y se vaya haciendo realidad: una propuesta para que este mundo se vaya convirtiendo en un cielo.

    Ese es el objetivo de las bienaventuranzas: la felicidad de todos. Una felicidad colectiva, comunitaria que nace de la solidaridad y del compromiso en la construcción de un modo nuevo de convivir en la construcción de un mundo nuevo posible y necesario.


Y la tierra será un cielo

        
    Dios ama a los pobres. Por eso condena la pobreza fruto de la injusticia, fruto de la maldad y el pecado. Por eso no quiere que haya pobres; porque la pobreza es mala, porque hace sufrir. Y un padre no quiere que sus hijos sufran.
    Por eso, Jesús promete y asegura la felicidad a los que eligen ser pobres para poder dedicarse a construir un mundo sin pobreza, una humanidad sin empobrecidos: será el Reinado de Dios.
    Terminemos ya con esa resignación falsamente cristiana que es cómplice de la injusticia establecida; acabemos de una vez con esa mal llamada caridad cristiana, que, cuando no va acompañada de un claro compromiso con la justicia, se convierte en un tranquilizante para las conciencias de los culpables de la pobreza. Destruyamos la miseria, el hambre, la incultura…, porque, aunque la pobreza por sí misma no es camino para ir al cielo, sí que es, sin duda, el primero de los obstáculos para que el cielo baje a la tierra. Y este —que el cielo baje a la tierra— es el proyecto que Dios nos propone a través de Jesús. La felicidad de todos será signo de la presencia de un Padre común que habitará entre sus hijas e hijos.
    Seguro que no lo veremos realizado plenamente, pero es nuestra tarea empujarlo para que pueda ser.

Comentario 2º Tomado de: Juan Mateos – Fernando Camacho, El evangelio de Mateo. Lectura comentada

Proclamación del reino: las bienaventuranzas

(Lc 6,20-23; 14,34-35; Mc 9,50)

    Como consecuencia de la predicación y de las curaciones, grandes multitudes siguen a Jesús. En ellas hay judíos (Galilea, Jerusalén, Judea) y paganos (Transjordania, Decápolis). La actividad de Jesús rompe las fronteras entre los pueblos.

    Ante la presencia de las multitudes, Jesús reacciona subiendo «al monte». Este término tenía un valor teológico: simbolizaba el lugar de Dios, la esfera divina, lo mismo entre los judíos que entre los paganos (cf. 4,8). La reacción de Jesús no es de rechazo de las multitudes; desde el monte -nuevo Sinaí- va a promulgar, en presencia de ellas, el estatuto del reino, a definir la nueva alianza y a constituir el nuevo pueblo. Jesús «Se sienta», porque la esfera divina es su morada estable. Los discípulos se le acercan: los que siguen a Jesús respondiendo a su invitación y han roto con su pasado entran con él en la esfera divina. No sucede como en la antigua alianza, donde solamente el mediador tenía acceso a Dios. Aquí los papeles cambian: Jesús sube al monte como Moisés, mostrando así su ser de hombre, pero es el mismo quien habla en el monte, mostrando su condición divina. No es simplemente un segundo Moisés venido como Mesías; es el Mesías, el Hombre – Hijo de Dios, el Dios entre nosotros (1,23), que asume la función de nuevo Moisés. El sermón del monte, que alude a la promulgación de la Ley sinaítica, es la palabra del Mesías, la Tora mesiánica. Es el Hombre-Dios el que establece la alianza (cf. 26,28: «mi alianza»). La subida de los discípulos muestra que ya no hay distancia entre Dios y el hombre; por la adhesión a Jesús, han salvado la distancia que los separaba del reinado de Dios (4,17: el reinado de Dios está cerca).

    Jesús comienza a enseñar dirigiéndose a sus discípulos. Es una enseñanza solemne; la frase introductoria, «tomó la palabra» (lit. «abriendo su boca», semitismo), indica la importancia de lo que va a decir.

    Cada una de las bienaventuranzas está constituida por dos miembros: el primero enuncia una opción, estado o actividad; el segundo, una promesa. Cada una va precedida de la promesa de felicidad («dichosos»). El código de la nueva alianza no impone preceptos imperativos; se enuncia como promesa e invitación.

    De las ocho bienaventuranzas hay que destacar la primera y la última, que tienen idéntico el segundo miembro y la promesa en presente: «porque esos tienen a Dios por rey». Cada una de las otras seis tiene un segundo miembro diferente y la promesa vale para el futuro próximo («Van a recibir, van a heredar, etc.»). De estas seis, las tres primeras (vv. 4.5.6) mencionan en el primer miembro un estado doloroso para el hombre, del que se promete la liberación. La cuarta, quinta y sexta (vv. 7.8.9), en cambio, enuncian una actividad, estado o disposición del hombre favorable y beneficiosa para su prójimo, que lleva también su correspondiente promesa del futuro.

    Puede diseñarse, por tanto, el siguiente esquema:

          —Dichosos los que eligen ser pobres …
{Dichosos los que sufren …
Dichosos los sometidos …
Dichosos los que tienen hambre …
{Dichosos los que prestan ayuda …
Dichosos los limpios de corazón …
Dichosos los que trabajan por la paz …
—Dichosos los que viven perseguidos…                                                

    3. «Los que eligen ser pobres.» El texto griego se presta a dos interpretaciones: 1) pobres en cuanto al espíritu, y 2) pobres por el espíritu. La primera, a su vez, puede tener un sentido peyorativo («los de pocas cualidades») o bien el de «los interiormente despegados del dinero», aunque lo posean en abundancia. Este último sentido está excluido por el significado del término «pobres» (‘anawim/’aniyim), por la explicación dada por Jesús mismo en la sección 6,19-24 y por la condición puesta al joven rico para seguir a Jesús y asé entrar en el reino de Dios (19,21-24).

    En la tradición judía, los términos ‘anawim/’aniyim designaban a los pobres sociológicos, que ponían su esperanza en Dios por no encontrar apoyo ni justicia en la sociedad. Jesús recoge este sentido e invita a elegir la condición de pobre (opción contra el dinero y el rango social), poniéndose en manos de Dios.

    El término «espíritu», en la concepción semítica, connota siempre fuerza y actividad vital. En este texto, donde va articulado y sin referencia a una mención anterior, denota el «espíritu del hombre» (artículo posesivo). En la antropología del AT, el hombre posee «espíritu» y «corazón». Ambos términos designan su interioridad; el primero, en cuanto dinámica, su actividad en acto; el segundo, en cuanto estática, los estados interiores o disposiciones habituales que orientan y colorean su actividad (cf. 5,8). La interioridad del hombre pasa a la actividad en cuanto inteligencia, decisión o sentimiento. Dado que lo que Jesús propone es una opción por la pobreza, el acto que la realiza es la decisión de la voluntad. El sentido de la bienaventuranza es, por tanto, «los pobres por decisión», oponiéndolos a «los pobres por necesidad». Es la interpretación que Jesús mismo propone en 6,24, la opción entre dos señores, Dios y el dinero. Transponiendo el nombre verbal «decisión» a forma conjugada, se tiene «los que deciden» o «eligen ser pobres».

    Como se ve, además del sentido bíblico del término «pobres» y de los textos paralelos de Mt citados más arriba (6,19-24; 19,21-24), el significado de «espíritu» (acto) en la antropología semítica, contrapuesto al de «corazón» (disposición/estado), basta para excluir la interpretación «pobres en cuanto al espíritu».

    «Tienen a Dios por rey». El griego basileia no significa Aquí «reino», sino «reinado» (cf. 3,2). «Suyo es el reinado de Dios» quiere decir que este reinado se ejerce sobre ellos, que sólo sobre ellos (esos) actúa Dios como rey. La traducción requiere una fórmula que exprese el sentido activo de basileia.

    Los efectos negativos de la opción por la pobreza (necesidad, dependencia) quedan neutralizados por la declaración de Jesús: «Dichosos». Cuando Dios reina sobre los hombres, se produce la felicidad. Esto significa que esos pobres no van a carecer de lo necesario ni van a tener que someterse a otros para obtener el sustento. La pobreza a la que Jesús invita significa una renuncia a acumular y retener bienes, a considerar algo como exclusivamente propio; estos pobres estarán siempre dispuestos a compartir lo que tengan. Asé lo explica Jesús en los episodios de los panes (14, 13-23; 15,32-39).

    Esta es la buena noticia a los pobres, el fin de su miseria, anunciado por Is 61,1 (cf. Mt 11,5).

    La opción inicial que propone Jesús realiza lo prescito por el primer mandamiento de Moisés. «No tendrás otros dioses frente a mi» (Dt 5,7). La idolatría que amenazaba a Israel en sus primeros tiempos se concreta en la posesión de la riqueza (cf. Mt 6,24). Por eso, el enunciado de esta bienaventuranza, como el de las que siguen, es exclusivo: porque «esos», y no otros, «tienen a Dios por rey». Solamente los que han roto con el ídolo del dinero entran en el reino de Dios. La opción por la pobreza es la puerta de entrada en el reino y la que incorpora a la nueva alianza.

    En relación con la proclamación de Jesús: «Enmendaos, que está cerca el reinado de Dios», la opción propuesta por la primera bienaventuranza lleva a su perfección la metanoia o enmienda, pues quien elige ser pobre renunciando a acaparar riquezas, y con ello al rango y al dominio, excluye de su vida toda posibilidad de injusticia.

    4. Comienzan las tres bienaventuranzas que mencionan una situación negativa del hombre y la correspondiente promesa de liberación. «Los que sufren»: el verbo griego denota un dolor profundo que no puede menos de manifestarse al · exterior. No se trata de un dolor cualquiera; el texto está inspirado en Is 61,1, donde los que sufren forman parte de la enumeración que incluye a los cautivos y prisioneros. En el texto profético se trata de la opresión de Israel, y el Señor promete su consuelo para sacar a su pueblo de la aflicción, del luto y del abatimiento.

    «Los que sufren» son, por tanto, víctimas de una opresión tan dura que no pueden contener su dolor. Corno en Is 61,1, el consuelo significa el fin de la opresión.

    5. El texto de esta bienaventuranza reproduce casi literalmente Sal 37,11. En el salmo, los praeis son los ‘anawim o pobres que, por la codicia de los malvados, han perdido su independencia económica (tierra, terreno) y su libertad y tienen que vivir sometidos a los poderosos que los han despojado. Su situación es tal que no pueden siquiera expresar su protesta. A estos, Jesús promete no ya la posesión de un terreno como patrimonio familiar, sino la de <<la tierra» a todos en común (cf. Dt 4). La universalidad de esa «tierra» indica la restitución de la libertad y la independencia con una plenitud no conocida antes.

    6. Las dos bienaventuranzas anteriores se condensan en esta. «Los que tienen hambre y sed de la justicia ( = de esa justicia).» El hambre y la sed indican el anhelo vehemente de algo indispensable para la vida. La justicia es al hombre tan necesaria como la comida y la bebida; sin ella se encuentra en un estado de muerte. La justicia a que se refiere la bienaventuranza es la expresada antes: verse libres de la opresión, gozar de independencia y libertad. Jesús promete que ese anhelo va a ser saciado, es decir, que en la sociedad humana según el proyecto divino, «el reino de Dios», no quedara rastro de injusticia.

    7. Comienzan las bienaventuranzas que mencionan una actividad o estado positivos. «Los que prestan ayuda»: no se trata de misericordia como sentimiento, sino como obra ( = obras de misericordia); es decir, de prestar ayuda al que lo necesita en cualquier terreno, en primer lugar en lo corporal (cf. 25,35s). Dios derramara su ayuda sobre los que se portan así.

    8. La expresión «los limpios de corazón» está tomada de Sal 24,4, donde «el limpio de corazón» se encuentra en paralelo con «el de manos inocentes». «Limpio de corazón» es el que no abriga malas intenciones contra su prójimo; «las manos inocentes» indican la conducta irreprochable. En el salmo se explican ambas frases por «el que no se apega a un ídolo ni jura en falso a su prójimo» (LXX). En la primera bienaventuranza, Jesús ha identificado al ídolo con la riqueza (5,3; cf. 6,24); es el hombre codicioso el que tiene una conducta malvada. Lo que sale del corazón y mancha al hombre se describe en Mt 16,19: los malos designios, que desembocan en las malas acciones. La limpieza de corazón, disposición permanente, se traduce en transparencia y sinceridad de conducta y crea una sociedad donde reina la confianza mutua.

    A «los limpios de corazón» les promete Jesús que «verán a Dios», es decir, que tendrán una profunda y constante experiencia de Dios en su vida. Esta bienaventuranza contrasta con el concepto de pureza según la Ley; la pureza o limpieza ante Dios no se consigue con ritos ni observancias, sino con la buena disposición hacia los demás y Ja sinceridad de conducta. La conciencia de la propia impureza retraía de la presencia divina (cf. Is 6,5) y el corazón puro era una aspiración del hombre (Sal 51,12). Para Jesús, el corazón puro no es sólo una posibilidad, sino h realidad que corresponde a los suyos. En el AT, el lugar de la presencia de Dios era el templo (Sal 24,3; 42,3.5; 43,3); su función ha cesado de existir: Dios se manifiesta directa y personalmente al hombre.

    9. «La paz» tiene el sentido semítico de la prosperidad, tranquilidad, derecho y justicia; significa, en suma, la felicidad del hombre individual y socialmente considerado. Esta bienaventuranza condensa las dos anteriores: en una sociedad donde todos están dispuestos a prestar ayuda y donde nadie abriga malas intenciones contra los demás, se realiza plenamente la justicia y se alcanza la felicidad del hombre. A los que trabajan por esta felicidad promete Jesús que «Dios los llamara hijos suyos»; es decir, esta actividad hace al hombre semejante a Dios por ser la misma que el ejerce con los hombres. Corno cima de las promesas se enuncia la relación filial de los individuos con Dios, que incluye recibir la ayuda que el presta y tener la experiencia de Dios en la propia vida. El reinado de Dios es el de un Padre que comunica vida y ama al hijo. Cesa, pues, la relación con Dios como Soberano propia de la antigua alianza, sustituida por la relación de confianza, intimidad y colaboración del Padre con los hijos.

    10. La última bienaventuranza, que completa la primera, expone la situación en que viven los que han hecho la opción contra el dinero. La sociedad basada en la ambición de poder, gloria y riqueza (4,9) no puede tolerar la existencia y actividad de grupos cuyo modo de vivir niega las bases de su sistema. Consecuencia inevitable de la opción por el reinado de Dios es la persecución. Esta, sin embargo, no representa un fracaso, sino un éxito («Dichosos») y, aunque en medio de la dificultad, es fuente de alegría, pues el reinado de Dios se ejerce eficazmente sobre esos hombres.

    «Por su fidelidad», en griego dikaiosune, como en v. 6, pero sin artículo. La ausencia de articulo impide identificarla con la justicia de 5,6. En cambio, al estar en paralelo con «por causa mía» (5,11), indica la fidelidad a Ja opción propuesta por Jesús en la primera bienaventuranza (5,3), de la que es prolongación por tener en común el segundo miembro: «esos tienen a Dios por rey».

    El hecho de que en la primera y última bienaventuranzas la promesa se encuentre en presente: «porque esos tienen a Dios por rey», y las demás en futuro: «van a ser consolados», etc., indica que las promesas de futuro son efecto de la opción por la pobreza y de la fidelidad a ella. Se distinguen, pues, dos planos: el del grupo que se adhiere a Jesús y da el paso cumpliendo la opción propuesta por el, y el efecto de esto en la humanidad. En otras palabras, la existencia del grupo que opta radicalmente contra los valores de la sociedad provoca una liberación progresiva de los oprimidos (vv. 4-6) y va creando una sociedad nueva (vv. 7-9). La obra liberadora de Dios y de Jesús con la humanidad está vinculada a la existencia del grupo humano que renuncia a la idolatría del dinero y crea el ámbito para el reinado de Dios.

 Aunque Jesús dirige su enseñanza a sus discípulos (5,2), las bienaventuranzas se encuentran en tercera persona, son invitaciones abiertas a todo hombre. La multitud que ha quedado al pie del monte, pero que escucha sus palabras (7,28), puede considerarse invitada a aceptar el programa de Jesús. La nueva alianza no está destinada solamente a Israel, sino a la humanidad entera. Según la concepción de Mt, el Israel mesiánico comprende a todos los pueblos, que pasan a ser hijos de Abrahán (3,9). Por eso, la genealogía del Mesías no comenzaba con Adán, sino con Abrahán (1,2), pues con él se inició la formación de la humanidad según el proyecto de Dios: la integración de la humanidad en el pueblo del Mesías (1,21), el descendiente de Abrahán, será el cumplimiento de la promesa.

    En las bienaventuranzas promulga Jesús el estatuto del Israel mesiánico y constituye el nuevo pueblo, representado en este pasaje por los discípulos que suben al monte con él. De ahí que Mt, al contrario de Mc (3,13-19), no narre la constitución de los Doce, sino solamente su misión (10,1ss). El número Doce es el del Israel mesiánico, fundado con las bienaventuranzas o código de la alianza. «Los doce discípulos» (10,2) representan a todos los seguidores de Jesús, sea cual fuera su número.

    11-12. Desarrolla Jesús para sus discípulos la última bienaventuranza, la más paradójica de todas. La persecución mencionada en 5,10 se explicita en insulto, persecución y calumnia por causa de Jesús. La sociedad ejerce sobre la comunidad una presión que tiene diversas manifestaciones, más o menos cruentas. Busca desacreditar al grupo cristiano, presentar de él una imagen adversa, y puede llegar a la persecución abierta. El motivo de esa hostilidad no puede ser otro que la fidelidad a Jesús y a su programa. La reacción de los discípulos ante la persecución ha de ser de alegría. Tendrán una gran recompensa.

    La locución del original· («en los cielos») designa a Dios como agente («desde los cielos»); el actúa como rey de los que viven perseguidos; esa es su recompensa. Los discípulos toman en la historia el · puesto de los profetas de antaño, pero, según este pasaje, la acción profética es la vida misma según el programa propuesto por Jesús. La persecución no es, por tanto, motivo de depresión o desánimo; todo lo contrario, ella demuestra que la vida de los discípulos causa impacto en la sociedad ambiente, y este es su éxito. Relacionando estas palabras de Jesús con el conjunto de las bienaventuranzas, puede afirmarse que la vida de la comunidad va produciendo la liberación prometida en los sectores oprimidos de la sociedad y a eso se debe la persecución de que es objeto.


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